Héctor López Bofill es novelista –sector “Els imparables”- y profesor de derecho constitucional. Es autor de la muy recomendable obra “La independència y la realidad. Bases para la soberanía de Catalunya”, además de ser uno de los cerebros pensantes de ese proyecto de Constitución Española que ERC presentó en el Congreso cuando andaba abandonando su irredentismo independentista en favor de la colaboración con el entonces denominado republicanismo español por el presidente Zapatero. Últimamente ha escrito la novela Neopàtria -sobre una eventual guerra civil en Euskal Herria- y el ensayo, en colaboración con el republicano Uriel Bertran, Montenegro sí, Catalunya també. López Bofill forma parte de la generación de catalanes que se está empezando a cuestionar la transición –hola-, motivo por el cual ha accedido a participar en este especial. Una ves constatado que el republicanismo de ZP son los padres, bueno será ver hacia dónde vamos los que nos habíamos apuntado a él y que hemos dejado de ver en la Constitución una puerta para ver un muro.

¿Dónde estabas tú en la transición?

Era un niño, así que formo parte de la creciente mayoría de personas que sólo vivimos la Transición como un difuminado recuerdo infantil, y a causa de ello no estamos vinculados a sus servidumbres. Guste o no, pronto tomaremos las riendas de nuestra sociedad y estaremos en condiciones de impulsar nuestra manera de ver las cosas sobre los restos de aquella época que pugna para que aquí no pase nada.

¿Cómo calificas la Transición?
La Transición fue un pacto con el franquismo por promover la continuidad de algunos de sus elementos en la etapa posterior. Una buena parte de la oposición (sobre todo una izquierda de tradición totalitaria) fue la principal cómplice de este fraude. La versión amable de la conciliación y de la fundación de un orden democrático se ha saldado con la perpetuación de estructuras propias de la dictadura que continúan respirando (cómo vimos con las declaraciones del teniente general Mena Aguado) con una sociedad abúlica que lo acató todo por desconcierto y por miedo, y con prácticamente el único ejemplo de transición política en el mundo que no ha procesado ni condenado a los responsables de un régimen criminal.

¿Cuáles son los elementos de la Transición que más han perdurado hasta nuestros días?

Si bien en fase crepuscular, destaco: a) la apelación al consenso como freno todopoderoso de cualquier cambio; b) el miedo magnificado a la fractura civil, y c) una ausencia de cultura democrática de fondo que explica la continuidad de prejuicios, de imposiciones, de tabúes y de actitudes autoritarias a derecha y a izquierda.

La generación que protagonizó la transición da muestras de irritación ante visiones críticas como la tuya.

Hace falta alguien de una nueva generación que hurgue en el pasado con la suficiente distancia y carencia de implicación personal para señalar sus aspectos más putrefactos. La impugnación no podía proceder de los que contribuyeron dar lustre al mito del España constitucional, los que nunca pusieron en cuestión las bases del sistema porque sacaron tajada política y económica del silencio, los que repitieron el catecismo de manera acrítica y se refugiaron en el pretexto de la estabilidad por venderse a la autoridad. Sólo alguien de una nueva generación, liberado de las cadenas mentales, puede sacar a la luz el pecado original, la profunda indignidad que impregna el acuerdo con los herederos del dictador y la deslegitimación global que esta circunstancia comporta para el régimen actual.

Sin embargo, el final del proceso catalán de reforma estatutaria, con el tradicional pacto –de espaldas a la ciudadanía, como corresponde a las formas de la transición- entre la derecha catalana y los sectores españoles menos trogloditas, parece revalidar los “logros” de la transición.
El muro que tenemos enfrente es todavía muy denso, estos poderosos agentes a los cuales hacía alusión y que llevan más de 30 años decidiendo no están dispuestos a ceder ni una migaja de su sistema de privilegios. Por esto se han puesto tan nerviosos en un contexto de cambio de correlación de fuerzas como el que vivimos, que coincide con una posición más firme en el tema nacional catalán. El nerviosismo se palpa, especialmente, en los creadores de opinión pública, en aquellos medios que se obstinan en presentar la realidad como si la sensibilidad de la sociedad catalana no hubiera cambiado. Sí, es cierto que muchos guardianes de la impostura querrían que Catalunya no se moviera demasiado del lugar donde la Transición la enterró, que muchos desearían que las aguas volvieran a su curso, con este Estatuto arregladito y rebajado que no levanta demasiada polvareda y que las élites de catalanes leales en España continúen haciendo negocios en Madrid sin que los importunen. Pero en el electorado catalán no hay marcha atrás, quienes apuesten por las grandes coaliciones de las fuerzas de siempre deben saber que ya no les salen los números.

