Año de nuestro Señor de 866

Las obras de este gran monarca justificaron, a juicio de sus coetáneos, que se le apodara con el sobrenombre de “El Magno”. Ya se habrán fijado en que los cristianos españoles tenían tanta afición a apodar a sus reyes como nosotros, facilitándonos la labor tituladora, pues sólo es cuestión de dejar el mote primitivo o modificarlo según nuestros intereses. En el caso de Alfonso III, es obvio que la opción más clara era relativizar la magnitud de su majestuosidad añadiendo la pertinente coletilla. Porque, a decir verdad, lo del Magno no fue para tanto.

Gobernó este rey un montón de años (866 - 910), y su reinado coincidió casi exactamente con el periodo de guerra civil en Al - Andalus. Es decir, que a una época de cohesión en el Norte correspondió una época de luchas intestinas en el Sur. Cualquier gobernante inteligente, y al Magno esta virtud se le supone, habría aprovechado la coyuntura para arrancarle un buen bocado de territorio a los enemigos, ¿no creen? Pues no. El Magno no opinaba lo mismo, así que dedicó su reinado a otros menesteres, fundamentalmente a escribir una “Crónica” de la historia española de mucha peor calidad que la que tienen ahora mismo en sus pantallas, mucho más falaz y peor escrita, pues, por poner un ejemplo, ni siquiera está escrita en español. En esta Crónica Alfonso III se despachaba diciendo de los monarcas visigóticos lo que todos sabíamos: que eran bastante mantas e incompetentes, y por su culpa llegaron los árabes y se quedaron con todo, literalmente, como si fueran los amigos de Aznar en pleno proceso de privatizaciones.

Hay que decir, por un lado, que es sintomático de lo mal que escribía el tío que no sepamos apenas nada de la época visigótica en España, lo cual es terrible porque nos ha impedido ahondar con seriedad en tan fundamental y apasionante época. Pero aunque ahí tenemos mucho que agradecerle a Alfonso III el Magno, el problema es que después de tanto criticar a los visigodos al final demostró ser tan germánico como ellos.

Me explico: en el apogeo de Omar Ben Hafsun en Córdoba, cuando parecía que la rebelión iba a triunfar y los omeyas no sabían qué hacer, se planteó la cuestión a Alfonso III de si no sería un buen momento para atacar a los árabes y expulsarlos de la Península. El Magno reflexionó unos segundos y después, magnánimo él, decidió que no, que mucho mejor dedicarse a colonizar lo que quedaba deTierra de Nadie con colonos mozárabes. Dicho y hecho; mientras Al - Andalus se desangraba, el Magno llenaba de aldeas y castillos los paupérrimos territorios meridionales de su reino, con lo que, dicho sea de paso, contribuyó a crear los condados castellanos que más tarde se independizarían. Poco después cambia de opinión y conquista Oporto, repoblando lo que hoy es el norte de Portugal con los colonos que había recogido magnánimanente a lo largo de los años (por no hablar del excedente demográfico que comenzaba a reproducirse gracias a la anulación del famoso tributo de las 100 doncellas).

¿Se dan Ustedes cuenta? El Magno no sólo desaprovechó la mayor ocasión que vieron los siglos para acabar con Al - Andalus, sino que encima, puestos a hacer algo, se dedica a repoblar Portugal, ¡un país extranjero! (Y ya entonces era vox populi que todo lo que salía de la frontera española en los mapas actuales no era España, o sí lo era pero los extranjeros aún no habían tomado conciencia de sí). Pero encima el tío dejó una herencia que acreditaba definitivamente su filiación visigótica: “La pulsión taifática en España: primeros antecedentes”.