Año de nuestro Señor de 565

Es decir, los herederos del Imperio Romano de Oriente, que, contra todo pronóstico, consiguió durar diez siglos más a base de ceder más y más terreno a sus enemigos. A nosotros los bizantinos siempre nos han parecido un pueblo ridículo, emperrado en estúpidas discusiones teológicas que les impedían ofrecer algo de oposición a turcos, búlgaros y demás gente seria que campaba por sus anchas a lo largo de lo que quedaba (cada vez menos) de Imperio. Los bizantinos, empero, vivieron una época de esplendor en el siglo VI con el reinado de Justiniano, quien, pese a su nombre y a su fervor en la promulgación de códigos, era un auténtico cabrito, y posiblemente por ello le fueron tan bien las cosas. Las similitudes de Justiniano con los visigodos no se limitan a hacer leyes que nadie cumplía y a cargarse a todo el que se le ponía por delante, sino también a intentar expandir sus territorios, con el mismo resultado final que obtuvieron los visigodos.

Para ello, Justiniano contó con un hombre excepcional, el Conde Belisario, que se hizo con el norte de África, Italia y muchos más territorios. En pago por los servicios prestados, Justiniano lo dejó ciego y puso al frente de sus tropas a un eunuco, Nersés, con los resultados previsibles al dar a alguien así el mando de la tropa: pérdida de Italia, pérdida del norte de África y conquista, merced a la incompetencia de los visigodos, de más o menos la actual Andalucía. Los bizantinos se pegaron allí unos ochenta años, en los que no dejaron absolutamente ninguna creación de mérito, lo cual nos da una idea de qué clase de cultura estamos hablando (incluso los godos hicieron alguna Iglesia).

La verdad, los bizantinos nos parecen una pandilla de perdedores, destinados al fracaso y la decadencia perpetua, máxime si tenemos en cuenta que renunciaron a la verdadera religión, la católica, merced a sus apasionantes discusiones teológicas. Sin embargo, habrá que hablar de ellos cuando contemos cómo nosotros los españoles (recuerden que “nosotros” lo éramos por lo menos desde el Neolítico) les dimos una buena somanta de palos cuando los Almogávares se dieron un garbeo por Grecia, y también en el siguiente capítulo: “El arrianismo”.