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Debate sobre los nacionalismos

Fallido análisis moral del nacionalismo, por Peio Zuazo

 

Cuando era pequeño todo concepto relacionado con etnia -sobre todo si era relacionado al mundo cultural-, tenía significado positivo para mí. Doy por hecho que mi autonomía moral era nula por aquel entonces, luego evidentemente tal evocación de ideas positivas me era provocada por el entorno. Dado que lo que acabo de denominar entorno suponía fundamentalmente la televisión -relacionada a su vez, por sus vínculos con grupos mediáticos a la radio y la prensa escrita-, hoy en día, casi asomándome al umbral de los veinte años, no deja de parecerme sorprendente el giro que las cosas parecen haber dado. El pensamiento dominante actual dicta o bien ser internacionalista, o bien ser contradictorio -aclararé más adelante por qué-. Tales cambios radicales en la opinión general son comunes, y no hace falta más que ver a las generaciones anteriores a la nuestra, echándonos en cara lo mucho que en su juventud se manifestaron por un mundo mejor y obviando el hecho de que hoy en día constituyen el fragmento social que rige la sociedad occidental, sin haber hecho el más mínimo esfuerzo por cambiar, en su esencia, la raíz de los problemas por los que protestaban.

Valga la redundancia: la situación ha cambiado mucho respecto a mi infancia en lo que a concepción de nacionalismos referentes a territorios no constituidos independientemente se refiere. En este aspecto existen dos posturas mayoritarias: una de cariz más izquierdista -en el sentido dogmático al menos- y que proclama la abolición de fronteras nacionales, y otra bastante más preocupante por su mayor difusión y la contradicción que conlleva, que defiende cierto internacionalismo y al mismo tiempo el respeto de las identidades nacionales. Ambas censuran los nacionalismos independentistas, por la relación que establecen entre éste y la autarquía, realizando todo un ejercicio de presuposición; ya que resulta evidente que el deseo de pertenencia oficial -frívolo, pero desde luego no por ello ilegítimo- exclusivo a un núcleo social con el que un individuo, por los motivos que sea, se sienta identificado no implica, en teoría al menos, una actitud de auto-marginación. Se lleva el mismo patrón de actuación con por ejemplo la familia -aunque haya diferencias conviene considerar la comparación- y ello no es objeto de crítica en ningún análisis mínimamente aceptado mayoritariamente. Si aceptamos lo leído hasta ahora sentamos como primer pilar de la teoría que vamos a desarrollar la siguiente conclusión: el pensamiento occidental dominante dicta que los nacionalismos referentes a territorios no constituidos independientemente carecen de legitimidad moral.

Detengámonos a analizar el por qué de este fenómeno; por qué que nos servirá a su vez como justificación de la afirmación dada. ¿Qué intereses existen en configurar de una forma determinada el sentimiento de pertenencia nacional y la forma en la que la opinión pública la valora? Puede parecer una interpretación simplista de la teoría marxista de la historia, pero considero que la respuesta a la pregunta formulada son los motivos económicos, y aquí se encuentra la base de la contradicción del pensamiento occidental dominante. Estudiemos los elementos que entran en contradicción:

a) Estrategia -que no fenómeno- de la globalización y desaparición de fronteras nacionales

Es baladí subrayar que cuando nos referimos a globalización, tan de moda últimamente, incluimos implícitamente el adjetivo "económica" en el término. El libre tráfico del capital favorece a las grandes empresas, pero para que éste se produzca es necesario un complemento ideológico que lo justifique ante la opinión pública. Tal complemento se obtiene mediante un sencillo ejercicio de populismo que sugiere que este libre tráfico del capital nos guía a una especie de hermanamiento entre seres humanos que trasciende conceptos como la identidad nacional; que busca relacionarnos antes como especie que como individuos con pasaporte. En definitiva, se trata de hacer creer a la población que el libre tráfico del capital supone en alguna medida, una abolición de las fronteras nacionales, un establecimiento de relaciones supranacionales que realmente, sólo afectan al dinero y no a las personas. La maniobra es tan burda que sobran comentarios.

