Un novelista metido a periodista de prestigio

Umbral es considerado por muchos más un escritor que un periodista, pese a lo cual lo pondremos aquí, y por un motivo: cuando un escritor de prestigio se dedica a inundar los periódicos con columnas diarias, cuando su principal función en la vida es la de ser el centro de atención a costa de comportamientos enormemente inusuales (¡Yo he venido aquí a hablar de mi libro!), y sobre todo, cuando su presencia en el periódico en cuestión es considerada motivo de prestigio para la publicación en la que colabora, hemos de empezar a preocuparnos.
Evidentemente, nos encontramos ante el típico caso de escritor taylorista, cada vez más abundante, o escritor que escribe artículos periodísticos como quien fabrica lavadoras para conseguir vender alguno de sus abundantes y totalmente prescindibles libros, convenientemente publicitados por la publicación para la que el gran escritor colabora y, por supuesto, aparecidos bajo la forma de un premio literario previamente acordado con el editor.

Esta figura híbrida, de periodista - escritor, que en tiempos no tan lejanos nos dio figuras del calibre de Clarín o Galdós, actualmente es un auténtico desastre para la salud de la literatura en España, dominada por grupos de presión periodísticos (no creo que les descubra nada si les digo que actualmente los libros son, casi todos ellos, libros “de” algún grupo editorial determinado) que imponen a sus plumillas como plumas privilegiadas.

En el caso de Umbral, el desastre no sólo es para la literatura, sino también para el periodismo. Umbral, según dice todo el mundo, escribe muy bien, pero… ¿qué escribe bien? ¿Prospectos medicinales? ¿Artículos de fondo en el periódico? ¿Novelas populares / populistas? No nos aclaramos. A veces uno piensa que escribe lo que se le va ocurriendo, sin meditar lo más mínimo, como los genios. Desgraciadamente, el resultado dista mucho de ser la obra de un genio.

Pese a ello, Umbral consiguió hace unos meses el premio “más prestigioso de nuestras letras”, el Cervantes, premio de cuya imparcialidad sólo diremos que lo ganan más autores españoles que latinoamericanos. Como todo el mundo sabe, Latinoamérica no produce nada de interés, mientras que en España contamos con auténticos luzajos como Fernando G. Delgado o Espido Freire. La victoria de Umbral fue, al menos, divertida, en la línea del carácter histriónico del personaje. Como si de un concurso - oposición universitario se tratara, en el Cervantes de este año (y suponemos que también de los anteriores) contaba todo menos los méritos literarios de cada cual; allí lo único importante parece ser los apoyos que te dan los amiguetes; y Umbral tenía muchos amiguetes (por eso besó a Pedro J. al conseguir el premio: “¡Les hemos ganao!”, dijo el gran escritor); sin embargo, el mundo de la amistad es complejo, y parece ser que hubo un momento en que Umbral fue superado por Carlos Bousoño; afortunadamente, la intervención de Miguel García Posada, el crítico del diario El País (curiosa prueba de que el mundo de la cultura es otro mundo, que se mueve a veces por criterios distintos a los habituales, aunque el ambiente mafiosillo, a la hora de la verdad, sea el mismo) y, sobre todo, de Camilo José Cela, nuestro Nobel (¿Utilizaría sus recursos habituales -los escatológicos- o se decantaría por otros?), inclinó la balanza. Gracias a eso Umbral, que se ha pasado la vida escribiendo bestsellers para Planeta, ha visto reconocida su labor.

Entrando en su función directa de periodista, es preciso aclarar que, además de sus méritos literarios para la práctica del periodismo, Umbral también es un hombre comprometido; con la izquierda, naturalmente, pero no con el felipismo (de hecho, está comprometido con la izquierda en cuanto repudio del felipismo). Umbral es un clásico del comunismo español, un hombre luchador contra el sistema, siempre quejoso de sus fallos, siempre dispuesto a criticar cualquier forma de poder establecido. Para Umbral, el mundo de las letras es una hoguera de las vanidades en la que abundan los impresentables correveidilles; por eso él siempre ha estado donde tenía que estar: donde le pagaran más.

Como símbolo de la verdadera izquierda de este país, Umbral ha estado en el diario El País en los mejores tiempos del felipismo, en el diario El Mundo cuando el felipismo comenzaba a declinar, en ABC cuando parecía que el PP se acercaba más a las posturas de Luis María Anson, y nuevamente en El Mundo cuando Pedro J. puso las cosas en su sitio y demostró quién es el auténtico asesor del Presidente Aznar. Es preciso destacar que Umbral, en su paso por todos estos medios de comunicación, ha sabido dejar su impronta revolucionaria, particularmente en ABC, donde su estancia, pese a ser corta, fue bastante intensa: gracias a Umbral, el diario más tradicional (que no tradicionalista; en ABC, ante todo, con el legitimismo borbónico) de España publicó fotografías de mujeres desnudas, ganándose Luis María Anson, suponemos, eterna condenación por una tropelía semejante.

Después de esto, Umbral se ha ganado un retiro privilegiado en el Diario El Mundo, donde tiene una columna diaria en contraportada. En esta columna, Umbral hace gala de su excelso dominio del idioma español, hilando múltiples juegos lingüísticos, sugestivas metáforas, inteligentes figuras literarias…. Es decir, que no dice nada de nada, vamos, y es todavía más pedante que los redactores de La Página Definitiva, que ya es decir.