Año de nuestro Señor de 868

Navarra surge como reino independiente a partir de la rebelión de los paisanos de Pamplona, que se hartaron de los excesos y crueldades del Gobernador musulmán, que se negaba a que los encierros pamplonicas pasasen por delante de su palacio con el argumento de que aquello era una salvajada y que él se negaba a participar en la barbarie. La ciudadanía estuvo de acuerdo con ese sabio argumento y llegó a la conclusión de que para que no participara lo mejor era acabar con su vida.

El primer rey de Navarra fue Íñigo Arista (868 - 880), caudillo de la rebelión contra los árabes. Al parecer, Arista fue escogido de entre el pueblo por ser el más válido, fuerte e inteligente de los navarros para oponerse a la tiranía mora, o al menos eso dicen los historiadores. Posiblemente no influyera en ello lo más mínimo que Íñigo Arista proviniera de una de las familias navarras de más rancio abolengo, emparentada además con la poderosa familia de los Beni - Casi, que habían convertido el valle del Ebro en una especie de Sicilia, independizada de todo conato de dominio del Estado árabe. Con estos poderes, Navarra consiguió consolidar su independencia, primero de los árabes (con ayuda de otros árabes, una de estas casualidades de la vida que nos hace pensar que, después de todo, quizás la Historia de España en la Edad Media no se limite a moros malos - cristianos buenos), y luego de los francos, siempre deseosos de mangonear allende los Pirineos. Ludovico Pío, como diciendo “aquí estoy yo”, envió un ejército para dejar claro quién mandaba en Navarra, y vaya si lo dejó claro: los navarros le asestaron tal derrota a sus huestes que por muchos años Navarra evitó la perniciosa influencia francesa, buscando su razón de ser en España.

A la muerte de Íñigo Arista le sucedió su hijo García Íñiguez (880 - 884), que murió en batalla con los musulmanes, que por aquel entonces intentaban mitigar la rebelión de Al - Andalus ofreciendo glorias exteriores, política que tan buenos resultados ha dado desde tiempos inmemoriales a los gobernantes cogidos en falso, siempre y cuando supieran escoger bien al enemigo. En este sentido, podemos decir que Navarra era un enemigo idóneo, pues se trataba de un reino pequeño y sencillo de sojuzgar, pese al carácter indómito de sus habitantes, que se pasaban la vida luchando para que nadie pudiera poner en duda pese a la competencia (aragoneses y vascos) que aquí ellos eran tan brutos como el que más.

De hecho, el rey que sucedió a García Íñiguez, Fortún Garcés (884 - 905), tuvo la desgracia de ser capturado por los árabes en otra de las innúmeras batallas de nuestra Histeria, y pasó 22 años de cautiverio en Córdoba. En esta breve ausencia uno de sus nobles, en plan visigótico, tuvo la desvergüenza de proclamarse rey, y lo peor es que el desmemoriado pueblo navarro, que parecía ignorar los padecimientos que estaba pasando su monarca durante todos estos años, le apoyó. Así que Sancho Garcés I se convirtió en rey de Navarra, consiguiendo por fin lo que todos sus antecesores se habían revelado incapaces de alcanzar: nuevos territorios. Con este rey las posesiones navarras avanzan hacia el sur, conquistando lo que hoy es La Rioja. Pero la borrachera de éxitos no terminó allí, pues su hijo García Sánchez I (935 - 970) engrandece aún más Navarra fusionándola con Aragón ante el peligro que suponía la “edad dorada” de Al - Andalus. Lo veremos en el siguiente capítulo, “Fusión de los reinos ante la amenaza hereje”.