Todos, incluso los más jóvenes, hemos podido asistir (a través de los medios de comunicación, por lo común) a varios acontecimientos históricos que pueden englobarse, con más o menos claridad, dentro de lo que comúnmente podríamos considerar “revolucionario”: La caída del muro de Berlín, la “Revolución Naranja” en Ucrania, el colapso de la URSS, la victoria de La Roja en la Eurocopa 2008, la no convocatoria de Raúl González Blanco con La Roja, …

Aunque el hecho revolucionario sea, por definición, imprevisto y una ruptura del orden natural de las cosas, esto no significa que su aparición sea insólita, aunque sí sea mucho menos habitual en nuestro entorno más inmediato, conforme la bonanza generalizada ha reducido al mínimo la posibilidad de generar situaciones revolucionarias. Al menos, situaciones revolucionarias “como las de antes”, con cambios bruscos en el sistema político y económico, enfrentamientos armados, virulentas transformaciones de la escala social y, por supuesto, mucha sangre.
El interés de este libro reside, fundamentalmente, en que atesora dos virtudes complementarias:

- El tema en sí, las revoluciones europeas en los últimos 500 años, es tan amplio que da para convertir buena parte del libro en un útil recorrido de emergencia por la historia de Europa. Y esto, que carece de interés en los casos más comunes (Gran Bretaña, Francia), se vuelve mucho más divertido en lo exótico (Rusia, los Balcanes, Holanda) y no digamos en el morbillo que da su apresurada revisión de la historia de España.
- Para acometer una empresa de tal envergadura, el autor plantea unos principios mínimos de lo que cabría considerar revolución, para a continuación desarrollar modelos específicos. La cosa resulta entretenida porque: a) la definición del hecho revolucionario es tan flexible que casi cualquier cosa que vaya más allá de “y ahora negociamos con los terroristas” se convierte en una revolución a los ojos del autor. Y b) al final del libro llegamos a la conclusión de que los modelos secundarios de revolución planteados por el autor sólo tienen una única representación: el acontecimiento revolucionario que los convierte en modelo.

Es ésta una tendencia muy común en el mundo universitario, convertir lo particular en general para dar la impresión de que tiene mucha más importancia de la que tiene, y sacar modelos y teorías de debajo de las piedras (por ejemplo, a esto que acabo de hacer podríamos llamarlo “el modelo de López” sobre el mundo académico. Echándole un par de huevos, igual podríamos llamarlo “Teoría de López”, y de ahí a, unos años después, hablar de “la Escuela de López” hay sólo un paso).

Lo gracioso del asunto es que aquí el autor no sólo es consciente de lo que está haciendo (jugueteando, hasta cierto punto, con los conceptos), sino que se ve lo mucho que le gusta y lo bien que se lo pasa. Incluso se permite el lujillo de hacer una clasificación, al final del libro, que ríase Usted de la Liga de las Estrellas, en la que ordena a los países (o zonas de Europa) según el número total de años revolucionarios que atesoran en su haber a lo largo de los últimos 500. Por supuesto, España, con 157 años, ostenta una privilegiada posición (bueno, la “Península Ibérica”, aunque pueden Ustedes imaginarse que la mayoría de esos años son mérito total y exclusivamente español), y sólo un heterogéneo grupillo “Balcanes y Hungría”, con 159 años en total, logra birlarle el liderato (y fíjense que para hacerlo el autor tiene que crear un conglomerado de unos diez países, en plan “Resto del Mundo”, como en los partidos de fútbol contra la droga, el mal y el independentismo).

Precisamente por ese motivo, Tilly comienza su libro con una introducción en la que pide perdón al lector unas cuatro veces por página, por aquello de que pueda cometer errores, pueda acusársele de frívolo, y un largo etc, dado que no en vano trata de hacer un estudio de conjunto con un marco temporal muy amplio y que abarca al menos a veinte países (parece casi como la típica beatilla, flagelándose continuamente por sus muchos pecados y deslizando al mismo tiempo la especie de “¡pero que conste que yo soy mu güena, Señor!”). Y, a partir de ahí, se siente libre de explayarse a gusto, lo cual garantiza que el libro, aunque desigual, sea globalmente recomendable.

