La ambición alcoyana
El fenómeno de los cantautores siempre ha sido sospechoso en España. Más que nada porque se ha considerado que el cantautor tenía que ser un sufrido artista de ideología antifranquista que paseara las penurias propias de su compromiso agitador de las masas con las que compensaba sus nulas capacidades musicales. Pero, al fin y al cabo, de eso era de lo que se trataba: el concierto de un cantautor comprometido no es un espectáculo musical, sino un acto litúrgico en el que el público no está formado por beatas con la permanente recién hecha, sino por carrozas que rememoran unos tiempos pasados levantados sobre una estaca de nostalgia. Y ahí radica la sospecha del fenómeno: todo lo que no oliese a ropa de pana con naftalina, a público puesto en pie con lágrimas en los ojos y puños en el pecho, a altavoces distorsionados, todo lo que no cumpliese con el rito de la oposición y la provocación falaz, entonces no es que no tuviese derecho a ser considerado cantautor, sino que se le negaba el estatuto mismo de artista.
En el otro extremo tenemos las carreras cimentadas sobre la sensiblería como atajo para el dinero fácil. Esos artistas que abrazan los postulados de los partidos conservadores como se agarran al dinero fácil de contratos multimillonarios a los que sólo tienen que poner su cara y, de vez en cuando, algún que otro gorgorito. Si bien muchos de ellos hicieron sus pinitos escribiendo sus propios temas, la calidez del sol de Miami derritió en seguida sus neuronas. Son personajes que no exhiben un dogmatismo antipático (como Lluís Llach), ni un existencialismo lleno de referencias cristianas (el caso de Raimon), ni siquiera un fingido nihilismo canallesco (Luis Eduardo Aute), pero se bastan con sus sonrisas impostadas y sus poses de matones de nueva ola: gente como Julio Iglesias o Francisco viven en otra galaxia, juegan a otro deporte.
Entre ambas posiciones conservadoras, existe poco margen para la independencia, para el desarrollo de una carrera artística fuera de los dictados del oportunismo. Sin embargo, hay artistas que aguantan los envites de las etiquetas demagógicas y mantienen abiertos sus espacios propios. Grandes creadores dotados de una deliciosa sensibilidad que transmiten en un proyecto personal coherente. Cantantes cuya obra se engrandece con el paso del tiempo y con un compromiso político sincero y auténtico. Son nombres como Serrat o Dyango. Pero, por encima de todos ellos se encuentra, indiscutiblemente, Camilo Sesto.
Nacido, al igual que Ovidi Montllor, en Alcoi en los años 40, Camilo Blanes tuvo desde muy joven poderosas inquietudes artísticas, que acabó canalizando en la música. Tras algunos tímidos escarceos en grupos discretos, empezó a cosechar sucesivos éxitos en los 70, tanto en España como en Sudamérica. Compositor de sus propias canciones, Camilo Sesto tuvo que arrastrar los comentarios de muchos sabelotodos envidiosos que le veían como un mero continuador de Nino Bravo. No obstante, Camilo Sesto destacó de inmediato por su personalidad arrolladora, un estilo personalísimo y unas letras íntimas y comprometidas que no dejaban lugar a dudas sobre la originalidad de su proyecto musical. Detrás de un éxito cosechado con una sencillez pasmosa se escondía una ardua labor de asimilación de diversas influencias musicales, que le distinguió del entorno de cantautores al uso:
- Para empezar, Camilo Sesto supo crearse una imagen de ambigüedad sexual que le alejaba del torrente de exaltación sexual de macho que mostraba Nino Bravo. El alcoyano poseía una voz mucho más aguda, menos varonil con la que jugaba a una cierta indefinición que hizo el gusto de todo el mundo. Mucho antes de que Mecano intentase establecer el mismo juego (al poner en una voz femenina textos escritos para ser cantados por hombres), Camilo Sesto ya había explotado este territorio, siendo consciente en todo momento de su imagen pública: su cara de muñeca de porcelana, su pelo de estilo electrocutado, su sonrisa de oreja a oreja, su camisa con el pecho al descubierto luciendo cadenas de oro, todo eso le daba una extraña apariencia sexual que hacen que consideremos que, sin lugar a dudas, nos encontramos ante el David Bowie español.
- Además, la fuerza de sus canciones podía alcanzar momentos de éxtasis, emulando a Tom Jones. Si el cantante galés mostraba en sus canciones una vitalidad a prueba de bombas, las de Camilo Sesto no le van a la zaga si las comparamos con temas como “It’s not unusual”. Porque, pongámonos serios y reconozcámoslo: ¿Quién no ha cantado y bailado alguna vez desnudo como un poseso en su casa y con un plátano como micrófono “Vivir así es morir de amor”?
