Carles Campuzano es diputado de Convergència i Unió (CiU) en el Congreso desde hace diez años. Campuzano fue presidente de las juventudes de Convergència Democràtica de Catalunya, y se define como un independentista posibilista. A él, entre otros, le debemos unos cuantos no haber tirado un año a la basura conociendo las esencias democráticas del Ejército Español. Por otro lado, tiene una fama bien ganada de a) currante; y b) heterodoxo. En cuanto a a), Campuzano es el pichichi en la clasificación de preguntas parlamentarias al Gobierno –excluyendo las preguntas “freaks” del PP, en las que se pregunta al Gobierno si pretende nacionalizar la banca, destruir España o acabar con la liga de futbol-, sumando más que el resto de grupos juntos. Por lo que respecta a b), un compañero de partido suyo se me quejó amargamente de los marrones en que les mete por su tendencia a adelantar por la izquierda al PSOE –lo que no es difícil, puesto que según el CIS es un partido con mayor proporción de votantes católicos que el PNV, y monárquicos ya no te digo- e incluso a IU.

¿Qué hacías durante la transición?

Cursaba EGB en una escuela perteneciente al Movimiento de Renovación Pedagógica. Se trataba de una escuela anti-franquista en la que, por ejemplo, recuerdo haber hecho trabajos sobre el retorno de Tarradellas.

¿Qué cosas positivas sacamos de la transición?

En primer lugar, un período largo de democracia, libertades y estabilidad. En clave catalana, además, la transición fue una condición necesaria para la recuperación del autogobierno. En segundo lugar, la irreversibilidad del proceso de convergencia con Europa, que hacía imposible retroceder en los avances democráticos. Además, para los catalanes la integración europea siempre ha significado el debilitamiento de estados como el español, que han debido ceder poder y soberanía a la Unión y a otras estructuras. Por poner un ejemplo, no se hubiera podido suprimir el servicio militar si los estados no hubieran dejado de garantizar la seguridad sustituidos por la OTAN.

¿Y qué cosas se quedaron en el tintero?
En primer lugar, no se realizó el juicio correspondiente al franquismo, especialmente a la represión de la post-guerra. En este sentido, la ley de memoria histórica impulsada por el PSOE no resuelve bien el tema porque nos falta a todos visión histórica para enfocarlo. En segundo lugar, la asunción del autogobierno de las nacionalidades históricas –Catalunya y Euskadi, principalmente- no se ha hecho en España en clave de naciones, sino que se ha entendido como una mera descentralización administrativa según el conocido esquema del “café para todos”. En tercer y último lugar, en España hay una conciencia cívico-democrática manifiestamente mejorable. A pesar de todo ello, debo decir que ahora es fácil criticar lo que se hizo, pero no hay que perder de vista las difíciles circunstancias en las que se hallaba la oposición democrática durante la transición, con todos los resortes de poder en manos franquistas.

¿El Estatut –tanto el que se aprobó en el Parlament, en el que por ejemplo se reivindicaba la Generalitat republicana en el preámbulo, como el acordado entre Zapatero y Mas- supone algún avance con respecto a esas tareas pendientes?

El Estatut del 30 de setiembre sí suponía un avance importante para los catalanes, especialmente por lo que respecta al reconocimiento de la plurinacionalidad del Estado frente a la fórmula del “café para todos”. En cambio, el aprobado finalmente está más inspirado en el señalado “café para todos”. A pesar de no ser el que queríamos, el aprobado finalmente supone un avance, puesto que es mejor que el anterior. Con todo ello, no hay que olvidar, en cuanto a lo que decías del preámbulo y de la Generalitat republicana, que lo que sucedió de facto con Tarradellas fue la génesis de la recuperación del autogobierno catalán, por lo cual en cierto modo sí se respetó la legitimidad republicana de la institución de la Generalitat.
En clave estatal, el Estatut será aprovechado en primer lugar para copiar las demandas catalanas –como ya se está viendo, por ejemplo, en el tema de la immigración-. Además, el capítulo de derechos y deberes, aún cuando no convenció a todo el mundo en mi partido, es muy interesante para muchos sectores de la sociedad española, puesto que incorpora demandas de las sociedades del siglo XXI en materia de derechos individuales.

