Del ostracismo social a los altares en unas cuantas “sesiones”
Del salón en el ángulo oscuro, divertida al trasluz su pandilla, silencioso y cubierto de polvo, veíase al pincha. Estoico y becqueriano como el arpa que en la rima VII pedía un plumero, el pinchadiscos forma parte importante de la historia contemporánea. Su carácter apocado y tímido, su gordura, su fealdad, una enfermedad mental o todo a la vez hacen que se encargue del control y gestión de los vinilos, una labor para la que no se necesita más cualificación que la capacidad de tener una experiencia vicaria con la alegría que se desarrolla metro y medio más allá de su rincón. En el paréntesis entre un éxito de Los Diablos y otro de Fórmula V su mirada se cruza con la mirada de la chica que le gusta. Ella le sonríe como reconociendo su labor en pro de la felicidad ajena, se vuelve y sigue bailando un suelto con otro. Dentro de un rato llegarán los agarrados. Una telaraña va de la muñeca del pinchadiscos hasta su tobillo. Lleva demasiado en esa esquina. Eran tiempos en los que los tocadiscos se llamaban picú, las discotecas discotheques y las niñas de los colegios de monjas solicitaban abandonar la clase para salir al excusado poniéndose los dorsos del índice y el corazón en la frente mientras pedían permiso para ir al petit. La dictadura actúa como un colador. Muchos pizcos, también fragmentos considerables, no pasan de la rejilla. Por un lado se vuelca Janis Joplin y en el recipiente ibérico queda Karina. Por un lado se vierte Woodstock y en el recipiente queda el guateque. También sucede al revés, de aquí a allá. Las aguas menores expulsadas por Fraga al aprovechar su baño en Palomares se transforman años más tarde en el agua desplazada con elegancia por el Spitz de las siete medallas de oro. España entera servía como gigantescos exteriores de la segunda parte de Raza. Jaime de Andrade se había pasado del guión a la dirección en 1939 para hacer la película más larga: millones de actores para 36 años de metraje, sin intermedio para tomar un refrigerio en el ambigú.
Estalla la transición. Estalla la democracia. A veces estalla literalmente debido a graciosos artefactos puestos por Tirios o por Troyanos. Café para todos. Como en los esquemas antropológicos donde se observa la evolución del peludo y fornido homo nosequé hasta el más alto y grácil homo nosecuántos, el pinchadiscos evoluciona a disc-jockey progre. Cambia su denominación por la anglosajona pero mantiene una recia barba española, cierta desnutrición, rostro cetrino, fuma Ducados sin parar y complementa su halitosis con la ingesta masiva de segoviano. Un caparazón de pana protege su epidermis de las inclemencias. Ahora sale de su territorio, no mucho, a veces. Se desplaza en zig-zag, a cambayá tendida, hacia la chica que le gusta. Le habla de Marxismo. Le habla de leninismo. Le habla de Marcel Proust. Le habla de Theodor Adorno. Trata de llamar su atención haciéndole toc-toc con el dedo en el hombro cuando ella le da la espalda y se vuelve en el sofá donde se sientan para besar a otro tipo, un poeta novísimo que está recostado sobre los cojines. Retorna a su esquina dejando un reguero de pota -combinado nº 2: bebida, ensalada, filete de pollo con patatas, café, 350 pesetas- que se verá obligado a limpiar. Una araña se desplaza por los hilos de seda que van de su oreja al hombro.
Estallan los 80, porque aquí estalla todo. Cuántas bombas. Madrid mata y con frecuencia matan en Madrid. Llegan los punkis con un lustro de retraso y los rockers 30 años más tarde. La sociedad se ennoblece poco a poco, crece el sentimiento protector hacia los más débiles que estén a un mínimo de dos mil kilómetros o no molesten mucho, we are the world, we are the children. Los yonkis sustituyen a los porteros de los edificios y dan la bienvenida a las familias en el primer tramo de la escalera, el Cojo Mantecas sustituye a los serenos y se encarga de apagar las farolas con un nuevo estilo. La pandilla no quiere abandonar al pinchadiscos a su suerte para que muera de frío soledad, desamor y aburrimiento. Es un ciudadano mermado de pleno derecho. Cae una mosca verde en la red que va de su entrepierna a la pantorrilla. Nacen la Movida y la conciencia cívica. Lo recluyen en un centro de acogida con las paredes acolchadas para que no se haga daño al golpear su testuz contra ellas en los instantes de desesperación: surge así el locutor de los 40 principales. Tras el cristal del estudio, la chica que le gusta le hace un gesto antes de morder la oreja de un periodista deportivo.
