Josep Lluís Carod-Rovira no necesita mucha presentación, pero allá van unas pocas líneas para explicar cuatro cosas. Carod es a) exConseller en Cap de la Generalitat; b) el sucesor de Arzalluz en la prensa patriótica española; c) republicano, y con una trayectoria democrática y anti-fascista que incluye su encarcelamiento en 1973; d) autor de “Jubilar la transició” (1998); e) amenazado de muerte por nacionalistas españoles con total impunidad; f) protagonista del que probablemente va a ser el último intento de hacer de España un país no nacionalista y g) líder de la lista de ERC en las elecciones al Parlament de Catalunya.
¿Qué hacías durante la transición?
Era profesor de catalán en la Escuela Universitaria de Tarragona. Además, militaba en el Partit Socialista de l’Alliberament dels Pobles, que abandoné en el 77, para militar, a partir de 1980, en Nacionalistes d’Esquerra.
¿Qué es lo que conseguimos con la transición?
La transición es un período de la historia reciente magnificado. Durante los últimos años del franquismo, los movimientos predemocráticos y contrarios al régimen auguraban mejores perspectivas a las que, finalmente, materializó el proceso de transición. Vivimos un proceso complicado y compulsivo en el cual se mezclaban viejas reivindicaciones e ilusiones ideológicas con la inmovilidad de ciertos poderes fácticos y la amenaza persistente de golpe militar. Por si fuera poco, más allá del Estatuto del 79 y la Constitución, escrita con el beneplácito de las cortes franquistas, el intento golpista del 23-F acabó de torpedear un proceso que debía llevar a Catalunya y Euskadi a un horizonte de más derechos y libertades.
Por si fuera poco, el Estado optó por el conocido “café para todos” y configuró el Estado de las autonomías, de forma que las “nacionalidades históricas”, Catalunya y Euskadi, que habían sufrido como ningún otro territorio las purgas del régimen franquista, quedaban diluidas en un puzzle de regiones y ciudades africanas.
¿Y qué es lo que no conseguimos?
La clase política dominante se estableció en el conformismo, en el miedo en la permanente amenaza militar, para atenuar la valentía que hubiera debido impregnar todo aquel periodo. No conseguimos las principales reivindicaciones que Catalunya presentaba en los últimos años de Dictadura. Un poco nos pasó lo mismo que en el último año, en el momento que dejamos de lado la unidad, como se dice en catalán, “vem perdre més d’un llençol”.
Con la llegada al poder de Zapatero ha corrido el rumor que se trataba de un republicano. Desde la experiencia de vuestro trato con él, ¿crees que esta percepción es acertada?
Pronto hará tres años de la llegada al gobierno español de Zapatero y se va desmontando el mito del talante. Por el momento, todas sus promesas (el Estatuto, el fin de la violencia en el País Vasco, las reivindicaciones territoriales, el reconocimiento de la plurinacionalidad) pasan por un mal momento, de incertidumbre, y de baja fiabilidad porque ninguno de sus compromisos se ha cumplido plenamente…
Que sea republicano o no, no importa. Lo que claro está es que, pese a parecía que entrábamos en un nuevo periodo constituyente, el de la España plural, la realidad nos indica que el PSOE, este nuevo PSOE que parecía propagar Zapatero, no tiene un proyecto distinto para el Estado que el del mismo PP, ni el del PSOE de la LOAPA y de Felipe González. Es educado, simpático y del Barça, esto sí.
¿Por qué un partido independentista como ERC pactó en su día con un partido español? ¿Y por qué presentó una propuesta de Constitución Española al Congreso de Diputados?
El independentismo debía tender la mano y comprobar qué había al otro lado. Nos creímos la estación de del federalismo, de la España plural, y ya hemos visto cómo ha acabado. El Estatuto, desplomado, y sólo nos faltaba el recurso del Defensor del Pueblo y las últimas declaraciones de los ministros españoles pidiendo que si hace falta tocar el Estatuto, se haga.
Ahora no nos quedan más excusas para reclamar un horizonte lleno de libertades para nuestro país, porque España ya está bien como está, no tiene ninguna intención de reinventar-se.