- Camilo Sesto siempre ha sido muy sensible a la canción francesa, tanto la de los grandes genios (Brel, Moustaki) como la de sus representantes posteriores. Ahí queda su versión de la canción de Francis Cabrel “La quiero a morir”, que aporta muchos matices a la interpretación plana de su intérprete original.
- Por otra parte, siempre ha llevado orgulloso sus raíces. De ahí esa pronunciación tan especial, típica en muchos puntos de la Comunidad Valenciana, de conversión en labiodental de la “v” bilabial en canciones como “El amor de mi vida”.
Con esta amalgama de influencias, que supo asimilar para la configuración de su propio estilo, el cantante urdió una carrera valiente y comprometida. Tal vez su público no se lo pidiera, pero Camilo Sesto quería tomar partido y se arriesgó con la edición en 1975 de “Melina”. La canción era un homenaje a la actriz griega Melina Mercouri en un momento en que ésta regresaba a su país tras el exilio forzado por la dictadura. La actriz, conocida por su adscripción política y que acabaría siendo ministra de cultura, aparece retratada en la canción de una manera tierna pero subrayando a la vez su firmeza. La canción define a una mujer luchadora, a una musa de los defensores de la libertad, y el cantante resaltaba así su simpatía por esta actitud. Años antes de que cantautores autoproclamados progresistas le escribieran canciones a personajes como el Dioni (sí, nos referimos a Sabina), un artista como Camilo Sesto, tan vilipendiado por este sector, escribía versos que suponían una apuesta por el progreso social, personificado en una actriz que volvía del exilio a un país en el que despertaba de nuevo la democracia: “Mujer, tú naciste para querer / has luchado por volver / a tu tierra y con tu gente (…) Tu vida y tu razón es tu país / donde el mar se hizo gris / donde el llanto ahora es canto”.
“Melina” fue un éxito arrollador. Sin embargo, lo que terminaría por confirmar su estrellato fue el musical Jesucristo Superstar, una obra fundamental para entender el legado de Camilo Sesto:
- Por mucho que le duela a la vanidad de Paloma San Basilio, no fue ella quien popularizó el teatro musical en España. Nada menos que veinte años antes de que la San Basilio empezara a hacer sus musicales por los que reivindicaría su papel en la introducción del género en nuestro país, Camilo Sesto había pulverizado la taquilla con su papel de Jesucristo en la obra de Andrew Lloyd Webber.
- Y no sólo eso, sino que se trató del primer musical en el que se buscó una total identificación entre los artistas y los personajes representados. Así, Teddy Bautista hacía el papel de Judas.
- En la obra, Camilo Sesto consiguió una interpretación muy personal de Jesucristo, incorporando a su repertorio habitual temas como “Hosanna” o “Getsemaní”.
No obstante, los 80 trajeron la estabilización de la democracia en España y los ajustes de cuentas contra los espíritus libres e independientes: Camilo Sesto se vio desplazado de la industria musical, que se volcó en la promoción de Julio Iglesias en el mercado norteamericano. Y todo ello a pesar de ser Camilo Sesto el artista que más veces ha logrado un número uno en “Los 40 Principales” (un récord sólo igualado muchos años después por “la ambición rubia”, Madonna). Una serie de problemas personales motivaron además el anuncio de su retirada en 1987.
De todos modos, Camilo Sesto intentó en varias ocasiones resucitar su carrera con la publicación de nuevos discos. Pero esta vez fueron los medios de comunicación los que le dieron la espalda. El supuesto humorista Alfonso Arús, en la etapa en que ocultaba su calvicie con un absurdo peluquín que delataba un grave complejo de inferioridad, arremetió contra Camilo Sesto en una serie de entrevistas en un programa de televisión que daba vergüenza ajena. El programa acabó con la imagen pública del cantante, presentando como un pelele a una de las más grandes figuras de la música en España.
El artista alcoyano no había dicho aún la última palabra. Tras superar un trasplante de hígado, reapareció a lo grande. En primer lugar, fue uno de los pocos artistas que apoyaron sin fisuras a los jóvenes cantantes que trataban de triunfar en el programa de televisión “Operación Triunfo”. Frente a las descalificaciones de personajes como Francisco hacia el programa, Camilo Sesto cedió generosamente su repertorio para ofrecer a las nuevas generaciones de artistas la posibilidad del éxito en la música. En segundo lugar, en 2003 lanzó al mercado la canción “Mola mazo”, un tema importante en el que Camilo Sesto hacía repaso a su vida y reivindicaba la independencia del artista frente a los intentos de control por parte de la industria. La canción fue un éxito y sus versos dejaban bien claro el mensaje: “Dicen que no le pongo a nada interés / que lo hago todo al revés, / pero mola mazo / ser tal como soy / en cada paso que doy (…) No quiero ser / la cara oculta y fría del placer, / ni alguien que controlen los demás / Sonrío a sus manías y al final / me salgo con la mía, / que mola mazo”. Un magnífico resumen de una carrera ejemplar.

