Hace unos años, la TV emitió un anuncio de un juego que consistía en nombrar palabras con una inicial determinada que respondieran a una categoría determinada. En el anuncio, el propietario del juego amenazaba con no dejar jugar a nadie si no le aceptaban, como animal de compañía que empieza por la letra “P”, la palabra “pulpo”. En la transición se aceptó pulpo como animal de compañía. La ferocidad del aznarismo nacional-católico consintió en no aceptar perro como animal de compañía, y la clave de su éxito fue que es difícilmente creíble que un PSOE que ha aceptado pulpo pueda defender que un perro es un animal de compañía.

Con motivo de la conmemoración de la Constitución Española, las juventudes de ERC rompieron ejemplares del sacrosanto texto constitucional. Vaya por Dios. Los constitucionalistas del PSOE no tardaron en rasgarse las vestiduras. Pobrecitos. Según ellos, este tipo de acciones de los republicanos catalanistas sirven de munición electoral a lo que ellos no quieren llamar extrema derecha nacionalista. Y esto es falso. De hecho, en los últimos años el PP no ha tenido ningún problema en usar el nacionalismo español como su principal argumento electoral, utilizando la sangre de las víctimas de eta con la total complicidad del propio PSOE, que ha sido el que ha engordado hasta su tamaño actual al muy pre-constitucional movimiento constitucionalista. Claro que eso es un problema del PSOE, y yo me limitaré a constatar el doble significado de la voz “constitucionalista”. Así, un constitucionalista puede ser un estudioso de la constitución, si bien la acepción que se ha impuesto ha sido la que define a un constitucionalista como al partidario de la constitución, esto es: un fanático creyente que defiende con todo el dogmatismo posible algo que no se ha leído. En este ámbito cabe situar a los numerosos socialistas a los que, defendiendo la constitución, no se les ha escuchado jamás hacer una pública defensa de su primer artículo –eso del Estado “social” claramente incompatible con el liberalismo Proud Friend of Enron que tanto le gusta al cajero Alberto Recarte-.

Sin duda, el surgimiento de ese movimiento nacional-constitucionalista ha colaborado en la potenciación de actitudes como las de las juventudes republicanas. Al fin y al cabo, si de forma constante se usa un texto legal con la única finalidad de excluirle a uno de la vida pública, únicamente un juancarlista podría sentir la menor simpatía por dicho texto. Pero eso no es todo. Cabalmente, un republicano, sea de ERC o de la Ponferradina, tiene un montón de motivos para no desarrollar sentimientos jipis hacia el texto del 78. Vayamos con un poco de teología y geometría.

Son muchos los que defienden la constitución como un “punto medio” pactado por “todos”. Más allá de la manifiesta falsedad de ese “todos”, preguntémonos hermanos por lo que para tantos es el “punto medio”. Unos pocos ejemplos prácticos, a saber: a), b), y, por supuesto, c).

Apartado a). En un lado, una foto del Rey Juan Carlos I, nuestro jefe de Estado por la gracia de la Ley de Sucesión del caudillo y de sus derechos históricos. En el otro, una foto de una urna, que representa simbólicamente la conveniencia de elegir al jefe del Estado de forma democrática. Pues bien: los yonquis del punto medio nos alientan a aceptar que el punto medio entre esas dos fotos es otra en la que se ve al Rey Juan Carlos I leyendo –o intentando leer- su mensaje de Navidad, y todas las cadenas retransimitiéndolo para hacer gala de pureza patriótica.

Apartado b). En un lado, una foto de una cruz, ese bello símbolo de la Iglesia Católica. En el otro, el logotipo de los Bad Religion, que consiste en una cruz con la señal de prohibición encima. Los yonquis del punto medio dicen que el punto medio entre esas dos fotos es otra en la que se ve al monseñor de turno con los pactos del concordato, y las relaciones de cooperación con la secta católica establecidas en la Constitución.

Apartado c). En un lado, una foto en la que se ve al Jefe del Estado Mayor de turno, presto a defender la unidad patria con los tanques. En el otro, un quebequés votando en el referendum de autodeterminación. Los yonquis del punto medio, por supuesto, sacan su metro, reivindican lo inmaculado de la concepción y dicen que el punto medio es el artículo octavo, que faculta al jefe de tanques a cepillarse lo que sea en aras de la no-nacionalista “nación indisoluble” y la “patria indivisible”.

