Johann Wolfgang von Goethe

La Página Definitiva, en su compromiso con la difusión de la cultura mundial, realiza un importante esfuerzo para hacer llegar a las masas las pautas últimas que facilitan la comprensión de las grandes obras que han sido en la forja del espíritu de los hombres cultivados. Esta tarea, de cuyo éxito pueden dar cuenta no pocos profesores de Literatura de Universidad, que comienzan a encontrarse perplejos (nos costa) exóticos trabajos en los que sus alumnos realizan unas curiosas y “definitivas” aproximaciones a las obras que han de leer, ha de conjugar necesariamente una doble aspiración. No sólo tratar de ilustrar, sino incitar a leer e, incluso a pensar.

Es lógico, por este motivo, el inmenso vacío que en materia de clásicos germánicos aqueja a esta sección. ¿Cómo tratar de vender la cabra de que los pre-alemanes se lo montaban de miedo? Entrados en materia, ¿es capaz alguien con dos dedos de frente de tragarse que el Fausto de Goethe no sólo reinventa la literatura y replantea los parámetros éticos con la que se mide a sus héroes sino que, además, aporta interesantes datos sobre la naturaleza humana aplicables también a nuestros días? Probablemente no, pero, a pesar de todo, vamos a intentarlo.

La historia de Fausto constituye probablemente los más famosos versos en lengua alemana. Porque Goethe escribió la obra en poesía. Dado, de todas formas, que estamos hablando de poesía alemana (con doscientas diecisiete subordinadas de media por página), tampoco ha de preocuparse mucho el lector por eso. Se trata de la obra de toda una vida, pues ya el joven Johann Wolfgang a la tierna edad de los cinco empezó a familiarizarse con el mito popular de Fausto, dedicando toda su vida a su recomposición literaria, culminada, con la publicación de la segunda parte, tras su muerte (es decir, que a pesar de considerarse indubitadamente a Goethe como el autor, también, del final, el sentido común dice que o bien hubo mucha suerte en la sucesión de tiempos o bien algo turbio en la gestión de la herencia de papeles).

Fausto es un sabio e investigador que, ajeno a las querellas clientelares y endogámicas de la Universidad española, sólo se preocupa por el saber y la ciencia. Esta afirmación es, en realidad, algo inexacta. Al igual que en muchos investigadores, en este caso sí, de Universidades españolas, la pulsión que incita a Fausto al conocimiento está lejos de ser absolutamente pura. Un sátiro en el interior de Fausto pide a gritos aflorar y, como veremos, en cuanto la cuestión de la gestión ordenada de la sabiduría se resuelva, hará su aparición de forma espectacular.

Es el caso que Fausto, primariamente, desea saber y, por haber leído demasiado a los clásicos, sólo encuentra insatisfacciones en el estudio y la investigación, que le llevan a constatar los insondables abismos de su ignorancia. Desesperado, llega a un pacto con el Diablo, que le promete acceso a toda la sabiduría del mundo a cambio de su alma. Dado que el contrato ofrecido por Mefistófeles, en cumplimiento de las rigurosas exigencias alemanas de protección de los derechos del consumidor, incluye una revolucionaria cláusula para lo que eran históricamente los contratos-modelo de venta de almas, una especie de “Si no queda satisfecho, le devolvemos su alma sin haberla tocado apenas”, Fausto acepta. Está convencido de que, por mucho que pueda serle ofrecido nada colmará su ser hasta el punto de alcanzar la total satisfacción que le obligará a entregar su alma.

Y, más o menos, las cosas transcurren como Fausto preveía. El diablo, en un alarde de respeto a lo pactado, ofrece a Fausto todo el saber sobre el mundo, los hombres, la vida y la existencia. A Fausto la cosa le acaba dejando, en realidad, un poco frío. Sin embargo, un Mefistófeles entregadísimo a la causa va más allá y, tras haberle propuesto productos culturales, obteniendo la indiferencia por respuesta, le ofrece participar en una especie de “Gran Hermano” que hará las delicias del investigador y sabio.

Imaginen, sin ir más lejos, qué podría ser de Gustavo Bueno si una bruja le devolviera la juventud y la lozanía física, acompañada de una prestancia que nunca tuvo. Pues exactamente en esas se encuentra Fausto, e inmediatamente Mefistófeles le planta delante, como en el mejor programa de telebasura, a una jovencita virginal, que responde al nombre de Margarete (aunque con el nombre artístico de Gretchen), para que empiece a dar aplicación práctica a sus recién adquirida omnisciencia. Fausto, demostrando que la sabiduría popular no se contradice con las más altas cotas del saber, promete a la chica el oro y el moro y, en cuanto puede, se la lleva a la cama. La pobre Margarete, un poco ingenua, no sabe muy bien si debe o no seguir el juego, pero confía en Fausto mientras éste, además, elimina a la madre de la niña haciéndole ingerir un potente somnífero para no tener interrupciones. Y luego, claro, el drama. Una joven que clama por su honra perdida y la confianza traicionada, que se duele al ver muerta a su madre por los efectos letales del somnífero… A todo esto, la policía alemana, con eficacia notable, encarcela a Margarete por el asesinato de la madre, mientras Fausto se va tan tranquilo de rositas.

