La madrugada del jueves me llevaron a ver El Código Da Vinci. Este blog se descubre como una herramienta útil más allá de mi ego, es triste, pero así es, el blog tiene mayor poder de convicción con mis amigos que yo. Quiero advertir que quien esto escribe es mayor de edad, le dejan cruzar la calle sin cogerse de la mano y dispone de la capacidad intelectual suficiente para comprar una entrada de cine (poco más, no se crean). Dicho esto, el jueves por al noche mis amigos me llevaron al cine para que dejara de llorar porque no me llevaban a ver la película de marras.
Entré de noche y salí de madrugada gracias a las dos horas cuarenta minutos que dura la película. Todo entendido en la materia, vamos que la mitad de los usuarios de metro -el resto lee Los pilares de la tierra-, nos explicaría que eso se debe a que la película sigue rigurosamente los acontecimientos narrados en el libro, eso supone así a ojo que por cada minuto de película estamos ingiriendo exactamente 3,5 páginas del libro. No está mal. Alguien que no lo haya leído, cualquiera en sus cabales, les diría sin embargo que la película es así de larga porque fueron tontos y no vieron el chollazo de la trilogía que tenían ante sus narices. Por lo demás no se hace larga si no miras el reloj (y si no has mirado jamás el libro, eso también ayuda).
Se inicia con un asesinato y termina con un beso (en la frente, con Tom Hanks por allí no se podía esperar gran cosa), y por medio van sucediéndose los enigmas y misterios que en cuestión de un año no han hecho más que sacar por la tele: que si Juan era Maria Magdalena en el cuadro de Da Vinci, que si el Cáliz lo que simboliza es a la mujer, que si Jesús era humano y tuvo hijos (INRI), que si los Templarios, que si el Priorato de Sión… Y de trasfondo, dejándolo entender y como queriendo decir osea pero qué chulo que soy mira a todo lo que me atrevo a decir, se intuye algo realmente escandaloso y que a nadie se le había ocurrido antes: la iglesia es una farsa. Dan ganas de recoger firmas a la salida para que le den un Nobel (cualquiera).
Tom Hanks hace de criptógrafo de referencia que no entiende el francés, investigador y profesor en Harvard, que ha ido a parar de rebote a París para dar una conferencia y firmar su nuevo libro (por la temática de éste no hará falta que les explique que efectivamente es el éxito de la semana). Mientras tanto, un entrañable abuelito que nadie sabe por qué estaba a las tantas de la madrugada paseando por el Louvre (como si allí se pudiera entrar a cualquier hora con el carné del Carrefour) es resquebrajado a tiros tras ofrecer una pista falsa a su monje-asesino albino. El caso es que el hombre, sabedor que de esa no sale, se dedica a pasear de una sala a otra (sí, sí, con el tiro en las entrañas) dejando pistas en las paredes con un material invisible (que llevaba de serie la chaqueta) en vez de hacer una llamadita por el móvil. Hecha la faena, terminará rajándose la piel (quizá debamos suponer que con la hebilla del cinturón) con el dibujo de la estrella de David en el cuerpo, perdón, quise decir la unión de los símbolos femenino y masculino.
De ahí en adelante todo son pistas, enigmas y criptografía que nuestro protagonista descifra cual John Nash para llegar en una parábola perfecta al principio de todo: la mujer y la manzana. Además de los símbolos, la trama hace un intento de carga contra el Opus Dei (“secta, secta, secta”) que facilita la escena a lo Pasión de Cristo, pero que después defrauda con la única aparición de un cardenal entregado a la causa y enamorado de su discípulo el albino (éste sería un punto de la historia claramente desaprovechado).
Quedan claras a lo largo de la película tres ideas fundamentales: que los franceses son tontos, que el Opus Dei es una secta y que la iglesia católica se sostiene sobre una mentira. Y con tanta crítica y tanto alboroto, la película es de un casto que aburre, mucho querer tocarle la moral a la iglesia, para luego nada. Pero vayan a verla, es entretenida y a mis amigos no les gustó.