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Un mensaje anónimo, por Cristobo de Milio Carrín

¡Ay, que bien hablan los políticos! Y los periodistas, también. ¡Da tanto gusto oírlos, a unos y a otros, haciendo declaraciones por televisión! Ese lenguaje suyo, tan peculiar, se desliza con la delicadeza, con la fluidez, de una vagoneta corriendo sobre raíles engrasados. Cuando uno empieza con algo del tipo "...no podemos quebrar ese consenso constitucional..." ya nuestra mente se prepara para oír los familiares tópicos anexos: "...ni renunciar a la defensa de las libertades y el estado de derecho cediendo al chantaje nacionalista", por ejemplo. Día tras día, año tras año, inmutable como el paso de las estaciones, se repite el mismo arsenal de palabras bonitas y huecas. ¿No es reconfortante?

Todos sabemos leer entre líneas, naturalmente. Bajo un somero manto de hipocresía, parece que los líderes de nuestra sociedad nos suplican "entendednos bien, por favor. Nos encantaría llamar al pan pan y al vino vino, pero debemos vigilar lo que decimos". Así que, donde todos quisieran decir "unidad patria" se conforman con proclamar "consenso constitucional".

Una vez que se entiende este curioso código, el enfrentamiento España-nacionalismos periféricos adquiere una aspecto mucho más comprensible. No se trata de la lucha entre la razón y el fanatismo, ni mucho menos entre unos patrioteros excluyentes y un pueblo de demócratas convencidos. Se trata de una lucha mucho más prosaica, entre dos nacionalismos, vasco-español o catalán-español. Ambos bandos aspiran a imponer su propia lectura de la historia, ambos quieren tragarse la identidad del enemigo en las entrañas de la propia.

La propaganda española nos ha informado cumplidamente de las grotescas mentiras y deformaciones sobre las que se apoya el nacionalismo vasco. Pero no nos ha dicho nada sobre los pilares del nuevo nacionalismo español, un nacionalismo que se apoya en mitos tan necios como los delirios de Sabino Arana. Los intelectuales, los medios de comunicación, los políticos, pretenden hacernos creer que el Pesoe y el Partido Parafascista...perdón, Partido Posfranquista...perdón, Partido Policial...perdón, Partido Popular, digo que nos quieren hacer creer que son partidos "no nacionalistas". Esa es la clave de todo el tinglado propagandístico. Se trata de enfrentar a los "malos", los patrioteros intolerantes, con los campeones de la tolerancia, los "internacionalistas", los ciudadanos del mundo, que creen en la comunidad hispanohablante y en la Unión Europea.

Da risa cuando los españoles, con aire de suficiencia, se burlan de los nacionalistas periféricos soltando aquello de que "el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando".

La verdad es que, hoy por hoy, no hay forma de escapar al nacionalismo. Las estructuras políticas tratan de aglutinar a sus miembros fomentando una solidaridad interna, un sentimiento de comunidad, recurriendo a la propaganda ideológica. Ese sentimiento de unidad, es la "identidad" de cada país, y es tan necesario para su supervivencia como las reservas de divisas. No importa que muchos individuos se autodefinan renegando de su "patria": la sociedad en su conjunto necesita, hoy tanto como hace cien años, forjar una autoexplicación. Cuando no se consigue imponer una versión de la identidad, cuando un porcentaje apreciable de la población defiende una explicación distinta de la oficial, surge el conflicto. Es lo que ocurre en el País Vasco.

El nacionalismo español constitucionalista es tan arbitrario como el españolismo franquista, aunque se esfuerza en separarse de él externamente. Define de la nada una "nación", nación integrada por un conjunto de territorios que la casualidad histórica ha agrupado dentro de unas fronteras políticas comunes. La "nación española" no es un invento menos burdo que "Euskal Herría". ¿Por qué habría que suponer que el Valle de Arán, rincón de la antigua Gascuña, forma parte de la misma nación que Melilla, plaza africana rapiñada por la monarquía española? ¿Qué tiene en común la Liébana con la Isla de Hierro? ¿Por qué Tras-Os Montes, durante siglos parte del Reino de León, debe ser considerado tierra extranjera por un zamorano, mientras que un ibicenco es compatriota suyo?

La Constitución Española de 1978 es un conjunto de leyes, nada más. No es la Biblia, no es un regalo de los dioses para garantizar la paz y felicidad de "este pueblo". Dejando aparte su sometimiento a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que casi todos compartimos, es muy perfectible. Está llena de concesiones al franquismo, como no podía ser menos en la época en que fue redactada. Los españolistas intentan embrollarlo todo, quieren identificar una constitución en particular con todas las constituciones, quieren establecer una ecuación ridícula en la que la modificación de la constitución (y por tanto de las fronteras españolas) conduciría al caos y al fin de las libertades. ¿Por qué, pongamos por caso, un estado vasco tendría que ser menos democrático que el estado español vigente?


La auténtica amenaza, naturalmente, proviene de que la Santa Constitución otorga al ejército la función de garante de la unidad patria, de modo que el día menos pensado nos podríamos encontrar con un democrático cuartelazo y una democrática montaña de cadáveres, "amparados por la constitución". Ese es el temor que flota en el aire, pero claro, no se puede admitir sin que el tinglado propagandístico se caiga como un castillo de naipes, y quede al descubierto la vieja España, la de "Esto lo arreglo yo en dos días" y "Esto se hace porque a mí me sale de los cojones".