b) Identidad nacional del individuo como forma de motivación

¿Pero si los intereses de los círculos de poder giran en torno al libre tráfico del capital, por qué estos no trabajan en remover de la conciencia de la población su identidad nacional? La respuesta a esta pregunta no es el tiempo y trabajo que semejante operación conllevaría -históricamente, nunca ninguno de estos dos problemas ha supuesto un obstáculo-, y es que una sencilla observación empírica revela que estos círculos están interesados en el mantenimiento de tales sentimientos de identidad. El caso de los EE.UU. resulta flagrante, pero es que en la misma Europa los partidos de derechas -fundamentalmente, porque los supuestamente socialdemócratas también- hacen especial hincapié en proteger las señas de identidad de sus respectivos estados, como muestran la reciente ley promulgada en Francia -supuesto faro del progresismo europeo- que pena atentar contra el honor de la tricolor y el de La Marsellesa, o la demencial bandera de 250 metros cuadrados que el ejército español presentó en la Plaza de Colón de Madrid. Si parece contradictorio es porque es contradictorio. La conservación de las señas de identidad nacionales puede funcionar como instrumento al servicio de los intereses económicos. Un estado puede plantearse como una gran empresa, dueña -en apariencia- de otras sub-empresas, pero ofrece respecto a una empresa tradicional la identificación del trabajador con ella, y la motivación añadida que ello conlleva. El sentimiento de aporte a algo que se ama motiva al trabajador en claro beneficio de la empresa, y es esto lo que busca conseguirse. Las grandes empresas han tejido toda una idiosincrasia compuesta por elementos del calibre de éxito, desarrollo profesional, auto-superación y un largo etc. con el fin de conseguir motivar al empleado, y han hallado un filón en el sentimiento de pertenencia nacional, hasta el punto de que sirve como escudo moral para plantear conflictos bélicos si ello supone beneficio económico. Esto quedará claro en cualquier Telediario que veáis de aquí a un mes. No es mi intención sugerir que este sentimiento de identidad nacional sea producto de intereses económicos; simplemente quiero señalar que estos intereses sirven de feedback al sentimiento de pertenencia nacional; y es que de hecho, los propios partícipes de los grandes intereses económicos conservan algún resquicio de sentimiento de pertenencia nacional, aunque éste se difumine en proporción directa con el beneficio económico que un negocio pueda reportarles.

Estas dos ideas están tan enfrentadas que resulta complicado hacer una síntesis de lo leído hasta ahora en una frase: el pensamiento occidental dominante dicta que el individuo tiene que colaborar en el hermanamiento supranacional de los seres humanos al mismo tiempo que tiene que enorgullecerse de la nación a la que pertenece. Las consecuencias que seguir esta línea de pensamiento tiene resultan catastróficas para la salud intelectual de quien la acepte, y nos guía a interesantes pero desalentadoras conclusiones.

"Pensamiento dominante" implica pensamiento aceptado por la mayoría de la población, y si como hemos visto, éste predica que el individuo tiene que enorgullecerse de la nación a la que pertenece, la mayoría de la población es nacionalista. Camilo José Cela establecía la diferencia entre nacionalismo y patriotismo en que la primera ideología suponía al que era afín a ella asegurar que la nación a la que pertenecía era superior a las naciones ajenas, mientras que patriotismo significaba lo que yo he entendido como nacionalismo. Lo único que tales afirmaciones revelan es que es imposible que este hombre colaborara en la definición de "orgullo" en el diccionario de la Real Real Academia Española. Pero cito el ejemplo porque la suya parece ser una opinión muy difundida. El ciudadano medio de nuestra sociedad condena el nacionalismo ajeno al mismo tiempo que practica el propio, y se ve obligado a buscar excusas completamente surrealistas para verse justificado. La excepción a esto son aquellos que por la situación política que vive la nación que consideran de origen, admiten abiertamente su nacionalismo, hasta el punto de enorgullecerse de él, y en muchos casos, hasta el punto de constituirlo eje fundamental de sus vidas. Llevan en consecuencia, una actitud más honesta, y se ven en la situación de tener que recibir los reproches de aquellos que de forma cínica -aunque generalmente, inconsciente- aceptan el dictado en cuestión del pensamiento dominante. Se antoja frustrante.

Ya hemos estudiado superficialmente la forma en la que el concepto de nacionalismo se mueve en las sociedades occidentales; pasemos ahora a un análisis moral del mismo. Para ello es necesario establecer una definición precisa de lo que entenderemos por nacionalismo. En principio, y dejando a un lado las teorías del mencionado y difunto premio Nobel, nacionalismo es querer a tu nación. ¿Qué supone querer a tu nación? Querer implica la anteposición de los intereses del objeto amado a los intereses de unos hipotéticos objetos enfrentados a éste, con lo que obtenemos que nacionalismo es la anteposición de los intereses de la nación que un individuo considera propia respecto a los intereses de las naciones que considera ajenas. El concepto de "anteposición" resulta fundamental en este punto; porque no hemos entendido por nacionalismo mostrarse a favor de la preservación de las identidades nacionales y de sus respectivas culturas, sino querer a una nación concreta, con lo que mostramos una preferencia y en consecuencia, nos posicionamos en caso de enfrentamiento.

