La
cultura. Todo lo que hay que saber
DIETRICH SCHWANITZ
Vivimos una época en la que
la ética del esfuerzo se ha visto sustituida por el enriquecimiento
fácil, la educación y el civismo por la barbarie consentida,
y la cultura por un sucio mercado de productos totalmente carentes
de interés. Es decir, y como es notorio, vivimos una época
como cualquier otra, pero como ahora existen productos como LPD,
el balance sólo puede resultar beneficioso. Adicionalmente,
y sin descartar ninguna posibilidad, si bien es cierto que no todos
los productos existentes en el mercado son como LPD y, por ende,
hay mucha porquería suelta, y si bien es obvio que muchas
veces el gusto popular no coincide en absoluto (es más, resulta
antagónico; eso es lo más cojonudo que tiene) con
el canon estético definido por la alta cultura, lo que ni
siquiera el apocalíptico más envarado puede negar
es que nunca hemos asistido a una variedad y diversidad de productos
culturales accesibles al ciudadano medio mínimamente comparable
a la actual (dado que ningún modelo de sociedad del pasado
es comparable al actual, que esa es otra). Por ejemplo, un producto
de cuya excelsitud no cabe plantear dudas, tal que una cassette
de la Orquesta Mondragón, en el pasado era privativo de las
elites político-económicas que lo eran también
culturales: sólo ellas podían pagar, y encargar como
producto de consumo privado, esta música celestial. Pero
ahora, cualquier desarrapado de medio pelo te consigue la cassette
y se pone a escucharla como si la entendiera, para horror y pavor
de los bienpensantes.
De lo que se trata, en consecuencia,
es de indagar en la complejidad, extremada en todos los órdenes
de la vida, de extraer los elementos de interés para el individuo
y de interpretar correctamente un entorno cada vez más inaprehensible.
Para eso, entre otras cosas, están los medios de comunicación,
el sistema educativo o las organizaciones políticas. Y para
eso están también los manuales de autoayuda y sucedáneos.
En un contexto como el de la cultura,
es más, la alta cultura o la cultura clásica, como
el que aborda este libro, el concepto “manual de autoayuda”
parece en principio una aporía. La adquisición del
saber y el disfrute de la cultura en toda su extensión no
deberían ser pasto de formulitas y resúmenes estereotipados
como los que hacen este tipo de publicaciones (excepción
hecha de LPD). Además, el título, o mejor dicho el
subtítulo, resulta particularmente desafortunado: “Todo
lo que hay que saber”. ¿Qué pasa, que se trata
de una obligación? ¿Acaso Usted no disfruta minuto
a minuto de la lectura de algo tan sublime como, pongamos por caso,
el Poema del Mío Cid?
Sin embargo, y por fortuna, el contenido
no se corresponde con el continente (que, además de lo del
subtítulo, consiste en una afoto de un estante lleno de libros
que haría las delicias de cualquier familia compradora de
Premios Planeta). No en vano Dietrich Schwanitz acomete esta difícil
labor con sobrada maestría, refiriendo lo esencial y salpicándolo
de comentarios generalmente lúcidos y, por momentos, muy
divertidos. Por ejemplo, su obsesión con los ecologistas
y con el psicoanálisis es para enmarcarla, y aunque la parcialidad
pueda desmerecer, en otras condiciones, el valor del libro, tratándose
de esta temática la parcialidad “se le supone”,
por no hablar de que a mí comentarios como “Era como
una bebida que da sed, una especie de necesidad que se alimenta
a sí misma, en una palabra: una droga. Por lo que se refiere
a su función social, los psicoanalistas bien pueden compararse
con la mafia de la droga, dado que ellos mismos crean la necesidad
que después convierten en la fuente de sus ganancias”
(p. 613) me llegan al alma.
