Humor inteligente a 30º bajo cero
Northern Exposure o Doctor en Alaska, como finalmente se tradujo en España, resulta una serie de televisión bastante atípica. En principio reúne todos los ingredientes para fracasar estrepitosamente en nuestras pantallas: Humor inteligente, ausencia de tacos y gags chabacanos, argumento interesante con numerosos guiños intelectuales, y quizá lo más asombroso, ¡sin risas enlatadas! (sí, créanlo). Todo hacía indicar por tanto que duraría un par de semanas en antena. Lo suficiente para certificar un fracaso clamoroso y volver a empaquetarla en el baúl de los intentos fallidos de nuestra televisión pública. Y sin embargo, no fue así. Desde los primeros capítulos cosechó una audiencia más que aceptable para estar programada a deshoras y en una cadena tan minoritaria como La 2. Además, se pudo comprobar que el grueso de la audiencia estaba formada por adultos de entre 25 y 40 años, de clase media y con cierto nivel cultural, es decir, el segmento poblacional más atractivo para los anunciantes dado su elevado nivel adquisitivo. Mi opinión al respecto es que Doctor en Alaska fue un experimento de los programadores de TVE al objeto de certificar, a través de su fracaso, el pésimo gusto de los televidentes y la preferencia de éstos por el “humor de verdad”, ese que se escribe con H: Morancos, Morenos, Cruces y Rayas, Omaítas y la madre que los parió.
Pero como dije antes, el experimento les salió mal. La audiencia de la serie, aunque discreta, demostró una fidelidad sorprendente y ya podían jugar los programadores al despiste en cuanto al día de emisión o de franja horaria, que allí estábamos todos como un clavo a la hora de su emisión. Es de suponer que esta actitud irreverente haría encender las alarmas en Torrespaña (se empieza por permitir que la audiencia disfrute con programas de calidad y se termina por dar la espalda a los programas del Moreno, que son los que en realidad rentabiliza TVE y además hacen patria, qué cojones). Así que en cuanto acabó la tercera etapa, los directivos de la Casa consideraron que ya habíamos tenido una razón suficiente de dignidad catódica y que era hora de volver a las esencias de “lo nuestro”. Así que después de alojarla en el horario más infernal de todos (Sábados a la 1:00 de la madrugada), y de repetir vilmente varios episodios en el más puro estilo “Cosa nostra”, la dirección de TVE dejó caer sobre Doctor en Alaska el mazazo definitivo y sin ningún miramiento canceló su emisión, por supuesto sin dar explicaciones a sus seguidores. Triste e inevitable final para una de las mejores series que han pasado por nuestras pantallas.
Pero dejemos de lado las canalladas televisivas y entremos en materia. La acción de Doctor en Alaska transcurre en el pueblo de Cicely, Alaska, a varios cientos de kilómetros de cualquier lugar civilizado. A ese lugar, de clima asesino y belleza sobrecogedora, ha ido a parar una gran variedad de personajes cuyo único punto en común es que llegan allí derrotados por la vida en unos casos o huyendo de una existencia anodina en otros, y en todos ellos buscando un lugar donde empezar de nuevo. Excepto el Doctor Fleischman, claro, neoyorquino de pura cepa (del barrio de Queens) a quien el sistema de salud norteamericano le juega la putada de su vida, enviándolo durante cuatro años allí a prestar sus servicios profesionales. Este es uno de los hilos argumentales de la serie a través de los cuales nos introducen en la realidad cotidiana de Cicely, donde la curiosa forma de vida de sus habitantes y las no menos curiosas relaciones entre ellos acapararán el protagonismo al cabo de pocos capítulos.
Y ya sin más, iniciemos nuestro particular recorrido por las calles de este recóndito pueblo de Alaska y conozcamos un poco a sus más conspicuos representantes
JOEL FLEISCHMAN. Es el Doctor en Alaska. Un estudiante brillante de medicina, quien tras su licenciatura ha de trabajar como médico rural en Cicely para compensar a la sociedad por los gastos de su carrera universitaria. La putada no es pequeña tratándose de un urbanita fervoroso, criado en uno de los barrios más populosos de Nueva York. Su profunda decepción al asimilar su futuro inmediato, rodeado de nieve, frío y algún que otro alce, va tornándose en sorpresa e incredulidad cuando comienza a tratar a sus “clientes” y comprueba que todo lo que sabe o creía saber sobre el género humano en ese poblacho perdido de Alaska no le va a servir para nada. Allí la vida transcurre a otro ritmo y la gente, sea por la larga duración de la noche polar o por los efectos eléctricos de los fenómenos boreales en sus cerebros, adopta comportamientos totalmente distintos a lo que él está acostumbrado. Su complejo de superioridad, consecuencia de su origen y nivel cultural, se manifiesta de forma recurrente para irritación de O’Connell, los labios más rojos de toda Alaska (de quien luego hablaremos). Naturalmente se enamora de ella como un pipiolo, y a lo largo de los distintos capítulos de la serie asistimos a una especial relación de amor-odio. Echan varios polvetes, siendo especialmente destacable un revolcón salvaje en un pajar de tal calibre que ríase usted de J. Nicholson y J. Lange en la mesa de cocina de “El cartero siempre llama dos veces”. Fleishman es el escéptico oficial del pueblo, incapaz de asumir los curiosos fenómenos que se producen a su alrededor, sobre todo cuando entran en juego los espíritus de los antepasados esquimales que poblaron esas tierras.
MAGGIE O’CONNELL. Efectivamente, los labios más rojos de toda Alaska. Feminista militante y sorprendentemente guapísima, se trata de una niña bien que recala en Cicely a bordo de su aeroplano al objeto de ganarse la vida lejos de sus protector papá. Su particular relación con el Doctor Fleishman transcurre entre episodios de odio africano y otros más esporádicos en los que dan rienda suelta a un deseo animal severamente reprimido. A lo largo de toda la serie tiene cinco novios distintos, con la particularidad de que todos mueren en accidentes de lo más raro (a uno de ellos le cae encima un satélite ruso, no les digo más), lo que le hace pensar que tiene gafe con los hombres. Fleishman, sin embargo no hace ni puto caso a las advertencias de Maggie y cada vez que la ocasión lo requiere se muestra dispuesto a “lo que haga falta” (otro puto machista, vamos)
Además de los dos antedichos, Cicely alberga una fauna variopinta de la que destacaremos a personajes como Maurice Minnifield (el cacique oficial), Ed Chigliak (un aprendiz de chamán forofo del cine clásico), Hollin Vincoeur (barman y Alcalde de la localidad), Cris Stevens (ex-presidiario, locutor radiofónico y pastor de almas ocasional), Mailyn (la enfermera esquimal por cuya boca emerge la sabiduría de los ancestros), Ruth-Anne (tendera y confesora de parroquianos) y Shelly Tambo (la tía buena oficial de la serie, novia en primer lugar de Minnifield y actual compañera de Hollin).
Ahora se supone que el artículo termina con un pequeño circunloquio a través del cual el autor demuestra su ingenio como broche final. Sin embargo hay momentos en la vida de un hombre en los que un elegante silencio puede salvarnos de una situación apurada. Este es uno de ellos.


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