Fieles a nuestra vocación de comentar las últimas novedades editoriales les ofrecemos a todos ustedes una breve reseña de este libro publicado recientemente, en 1941 para ser más exactos, y escrito por una de las figuras más relevantes del anarquismo español del primer tercio del siglo pasado, que junto a otros históricos ácratas como Durruti tuvo un papel destacado en el origen y desarrollo de nuestra Guerra Civil. Abad de Santillán fue dirigente de la FAI y la CNT y desarrolló su labor al frente de la organización anarquista en Cataluña, auténtico baluarte de esa fuerza sindical y política desde comienzos del siglo XX.

Tal y como indica en su título, Abad de Santillán desgrana en este trabajo las causas que a su juicio llevaron al derrumbe de bando frentepopulista y a su inevitable derrota militar (la II República ya se había derrumbado mucho antes y al inicio de la guerra había dejado de existir a efectos prácticos). En un plano teórico, Abad sitúa una de las claves de la derrota de las fuerzas del Frente Popular en la militarización de las milicias espontáneamente formadas por el pueblo en lucha. Para Abad de Santillán, la forma genuina de combate del pueblo español con la que ha pugnado por librarse de la esclavitud religiosa, política y social a que ha estado sometido secularmente no ha sido el ejército regular sino las tropas de guerrilleros que iban alegremente a la muerte o a la victoria animados por su conciencia de defender una causa noble (la guerra nuestra no era una guerra de un ejército contra otros ejércitos, sino la acción armada de un pueblo contra sus enemigos). Sí, todo muy romántico, pero el hecho es que al comienzo de la guerra, los batallones de la FAI se reunían para elegir por votación los objetivos militares y no pegaban un tiro hasta que no se consiguiera el amplio consenso de toda la tropa. Este sistema de democracia asamblearia cabreó bastante a los “asesores” militares enviados por Moscú, que vieron enseguida que por ese camino la guerra acabaría convirtiéndose en el coño de la tía Svetlana, así que decidieron “invitar” al gobierno de la República a que dejara en sus manos la dirección de las operaciones y en general la política de guerra, a lo que se accedió gustosamente (total, ya estaban en posesión de toda nuestra pasta y tampoco era cuestión de cabrearlos y que nos dejaran tirados).

Esta actitud genuflexa devino la entrega incondicional a Moscú de los destinos del gobierno frentepopulista -incluido el económico con el envío de la práctica totalidad de las reservas de oro del Banco de España para la adquisición de material bélico, como es sabido-en lo que constituye, según de Santillán, una de las abyecciones más lamentables de la reciente historia de España, y en la que el propio anarquismo tuvo gran parte de culpa, al menos por omisión, ya que hasta muy avanzada la contienda consintió esa perversa situación participando incluso en los sucesivos gobiernos republicanos en aras de sostener una lucha militar contra los nacionales que al final resultó infructuosa. La absoluta dependencia económica de Moscú tuvo como corolario inmediato la sumisión política a un PCE que se convirtió en el fiel delegado soviético para los asuntos españoles, como ocurría por otra parte con el resto de partidos comunistas europeos. Una pequeña muestra del dominio soviético es la defunción de Largo Caballero como presidente del gobierno republicano por rebelarse contra la presión comunista (echó a patadas de su despacho al embajador de Moscú, Rosenberg, con dos pelotas), a quien se negó la colaboración de la aviación y del resto de unidades militares bajo dominio ruso en su proyectada ofensiva sobre extremadura al inicio de la guerra, en lo que hubiera sido una operación brillante y altamente efectiva para el bando republicano (al constituirse, siguiendo los planes del delegado “comercial” ruso Stajevsky, el Gobierno Prieto-Negrín, después de la famosa crisis de mayo de 1937, cuando la política de Moscú derribó a Largo Caballero impidiéndole realizar la ofensiva preparada para cortar la zona rebelde en dos partes…). De haber logrado Largo Caballero estos fines, su figura hubiera adquirido una dimensión extraordinaria para el resto de las fuerzas integrantes del llamado frente popular y hubiera sido mucho más dificil expulsarle del poder, así que no se tuvo contemplaciones en traicionarlo aún a costa de sufrir un serio perjuicio militar. Una vez defenestrado, pasó a ocupar el gobierno de la república el nefasto Doctor Negrín, a quien Abad de Santillán dedica perlas como éstas:

