Año de nuestro Señor de 568

Leovigildo es, en la práctica, el fundador del Estado visigótico, lo cual nos hace admirarlo aún más. Este gran rey, candidato claro a formar parte de la serie “Los nuestros”, de Federico Jiménez Losantos, sin duda ya tenía bien claro el concepto de la unidad de España, basada, cómo no, en el enfrentamiento con los malvados nacionalismos periféricos y en la indispensable unidad religiosa. Con Leovigildo, se busca esta unidad tomando como base el arrianismo. Si bien podría haberse centrado en la religión católica para ello, es posible que no le convenciera adoptar los usos y costumbres de sus enemigos, el Imperio más ridículo de la historia, los bizantinos. De tal manera, como ya indicábamos más arriba, a nuestro héroe no le importó lo más mínimo eliminar a su integrista hijo mayor, Hermenegildo, en busca de la unión de todos los españoles (sí, ya eran españoles) en torno a una tiara determinada. Todo auténtico español sabe la importancia que esto tiene, y Leovigildo no iba a ser menos. A él la historia no le echaría en cara haber caído en peligrosos desviacionismos.
Pero esto no es todo. Leovigildo también fue lo suficientemente bestia como para perseguir sin freno a los periféricos baskones, que ya entonces estaban inmersos en la lucha contra el invasor castellano (aunque Castilla entonces no existía, en lo que respecta a la lucha de los baskos, eso no tiene la menor importancia). Leovigildo sometió a los baskones por enésima vez, conquistando Amaya, su capital, y (suponemos) obligándoles a pagar impuestos (poco después, claro, los baskones, siempre celosos de su libertad, volvieron a sublevarse).

Por último, con Leovigildo toma fuerza la economía hispana, acuñando una moneda de oro, los famosos “tremises” (no nos sonaban de nada, pero nuestras múltiples fuentes inciden particularmente en su gran importancia), que desde entonces no pararon de devaluarse una y otra vez, en un claro antecedente de la política económica del Imperio castellano (bueno, español si prefieren) de los siglos XVI y XVII. De esta manera, Leovigildo acentúa la necesaria (y ancestral) unidad de todas las regiones de España, siempre en pos de un objetivo común. El ejército visigótico gana en cohesión y fortaleza, y se comenta incluso que la esclavización del pueblo latino se llevó a cabo con mucha más eficacia que antaño (un nuevo antecedente de otro de los pilares de la idiosincrasia hispánica, el “vivan las cadenas”).

En fin, que Leovigildo era un pesado y un salvaje, razón por la cual es muy admirado por la historiografía española (sí, sí, esos santones de la Real Academia de la Historia), y aún le dio tiempo para convertir momentáneamente la monarquía en hereditaria, puesto que le sucedió su segundo hijo, “Recaredo”.