Año de nuestro Señor de 589
San Isidoro es el primer teólogo de entidad de la Historia de España, lo que es tanto como decir el primer teólogo de toda la Historia. Si a este dato añadimos que San Isidoro era sevillano nadie podrá dudar que el fervor católico más puro y verdadero ha residido y residirá siempre donde se merece: en la única ciudad del mundo con tres estadios de fútbol con capacidad para más de 50.000 espectadores y ningún equipo de elite (¿alguien puede dudar que se crea en los milagros en Sevilla?). A pesar de su definitiva y exitosa implantación el catolicismo no lo tuvo fácil. Hasta el III Concilio de Toledo no se convierte en religión oficial y a estas alturas ya andamos por el año 589.
Para compensar el tiempo perdido y celebrar el bautismo godo se desató una ola de intolerancia que afectó especialmente a judíos y los restos de paganismo (sobre todo a estos, pues es tradición en España mirar mucho peor al ateo que al que practica otra religión, ya que el segundo “pobrecito, no tiene culpa” mientras que el primero es un monstruo sin entrañas). Especialmente eficaz fue esta acción “misionera” contra el paganismo, vistos los frutos cosechados, en el Norte peninsular. Estas actuaciones fueron alentadas y secundadas por el obispo de Sevilla, que demostró su capacidad renacentista para dedicarse, a la vez, a otros quehaceres pergeñando unas reflexiones sobre la religión cuya escasa calidad no ha provocado, sorprendentemente, que se considere muy apropiado y culto el hacerse eco de ellas cuando la ocasión lo permite.
En reconocimiento póstumo, como es habitual, se le ha reconocido el status de Santo, algo lógico si tenemos en cuenta que varios de sus hermanos, concretamente tres, también lo son: Santa Florentina, San Fulgencio y San Leandro. La conclusión a la que podemos llegar es: ¡Vaya familia! Pero si los escritos teológicos de San Isidoro son ciertamente pobres, no lo son menos sus estudios históricos. En su “Crónica de los visigodos”, al llegar Suintila al poder (624), escribió lo siguiente: Suintila era “munícipe para todos, largo para pobres e indigentes, pronto a la misericordia, hasta el punto de que mereciera ser llamado no sólo príncipe de los pueblos, sino también padre de los pobres”.
Casualmente, cuando Suintila es depuesto en el IV Concilio de Toledo (presidido por nuestro San Isidoro), el Gran Hombre pasa a ser, sin solución de continuidad, un canalla que sólo se había destacado en su reinado por “las riquezas robadas a los pobres”. En consecuencia, por su objetividad, por su valentía, podemos decir que San Isidoro en verdad era Santo. Pero no era el único, como comprobarán en nuestro siguiente capítulo, “los Godos Menores”.
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