¿Hay más nacionalistas aquí en Catalunya o allí?

Lo que ocurre es que nosotros nos reivindicamos nacionalistas, mientras que ellos niegan un un nacionalismo que es claramente excluyente al no ser capaz de aceptar conceptos como la plurinacionalidad. En Catalunya existe lo que Enric Juliana ha dado en llamar “catolicismo difuso”, basado fundamentalmente en el progreso social y en los derechos humanos. Por el contrario, en España los llenapistas son la unidad de España y la familia. Por otro lado, existe en Madrid un muy racional nacionalismo basado en intereses y que engloba no únicamente a partidos como el PP y el PSOE, sino también a intelectuales, poderes económicos, sociales, sindicatos, empresas, universidades y un conjunto de élites de diferentes ámbitos.

¿Cuál es el balance de tus años en el Congreso?
El balance es fundamentalmente positivo, puesto que con mi trabajo allí contribuyo a cambiar cosas. Mi grupo parlamentario me ha apoyado en la mayoría de las iniciativas, y no he sufrido mucho la total preponderancia de los grupos por encima de los diputados que es característica de la política española.

¿Por qué ocurre esa preponderancia?
La España que salió de la transición era un sistema débil y muy necesitado de elementos cohesionadores para robustecer la joven democracia y proporcionar la estabilidad que se requería. Por otro lado, existía también mucha desconfianza hacia el papel que podrían desarrollar los caciques franquistas en el caso de apostar por un sistema basado en los diputados y no en los grupos. Sin embargo, a día de hoy ese sistema se ha quedado obsoleto, y urgen innovaciones que, supongo, empezarán con al redacción de una ley electoral en Catalunya en la próxima legislatura, y acabarán tarde o temprano extendiéndose al conjunto de España.

El ejercicio de la oposición en los últimos quince años ha diferenciado claramente al PP del PSOE. Mientras los populares recuerdan a Terminator, los socialistas tienen un aire al Chanquete. ¿Compartes esta percepción?
En la oposición, el PP ha jugado y juega a reventar. Esto puede ser debido a un cambio observable en las sociedades democráticas, en las que crecientemente se obvia el debate sobre los intereses o los asuntos prácticos a favor de los sentimientos y las emociones. Por ello el PP excita cuestiones básicas –el anticatalanismo, la unidad de la patria o la familia-, inspirado en gran medida en los éxitos obtenidos en los EEUU por Bush y los neocon. Es probable que con el traslado del debate a los sentimientos, en los que se suelen dar mensajes claros, los partidos pretendan obviar unos intereses que son mucho menos evidentes, una situación que se va a intensificar en los próximos tiempos.

Decías antes que es muy fácil criticar la transición esta mañana a primera hora, sin tener en cuenta las circunstancias en las que se desarrolló. Sin embargo, por lo que uno ve y oye parece todavía más fácil mitificarla y equipararla a la esencia de la democracia. Tú, que eres de una generación que no la hizo, ¿qué opinas al respecto?
Existe un discurso oficial complaciente, en gran parte por la necesidad de autojustificarse de los protagonistas del proceso. Hace falta un discurso crítico que asuma, sin radicalismos, las irregularidades democráticas acontecidas a consecuencia de la fortaleza de los franquistas. No se trata tampoco de llegar al muy irritante “todo estuvo diseñado por los franquistas”, pero tampoco se puede dejar a un lado el hecho de que la gran mayoría de la gente que era rica en 1976 lo era en gran parte a sus buenas relaciones con el régimen. Asimismo, existen un motivo para que en Mathausen el visitante puede ver ikurriñas, senyeres y banderas republicanas, pero no rojigualdas. Ese motivo es el apoyo de Franco a Hitler, por el que no se han pedido cuentas, lo que cabe calificar de moralmente inaceptable. Estos asuntos están aún pendientes, aún cuando no hay que perder de vista que los sacrificios se hicieron para permitir la recuperación de las libertades y el hecho, pasado por alto por ejemplo por el tripartito catalán, de que hay muchos ciudadanos que, sin ser franquistas, tampoco sienten devoción alguna por la República.