Un perodista en el manifiestódromo
Luis del Val es otro de tantos periodistas-comentaristas cuyo desmedido e incomprensible prestigio le permite vivir con una comodidad sin par. Como casi cualquier personaje que logra notoriedad pública y además cultivarla gracias a una imagen de amante de la poesía y de la sensibilidad, Del Val es uno de los misterios de las ondas. Al menos para este humilde español que escribe, que profesa una sincera admiración a quienes, con una prosa más o menos cuidad, logran embelesar a las masas y alcanzar el status de “alma colectiva hablada”.
Porque a Luis del Val, periodista de campanillas, se le conocen actividades variadas pero todas ellas con un denominador común: nadie diría que una persona normal pueda ser tan afortunada como tener todas ellas como profesión. Sin embargo no se apresuren a tratar de imitarlo. Para llegar a donde él es preciso estar a sueldo de un gran grupo mediático que lo consienta. Y no tenemos ni idea de cómo se logra esto. Suponemos que los méritos de Del Val eran indudables y que ese es el motivo por el que está donde está, pero nos gustaría, para nuestra tranquilidad, que de vez en cuando nos los mostrara.
¿A qué se dedica Luis del Val? Pues si no nos olvidamos de nada en la enumeración este hombre madruga, de eso no hay ninguna duda. A las 7 de la mañana ya está en la emisora y se empieza a chupar todas las secciones de cotilleos y asuntos varios de la prensa nacional y local. Media horirta después Del Val hace un resumen de los asuntos más cachondos que ha encontrado y solaza a cientos de miles de españoles la mañana, como una luz que brilla en la bruma matutina de noticias hoscas. Esta función, aunque no muy meritoria, convendrán conmigo que convierte a este hombre en una presencia simpática: la voz afable que no trasmite sino buenas noticias y “cosas de la vida”. Si la cosa se parara allí sólo nos limitaríamos a envidiar a Del Val y a envidiar tan grato y descansado (excepto por las horas) trabajo.
Pero la cosa no se queda ahí. Porque Del Val, tras demostrar a primera hora del día su cara entrañable, espera a media mañana para mostrarnos que la ternura y capacidad poética que le adornan no están ayunas de capacidad reflexiva. Y es ese momento en el que nos cae encima “La Carta abierta de Luis del Val”. Como cualquier persona con sentido común puede intuir por el nombrecito de marras la carta en cuestión es más bien una invitación a cambiar de dial si uno no quiere morir ahogado entre los juegos florales del periodista. Lo peor de la combinación de ternura mal entendida y demagogia barata de la reflexión en cuestión es que suele hacer pasar por un razonamiento matizado y reposado lo que no es sino una mera plasmación de los primarios instintos de la mauja media. Expresada, eso sí, con una prosa excelente y una voz radiofónicamente hermosa.
El fondo del pensamiento de Del Val, si es reflejo de sus cartas, es una muestra evidente del páramo periodístico español. No entendemos cómo una persona que año tras año pontifica a las 10 de la mañana sobre lo divino y lo humano no ha tenido, en todo este tiempo, ocasión de reflexionar más allá del tópico ni una sola vez. Lo que ocurre con Del Val, con todo, es que, al igual que cualquier propagador de tópicos del tipo que sea (véase el caso de Rosa Montero para el feminismo-progresismo), acaba en ocasiones aceertando. Por casualidad, pero acertando. O, al menos, en lo que se refiere al núcleo de la opinión, que el apoyo argumental suele ser siempre escaso y equivocado.
Con todos estos datos está claro que el futuro de Del Val es esplendoroso. Máxime cuando en los últimos tiempos ha iniciado una sabia campaña de reciclaje profesional destinada a convertirle en portavoz de movimientos reivindicativos, preferentemente vinculados sentimentalmente al terruño, para hablar en los mítines y enternecer al personal también desde esas tribunas.


Nadie ha comentado nada en Luis del Val
Nadie ha dicho nada aún.
Comentarios cerrados para esta entrada.