España sucia
La mayorías de los países del mundo dedican un esfuerzo enorme a ocultar información, tergiversarla, hacer pasar la verdad por mentira y viceversa, intentar que las medias verdades no muestren la otra media, desinformar y, en suma, engañar y manipular de todas las formas imaginables. Desde el jefe del servicio de inteligencia hasta el periodista local se teje una red destinada a que usted reciba lo que yo quiero que reciba. Y cuando digo yo no quiero decir yo, sino Spectra, la organización que domina el mundo y que quizá en este momento le esté observando. ¡Buh! Es broma.
Contrastan con este tinglado otros asuntos que quedan ocultos, en segundo plano, apenas entrevistos… y sin ningún esfuerzo por parte de nadie. La cotidianeidad, el ámbito doméstico, la intimidad y la costumbre actúan a la vez creando ese curioso fenómeno de “cuestiones que se dan por sentadas”. Una de estas cuestiones es la higiene personal, el aseo propio.
Servidor, por ejemplo, sigue el ritual conocido como Reina de Saba en la limpieza post-retrete. Una perfecta combinación de papeles secos y papeles mojados en agua límpida y fresca, con el concurso –si fuese necesario- del bidé, dejan, tras un a veces arduo proceso donde se puede llegar al trance, la zona antes impura en perfecto estado de revista, como una patena, hasta el punto de que la misma Reina de Saba podría degustar ahí sus altramuces. Digo altramuces porque desconozco que alimentos degustarían tal tipo de monarcas antiguas y éste me parece de siempre especialmente aristocrático.
Ahí llega la “cuestión que se da por sentada”. Uno cree que todo el mundo podría tener ahí reinas después del concienzudo repaso, pero entonces, en un momento determinado, las costumbres del aseo propio se enfrentan a las ajenas y el español medio es consciente de que su pulcritud no está generalizada. Así, la Verdad se tambaleó al enfrentarse en mi época de estudios con la de quien llamaremos Mr. Colhogar para preservar su identidad. Mr. Colhogar utilizaba un cuarto de baño diferente. Su rollo de papel higiénico parecía no menguar con el paso de las semanas. Mi curiosidad me llevó a interrogarle con delicadeza: “¿Cómo te limpias el culo? Porque ese es el mismo rollo de hace cinco semanas, tío”. Su respuesta me mostró un mundo nuevo, el de los estilos de asearse el anillo anal: “Es que utilizo tan sólo tres trocitos”. Se refería a tres pedacitos tres de los separados por la línea de puntos. ”No necesito más porque cago duro”, sentenció.
La Verdad se hizo pedazos y fui consciente de que mis métodos de limpieza, lejos de ser universales, podían incluso resultar minoritarios en un mundo grecorromano que creía civilizado y que con el paso del tiempo ha ido haciéndose más y más hostil. Desde entonces, con la cabeza alta y el trasero limpio, he ido conociendo variantes mediante el interrogatorio con alcohol de por medio, aunque los estilos se dividen esencialmente en dos, el de la Reina de Saba ya comentado, con algunas variantes, y el de Allende los Mares, puesto que más allá del Océano sólo hay monstruos, en este caso cerdos.
Pero la ingenuidad es más pertinaz que la sequía en tiempos de Franco. Volví a caer en la misma piedra de darlo todo por sentado en el asunto de la ducha, a pesar de que después de Mr. Colhogar conocí a otro compañero de piso, al que llamaremos Mr. Lagarto en honor al conocido jabón. Mr. Lagarto podía estar cuatro días sin ducharse. En el día I había entrenado en el equipo de voleibol. El día II lo había dedicado al footing. El día III volvía a haber entrenamiento. Al día IV llegaba por fin el reposo del guerrero y el agua liberaba (a los demás) del aroma embriagador de los sedimentos acumulados en su epidermis. Pero hasta los últimos años, cuando los mr. lagartos de todo tipo y condición han llegado a mi vida procedentes de quién sabe qué tipo de universos, no he vuelto a ver aquella verdad hecha añicos, pues como el niño que cierra los ojos y cree que no le ven, yo cerraba mis figurados e inocentes párpados para no saber. Pero ahora sé que estoy rodeado de guarros.
