Año de nuestro Señor de 711

Si entre la España musulmana y la cristiana es complicado en ocasiones encontrar grandes diferencias de tipo social, si con mucha frecuencia las fronteras no eran tales, si habitualmente las alianzas no tenían en cuenta tanto cuestiones religiosas o culturales sino las más mundanas ambiciones de los nobles de un bando o de otro; si, en resumen, todos los españoles de la época compartían ciertos rasgos, todo ello no impedía que ciertas diferencias, en algunos aspectos realmente importantes, existieran.

Las actividades de los sectores primarios de los dos bandos fueron claro ejemplo de cómo ciertos aspectos culturales pueden influir en la economía nacional. Mientras la España musulmana nunca desaprovechó las infraestructuras agrarias legadas por la dominación romana y no sólo ello sino que las modernizó y amplió los Reinos Cristianos optaron por una política más tradicional. De manera que Al-Andalus y el Levante español vieron florecer una agricultura cuyo rendimiento iba a aumentar considerablemente gracias al masivo empleo del arado romano mejorado y a la explotación de cultivos de regadío aprovechando las fértiles tierras y trazando una completa red de canalizaciones para hacer llegar a las mismas el agua. Aunque a pequeña escala, la voluntad de esta España del Sur, del Este y del Sureste era clara: sí al plan hidrológico nacional.

En la zona cristiana las cosas eran muy distintas. Los profundos sentimientos católicos de la población hacían aparecer como radicalmente sospechosas las actividades desprovistas de una lógica salvífica. Al parecer el cultivo no era del agrado de una religión que lo veía como un atroz atentado a la pureza de la tierra. Ni siquiera como ofrendas votivas las frutas y vegetales eran bien consideradas. Los encargados de velar por las almas cristianas demostraron desde sus primeros días que agradecían mucho más un buen pedazo de carne. Para la religión católica siempre ha sido mejor moverse poco en este valle de lágrimas y centrarse en la lucha contra el infiel. Cualquier pretensión de reforma agraria era necesariamente sospechosa. Y, sin embargo, en estos momentos se integra por fin, más o menos, el modelo neolítico entre los cristianos españoles. Con algo de retraso, de acuerdo, pero más vale tarde que nunca. El modelo aplicado masivamente por los cristianos en las zonas que dominan es el conocido: arrasemos las tierras y cultivemos como Dios nos dé a entender: el agua es nuestra. Los resultados no eran espectaculares, y dependiendo de la bondad del año se obtenían entre 1 y 5 granos de cosecha por grano plantado. Ninguna maravilla, pero suficiente para sentar las bases de un modelo agrícola muy particular. En efecto en España, con la posterior victoria cristiana los agricultores se convirtieron en meros cuidadores de tierras en las que, esencialmente, debían cazar los nobles y pastar los ganados. Que incidentalmente se cultivara algo en ella era lo de menos, y si era preciso dejarlo claro permitiendo a corderos y resto de la cabaña destrozar cultivos o arrasando la cosecha a base de batidas de caza a su través, pues se hacía.

La sabia política agrícola castellana, sin embargo, se enfrentó a las heréticas actividades implantadas por los musulmanes que no pudieron nunca ser totalmente erradicadas y que en la actualidad, de la mano de campos de golf y parques temáticos, obligan a enormes inversiones hidráulicas. Al menos, eso sí, los cristianos lograron inculcar una cultura del derroche de agua a las zonas dedicadas a la agricultura. Desde entonces, y en los últimos 1000 años, no son pocos los pueblos españoles que siguen regando y cultivando exactamente igual que entonces y empleando, además, exactamente las mismas infraestructuras de esa época.

Lo más increíble del legado de Al-Andalus, con todo, es que, como verán a continuación, “aún hay más”.