Por tanto, los premios son la perfecta metáfora de la cultura de la transición.
Como metáfora de la cultura de la transición, la institución de los premios funciona, en efecto, maravillosamente: una legitimidad sustentada por la resistencia —real o supuesta, por lo general más tácita que explícita— a la dictadura, permite que, ya en democracia, prospere un tejido de amiguismo y de chanchulleo que, al sagrado intocable de la cultura, corrompe y tergiversa la atmósfera moral del país. En el caso de los premios, el tinglado funciona gracias, por un lado, a la ya señalada complicidad del estamento cultural (que, brindándose como jurado, es decir, como tapadera, contribuye a camuflar con su prestigio lo que en puridad no es otra cosa que una operación de márketing), y por otro lado, la prensa (que consiente, al parecer gratuitamente, en dar entidad de acontecimiento cultural a lo que, por virtud de eso mismo, se convierte en una muy rentable operación publicitaria).

¿La CT –cultura de la transición- respeta todas las ideologías?
La CT es extraña al concepto mismo de ‘ideología’. De hecho, la CT es producto de un estado de desarrollo del capitalismo en el que, como ya dejara dicho Adorno, la ideología ha quedado desplazada por la sociedad misma como fenómeno. “La misma función de las ideologías se está haciendo cada vez más abstracta”, diagnosticaba Adorno a la altura de 1962. Y añadía: “La ideología, la apariencia socialmente necesaria, es hoy la sociedad misma, en la medida en que su fuerza y su inevitabilidad integrales, su existencia irresistible, se ha convertido en un sustitutivo del sentido arrasado por ella misma”. En esto estamos. Las opciones ideológicas que la CT orquesta son modalidades tecnocráticas. Modulan tonos, “talantes”, pero carecen de contenidos reales fuera del que consiste en el mantenimiento a ultranza del status quo. En este sentido, la CT es ella misma ideología única, en el sentido en que se habla de “pensamiento único”. Lo cual no es óbice para puntualizar que se trata de una ideología esencialmente conservadora. Me da igual que sus principales artífices, protagonistas y usufructuarios se proclamen de izquierdas. La CT es el jardín plantado por la izquierda española en el terreno donde debía estar su campo de batalla. A tal punto que la recuperación de toda idea de izquierda, al menos en España, pasa por situarse fuera y en contra de la CT. Aquí no valen bromas. De hecho, el concepto de izquierda, entendida ésta en su sentido cabal, es el fiel que determina el paso de la no-CT a la anti-CT. Es el que determina neta y positivamente la noción de beligerancia, más allá del esnobismo o del simple espíritu de contradicción.

Existen muy buenos españoles, alguno de los cuáles nos estará leyendo, que creerán que discursos como el tuyo son guerracivilistas, algo especialmente peligroso en un momento como el actual en el que nos encontramos al borde de un nuevo 36. ¿El comportamiento de la Brunete Mediática cuando El País suspendió tus colaboraciones por “un malentendido” abona esos miedos?
Las circunstancias en que se produjo mi salida de El País ilustran perfectamente, a pequeñísima escala, la situación que venimos dibujando. Durante treinta años, El País ha sido algo así como el B.O.E. de la CT, y a través de la evolución de aquél cabe hacerse una idea muy aproximada de la evolución de ésta. No estoy seguro de entender plenamente la extensión que das al concepto de “Brunete Mediática”, pero en cualquier caso sirva el dato de que mi enfrentamiento a El País no me perfiló en absoluto como elemento susceptible de ser reclutado por la prensa de derechas. Lejos de eso, ante el ejercicio de una crítica insubordinada, todos los medios de prensa españoles cerraron filas y no dieron alas ni al caso en sí ni a quien lo provocó. En el estrechamiento creciente de todo margen en el que pudiera caber una crítica cabal, es el conjunto de la CT, por derecha e izquierda, el que participa. La crispación política que se vive en la actualidad carece, como ya he señalado, de contenido ideológico: se articula desde la cáscara de la convivencia social, moviliza sentimientos patrióticos, nunca de clase. La guerra civil, por el contrario, fue un producto de la lucha de clases. El guerracivilismo que se blande como fantasma es una instancia retórica. En ese país las grandes manifestaciones de masa vienen convocadas por la marea negra del Prestige, por la guerra de Irak, por el 11-M, por el Estatut. Hace años que nadie sale a la calle para reclamar un sueldo más decente o solidarizarse con la suerte de los inmigrantes o de los parados.

¿Es honrado pensar que los nacionalistas anti-españoles han conseguido crear algo diferente a la CT?
Soy muy escéptico respecto a la posibilidad de que el nacionalismo, sea del signo que sea, pueda alentar una alternativa real a la CT, que desde un principio ha instrumentalizado los nacionalismos como señuelo para camuflar la ausencia de un auténtico debate ideológico, social. En las culturas nacionalistas no reconozco otra cosa que parcelamientos más o menos bucólicos y esencialistas de la CT. Basta ver los escritores emblema que se han consagrado desde ellas: Manuel Rivas, Bernardo Atxaga y tantos otros. Más recientemente, la farsa del Estatut ha dejado bien claro que la política del cambalache, de las reuniones a puerta cerrada, del compadreo, de las fotos de grupo, pertenece tanto a nacionalistas de un lado como del otro. Y aun cuando la cosa hubiera llegado más lejos: el nacionalismo no es una ideología. O mejor dicho, es la institucionalización de la sociedad misma como ideología. Con lo que volvemos a lo mismo.