La trilogía de Pío Moa sobre la II República y la Guerra Civil Española, publicada por la editorial Encuentro, revisa esa época convulsa de nuestra historia común ofreciendo una serie de conclusiones que distan mucho de los juicios “oficiales” de la historiografía postfranquista.
Hasta la publicación de los trabajos de Moa, la tesis comúnmente aceptada atribuía toda la responsabilidad del derrumbe de la II República Española y la posterior guerra civil a un movimiento de insurrección fascista, enemigo mortal de la clase trabajadora y del progreso simbolizado por las instituciones republicanas. En los libros de Moa se demuestra, por el contrario, que la culpa de la catástrofe republicana debe ser, al menos, compartida por los partidos de izquierda, quienes dieron por amortizado el régimen, acusándolo de burgués, a los escasos dos años de su proclamación, para intentar la conquista del poder, entonces en manos del centro-derecha, a través de un movimiento revolucionario que superara el marco republicano y entregara las riendas del estado a la clase obrera (magnífico eufemismo para designar una dictadura marxista).
El presente libro, segundo de la citada trilogía, se centra en los sucesos revolucionarios de 1934. Como todos ustedes saben, en ese año se produjo un movimiento insurreccional contra la República a escala nacional, que alcanzó especial relevancia en Asturias (no en vano, a ese episodio también se le conoce como la revolución de Asturias) y algo menor Cataluña. Para la historiografía oficial, se trató de un movimiento espontáneo de las clases trabajadoras cuyo objetivo sería la defensa de la República, en peligro tras el acceso al gobierno de los radicales de Lerroux y la CEDA de Gil Robles (es que habían ganado las elecciones los muy canallas).
Lejos de todo eso, Pío Moa demuestra basándose en documentos incontestables de la época procedentes en gran parte de los archivos del PSOE (el felipismo todavía no había hecho su aparición, por lo que el partido no era especialmente diligente en la eliminación de pruebas inculpatorias), que al contrario de lo que posteriormente han defendido los propios partidos de izquierdas e historiadores tan pesados como el inefable Paul Preston, el levantamiento insurreccional fue algo preparado meticulosamente por los partidos de izquierda, especialmente el PSOE de Largo Caballero, con la valiosa colaboración de la Esquerra Catalana, que entonces gobernaba la Generalitat.
Moa aporta testimonios de la época y recoge manifestaciones de los personajes directamente implicados, que refuerzan su teoría. Así, los discursos de Largo Caballero llamando a la revolución proletaria (el PSOE en aquella época aún era marxista ¿pueden creerlo?) y a la superación del régimen republicano que a su juicio había demostrado sobradamente su incapacidad para dar satisfacción a las demandas obreras (lo que supuso la ruptura con el grupo de Besteiro, mucho más moderado que su jefe), la compra masiva de armas y su reparto a los comités revolucionarios provinciales, la implicación de numerosos militares y responsables republicanos que colaboraron con la insurrección desde dentro o las conversaciones oficiales con Companys para sumar a la Esquerra al levantamiento, demostrarían según el autor la nada desdeñable responsabilidad de las izquierdas en los sucesos de octubre de 1934.
Esta pseudo-revolución (llamémosla así puesto que duró escasos días y eso en Asturias, ya que en el resto de España apenas levantó adhesiones) constituyó un duro golpe para la República del que ya no se recuperaría. Hasta bien entrado el año 1936 siguió pesando como una losa sobre el régimen, que tuvo que soportar incluso una virulenta campaña internacional -en la que tuvo mucho que ver el aparato de agitación de la comitern-, con el resultado de que todas las fuerzas implicadas (derechas e izquierdas) decidieron que la Guerra Civil era sencillamente inevitable, como lo atestiguan los titulares incendiarios de la prensa de la época afecta a uno y otro bando. De hecho, Moa afirma, quizá con razón, que la guerra comenzó en realidad en 1934 reanudándose simplemente en julio del 36 con el levantamiento de Franco.
Quizá la tragedia del régimen responda al análisis que posteriormente sostuvieron personajes tan opuestos como Prieto y el propio Franco, según los cuales, el drama de la República fue sencillamente que, en el fondo, en España no había republicanos. Y hasta la fecha, añadimos nosotros.


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