La oscuridad adornada por el lacito de un Yorshire
La cita se la atribuyen indistintamente a Cecil B. de Mille o a Samuel Goldwyn, y decía algo así, porque también hay variaciones, interpretaciones y traducciones para todos los gustos, como que la película ha de empezar con un terremoto e ir subiendo hasta alcanzar el clímax. En esa sencilla frase contemplamos como había evolucionado el mundo audiovisual desde la trepidante “Salida de los obreros de la fábrica”, de los Hermanos Lumière, que tuvo una versión gore en España titulada “Salida de misa de doce del Pilar”, de Eduardo Gimeno Padre y Eduardo Gimeno Hijo, los Gimeno. La comparación entre ambas historias sirve para colocar a la Unidad de Destino en lo Universal (UDU) en su sitio exacto de los últimos tres o cuatro siglos, pero ese es otro asunto. El cainismo además hizo que casi seguro la de la misa no fuese la primera, sino que se tratase de una BMF (Burda Manipulación Franquista) y que la primerísima fuese “Riña en un café” de Fructuoso Gelabert, con lo que la UDU tendría el honor de dar el pistoletazo de salida al cine de acción y tener la responsabilidad plena de la posterior vocación de Chuck Norris. Pero ya decimos que ese es otro asunto.
Después de alguna guerra mundial, el cine sonoro, la irrupción de la tele y demás, el público no se conformaba ya con zarandajas y necesitaban de pan y circo, pero de pan de pueblo con miga de la gorda que la metes en la salsa y tarda en empapar tres minutos y circo grande de cinco pistas. Tras el hartazgo de tanto clímax llegó el cine francés donde el terremoto quedaba fijado en la arruga de la frente de un tipo circunspecto que, en ese instante, preguntábase por la unilateralidad del enfoque en el tratamiento del interaccionismo en Popper/Don Limpio mientras una francesita le miraba anhelante con boca de piñón de tanto decir petite. Todo esto lo absorbió la tele, dando lugar a géneros dispares y de menos nivel. Con la llegada de internet y el tratamiento de la información que sublima la anécdota o convierte en primera plana aquello que elige por el propio valor de esa elección, cualquier cosa puede servir para exhibirla en pantalla, desde las miserias sentimentales de una aspirante a tonadillera hasta el intento de una pandilla de descerebrados de abrirse la cabeza contra un muro después de fabricar un artefacto con ruedas al que se suben en marcha cuesta abajo.
En este sin Dios donde todo vale para hacer un programa, también tiene sitio lo cotidiano, unas veces sacado de contexto y trasladado a una “urna de cristal” para su observación, como Gran Hermano o los espacios con psicólogos, niñeras o incluso los de testimonios. Otras veces es la cámara la que va a lo cotidiano al estilo documental. La cosa no da para mucho pero incluso aquí hay clases. El espectador antento y exigente se da cuenta de ello cuando de pronto se aferra a la butaca mientras observa con los ojos como platos las andanzas de un chucho con algo de pastor alemán al que no hay manera de educar para que no se suba al sofá. Asustado ante la perspectiva de que la enfermedad mental haya hecho presa definitivamente en su cerebro, el espectador atento y exigente espera al final para ver qué es eso que le hace salivar, y se encuentra con una musiquilla, unos consejos del protagonista y una voz en off que dice: El encantador de perros.
Ese es el primer efecto que produce esta serie documental que emite Cuatro los fines de semana: la profunda introspección del alma. Y es que llegados a cierta edad, cuando una determinada persona humana se queda clavada en el sillón mirando la tele por los problemas de agresividad de un chihuahua, tiende a pensar primero en que disocia la realidad, y luego en lanzarse al vacío por la ventana de un sótano. Y digo esto porque me lo ha contado el amigo de un amigo de un amigo de un amigo, siendo yo el primer amigo de esa sucesión.
La mecánica de El Encantador de Perros es sencilla. Alguien tiene un problema cotidiano con su mascota, desde agresivisividad hasta que se orina en el salón, pasando porque tiene miedo a las baldosas brillantes o que no hay manera de sacarlo de la cama. Unos ladran sin motivo, otros giran como un trompo persiguiéndose la propia cola. Esto causa un gran desasosiego en sus dueños, que recurren al encantador, un mejicano llamado César Millán que coge rápidamente su todoterreno y se planta en la casa de quien necesita ayuda. Tras un saludo a los propietarios muestra indiferencia por el perro, explicando que no hay que saludarlos al principio porque están muy nerviosos y el contacto tiende a mantener ese estado. Una vez el perro se ha calmado lo acaricia y llega la clave del asunto: tranquilidad y sumisión. Hay que conseguir que los perros estén tranquilos y sumisos. Y así conseguir que el hombre sea el líder de la manada. A partir de ahí César Millán despliega una serie de técnicas que repite en cada episodio y no por ello son menos efectivas.
La mejor es el toque. El encantador da un toque leve y firme en el cuello de los perros que consigue al instante que dejen de hacer lo que estaban haciendo y empiecen a rendirse. Esto lo hace otra persona y el perro le arranca el brazo, pero este hipnotizador conoce el secreto del Kung-fú. Después, mediante paseos y más toques, a veces con la aportación de una mochila al pasear para que el perro se sienta útil, va dominando a la fiera, pongamos un Yorkshire encolerizado, que termina por amansarse de una forma que sólo creíamos posible con la ingesta de un cóctel de Clonazepan y Orfidal a través de un embudo. Al final triunfa el encantador y el perro deja de ser un perro para quedar convertido en un amasijo de carne con pelos con el mismo aspecto pero el carácter sosegado de su futuro cadáver.