La otra cara de la moneda es la relectura de la historia antigua. Franco hablaba de glorias imperiales, de Isabel y Fernando. Hoy nos hablan del "país de la tolerancia", del "Toledo de las Tres Religiones", del "encuentro de culturas" (para referirse a la expansión imperial por Sudamérica), etc, etc. Una nueva mitología nacional para sustituir a la franquista, mucho más sensiblera y edulcorada que ésta.

El mejor modo de comprender cuáles son los motivos profundos que animan las posturas de los distintos partidos, es prestar atención a la gente sin cultura, a los millones de personas que no leen por su cuenta, que no dudan de la información que reciben. Hay que escuchar a la gente que lleva toda su vida sometida a un bombardeo propagandístico demencial, sin ni siquiera darse cuenta. Esas personas nunca tienen la oportunidad de "hacer declaraciones", pero los grandes partidos saben muy bien cuáles son sus opiniones (ellos las han forjado) y las tienen muy en cuenta a la hora de hablar...y de actuar.

A continuación reproduciré un mensaje enviado, el siete de diciembre de 2000, al Foro de Andecha Astur, organización nacionalista asturiana. El anónimo remitente firma como "Oviedo es España", y en unos pocos renglones traza las principales mentiras del nacionalismo español. Se observará que:

-Se proclama ovetense, y al mismo tiempo expresa un desprecio y un odio sin límites por Asturias, "esta mierda de región". Esta curiosa neurosis es típica de la mentalidad de un súbdito imperial: el colonizado desprecia su origen y admira a la metrópoli con pasión enfermiza.

-Identifica a las culturas periféricas como "paletos" o "patéticos" (incluyendo a la suya propia). Con buen tino, nuestro anónimo comunicante ha comprendido que España no quiere integrar a distintas culturas, sino que aspira a imponer una cultura "superior" machacando al débil. Es un imperio castellano.

-Cita varios de los tópicos y herramientas de la ideología españolista: los toros, el vino, el concepto de "latino"...costumbres o tópicos, en apariencia inofensivos, pero que, desde hace décadas, las autoridades emplean para forjar una "identidad española".

-Propone a Francia como modelo. Con certera intuición, señala al país del que copiaron los distintos gobiernos a la hora de crear "España". En efecto, medidas como la división en provincias, o la creación de las distintas "Academias", imitaban descaradamente el centralismo jacobino, aunque con menos éxito que al norte de los Pirineos.

-Cita de pasada el crecimiento del asturianismo, y lo percibe como una amenaza. La postura más corriente entre los constitucionalistas es la de rechifla frente a un nacionalismo, el asturiano, que de momento carece de respaldo parlamentario. Esa es su "tolerancia" frente al débil. Pero entre las burlas, se percibe una cierta intranquilidad... "¿Y si estos cabrones se convirtiesen en un problema...?" parecen pensar. Por otra parte, es curioso que en un mensaje tan rabiosamente patriotero, cañí y violento, se hable del "cáncer del nacionalismo-regionalismo". O sea, los nacionalistas son los otros. ¿No es para volverse loco?

-Por último, "Oviedo es España" se identifica como votante del PSOE. Los dirigentes de este partido saben muy bien que una buena parte de su electorado es tan agresiva y violenta, y está tan fanatizada, como "Oviedo es España". Muchos de ellos, de hecho, comparten ese fanatismo.



A LOS PUTOS PALETOS ASTURIANOS DEL FORO (fdo. "Oviedo es España")

Yo soy de Oviedo, soy español y nada más, y no oigo a nadie hablar esa jerga de paletos que hablan los "asturianos", los putos mineros de las cuencas (Mieres y Langreo), que sólo sirven para sobornar al gobierno español o del Principado con revueltas y sacarle la sangre si hace falta, así tienen las pagas que tienen. Por suerte veo que aún no ha atacado el cáncer del nacionalismo-regionalismo a esta región, pero actitudes como la vuestra me hacen reflexionar.


Cada año en San Mateo voy a los toros, como buen español que soy, me gusta el vino, me siento latino, mi lengua es el español, odio a la "supuesta" cultura asturiana que se están inventando ahora algunos sectores y voto al PSOE. ¿¿Pasa algo?? ¿Acaso hay que ser de derechas para sentirse español de los pies a la cabeza? Estoy harto del tópico de que la izquierda siempre tiene que tener mano blanda con los nazionalismos.

La cultura asturiana NO EXISTE, es la española.

Deberíamos copiar de Francia y expandir [sic] la homogeneidad cultural, destruir todas las jergas patéticas como el gallego, el catalán o la mierda del asturiano, y todas las "supuestas" peculiaridades, hacer una España unida en todo, que no se diferencie entre un vasco, un gallego o un andaluz. Copiemos de América o Francia, unidad cultural = riqueza.

Y yo por vivir en esta mierda de región de subnormales mineros analfabetos que sólo han manchado el nombre de la izquierda, ¿Tengo que dejar de sentirme español? Y una mierda.

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