Siempre he luchado contra la injusticia y otros males del mundo, como el hambre o la guerra. Ahí donde había injusticia, o hambre, o guerra, no estaba yo. Consciente de mis limitaciones actúo por omisión para no entorpecer la labor de otros luchadores igual de valiosos que actúan por obra. En este caso, y nunca mejor dicho, he de mojarme escribiendo una breve guía de los españoles y la ducha ante la degradación del país. A saber:
Hay pocas razones por las que un español no deba ducharse a diario:
a) Muerte propia.
b) Encarcelamiento y sospechoso merodeo de Bubba en las duchas.
c) Extravío en el desierto con la cantimplora en menos de la mitad.
d) Día en pijama. No hablo de los domingos de resaca. Durante la madrugada se te ha pegado el olor a humo. Además están las emanaciones de feromonas que producen, incluso sin sudor, un peculiar olorcillo a machongadas, algo sumamente varonil que se mezcla de forma miserable con el champú olor papaya, el desodorante al hinojo, la colonia de hierbas y la loción anti-almorranas a las frutas del bosque. El día de resaca es un chivo expiatorio muy utilizado, pero el que no se ducha ahí es un puerco.
El día en pijama coincide con fin de semana, puente o vacaciones. Es un día melancólico. El recuerdo del canto del jilguero no puede contrarrestar la tristeza que produce la lluvia tras los cristales, incluso cuando la lluvia es imaginaria. Esas jornadas se dedican a la plácida lectura y a las películas. No puede haber contacto sexual con una pareja, porque entonces hay que ducharse, aunque vale un leve acercamiento, como con asco, a la masturbación. Ahí sí puedes no ducharte.
e) Días de dura estepa castellana.- Son los días de invierno en los que la temperatura máxima ha sido de cuatro grados. La actividad deportiva no puede existir, ni la sexual, ya que los fluidos femeninos, corrosivos como la sangre de alien, requieren ducha. Como mucho hay un paseo al trabajo, donde no se puede uno levantar de la silla. Ese movimiento escaso, unido al intenso frío de la meseta, permite un día sin ducha.
f) Enfermedad con al menos 38′3 de fiebre.
También hay reglas:
a) No puede haber al año más de cuatro días moscosos de ducha.
b) Los días moscosos de ducha pueden darse siempre que haya intervalos de al menos tres semanas entre un, pongamos, día de estepa y otro de pijama.
c) No se pueden acumular estepa y pijama para crear puentes sin ducha.
d) Si la enfermedad genera más de cuatro días sin ducha no pueden cogerse días de los otros tipos.
Todo aquel que no se duche conforme a lo anterior, según sus características y días en los que ha decidido no lavarse, se ajusta a una clasificación:
1) Lechoncete Larriano.- Influido por Larra, deja muchas veces la ducha para mañana por cansancio. Suele romper la regla a.
2) Gorrino unamuniano.- Influido por Unamuno, puede ser capaz de no ducharse durante días. Este amante del lema “que se duchen ellos” suele romper las reglas a y b.
3) Cochino astrayano.- Influido por Millán Astray, se adapta al lema “muera la ducha”. Rompe las reglas a, b y c.
4) Multicerdo o piara de uno solo Isabel la Católica.- Según el catedrático Melquíades del Cacho, Isabel la Católica expulsó a los judíos por celos, con el objeto de ser la única puerca de España. De la misma forma, el multicerdo expulsa a la ducha de su vida.
Concluimos con la célebre frase del mariscal Von Bischhoffshausen a sus reclutas después de varios día de maniobras: “No se duchen por higiene, pero al menos dúchense por respeto”.
