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ESENCIA Y FINES DEL NACIONALISMO, por Andrés (LPD)

Como muy atinadamente señalaba nuestro lector argentino, Cristian Hendrickse, la clave del asunto está en joder o no a los demás. Porque aunque mi opinión respecto a las esencias nacionales pueda ser mejor o peor, aunque me pueda sentir más o menos cómodo con ciertas reivindicaciones basadas en las esencias patrias, todo ello no es más que una cuestión de valoraciones personales, de divergencia de ideas que se encuadran en el legítimo ejercicio de mis derechos y los de los demás. Hay, sin embargo, un punto a partir del cual las cosas ya no siguen siendo así, y es cuando esas reivindicaciones foralistas pasan a perjudicar, del modo que sea, a terceros. No digamos ya cuando basándose en ese tipo de historias ciertos personajes van por ahí pegando tiros y matando gente. A partir de ese momento debe superarse la tolerancia y actuar con beligerancia contra los excesos, por un lado, pero también contra las erradas (a juicio de uno) ideas que dan fundamento y sirven de coartada al recorte de derechos de los demás.

El caso español es especialmente dramático pues la dictadura franquista, al haber tratado de construir un españolismo rancio y plomizo (que ya hemos analizado más abajo), logró identificar al franquismo con cualquier reivindicación de España (aunque fuera otra diferente a la dibujada por la derechona) mientras que amparó una extravagante identificación entre democracia y nacionalismos que no es más que un mito que en la actualidad sólo siguen mimando los franquistas más recalcitrantes y los más obcecados nacionalistas. En cualquier país civilizado y democrático, desde Francia hasta Estados Unidos (a pesar de las evidentes diferencias que hay entre ambos), la identificación con la comunidad nacional a la que se pertenece, con las gentes junto a las que se trabaja y convive, no es mal considerada, es más, trata de mimarse. Quizá con exceso, pero habitualmente como mera excusa para inculcar unos valores cívicos, “republicanos” al decir francés, que son esenciales para la convivencia.

España es el único país donde, por el contrario, se considera que estas actitudes son antidemocráticas y fascistoides, lo que acaba por amparar múltiples manifestaciones disgregadoras que no se sostienen por ninguna parte, y que no buscan sino, haciendo gala del pretendido particularismo, obtener ventajas económicas y minorar su contribución en estructuras estatales de solidaridad. En este sentido son absolutamente nefastas, en la medida en que no buscan sino joder a los demás (y precisamente a las regiones más necesitadas y desfavorecidas). Porque no conviene engañarse. Esto es una cuestión de duros. Los conciertos navarro y vasco, escandalosos, permiten a estas comunidades vivir con una dotación de servicios y una renta disponible per cápita mucho mayor que la de cualquier otra región española. Este chollo, además, es pagado por las zonas de España menos desarrolladas, convirtiéndose este país en el único del mundo donde el flujo de la solidaridad se invierte.

Todo ello sin entrar a considerar la gran falacia que es el nacionalismo vasco, un invento de finales del XIX de la burguesía vizcaína para tratar de lograr beneficios fiscales. O del idioma, inventado en estos últimos 20 años. Otras regiones de España con rasgos culturales y lingüísticos mucho más definidos, como es el caso catalán, han hecho siempre gala, a la hora de la verdad, de una gran lealtad constitucional, lo que le honra. Por último señalar, por si alguien no lo sabe, que la independencia de Euskadi no es que sea mala o buena, es que es impensable, ya que ni los propios nacionalistas vascos la desean (conscientes del chollo que tienen montado). Si una mayoría de los habitantes de esa región la quisiera de verdad no creo que existiera ningún problema. La mayoría de españoles celebraría alborozada cómo, junto a los vascos, desaparecían de España muertes gratuitas y crispación social, mientras que muchos dinero volvía para ser invertido en lugares donde hace mucha falta.

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