Sin embargo, los arquitectos del pacto que reedita la transición parecen muy convencidos de reeditar su éxito del 78.

Parece mentira que no vean que, ni que sea por renovación biológica, cada vez somos más los que no nos tragamos las mentiras con las cuales se conformaron la mayoría de nuestros progenitores, que no nos intimidan los gestos despóticos sin cabida en el mundo civilizado y que estamos dispuestos a luchar por una democracia dónde las ideas y los argumentos triunfen a bulto de la fuerza y de la resignación.

Los nacionalistas españoles, así como los que les dan alas identificando la constitución del 78 con la única democracia posible, han establecido que el independentismo no es compatible con la democracia. ¿Tienen razón?

La idea de fondo del independentismo no es ninguna otra que no sea la de aplicar los principios democráticos a los elementos definitorios del Estado. Todo Estado existente en la actualidad ha tenido su origen en un acto de independencia que contradecía los principios del orden jurídico al que pertenecían.

¿Es España una excepción a esta norma que vale para todos los estados existentes?
Sin lugar a dudas España es el modelo de estado hecho a navajazos. Esta afirmación, más que inspirarse en los inicios de la Edad Moderna, encuentra su razón, primero, en el capítulo de la Guerra de Sucesión y, sobre todo, en pleno siglo XX, con la Guerra Civil Española y la instauración de la dictadura franquista.
Ni la transición política a la democracia, ni el referendum de aprobación de la Constitución de 1978, ni la aprobación del Estatuto de Autonomía el año 1979, borraron el traumático condicionante de la Guerra Civil y de la Dictadura que coartaban el libre pronunciamiento del pueblo catalán sobre su autodeterminación. La transición en España fue una época dominada por el miedo, con un regimen despiadado y una cultura autoritaria que no se había desmantelado y que amenazaba con dinamitar el proceso en cualquier momento, como, finalmente, sucedió en el golpe de Estado del 23-F de 1981. En este escenario, pendientes de una intervención militar que nos devolviese al viejo orden, no confluían las condiciones mínimas para ejercer un acto de libertad y definir el marco de la democracia catalana.
Esto también explica que las normas fundamentales vigentes se encontraran viciadas de origen. En la CE de 1978 constan algunos fragmentos antológicos que expresan esta sumisión a los sectores más negros del franquismo y que se explican a través del pánico y de la represión. Destaca el artículo 2, que inicia el modelo de organización territorial diciendo: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. O el artículo 8, en el cual se atribuye a las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, la misión de defender la integridad territorial de España, esto es, como se interpretaba entonces y como se sigue interpretando por los sectores españolistas, de sofocar militarmente cualquier acto de secesión.

Félix Ovejero, uno de los intelectuales que promueven un partido nacionalista español en Catalunya, descalifica el discurso independentista porque, a su juicio, no tiene sentido cuando Barcelona es la ciudad española con más apellidos terminados en –ez. ¿Tiene esta posición, que causó furor en la Euzkadi de finales del siglo XIX, algún futuro en la Catalunya actual?
Si hay alguna posición etnicista es la de Félix Ovejero oponiéndose a cualquier salto adelante del autogobierno de Catalunya con el magro argumento de que parte de la población tiene raíces fuera de Catalunya. La población de Catalunya puede aspirar al autogobierno que le plazca con independencia de sus orígenes y sus apellidos –sólo recuerdo que mi “López” no me impide ser soberanista-, teniendo presente, además, que los López seremos cada vez más una progresiva minoría a medida que se incorporen los Haloul o los Chang.

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