* Pero el Gobierno de Negrín era una banda de Monipodio, y a medida que aumentaba la sumisión de esa banda a los rusos, aumentaba también nuestro sentido de lo español y nuestro orgullo nacional.
* Si el Gobierno Negrín hubiese tenido que responder de su gestión política, económica y financiera habría tenido que terminar ante el pelotón de fusilamiento.
* Lo único público de la vida de este hombre es su vida privada, y ésta, sin duda alguna, dista mucho de ser ejemplar y de expresar una categoría de personalidad superior. Una mesa suntuosa y superabundante, vinos y licores sin tasa, y un harén tan abundante como su mesa completan su sistema.
* Ni es persona de inteligencia ni es hombre de trabajo.
* Negrín es un holgazán. Su dinamismo se agota en ajetreos inútiles, en festines pantagruélicos y harenes sostenidos por las finanzas de la pobre República. (…) Este hombre no ha trabajado nunca (…).
* Intelectualmente es una nulidad, moralmente es un nuevo rico (…). La dictadura negrinesca es en ese aspecto (económico) más absoluta que la de Hitler y la de Mussolini.

Todo un estadista como ven. Quizá fuera en atención a esas acreditadas virtudes y a su labor en defensa del procomún por lo que el reciente Ministro de Justicia e Interior D. Juan Alberto Belloc indemnizó a sus herederos (sí, indemnizó) con varios cientos de millones de pesetas de entonces para enjugar en parte la deuda que los españoles teníamos con él. Qué menos.

Abad de Santillán relata con desgarradora sinceridad, con amargura, la tragedia de un bando republicano sometido incondicionalmente a una potencia extranjera. Cualquier fuerza que cuestionara la soberanía comunista era reo de traición y sometido al tratamiento estandar soviético. Las terribles tchekas organizadas por los agentes soviéticos, el asesinato masivo de militantes del POUM incluido el dirigente Andreu Nin -previa y salvajemente torturado-, los crímenes cometidos en el frente por el Servicio de Investigación Militar (el temible SIM) contra los oficiales y militares de la FAI y la CNT o simplemente críticos con los mandos comunistas, o los sucesos de mayo de 1937 (una auténtica guerra civil dentro de otra guerra civil) reflejan, en fin, una forma de entender la “defensa de la libertad y la democracia” cuya heterodoxia hizo que fuera escasamente comprendida por el pueblo al que iba destinada. De todo ello da cuenta de Santillán en lo que sin duda es la mayor catástrofe del bando frentepopulista de la que no escaparon ni siquiera los que quizá con más firme voluntad sostuvieron la lucha contra el bando nacional, los anarquistas.

El libro incluye también una descripción de régimen colectivista impuesto por los anarquistas en el bando republicano, según el autor con el general apoyo de aquellos a quienes se despojaba de sus propiedades (jamás habría contemplado la Historia ejemplo más entusiasta de filantropismo cívico), aunque en algunos casos es cierto que hubo que ocupar los medios de producción empleando argumentos más contundentes. A juicio de Abad, este nuevo sistema de organización económica convirtió a Cataluña y Aragón (las zonas de mayor implantación) en un ejemplo mundial de cómo conseguir la emancipación del proletariado, y no sólo eso sino que los gobiernos de otros países, además, asistían arrobados a esta pacífica revolución que amenazaba con convertir a España en una potencia mundial, pero llegó Franco y, como es sabido, todo se jodió. En fin, cosas que pasan.

En cualquier caso, la figura de Abad de Santillán se nos antoja a través de las páginas de este libro como un combatiente romántico, idealista, y sobre todo honesto. Tras la derrota de la Guerra Civil, es uno de los pocos integrantes del bando frentepopulista que entona el mea culpa. El vivió presonalmente todo aquello que cuenta en su libro, por lo que su relato tiene el valor añadido de los testimonios de primera mano ofreciendo una versión de los hehos ajena a la historiografía de izquierdas, en algunos casos claramente propagandística. Sus tesis sobre las responsabilidades del comunismo soviético en la tragedia española coinciden básicamente con lo aportado por historiadores como de la Cierva o Moa, aún proviniendo ambos de una tradición intelectual radicalmente distinta del anarquismo de Santillán, algo que debería hacer reflexionar a los que aún mantienen acríticamente los rancios argumentos de los omnipresentes apóstoles del progresismo más apolillado.