MANUAL
DE INSTRUCCIONES DEL SIGLO XXI
V.
EL MÉTODO PILATES
La
democratización de la tortura
La
historia de la humanidad se divide realmente en dos: la época
de al pan pan y al vino vino, y el resto p’alante. En la primera
era de la humanidad las cosas estaban claras, el guerrero repartía
mandobles, el sacerdote embaucaba, los nobles abusaban, la plebe
obedecía. Eran tiempos, vistos desde la perspectiva de hoy,
algo injustos y pelín antihigiénicos (se bañaban
en los equinoccios y solsticios solamente), pero eso sí,
nada confusos. El tipo que nacía débil o con achaques
podía dedicarse a una serie de profesiones que le venían
como anillo al dedo: esclavo, bufón, monstruo para la exhibición
ambulante, pordiosero, buhonero, auxiliar de trovador o erudito.
En casos extremos incluso podía ser despedazado en público,
una forma de perecer algo rústica, aunque mejor que coger
la peste bubónica. Con el romanticismo, y tras siglos de
insistencia cristiana, los valores se invierten y la debilidad empieza
a verse no como un impedimento, sino como algo bueno, lo que termina
en la revolución del populacho. Es en ese desgraciado momento
cuando los débiles toman posesión del mundo con una
tiranía solapada. No es ya sólo que gobiernen, que
es lo de menos porque es un trabajo al alcance de cualquiera, sino
que su dictadura se extiende por los sitios más insospechados.
Lo ilustraré con un ejemplo, el de Jigoro Kano. Este japonés
de constitución débil no hubiera pasado de la adolescencia
en el primer periodo humano. La espada de un samurai o un buen revés
de su madre lo hubieran impedido. No obstante, en el Japón
del siglo XIX, tuvo la oportunidad de convertirse en erudito. Aquí
hay otra diferencia entre las mencionadas eras del hombre. Los eruditos
de la primera época, conscientes de su debilidad, aportaban
algo bueno para el resto: un invento, un ungüento, un avance
científico. Querían hacerse fuertes con eso, ser aceptados
por el escalafón superior más vigoroso. Después
del romanticismo sucede lo contrario, el débil que se dedica
a la erudición martiriza al resto para hacerlo su igual.
Así, el sensei Kano confeccionó el judo a partir de
otras artes marciales de machos como dios manda, debilitando no
sólo estas disciplinas de combate, sino abriendo las puertas
a una particular tortura infantil.
Generaciones de niños españoles (y hablan ahora de
globalización) fueron reducidas durante los años ochenta
a un amasijo de carne tirada en un tatami. Los niños hacían
pronto la comunión, a los siete años. En cuanto, vestidos
de marineros, tenían la hostia en la boca, se les quitaba
el uniforme de grumete y, con un paternal empellón, se les
metía en el gimnasio ataviados con un kimono. El niño
miraba alrededor, veía congéneres en su misma situación
y a un tipo gigantesco con un cinturón negro. Entonces, el
infante decía “jope” (una expresión de
inocencia que equivale más o menos al adulto “esto
no es lo que hablamos”). Tras unos meses de insólitos
castigos donde la tortura reina consistía en un eufemismo
que atendía a la denominación “aprender a caer”
y que en realidad consistía en golpear el piso con los dientes,
el niño, transformado ya en prematuro tullido a imagen y
semejanza de Kano, tenía que abandonar esa disciplina con
su cinturón amarillo-naranja (sólo algunos niños
caracterizados por una agresividad exacerbada podían alcanzar
el naranja e incluso seguir, habían nacido para el dolor
y la esclavitud; son los modernos auditores y asesores). Aún
así, este proceso de igualdad en la debilidad no conseguía
alcanzar a los pocos reductos aristocráticos que quedaban.
Los herederos del antiguo régimen seguían fieles al
kárate y al jiu-jitsu.