La desigualdad deriva de que los casos a los que Tilly presta más atención, Francia y Gran Bretaña, por ser, como indicábamos antes, los más conocidos y estudiados, resultan comparativamente poco interesantes. Es lo mismo que ocurre, en realidad, con el análisis de la Revolución Rusa. Cuando existe la opción de acceder a estudios monográficos de contrastada calidad sobre cualquiera de estos acontecimientos históricos, su aparición en a lo sumo diez páginas, y en un contexto de cientos de mini revoluciones que casi cabría catalogar de “freaks”, por lo extraño y absurdo, a nuestros ojos, de su desarrollo, no sólo no aumenta el interés, sino que lo reduce (“¡Menos toma de la Bastilla y más toma de la sede del gremio de porqueros en Cracovia en 1671!”, vendría a ser la filosofía vital).

Y, de los casos menos conocidos para el gran público, dos brillan con luz propia, dos países que durante siglos han rivalizado en ser el más animal, el más irracional y el más salvaje a los ojos del resto del mundo. Me refiero, evidentemente, a España y a Rusia.

Naturalmente, no es que el lector español vea los eventos apresuradamente relatados por Tilly que resumen 500 años de Historia de España como algo desconocido (sí, sí, incluso Usted, turbio independentista, que sepa que gracias a Usted y sus intentos de alejarse del abrazo del oso español hemos podido contabilizar más años revolucionarios en nuestra “cuenta común en lo universal”). El interés reside justo en lo contrario, en ver cómo Tilly crea una especie de “historia de España contada en 20 páginas”. Imagínense la de trabajo que habría ahorrado al insigne historiador monotemático Fernando García de Cortázar y sus cientos de versiones idénticas de nuestra Historia.

Y hay que decir que, contrariamente a lo que las expectativas –fomentadas por el propio Tilly y sus miles de excusas- nos hacían esperar, no hay, o al menos no he detectado, errores de bulto. Sí hay, por supuesto, una constante simplificación (recuerden, 157 años de revolución en 20 páginas), y también ribetes de algo muy común, aún hoy en día, en muchos historiadores (sobre todo si no están especializados en la historia de España): una especie de estupor, incredulidad y cierta admiración por lo que podríamos llamar el “Spanish way of life”, el espectacular combinado de política de confesionario, improvisación y salvajismo que nos son tan propios.

En cuanto a Rusia, entre sus muchas características peculiares a los ojos del observador hay una que siempre ha brillado con luz propia: la extraordinaria capacidad de sufrimiento del pueblo ruso, validada durante siglos y siglos de continuas guerras, ortodoxia religiosa, violencia desenfrenada y esclavitud de la mayoría de la población. Vean cómo se las gastan los rusos, vean: “el reinado del zar Dmitry fue verdaderamente efímero, pues los boyardos se sublevaron en 1606, le dieron muerte, quemaron su cadáver y, para mayor seguridad, introdujeron sus restos en un cañón y lo dispararon”. (p. 253).

O piensen en la evolución de la historia rusa en la primera mitad del siglo XX: Primera Guerra Mundial (12 millones de muertos), Revolución y Guerra Civil Rusa (5 millones), represión, hambrunas y purgas estalinistas (entre 5 y 45 millones, según quién haga las cuentas) y Segunda Guerra Mundial (unos 17 millones más). Y después de todo eso aún tuvieron ánimos para montar un rodillo militar, arrasar Alemania, quedarse con la mitad de Europa y dedicar la producción de 40 años a lanzar perros al espacio y fabricar bombas atómicas, aprovechando la extraordinaria bonanza de la población soviética a partir de la década de los 50 (ya no se morían de hambre).

Por eso lo más sorprendente, y lo más afortunado de todo, es que cuando por fin cae el sistema comunista y la Unión Soviética desaparece, todo el proceso se lleva a cabo sin violencia, en un nuevo paralelismo con España y su insólita transición pacífica a la democracia. ¡Y esto lo hicieron los rusos sin contar con un SM Juan Carlos de Borbón!