MANUAL
DE INSTRUCCIONES DEL SIGLO XXI
IV.
LOS ANIMADORES CULTURALES
Pedagogía
para el nene y la nena
Están
por todos lados, han conquistado cada capa de la sociedad. Los encuentras
en el campo del arte, en la literatura, en el de las organizaciones
ciudadanas, en los colegios, en algunas áreas de los ayuntamientos,
diputaciones y gobiernos autonómicos. Nos han invadido como
una horda silenciosa. No paran de dar saltos y de gesticular de
un modo simiesco e inquietante. Son la vanguardia institucionalizada
del buen rollo: los animadores culturales.
En una época más viril que ésta, un animador
cultural hubiera sido inmediatamente lanzado a las fieras o a los
tiburones, previa amputación de sus miembros, pero ahora
tales personajes han llegado a constituir hasta uno de los sectores
laborales en alza. La misión de un animador cultural es hacer
llegar a un grupo de personas una determinada disciplina, pervirtiéndola
hasta límites insospechados con tal de hacerla accesible
y divertida.
Unos
ejemplos. Si el animador cultural trata de transmitir una serie
de valores solidarios, recurrirá a dar pataditas de capoeira
o a los juegos malabares como representación de las culturas
(y puede llegar a hacer todo esto, con el mayor descaro, en barriadas
marginales o incluso zonas del tercer mundo, donde a sus pobres
habitantes se les hace la boca agua con la idea de deglutir hasta
los bolos de las acrobacias manuales). Si el animador tiene la misión
de enseñar ciertos aspectos sobre un pintor, convertirá
su magna obra en un juego de recortes y dados. En el caso de la
literatura, no dudará en montar una improvisación
teatral con títeres de papel reciclado (la animación
cultural está muy relacionada con el arte dramático
y la protección del medio ambiente) o si, verbigracia, su
público son unos ancianos (un sector de la población
que ya contaba con sus achaques, sus bajas pensiones y la falta
de respeto del resto de la sociedad y encima tratan de rematarlos
con esta especie de inducción al suicidio), el animador tratará
por todos los medios de provocarles un infarto o aumentar su sordera
con alaridos de todo tipo para retrotraerlos a lo más estúpido
de la infancia. Aquí hacemos un pequeño alto. Los
niños son también otras grandes víctimas de
la animación cultural, pero tanto los animadores como los
tiernos infantes son criaturas igualmente crueles y repulsivas,
así que se merecen los unos a los otros.
La
animación cultural es el resultado de una combinación
explosiva: el bajo nivel del sistema educativo y la corrección
política (que siendo algo penoso también tiene una
virtud: se la puede culpar de todo). Así ha nacido el monstruo:
una especie de maestros degradados, medio saltimbanquis, medio pedagogos.
La decadencia de la enseñanza le ha propinado una patada
al profesor tradicional, transformando su trabajo en una pantomima
donde la palabra excelencia produce urticaria. Por su parte, la
corrección política adopta múltiples formas.
Uno de sus disfraces es la llamada ‘educación en valores’.
Con esa denominación se esconde la tendencia a democratizar
todo saber de manera inmediata, a modo de bebida instantánea,
eludiendo los pasos necesarios para capacitar al ciudadano en la
comprensión de un determinado conocimiento. Las vías
adoptadas por la sociedad actual para promover esta cultura Nesquik
(o Cola-Cao, para que no se nos enfade ninguna afición) son
los trípticos y los susodichos animadores. La profusión
en la edición de trípticos de educación en
valores generará pronto su particular premio literario. Mientras,
los animadores resultan capaces de reducir ‘El mundo como
voluntad y representación’ de Schopenhauer, a una sesión
del juego de ‘Enredo’, aquel de tirarse al suelo sin
zapatos tratando de que el contrario fuese el primero en romperse
la columna vertebral. Esto sólo puede conseguirse extrayendo
de cada campo su parte más superficial, más divertida
y asimilable, trastocándola hasta hacerla digerible como
una golosina.
Lo preocupante no es la existencia de estas maquinitas de golosinas
por una gorda expendidas por la animación cultural, sino
que es la Administración quien empieza a regular tal actividad,
convirtiendo el cuentacuentos en un modo institucionalizado de enseñanza
(y no precisamente el cuentacuentos que antaño suponía
la base de la tradición oral). Para colmo, los animadores
están íntimamente relacionados con los talleres
y la estética del solidario buenrrollista, razón de
más para considerar su actividad como delito y mandarlos
a Alcatraz a leer trípticos.
Alfredo Martín-Górriz
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