Pero las tornas han cambiado. El ejemplo que lo demuestra es el
método Pilates, un sistema de gimnasia inventado por Joseph
Pilates a mediados del siglo XX (aprendamos algo de una vez: hay
que huir con la misma velocidad tanto de los síndromes con
nombre de persona como de los métodos). Pilates era un niño
reumático y con asma, que decidió cultivar su físico
y, cómo no, darse a la erudición. Tal método
consiste en una especie de ejercicios realizados en complicados
aparatos mecánicos de una manera lenta y controlada. Su objetivo
es moldear el cuerpo equilibradamente. En principio, estos ejercicios
servían para la rehabilitación de algunos enfermos,
después para el fortalecimiento de los ligamentos de los
bailarines y por último, para todo el mundo, ya que actualmente
se considera a esta gimnasia como la panacea anti-agobio, anti-adipocitos,
anti-envejecimiento y anti-todo. El pensamiento de Pilates, más
avanzado que el de su precursor Kano en esta filosofía del
tormento total, se ha colado por las rendijas de la corrección
política imperante hasta las mismas elites gracias a varios
factores:
Los aparatos son muy monos.-
Las máquinas necesarias para practicar la gimnasia inventada
por Pilates son realmente decorativas. Se trata de instrumentos
para el suplicio con maderas y cuerdas que quedan muy bien en esos
clubes de fitness inmensos que ahora están de moda y donde
el diseño es lo que manda.
La gimnasia es complicada.-
La dificultad para hacer bien la gimnasia Pilates sin lesionarse
uno mismo hace necesaria la participación de un entrenador
personal que te lesione de manera personalizada, con lo que
el método conecta con la raíz de la corrección
política en su ámbito deportivo. Los miembros del
populacho que pagan a un personaje de éstos se creen más
cerca de la aristocracia. A su vez, los aristócratas que
tienen su monitor de Pilates se sienten más cerca del pueblo.
Los reductos de la antigua pujanza quedan así eliminados
al acercar los extremos por la vía de la camiseta de tirantes
sudada.
La gimnasia es tranquila.-
El método Pilates apuesta por los movimientos controlados,
lo que le da un aura de gimnasia pasiva y, por tanto, para todos.
En esta gran segunda era de la humanidad muchos han sido los intentos
por desarrollar una gimnasia pasiva que permitiera al conjunto de
los seres humanos estar igual de flojos. Incluso con ese mismo nombre,
gimnasia pasiva, se popularizó una serie de ejercicios de
rehabilitación durante los años ochenta, resultando
al final tan pasiva, tan pasiva, que sus practicantes terminaban
asemejándose a uno de los seres más pasivos que hay:
la vaca. Por ahora, el Pilates es lo más cerca que ha logrado
acercarse la gimnasia al sueño.
Lo hacen los famosos.-
Para practicar la gimnasia Pilates no es necesario estar en forma,
por lo que a ella se han adherido muchos actores y actrices famosos,
uno de los sectores de la población con el hígado,
las neuronas y las vértebras más desgastadas debido
al alcoholismo y la adicción a la coca y al sexo. Sus maltrechos
organismos sólo admiten un tipo de deporte suave, y éste
resulta idóneo. La plebe, deslumbrada por el glamour de esta
panda de drogatas, identifica al método Pilates con un halo
de sostificación.
Las revistas de mujeres-mujeres
lo publicitan.- En tiempos de mundialización, la
revistas de mujeres-mujeres tratan de globalizar todo el comportamiento
femenino, abarcándolo desde el colodrillo al talón,
o sea, desde las mechas a los tacones (para globalizar a los hombres
ya saben que está el Marca). En estas publicaciones, el método
Pilates se ha hecho fuerte como aglutinador de toda una serie de
virtudes que definen a la mujer-mujer contemporánea, donde
destaca la ‘adaptabilidad’ (capacidad para trabajar
doce horas, pagar una hipoteca, criar un hijo, criar un marido,
mantenerse en forma y viajar con la pareja a lugares exóticos;
en el caso del método de Pilates se refleja en la posibilidad
de acomodarlo a sus necesidades). No hay revista femenina-femenina
que se precie sin Pilates.
Todos estas características
han logrado llevar la cultura física de la debilidad a todos
los estratos sociales, algo que parecía impensable hace poco.
Pero el autoritarismo de la corrección política exige
que los ciudadanos luzcan los mismos collarines, que pronto pasarán
a ser parte del vestuario y paseados en las pasarelas como una tendencia
primavera-verano más. Ni la mismísima Inquisición
hizo tanto por universalizar el potro.
Alfredo Martín-Górriz
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