En realidad, no exactamente de rositas, ya que el hermano de la ultrajada pretende vengarse, pero es aniquilado por Fausto. Éste, como los mejores personajes del comic del siglo XX, tiene “superpoderes”. Y es que la sabiduría infinita, ¿cómo no va a servir, también, para repartir “yoyah”?

A pesar de que esta segunda parte del acceso a la sabiduría convence algo más a Fausto, porque repartir yoyah y convertir el mundo en un harén particular de jóvenes vestales no sólo es el sueño perverso de cualquier integrista islámico sino también de un protestante europeo como Dios manda, tampoco del todo. Su pacto con el Diablo tiene una parte buena, puede acceder a lo mejor que ofrece el mundo, a los más exquisitos productos del mercado de la ciencia y del conocimiento. Por expresarlo en términos modernos, Fausto ha logrado Zidanes. Pero, ¿acaso un pacto con el Diablo que se precie no exige, también, Pavones? “Zidanes y Pavones”, he ahí la clave. Combinar los mejores productos con la posibilidad de crear y modelar al gusto otros. Y Fausto exige a Mefistófeles, en consecuencia, permiso para poner manos a la obra.

Hemos de aclarar en este punto que, a pesar de lo que pueda parecer, no sugerimos que Florentino Pérez, continuador de la obra de Fausto, tenga pacto con el Diablo alguno. Ni lo necesita ni este pacto podría, en la actualidad compararse con otros contratos mucho más importantes en la España de nuestros días, como es el que ha logrado culminar con los partidos políticos madrileños para dejar sin zonas verdes a una ciudad pero, a cambio, traerle estrellitas para su equipo de fútbol.

La política de “Zidanes y Pavones” de Fausto ya es un éxito que sacia por completo sus aspiraciones (y, de nuevo, tenemos aquí otra diferencia con Florentino Pérez, que no parece, ni mucho menos, saciado). Gracias a ese nuevo poder de creación crea una especie de hombre del Renacimiento ilustradísimo, el “homunculus”, a la manera en la que Valdano mima la cantera del Real Madrid. La cosa, no obstante, no acaba bien del todo, ya que el homunculus es un enano acomplejado poco dispuesto a tirar del carro e incapaz de subsistir en el mundo de salvajes ignorantes que, a pesar de saber menos que él, tienen más éxito que él con las mujeres. El escaso tamaño del homunculus le condena a la frustración y la muerte, pues, como cualquier intelectual, en realidad lo único que sabe hacer es cavilar sobre sus miserias.

Con esta situación, la verdad, Fausto acaba dándose por satisfecho y, llegada la hora de la verdad, no puede sino reconocer que Mefistófeles ha cumplido su contrato. Sin embargo, la Iglesia, ya en esos momentos en crisis, no asume de buen grado la cosa, y reivindica su derecho al alma de Fausto “porque en el fondo era bueno”. En este sentido Goeethe tiene mucho mérito y se adelanta casi siglo y medio a la patética actitud de cualquier Iglesia actual de filiación cristiana, dispuesta a perdonar lo que sea con tal de no perder cuota de mercado.

Fausto, por mucho que haya comido de un equivalente moderno del “árbol del bien y del mal”, lo hizo con buena voluntad. Asimismo, Joy Mary Ánsar metió a España en una guerra pero de buen rollo y porque su conciencia le dictaba acabar con las armas de destrucción masiva que estaba persuadido almacenaba el tirano. En ambos casos, las buenas intenciones convierten a estos personajes y a cualquiera del mismo tipo (violadores, asesinos, fundadores de movimientos ecuménicos, intelectuales…), en firmes candidatos a la canonización. A fin de cuentas, como dice el Cielo en un hermoso (e incomprensible para nosotros, para qué engañarles) y famosillo verso “Wer immer strebend sich bemüht, den können wir erlössen”.

Fausto, como puede verse, es una aventura extraordinariamente moderna. Las pulsiones de los hombres, incluso de hombres sabios como Ánsar, Florentino Pérez o Fausto, son las que son. Y contra ellas no se puede luchar. O no se debe. Goethe sienta cátedra con esta obra e instituye las bases de la moderna moral: lo importante, cuando de avanzar y de desarrollar el mundo se trata, son las buenas intenciones. Y estas ya no empiedran el camino del infierno, sino que constituyen el motor de evolución del mundo en el que vivimos.