Mientras el Príncipe-Niñato anuncia la buena nueva, el embrollo entre E.On, Gas Natural, Endesa y esa cuota ministerial de que los catalanes disponen para jugar a que su sentimiento nacional sólo es parangonable a su potencia industrial y tecnológica se complica más todavía. Ha aparecido Acciona, uno de esos engendros politico-empresariales-beautiful tan españoles, engordado a cuenta de las privatizaciones, y se ha puesto a ofrecer euros y euros para hacerse con una minoría de bloqueo en Endesa. La gente está despistada, ya que ni la derecha que ha capitaneado el “antes se la vendemos a los alemanes que a los catalanes” ni la coalición de la presunta izquierda y el nacionalismo periférico deseosa de montar unos “campeones nacionales” (españoles) de la mano de esa benemérita institución que es La Caixa que dominarían el mundo empresarial europeo saben, todavía, a qué carta quedarse. Porque la cuestión es si con estos nuevos movimientos el jugoso control de los puestos del Consejo de Administración pasa a ser más fácil o más difícil para Pizarro, ese hombre hecho a sí mismo y aferrado a la defensa de los accionistas, y sus huestes. A la espera de que la cosa quede algo más clara, la artillería de unos y otros permanece en silencio y la gente se desespera. Si El País no informa, ¿cómo saber si estos de Acciona son de los buenos o de los malos?

Ha venido muy bien para superar esta situación de confusión y dar algo más de tiempo que Sus Altezas los Niñatos hayan anunciado, justo a la vez, que esperan un segundo vástago. Se trata de otro representante de la nutrida generación de Borbones que, al calor de la irrigación con fondos todavía más opacos que los reservados del Ministerio del Interior, está empezando a amenazar las condiciones de sostenibilidad del tren de vida de los primos segundos, tíos-abuelos y demás parentela afín. Entre los españoles, conocida es su mezquindad, cunde la sensación de que si hay que empezar a mantener a todos estos futuros jovenzuelos con ganas de vivir la vida habrá que, para compensar, cortar el grifo a Constantino de Grecia, por poner un ejemplo. Por eso, conviene no caer en la demagogia de criticar a sus Altezas por hacer su trabajo, que es procrear, que para eso les pagamos. Y apoquinaremos más o menos lo mismo, con independencia de cuántos hijos vengan. Si hay alguien que ha de tener miedo son los parientes lejanos de la elegante Reina de España, por una parte, y los accionistas de esas empresas teóricamente privadas que pueblan el mundo empresarial español pero que tan rápidamente comprometen el pago del impuesto revolucionario.

El caso es que el asunto de los medios de vida de la familia real y asimilados, más allá de que sea un saber que haya de parecer ignoto para los mortales, no es tan preocupante. Siempre y cuando, eso sí, conservemos no ya “campeones nacionales” sino pesebres de primer nivel en las nacionalidades históricas, y que estos abrevaderos para privilegiados sirvan igual para montarle una fundación sin actividad conocida a los Duques de Palma que para asegurar un rutilante futuro en el mundo de las consultorías a los Duques de Lugo. Es por eso que, en el fondo, no conviene dejar que se descontrolen demasiado las ansias de independencia de entidades como Cajamadrid o La Caixa. Y que, como nunca se sabe si los alemanes acabarán de entender con todas sus consecuencias las esencias de la España democrática, pues mejor que las gentes de E.On, que han venido muy bien para ahuyentar a los periféricos deseosos de meter sus sucias manos en el botín, empiecen a comprender que ahora son menos necesarios. Pongamos un ejemplo: nadie desea que la labor por el Tercer Mundo, por las artes y la cultura que, financiada generosamente por La Caixa, que lleva a cabo la Infanta Cristina corra el riesgo de resentirse; no sabemos si el mundo superaría tal golpe. Es mucho mejor, para evitar sustos, que la gestión del dinero que ampara esta importante actividad esté a cargo de españoles e incluso de catalanes (éstos, en el fondo, también la comprenden, no crean), no sea que los testaferros de aquí contratados por los alemanes no sean capaces de hacérselo entender en todos sus detalles y complejidad.

Consideramos, en consecuencia, que la capacidad engendradora demostrada tanto por el Príncipe-Niñato como por Acciona constituyen buenas noticias para España, felizmente coincidentes desde un punto de vista estético. Cumplen con su deber, aseguran el futuro, limpian de riesgos el panorama (tanto el sucesor como el de distribución de sillones corporativos) y contribuyen al desarrollo de la industria cultural más potente de la que cuenta nuestro país: la prensa rosa-amarilla que capitanean cabeceras tan legendarias como Hola, ABC e incluso el diario Marca.

Por lo demás, se confirma que los españoles le ofrendamos una vestal de lo más apañada a nuestra principesca luz y guía: capaz de reproducirse a un ritmo más que satisfactorio tal que si quisiera poner en evidencia a los que impiden desfilar a chicas igualmente apañaditas en las pasarelas de moda que componen desde hace años el circuito Buchenwald-Birkenau de la moda europea. La principal función pública que se espera de la chica, por la que cobra y de la que vive, está siendo cumplida con creces y ella se está ganando el salario: mantiene relaciones sexuales al menos episódicamente con nuestro Príncipe-Niñato y además logra quedar encinta y alumbrar con éxito una descendencia que asegure la continuidad de la dinastía. De esta manera, los súbditos podemos respirar tranquilos, sabedores de que los genes que conllevan convertirse en Jefe del Estado han encontrado un cálido receptáculo en el que crecer y perpetuarse, asegurándonos que nuestro destino como sociedad política madura está en buenas manos: si los controles a que es sometida la incubadora con patas que hemos pagado al Príncipe-Niñato han funcionado bien un 50% de la dotación genética de la criatura asegura que nos encontraremos ante un legítimo continuador de la saga de buen gobierno que contempla la Jefatura del Estado español desde hace siglos. Afianzada por el hecho de que el mismísimo Caudillo que protagonizó la Gloriosa y Santa Cruzada, inequívoco depositario de legitimidad carismática, avala el depósito de la legitimidad histórica en estas gentes. Orgullosos hemos de estar los españoles de lo avanzado de todo el tinglado que hemos montado y del buen hacer de la señorita encargada de asegurar compañía al futuro Soberano de Oro de las farras del pijerío europeo: desde la película “Joe contra el Volcán” no se había visto a una sociedad tan civilizada encontrando una candidata tan perfecta a ser sacrificada para garantizarse el favor de los Dioses y la mejor consecución del bien común.