Volviendo a la última definición de "nacionalismo", podría ser interesante profundizar no en cuáles, sino en qué son los intereses de una nación, pero con el fin de mantener el nivel de abstracción y evitar enmarañarnos en vacuos análisis de circunstancias concretas, nos centraremos en tratar de entender la idea de "nación". Obviando conceptos como territorialidad, supondremos que nación es igual a la suma del acervo histórico y cultural de un conjunto considerable -en cantidad- de individuos que comparten el deseo de participar en el desarrollo de una sociedad propia, este deseo, y el conjunto de individuos. De forma simple: "cultura común" mas "voluntad común" mas "individuos que comparten esa cultura y esa voluntad" y la forma en que estos tres elementos se interrelacionan. Aceptando lo escrito por "nación", podemos realizar la siguiente deducción: anteponer los intereses de una nación sobre los de otra implica directamente anteponer los intereses de un individuo y de una cultura sobre los de otro individuo y otra cultura. Con ello nos encontramos en la situación de, al enfrentar a un individuo con otro y a una cultura con otra, usar en última instancia como factor determinante de la disputa el compartir una voluntad común con alguna de las partes enfrentadas. El proceso deductivo en estos dos párrafos desemboca en un resultado que nos es de gran utilidad a la hora de realizar juicios éticos acerca del nacionalismo como ideología, porque reducimos el juzgar una ideología en su totalidad a juzgar la legitimidad de actuar en beneficio de un individuo a costa del perjuicio de otro individuo en función de si compartimos con alguno de los dos la voluntad de participar en el desarrollo de una sociedad concreta.

Más arriba se ha mencionado que el sentimiento de pertenencia nacional es una instrumento que facilita tanto la labor demagógica que se ha empleado en innumerables ocasiones para justificar hechos tan atroces como una guerra. Esto demuestra que los juicios que se elaboran en las condiciones planteadas en los párrafos anteriores pueden no limitarse a frivolidades como encuentros de fútbol entre selecciones nacionales, en los cuales tomar partido por alguna de las partes carece, a priori, de consecuencias a tomar en consideración. El veredicto que se realice puede llegar a condicionar drásticamente el desarrollo de vidas humanas, luego existe un grado de responsabilidad en la importancia que se conceda al elemento que hemos establecido como principal elemento de juicio: la voluntad común. Llegados a este punto contamos con el bagaje teórico suficiente como para plantear la tesis final: preguntarse acerca de la licitud moral del nacionalismo como ideología equivale a preguntarse si es aceptable moralmente que un individuo determine el desarrollo -tanto a pequeña como gran escala- de vidas humanas ajenas a él apelando en última instancia a una voluntad compartida de participar en una sociedad definida por un acervo cultural e histórico determinado.

Creo que fue Martin Luther King -aunque no estoy seguro, porque yo lo que es, lo he oído en el álbum "Operation Phoenix" de Good Riddance- quien en un discurso pronunció lo siguiente: "Cuando observamos al hombre moderno, tenemos que enfrentarnos al hecho de que el hombre moderno sufre de cierta pobreza de espíritu; pobreza que se erige en clara contradicción a su avance científico y tecnológico: hemos aprendido a volar los cielos como aves y hemos aprendido a navegar los mares como peces, pero aún no hemos aprendido a caminar la tierra como hermanos y hermanas".

A la teoría desarrollada puede presentársele la siguiente objeción: el sentimiento de pertenencia nacional, o mejor dicho, de pertenencia tribal es una característica biológica del ser humano; y es fácil imaginar que cualquiera de nosotros al encontrarse recorriendo mundo a miles de kilómetros de distancia de lo que ha sido su hogar experimentará un gran regocijo al encontrarse con alguien de su país o región de origen. ¿Pero es esto una reivindicación de la identidad nacional? Tan sencillo de imaginar como este ejemplo resulta el próximo: yo, individuo blanco, encontrándome por los motivos que sea en un grupo de 30 personas, todas menos yo negras, sentiré cierto alivio de hallar entre este grupo a otra persona blanca. Y esto no es una reivindicación de la segregación racial. La naturaleza biológica de una característica no la justifica moralmente, y de la misma forma que -guiados por el pensamiento dominante, hay que admitirlo- en principio hemos superado barreras ficticias como la racial, deberíamos superar barreras como el sentimiento de pertenencia nacional.

 
La Radio Definitiva