Estallan los 90. Qué trenes más rápidos, qué olimpiadas, qué Expo, qué vértigo por doquier, qué de cosas bonitas, qué de comisiones y maletines. La enfermedad se extiende, las radiofórmulas colapsan el dial para dar cabida a tantos disc-jockeys desamparados. Adiós, González. Ellos hablan igual que ellos. Ellas hablan igual que ellas. Ellos hablan igual que ellas y viceversa, I am you as you are he as you are me and we are all toghether, varias décadas después de la controversia sobre la muerte de Paul se descubre en España el verdadero sentido de la letra de I am the walrus de los Beatles: era una visión premonitoria sobre el pinchadiscos. Estalla, cómo no, el síndrome de la morsa. Hola, Aznar. La Seguridad Social toma cartas en el asunto. Reconvierte parte de los antiguos pubs y bares de copas en salas, unos centros sanitarios nocturnos especializados en la atención a estos enfermos. Se les aplica el electroshock inverso, en lugar de darles descargas en las nalgas se permite que ellos ofrezcan sus impulsos al éter mediante modernas mesas de mezclas de giradiscos y giracompactos. La juventud baila de nuevo. El DJ queda recluido en una cabina algo elevada con respecto al suelo. Desde allí otea el horizonte y divisa la coronilla de la chica que le gusta junto a la coronilla de otro tipo. Ella le mira y le hace un gesto de ok con el pulgar poco antes de introducir esa misma mano en los pantalones de su acompañante. Una araña hace puenting desde la nariz del pinchadiscos hasta su bolsillo.
Estalla el siglo XXI. Se derriten los polos. Un gigantesco témpano de hielo viene desde Groelandia, apártese señora. Radiofórmulas y salas no dan abasto con el síndrome de la morsa. Hordas de afectados deambulan con mochilas llenas de 33 y 45 revoluciones, cedés y emepetreses. Al tratarse de víctimas de un mal y vía corrección política pasan a ser ciudadanos de derechos aumentados por la lente de las gafas de pasta. Llega la terapia creativa para ellos. Buen rollito, alianza de civilizaciones. Lerdo DJ se va de bolos por las salas, por las provincias, por las realidades nacionales, por la Unión Europea. Vuelve al hogar, a su cabina, con cierta frecuencia, donde se le conoce como “residente”, vive allí. Los “residentes” van, los “visitantes” vienen, han de sacar lo que llevan dentro, todo lo que llevan dentro. Cuelgan al pinchadiscos con una alcayata en ARCO y recibe críticas fabulosas. DJ Borderline tiene blog. Tiene fotolog. Tiene página web propia. Crece, crece y crece. Hace una versión distorsionada de un tema de Parchís. Crece, crece y crece. Hace un medley con una canción de Luis Aguilé y otra de Isley Brothers conectadas por un interludio con la sintonía de Mazinger Z. Crece, crece y crece. Una capilla sixtina de sonidos y texturas enaltece a las masas. Su rostro sale en los magazines que vienen con los diarios los viernes. Crece, crece. Arranca melodías de la nada que resultan idénticas a melodías antiguas: DJ Pierre Menard fija la mirada en los platos. Su figura de artista colosal ensombrece los continentes. En cada una de sus “sesiones” se produce un Génesis y un Apocalipsis. El Planeta Tierra chirría y gira adelante y atrás, adelante y atrás, adelante y atrás, gracias al scratch de Dios DJ. A su diestra se sienta un cocinero autor, a siniestra un decorador de interiores. La chica que le gusta le saluda, pero desde la estratosfera se ve demasiado pequeña. La araña le pica en la napia. El preludio de Así Habló Zaratustra da paso a una variante sin acordeón de Los Pajaritos. Danzad, danzad, malditos.

