Ricardo de la Cierva es uno de los historiadores lo suficientemente maldito por la modernidad como para que resulte interesante su lectura, aunque sólo sea por joder. Su visión de la Historia y su forma de contarla se encuentra en las antípodas de las corrientes académicas oficiales, mucho más proclives a una interpretación marxista de los acontecimientos historicos. Con de la Cierva contemplamos la Historia como un relato épico en el que el elemento humano adquiere preponderancia respecto a cualquier otra consideración política, económica o social. En una palabra, de la Cierva relata la Historia “como Dios manda”.

El libro en realidad es un excelente resumen de los principales acontecimientos de nuestro pasado. Además, tal y como hemos explicado, D. Ricardo no se limita al relato aséptico de los eventos históricos sino que profundiza en la realidad personal de sus principales protagonistas, lo que a su juicio explica de forma mucho más satisfactoria el conjunto de lo acontecido. Así, por poner un ejemplo a vuelapluma, vemos cómo la permanente melancolía y el natural depresivo de Felipe V quedan mitigados tras pasar 24 horas consecutivas follando con su esposa Isabel de Farnesio tras la noche de bodas. Cuando salió de la habitación Felipe era otro y eso se notó en el notable brío que a partir de ese momento imprimió a las empresas de la nación en todos sus dominios, como lo demuestra el hecho de que estuviera a punto de follarse a media Europa y todo el norte de América (metafóricamente hablando, por supuesto).

Un aspecto recurrente en esta (y otras) obra(s) de de la Cierva es su permanente empeño por demostrar la falacia de lo que se ha dado en llamar nuestra leyenda negra, fabricada principalmente según él por la Masonería, y que ha encontrado fervientes palanganeros en nuestro país como el inefable Luis Yáñez, quén en su época de Comisario del V Centenario del Descubrimiento se hartó de hacer el ridículo por medio mundo dándose latigazos en nuestras espaldas para expiar el terrible pecado de haber descubierto América. De la Cierva tiene una visión bien distinta de nuestro pasado hasta el punto de que hay momentos en que directamente “se le va la olla”, como cuando vincula las pinturas de Altamira con la obra de Velazquez (¿en qué país sino en España pueden acontecer dos hechos tan poco casuales, señores?), o cuando describe los aspectos técnicos de la batalla de Lepanto en la que, según él, que al parecer disponía de una visión cenital del combate, la escuadra turca inició su ataque en formación de media luna mientras que los españoles lo hacían en una formación revolucionaria con sus embarcaciones en forma de cruz (¿observan el simbolismo? ¿es para emocionarse o no?) con el resultado que todos ustedes saben. Porque lo saben ¿no?

Existen además un par de detalles curiosos que a buen seguro no pasarán desapercibidos al lector perspicaz. Me refiero a los distintos episodios en los que de la Cierva intercala de sopetón en medio de cualquier relato sus pequeñas polémicas con otros historiadores a cuenta de la interpretación de tal o cual hecho histórico. Su desvelo por servir a la causa de la Historia le llevan en algunos casos a polemizar con el mismísimo Caudillo de España por la Gracia de Dios, a quien se vio obligado a reconvenir a propósito de ciertas opiniones erróneas de Su Excelencia sobre la España del Siglo XVIII (un par de cojones, sí). Además de lo anterior tampoco tuvo empacho en hacer ver a nuestro monarca actual lo improcedente de algunas decisiones de antepasados suyos (las cosas de Alfonso XIII, ya me entienden). En ambos casos De la Cierva nos asegura que sus admoniciones surtieron el efecto deseado, modificando el criterio de tan altos personajes sobre los episodios concretos en que se basaron sus sabios comentarios.

En definitiva, lo que de la Cierva quiere que nos quede perfectamente claro es que no hay nada mejor en el mundo que ser español (algo que por conocido es ocioso repetir), y que si no hubiera sido por la puta masonería y las tormentas liberales que de forma inclemente han barrido occidente en los dos últimos siglos, España seguiría siendo aquello para lo que estaba predestinada desde la noche de los tiempos: El receptáculo de los valores eternos que conforman al ser humano como tal y la más firme defensora de la cristiandad, con dos pelotas. A pesar de todo ello, si obviamos esas evidentes meadas fuera del tiesto y nos sustraemos al permanente tufillo reaccionario que impregna la obra, al final queda una Historia de España breve, concisa, amena (en ocasiones desternillante) y de carácter divulgativo que, sin llegar a los niveles de erudición de nuestra Histeria de España, sí resulta apropiada en cambio para los que no tienen la costumbre de leer demasiado y además no tienen ni puta idea de nuestro pasado común. Es decir, cualquier joven español. Y finalmente, no me digan que no es un puntazo discutir con los amigos sobre Historia citando insistentemente a de la Cierva.