La estructura del libro compendia
todo lo que a juicio del autor es relevante a partir de una división
en dos partes, tituladas sintomáticamente “saber”
y “poder”. En la primera parte, Schwanitz efectúa
un resumen de la historia del mundo occidental (fundamentado, inevitablemente,
en las herencias grecorromana y judeocristiana a partes iguales),
una revisión de la evolución del arte, la literatura,
la música, un “estado de la cuestión”
ideológico y filosófico, y una referencia final a
la batalla de los sexos (es decir, la esclavitud sistemática
a la que el modelo patriarcal sometió a las mujeres hasta
hace muy poco, y aun ahora; en la próxima comida familiar
mi madre me dará ración doble de postre). La segunda,
“poder”, es una reflexión más genérica
sobre, en esencia, cómo aplicar adecuadamente en el mundo
de hoy lo aprendido a raíz de la inmersión del individuo
en lo que la cultura tiene que ofrecer (lo cual no significa únicamente
cómo “mojar” o, para entendernos y como diría
un amigo mío, no habla sólo de “lo Goldo”).
La
primera parte es en su conjunto muy buena, un resumen excelente
y muy útil para encuadrar alguna obra, escuela teórica
o realización que tuvieran por ahí perdida (que, naturalmente,
no es mi caso, pero igual alguno de Ustedes anda un poco despistadillo).
Cabría destacar la revisión de “lo Goldo”
(en esta ocasión, nos referimos a la filosofía occidental),
donde a Schwanitz se le nota lo mucho que le gusta escribir como
diciendo “mirad, me he leído a Hegel y a Heidegger,
o a alguien que tuvo arrestos para hacerlo por mí, y además
lo he entendido”, el sueño perverso de cualquiera.
Y, sobre todo, la revisión de las teorías sociales
y políticas contemporáneas, donde más allá
de la alusión al psicoanálisis, ya mencionada, es
muy divertida la referencia al cúmulo de engendros chamánicos
y ocultistas que se engloban bajo el paraguas de la posmodernidad,
síntoma claro, como también sabe ver Schwanitz, de
la decadencia de la izquierda clásica y su sustitución
por movimientos reaccionario – ineptos (también lo
explicábamos, tangencialmente, aquí).
La segunda parte, “poder”,
más breve, es también más desestructurada y
personal, y en realidad viene a responder a las obsesiones del autor,
lo cual no es necesariamente malo (por ejemplo, es divertido el
capítulo dedicado a “lo que no hay que saber”,
casi volcado a la crítica del periodismo rosa-amarillo; el
tío debía –porque está muerto, por desgracia-
veranear en España), y está muy bien la revisión
final dedicada a “lo que Usted debería saber de otros
países”. En realidad, esta breve lectura del carácter
nacional de estadounidenses, franceses, alemanes, ingleses, ...
viene a ser una colección de tópicos, es decir, se
ajusta casi perfectamente a la realidad (impagable la referencia
a los españoles y su obsesión por el honor, significada
en frases tan grandes como esta: “En España (...) imperan
las normas más estrictas de una grandeza contenida, como
se pone de manifiesto en el flamenco o en los movimientos del torero
en una corrida de toros” (p. 812).
El principal defecto de este libro
es que se trata de un libro publicado en Alemania y es, además,
un libro pensado exclusivamente para el público alemán.
Esto quiere decir que, sobre todo en algunos apartados muy localizados,
la alemanidad de la forma o expresión del saber que se esté
describiendo es notoria, y excesiva. Esto ocurre, por ejemplo, claramente
en el apartado de Historia, que a partir de 1871 pasa a ser directamente
historia de Alemania; en la literatura, donde el peso específico
de las obras en lengua alemana es claramente superior a lo razonable;
y de la filosofía qué les voy a contar (¿No
quieres más filosofía alemana? ¡Pues toma dos
tomos!). Esto tampoco tiene por qué ser necesariamente malo
(por ejemplo, piensen Ustedes en mí, ya cansado me tiene
la literatura occidental, abocado a releerlo todo una y otra vez),
porque puede permitir hacer algún pequeño descubrimiento
que se salga del clásico “Top Ten”. Y, claro,
se podría haberse hecho algo igual en España, pero
piénsenlo bien: ¿Cuántos volúmenes habría
que editar, una vez terminada la historia del Real Madrid y de la
copla española, entre tantos y tantos otros referentes ineludibles?
Guillermo
López (Valencia) |