Dentro de las grandes aportaciones de España a la civilización occidental, especialmente en materia política, ocupa un lugar destacado el proceso de transición de la dictadura del General Franco a la actual democracia. Han sido y son legión los políticos, historiadores, literatos, periodistas y catedráticos que a través de libros, reportajes, tesis doctorales y simposios han glosado nuestra majestuosa epopeya. Es tal el fervor erudito de nuestros intelectuales, que casi podríamos haber creado una escuela de especialistas en el periodo con su título correspondiente: Diplomado en transiciones a la española.
En general todas las opiniones se han alineado en el frente laudatorio y glorificador de lo que se ha dado en llamar la Modélica Transición Española. Hay sin embargo voces autorizadas que discrepan profundamente de esta corriente de opinión generalizada. Voces como la de Pablo Castellano, histórico dirigente del PSOE, que tienen un punto de vista “algo” distinto de lo que fue ese periodo de nuestra historia, y que han tenido las pelotas suficientes como para hacer públicas esas reflexiones, ciertamente extravagantes para lo que se lleva hoy en día. Es el caso de este libro que hoy comentamos, a través de cuya lectura y partiendo de los hechos desnudos tal y como ocurrieron, Castellano nos ofrece su punto de vista sobre la transición como el proceso que pudo haber sido y finalmente no fue.
Respecto a la transición española es conveniente destacar el tracto sucesivo con el que se fueron sucediendo los acontecimientos, y que marcaron inevitablemente el desenlace de todo el proceso. Así, es necesario recordar, tal y como hace Castellano, que la Ley de Reforma Política, a través de la cual se determinó la futura forma del estado, fue aprobada por las últimas Cortes franquistas antes de ser sometida a consulta popular, por lo que evidentemente quedó cercenada la posibilidad de explorar otras formas de gobierno (Castellano habla de una república, ¡Será rojo el tío!) que no contaran con el beneplácito de los representantes del antiguo régimen. Aprobada esta importante Ley y tras las primeras elecciones generales en 1.977, a las Cortes resultantes de esa consulta se les encargó la redacción de nuestra actual Constitución, que básicamente trasladó al marco constitucional aquello que ya había fijado la LRP y que por tanto permaneció inamovible (entre otros anacronismos la restauración monárquica, que en realidad es lo que más le jode al autor). Todo ello con el beneplácito expreso tanto de la clase política procedente del antiguo régimen ya finiquitado, como de la incipiente marea de los autodenominados luchadores antifranquistas que procedentes unos del exilio, otros más del obligado exilio interior (auténticos mártires como ustedes saben), no quisieron quedarse sin su trozo del pastel con lo que escenificaron el magnífico y sentimental episodio de la reconciliación de las dos Españas. En palabras de Castellano: “Los reformistas legalizaron a los perseguidos, les abrieron sus brazos, y éstos legitimaron su proyecto y ellos mismos”.
Resulta curioso no obstante que esta exuberancia léxica a la hora de catalogar a aquellos que, siguiendo su tesis, podríamos calificar como “vendidos”, no alcance al propio autor en un mínimo ejercicio de autocrítica, y no es por nada, pero en la época que describe ahora como nefasta y decepcionante, Castellano fue diputado, secretario de la Mesa del Congreso, Presidente de las Comisiones de Justicia e Interior y de Educación y Cultura, además de Consejero del Poder Judicial no en una, sino en varias legislaturas. Quizá considerara imprescindible su concurso en las instituciones democráticas como única forma de que, teniéndole a él en su seno, éstas alcanzaran siquiera una mínima legitimación ética. Si es así, España tiene una deuda con él y con su proverbial capacidad de sacrificio.
A pesar de todo, se trata de un librito estimable y fácil de leer, de apenas 300 páginas (y por tanto al alcance incluso de cualquier universitario), en las que Pablo Castellano nos ofrece su particular visión de instituciones como La Corona y su actual inquilino (no, si huevos sí tiene, sí), el ejército, el clero, los políticos y el papel que jugaron cada uno de ellos en la, casi podríamos llamarla, Gloriosa Transición.
Respecto al autor, además de su condición de expulsado en su día del PSOE por un “quítame allá esa corrupción”, y de haber ocupado distintos cargos públicos de responsabilidad, sólo destacaremos un dato que sin embargo le hará ganar todas sus simpatías: Es jodidamente antifelipista. Y nosotros preguntamos ¿Se puede ser otra cosa?.


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