Año de nuestro Señor de 1134

Alfonso I el Batallador, como Ustedes ya habrán adivinado, tenía un acendrado trauma psicosexual. El Batallador intentaba sublimarlo mediante estocadas a los enemigos musulmanes, asiendo con ambas manos fuertemente su espada, sustitutivo del falo que nunca tuvo para poseer mujer alguna, lo que le hizo buscar también consuelo de esta ausencia castrante en sus compañeros de fatiga. El Batallador vengaba los continuos engaños y vejaciones a que era sometido por su mujer en los enemigos musulmanes, a los que violaba a espadazos. Item más: el paciente intentaba olvidar con una vida nómada y luchadora sus deseos evidentes de haber matado, en su momento, al Padre, Sancho I Ramírez, a quien odiaba por acostarse asiduamente con la madre del Batallador (y con muchas otras que podrían haberlo sido también, dicho sea de paso).

Mucho se ha escrito sobre la presunta homosexualidad de Alfonso I el Batallador; mejor dicho, no se ha escrito apenas nada, pero no nos importa, para eso estamos: el Batallador no sólo buscaba consuelo en el fragor de la batalla de sus desventuras sexuales, sino que, con el tiempo, lo encontró: la pasión guerrera, el polvo del camino, el sudor, los torsos relucientes al sol empuñando espadas, … Aquello parecía un gimnasio pero de los antiguos, y al final el hombre, sin duda, acabó cayendo en el desviacionismo contra natura de la sodomía, con amigos y enemigos, sin cesar, en el campo de batalla y fuera de él.

Por eso no es de extrañarnos que el loco del Batallador, en su testamento, decidiera donar los reinos de Aragón y Navarra ¡a las órdenes militares! Sí, sí, como lo oyen; muerto sin descendencia, Alfonso I decidió que las órdenes militares, en última instancia la Iglesia, eran depositarias de las esencias de Aragón. ¿Qué oscuros vínculos emocionales mantenía el Batallador con dichas órdenes militares? Sí, bueno, un señor apodado “El Batallador” en principio debería llevarse muy bien con este tipo de organizaciones, pero, pensamos, debería haber algo más, un conjunto de secretos compartidos en la intimidad del monasterio, del castillo; momentos de especial sintonía entre el Rey y sus soldados, todos de uniforme; una oportunidad de saciar una sed atávica distinta a la que en él era habitual. Que el Batallador era un mariconazo que no veas, vamos.

Dicho esto, podemos imaginarnos cómo reaccionaron los nobles a un testamento tan peculiar. El grito unánime de los nobles aragoneses fue: “Aragón antes sediento que roto”, y se afanaron en buscar un nuevo rey que mantuviera unidos sus territorios. Pero los navarros, que ya comenzaban a hartarse del centralismo maño, que aplastaba sus costumbres y su cultura, y sobre todo, les dejaba sin territorios, pues todas las conquistas pasaban a engrosar el reino aragonés, decidieron nombrar sucesor por su cuenta. El elegido fue García Ramírez, a quien el pueblo, con buen tino, apodó el Restaurador; ocioso es aclarar que el Restaurador no se dedicaba a montar chiringuitos en la playa ni tabernas en el País Vasco, pero por si acaso lo hacemos.

Dejemos a Aragón y sus cuitas por unos momentos para continuar con Navarra: como pueden Ustedes imaginarse, la situación del Reino no era especialmente envidiable, pues la senda de la Reconquista había sido ya totalmente clausurada por las conquistas de castellanos y aragoneses. Navarra se había convertido en una isleta en medio de la Península, sin posibilidad alguna de expandirse ante reinos que comenzaban a ser considerablemente más poderosos que el reino navarro. Resulta, en cierto sentido, irónico que el reino - fuente de todos en época de Sancho III el Mayor acabara postergado así, pero España tiene estas cosas, señores. ¿Cómo se las arreglarían el Restaurador y sus sucesores para sobrevivir en este estado? Veámoslo en el siguiente capítulo, “Decadencia del Pensamiento Navarro”.