Marx dijo que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como comedia. El trámite del Estatuto –con los militares, con los altos cargos de la judicatura, con los tertulianos, con los obispos, etc.- ha supuesto en cierto modo una repetición de la transición, si bien con la diferencia de que nosotros nos hemos podido tomar a broma las proclamas del nacionalismo español. Aun así, el resultado indica que afrontar las tareas aparcadas durante la transición es hoy tan difícil como entonces. ¿Estás de acuerdo?
No es un problema de la transición, sino un problema de Estado. En realidad, en España no hay ninguna fuerza organizada de ninguna clase (política, sindical, cultural, etc…) que reconozca el carácter plurinacional del Estado. Creo, honestamente, que España como estado plurinacional es una utopía que sólo la defiende quien se la cree: Catalunya y el País Vasco. Es, pues, del todo inviable.
Leí una entrevista a Xabier Arzallus en la que criticaba los recortes del Estatuto, y defendía el no en el referendum. ¿Por qué hay una diferencia tan grande entre CiU y el PNV?
Porque CIU es una fuerza pensada fundamentalmente para el ejercicio del poder, más que para la construcción nacional del país. La debilidad nacional de las clases dirigentes catalanas, tras 23 años, es francamente aterradora. El PNV tiene un proyecto de país con horizonte y una mayoría de militantes y dirigentes que son soberanistas. Sólo hace falta comparar la ambición del plan Ibarretxe con la debilidad del Estatuto aceptado y promovido por Mas.
¿Existen, tras todo lo que ha pasado, espacios de colaboración entre los republicanos catalanes y los demócratas españoles?
Es evidente que debemos mantener espacios de colaboración, pero soy profundamente escéptico ante la posibilidad que no ya la izquierda española, sinó simplemente los demócratas españoles acepten nunca lo que es una evidencia: que en el Estado español viven diversas naciones.
¿Con una bandera republicana y el palco ocupado por personas sin sangre azul, hubieras ido igualmente en Polonia durante el Mundial? ¿Hubiera cambiado algo? Lo de Polonia era una broma, lógicamente. No es una cuestión de si España es una monarquía o una república sino de si Catalunya tiene el mismo derecho que otros pueblos a disponer de una selección nacional. Y esto último no fue posible ni durante la República, ni en la dictadura ni lo es ahora con la monarquía constitucional.
Has sido el protagonista destacado de la prensa Brunete durante una buena temporada. Con la respetabilidad moral e intelectual que esto supone, ¿qué juicio te merecen las maneras de hacer de la prensa española? ¿Qué diferencias hay con la catalana?
España es otro país, esto queda claro. Lo que más me preocupa es que parece que hemos sido contaminados por una clase de “madrileñización” de la política, con bajas formas y palabras altisonantes que atentan directamente contra las personas, más allá de las desavenencias políticas. Felizmente, todavía hay una abismo entre la prensa catalana y la española. Donde tienen un verdadero problema nacional y angustias identitarias es allí. Sólo hace falta leer cada día dos diarios para darnos cuenta de hasta qué punto dedican opiniones y editoriales, obsesivamente, a este tema. Infinitamente más de lo que hacemos en Catalunya.
¿Boadella es anti-catalán?
No soy nadie para juzgar quién es catalán o quién es anticatalán. Lo que sea o deje de ser Boadella, ni me interesa ahora ni me ha interesado nunca en la vida.
Lo que ha pasado con Maragall me lleva a pensar que hace falta pasar de la ”Oda a Espanya” al más deseable “Adéu Espanya”. A banda de la admirable apuesta de ERC por defender la pluralidad catalana y los catalanes que hablan en casa en castellano –a diferencia, por cierto, de los que consideran españoles de segunda o anti-españoles a los que hablamos en casa en catalán-, ¿no crees que el proyecto independentista catalán ganará un hervor cuando hable más de aspectos concretos y de la República de Charneguistán y menos de sentimientos y de la patria romántica de los convergentes?
Ya hace muchos años que defiendo un proyecto nacional abierto, inclusivo y en construcción que permita que se incorpore todo el mundo que quiera hacerlo con independencia de sus orígenes culturales o geográficos. Debemos pasar de un catalanismo sólo lingüístico, cultural o de las emociones simbólicas, a un catalanismo del bienestar, la modernidad y la convivencia.
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