A veces uno le da vueltas a lo que le enseñaron en la escuela sin acabar de entenderlo bien. Y, súbitamente, la lectura de un libro ilumina y queda todo más claro.
Esto es lo que me ha pasado leyendo (en la gueb del proyecto LIBRO) “Islamic and Chrtistian Spain in the early middle ages” del sabio profesor norteamericano Thomas F. Glick. Mr. Glick, de la Universidad de Boston y destacado arabófono gracias a una beca de juventud del Pentágono, ha aprovechado su sorprendente conocimiento de la tecnología hidráulica medieval para presentar una serie de supuestos que, a mi juicio y el suyo, acaban el debate de los últimos cincuenta años sobre los orígenes del espíritu nacional español y su particular idiosincracia. Así como lo oyen.
Américo Castro publicó en el exilio en 1948 su “España en su historia”. Muy influído por las tesis de origen hegeliano (claro, si son tesis…disculpen el chiste fácil) que ligan la constitución de un espíritu nacional a la de la lengua en que se apoya, Don Américo expuso en su brillante ensayo que nuestro país es el fruto de la “convivencia simbiótica” de las culturas musulmana, cristiana y judía durante el periodo que fue de la invasión islámica hasta la formación de la lengua castellana (750-1085, el mismo periodo estudiado por Don Thomas). La revolución que trajo el texto fue de órdago, y todavía perdura. Sin entrar en grandes detalles, el punto que más interesó fue entender si de verdad de bloques tan dispares en importancia económica y demográfica se creó nuestra actual cultura.
Y desde el exilio le rebatió en 1956 Claudio Sánchez-Albornoz con “España, un enigma histórico”. Muy en la línea de intelectuales influidos por el evolucionismo católico como García Bellido y de otros defensores de la especifidad española como Ortega y Gasset, Don Claudio vió el origen de nuestra esencia en un sustrato idiosincrático romano-visigótico. Con sus tintes judíos, pero español desde sus orígenes. Como LPD en su Histeria de España, pero en mucho más aburrido, Don Claudio viajó en el tiempo siguiendo la “curva de hispanidad” (sic) que se sigue desde “Séneca a Unamuno” (más sic y dos trillos). En este análisis España se afirma como tal frente al Islam (y no junto a él). E incluso se habla de un “Islam hispánico” que poco tuvo que ver con otros.
La originalidad de Glick aquí es aplicar un análisis estructuralista a través de la evolución de ciencia y tecnología (sin desconsiderar indicadores más clásicos como la economía y la lengua) en torno al concepto de cristalización/difusión/diferenciación cultural. Según él, son las interacciones entre las diferentes culturas antes de su fijación o normalización las que conforman un carácter nacional, si es que tal cosa existe. Tales interacciones se manifiestan en préstamos (intencionados o no, ejemplo de éste último siendo la creación de las órdenes militares cruzadas cristianas a imitación de los fanáticos ribât musulmanes), pero también siguiendo la estela de migraciones demográficas y viajes, como los hechos por sabios andalusís en una primera etapa a Irak y en una segunda al Magreb. Un detalle adicional -castriano- es considerar que la cultura no es exclusiva de una región o grupo, pudiendo existir en ellos modelos superpuestos. De donde entendemos la importancia de la población judía trilingue y tricultural.
Un ejemplo para que quede más claro: Es posible explicar la distribución de los diferentes componentes de la invasión musulmana a través de la península siguiendo la estela de la tecnología hidráulica utilizada. Y, viceversa, podemos explicar ciertos hábitos de hoy en día haciendo referencia a la susodicha distribución original. Así, el actual sistema de regadío valenciano se entiende como una cultura de origen siria llevada a cabo por tribus bereberes. Y el alicantino, muy diferente, es producto de la colonización yemenita. Como el murciano y el (hoy extinto) regadío sevillano lo son de las técnicas egipcias. Y es que moros hubo muchos.
Como es sabido, aquí llegaron juntos árabes de oriente y moros de la morería. Ambos minoría frente a la masa hispano-romana. A medida que los jefes árabes iban trayendo más y más soldados moros de Marruecos que sustentasen su poder, la estructura árabe de adopción tribal (que permite que los alauitas sean considerados descedientes del Profeta cuando no tienen ni una gota de su sangre) fue derivando hacia otra no menos tribal, pero bereber. Lo que, tras el apogeo del Califato, acabó en la creación de los reinos de Taifas, ahora ya no vistos como degeneración de la anterior gloria, sino como parte de un inevitable y necesario proceso histórico en el que, entre otras cosas, existía una conciencia cultural que permitía, por poner un ejemplo, que la justicia consuetudinaria islámica fuera transtaifal.
Sigamos con los árabes. Otro arcano del instituto, la supervivencia del estado islámico desde las Navas de Tolosa hasta la Expulsión (1212-1492, tres siglos de supuesta decadencia) se explica por dos factores: el clásico de la paria (tributo en oro del Sudán pagado a los cristianos), pero, más sorprendente, por un proceso de islamización de la sociedad hispano-romana “intrahistórica” que, tras detallado estudio, se nos muestra explota en el siglo XI siguiendo una “curva de conversión” en el tiempo análoga a la encontrada allá (es grande) por donde se extendió el Islam. Con una mayoría islámica y el bolsillo lleno, poco interesaba cambiar de status quo. Lo que, de nuevo, aclara por qué los cristianos de aquí se fueron de Cruzada a Palestina teniendo el cotarro lleno de infieles. La pela es la pela. (Si, ya sé, la primera cruzada se lanzó en estas tierras. Pero fue la única que vimos hasta la Expulsión). Se completa el cuadro con una progresiva marroquización de la clase dirigente (almohades, almorávides)…hasta acabar en el totalmente arabófono reino Nazarí. Tant pis pour Ortega y sus apasionantes explicaciones.
En el caso de los cristianos, más luz todavía. Frente a las teorías que ven una fuerte influencia visigoda en los reinos de los primeros resistentes (en cierto modo La Tesis de la “España invertebrada”), Glick aporta datos para sostener que fue la defensa de la condición de hombres libres de los vasco-cántabros el núcleo en torno del cual se organizó la resistencia, quedando en su visión la persistencia del ritual visigodo en la corte como un mero sustrato legitimador. La “ilusión visigoda”, en certera expresión…mía.
Don Thomas también nos hace ver cuán diferentes fueron estos cristianos de los que nos son hoy familiares, herederos de la franquización traída por el camino de Santiago. Y, a pesar de diferencias notables en la estructura social catalana, más franquizada y feudal, también de lo extenso y común de las intra-acciones entre estados cristianos y entre éstos y los árabes. Hay un capítulo entero dedicado a la difusión cultural de la ciencia y a la escuela de traductores que debería ser lectura obligatoria en este país.
En resumen, Spain is not different, puesto que se explica y entiende muy bien con los mismos métodos con que se explican y entienden los demás paises. O no? Leánlo y juzguen. Es gratis.


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