Sin embargo, para conseguir que esta serie enganche como engancha, siendo tan repetitiva o más que El Equipo A o McGyver, hay todo un mundo paralelo que forma el pilar de este documental, tratándose el asunto de los perros de un ejercicio de distracción. El Encantador de Perros narra la venganza social de un sosias del psicóptata protagonista del libro de Boris Vian “Escupiré sobre vuestra tumba”, pero sustituye el arrancamiento de pezones por el eufemismo literario de calmar caniches.
A nadie se le escapa que a César Millán no le gustan los perros. A cualquier persona normal se le pone cara de tonto si ve a una bolita de pelos con enormes ojos negros dando saltitos en la pernera del pantalón a modo de bienvenida y no puede reprimir al menos una carantoña y un torpe gesto con algún sonido extraño y ridículo pero cariñoso. Millán permanece impertérrito y cuando al fin saluda al perro, ya tranquilo, lo hace con una sonrisa impostada que no puede disimular el profundo asco que le causa. A veces parece que va a musitar entre sus blancos y sonrientes dientes alguna blasfemia o a lanzar un conjuro en lengua demoníaca.
También hay que estar atento a los dueños. Suelen ser de clase media-alta, incluso aquellos que se muestran con evidentes taras congénitas tienen un rancho como mínimo. De vez en cuando aparece una actriz de Hollywood siliconada, valga la redundancia. Muchas son propietarias que viven solas con algún hijo. Cuando sale una familia casi siempre hay pocos hijos y la pareja es el centro de atención. Siempre lleva ella la iniciativa y el marido responde al prototipo de pardillo, algunos incluso lloran cuando se dan cuenta de que han malcriado a su pequinés. Un enorme porcentaje de esas mujeres responde al prototipo de lo que en el mundo del porno se conoce como milf, siglas que quieren decir mature I love fucked, expresión que se puede traducir como féminas de cierta edad a las que invitaría a café en un momento dado.
Así empezamos a comprender al pérfido César Millán y su odio por los perros, a los que quiere transformar en no-perros. El mejicano procede de un ambiente humilde. Entró en Estados Unidos como inmigrante ilegal y trabajó en un salón de belleza canina y paseando perros para redondear su sueldo. Pueden imaginar lo que eso provoca en la mente de un viril mejicano, acostumbrado a cerrar sus heridas vertiendo tequila en ellas. De pronto, para ganarse la vida, ese macho tiene que cortarle las uñas a un schnauzer enano y peinar a un caprichoso griffon. Que quede claro que no tratamos de justificar lo que hace, pero hay que reconocer que vive en un ambiente hostil y degradante.
Después empieza a protagonizar la serie en National Geographic, y ahí surge su fama. En la superficie se trata de un documental inocente, pero en la trastienda se encuentra un infierno. El Encantador de Perros realiza una milimétricamente planeada venganza social. Se introduce en los hogares de clase media-alta americanos, allí donde se encierran los altos valores patrióticos y religiosos de esa nación. Una vez allí inocula su veneno. Entra con una energía testosterónica que en seguida lo convierte en el personaje que lleva la voz cantante. Esto lo oculta enseñando sus teorías sobre el líder de la manada, cuando él ha ocupado justo ese lugar en la hasta entonces pacífica casa donde unos americanos vivían con sus cosillas, pero felices. Se aprovecha de su cometido para conseguir esa posición sin problemas, puesto que es el maestro en ese momento y, por tanto, los miembros de la familia no están en guardia, todo lo contrario, están abiertos al saber del sensei que ha de guiarlos.
Si la familia está compuesta por una milf con hijo, se centra en la madre, a la que muestra su poder, mientras deja arrinconado al hijo sin prestarle más atención que la necesaria para darle unos consejos que lo ocupen y lo mantengan alejado. Esa milf, divorciada seguramente de un John alcohólico o un Harry medio gay, tiene necesidades. A partir de aquí se pueden imaginar.
En el caso de familia con marido pusilánime es todo más vil y fascinante. El retorcido mejicano quita del medio a los hijos con distracciones, como siempre, y después se encarga del marido. El esposo siempre queda denigrado, aunque de una forma tan sutil que no puede rebelarse, todo lo contrario, ha de admitir su inutilidad. Al final le encarga al cabeza de familia las tareas más ridículas con el perro. Le falta darle un pellizco en el moflete después de eso. Así la mujer queda reforzada. Estaba asfixiada por la vida cotidiana, pero llega César y le hace ver que en ese mundo de ineptos ella es la única que vale. Y que merece una (censurado por el administrado de LPD) como Dios manda.Y que él tiene una bien grande.
Por un lado están las historias con los perros, una mera capa dulce que cubre lo que hay debajo: carne putrefacta. El mensaje de El Encantador de Perros es obvio: “Yo he salido de la basura, he venido a vuestro país, me habéis humillado, pero me voy a (censurado por el administrador de LPD) a vuestras mujeres, me voy a (censurado por el administrador de LPD) a vuestras hijas a la mínima que bajo sus blusas despunten sus (censurado por el administrador de LPD), y me voy a (censurado por el administrador de LPD) las vísceras de vuestros (censurado por el administrador de LPD) maridos de (censurado por el administrador de LPD), hijos de (censurado por el administrador de LPD)”.
Ahora entendemos esa inquietante sonrisa de César Millán, con dientes blancos postizos, de dentista de Beverly Hills, y sus muecas de asco ante los perros a los que se supone ha de hacer felices. La procesión va por dentro y nos topamos con que la superficial belleza envuelve un regalo envenenado, el de un psicópata que decide perpetuar su estirpe en el vientre de las mujeres del lugar al que pretende dinamitar. Por eso admiramos a El Encantador de Perros más que nunca. Qué pedazo de (censurado por el administrador de LPD).