Pero hay que dejar de lado los peculiares métodos de cálculo de distancias, en el sentido de que cualquier persona mínimamente cuerda sabe que la tierra no es plana y que ni existe ni existirá diferencia alguna, en el fondo, entre el “patriotismo constitucional” y el “diseño inteligente” que patrocinan los integristas cristianos de Arizona para desacreditar a Darwin. Como bien decía Miquel Bauç , tampoco el vergonzoso origen del texto constitucional es aquí el punto fundamental. Al fin y al cabo, una vaca –ciega o no- puede llevar una mierda seca pegada al culo durante una semana, y ser perfectamente feliz. Lo fundamental aquí es la continuidad. No únicamente la continuidad de la legalidad emanada del 18 de Julio de 1936, que tengamos en el Tribunal Constitucional a un Jefe Provincial del Movimiento o las peculiares opiniones de la máxima autoridad judicial española. La Continuidad como categoría, como objetivo, como fin en sí mismo.

La Continuidad, la Continuidad, la Continuidad…

Haro Tecglen o Campany muriéndose literalmente en sus columnas son la Continuidad. Ussía, Pradera, Sopena o Del Olmo son la Continuidad. Ana Patricia Botín y la finca de Ses Salines son la Continuidad. Samaranch y el “més que un club” son la Continuidad. Todos los medios apuntándose a las mentiras, perdón, a las vías de investigación del Gobierno después del 11-M son la Continuidad. El nuevo Fin de la Historia y los presidentes autonómicos que duran décadas son la Continuidad. Gabilondo y su deseo de “que [el hijo del príncipe] sea niño” para estrenar su “Noticias Cuatro” y Jiménez Losantos ejerciendo el talibanismo constitucional son la Continuidad. El bloqueo en el Congreso de la Ley de la Memoria Histórica y el boicot al cava son la Continuidad. Permitir a los bancos devaluar o no devolver los depósitos a sus clientes, como pasó hace poco en Argentina y como no pasó en EUA en 1929, es la Continuidad. El peix al cove y las parrillas de las cadenas generalistas son la Continuidad. Las verbenas que montan los periodistas deportivos nacionalistas a cuenta de la selección española y la paella de los Jueves son la Continuidad. “Hay que dejar las cosas claras: la Constitución la pactamos todos” es la Continuidad. Las manifestaciones de los payeses y las de los agricultores son la Continuidad. Los obispos en la calle defendiendo sus fueros y el “No podemos conducir por ti” son la Continuidad. El debate de las tribus con su mal llamado “no-nacionalismo” y la demagogia anti-americana con su peor llamado “liberalismo” son la Continuidad.

No es extraña la adicción a la Continuidad. Un país que ha dedicado 40 años a la persecución implacable de toda disidencia del “Una, Grande y Libre” es una máquina de producir reaccionarios de todo pelaje. Lo incomprensible es que personas cabales –esto es, exclusión hecha de “nosotros-los-demócratas”- no solo tengan pavor a describir ese cóctel genético que es garante de nuestra estabilidad, sino que se sientan tan obscenamente cómodos con la Continuidad. Parece mentira que se dediquen a su defensa activa, y que no tengan una hostilidad contra nada mayor a la que sienten por los que no se apuntan a la Continuidad. Parece mentira.

Parece mentira que hayan existido Machado, Unamuno y Ortega. Parece mentira que hayan existido Baroja, Maeztu y los estudiosos de heterodoxos. Parece mentira esta Continuidad. Hay en catalán una palabra que explica la Continuidad a la que me refiero: es pixera. La pixera son las ganas de mear, si bien agradeceré a cualquiera que me enseñe una palabra mejor para la traducción. Concretamente, a las que le entran a uno cuando está tomando pintas en un pub británico o irlandés, y tiene que soportar la cola que forman los esnifadores multi-producto en el baño cada dos por tres. Me refiero a ese tipo de Continuidad, que es la nuestra.