Chen Kaige es el autor de la famosa “Adios a mi concubina”, cinta que perdió el Oscar, como si fuere danesa, contra Belle Époque de Trueba, peli que no está mal, pero que como muestra a los carlistas como energúmenos no gusta a la crítica plenamente democrática, centrista y liberal de toda la vida de Dios. Pero dejémonos de españolidades, que hoy, por un día, hablaremos de China, país que, como todo el mundo sabe, lo más probable es que domine La Tierra dentro de unas decenas de años. Quién lo iba a decir, con el siglo XX tan animado que tuvimos, que ni Hitler, ni Breznev, ni Gandhi, ni José María Aznar, ni JFK, ni Reagan, ni Gorbachoiv iban a ser las personas más determinantes de la centuria y que el hombre que le dio un golpe de mano a la Historia con hache mayúscula de contar los siglos de diez en diez iba a ser otro sujeto de pequeña estatura y sonrisilla perenne y enigmática: Den Xiaoping.

El asunto es que Chen Kaige no es un chino de bien y se las ha visto y deseado con las autoridades de su país, Den Xiaoping incluído, que dio orden personal de que censurasen la celebérrima Concubina. Como todas las personas que no son hijos de su país “de bien”, Chen Kaige es un resentido. Resulta que de pequeño quería ser Guardia Rojo, eran los tiempos de la Revolución Cultural, y no se le ocurrió otra cosa que empezar haciendo méritos denunciando a su padre, el cual tuvo que ser reeducado, con las consecuencias que esto supone para la salud.

Como es normal, esta vivencia Kaige no se la perdona ni a si mismo ni al comunismo. Por esta razón, con sus películas pincha un poco a la ideología de la que a nosotros nos salvó el Centinela de Occidente, Invicto Caudillo F.F. Bahamonde.

En este contexto hay que enmarcar su obra. Y muy concretamente, El Rey de los Niños, que se desarrolla en plena Revolución Cultural. Si mola o no mola, la verdad, es difícil de sentenciar. La película, de 1987, recibió un premio en Cannes a la Más Aburrida*. Y no fue seulement par emmerder, es lenta. Pero lenta. Muy lenta. Francamente va despacio. Se supone que en los planos eternos de “silencios elocuentes” debemos meditar y eso. Como la fotografía es bastante bonita, transcurre en una montaña, pues disfrutando del paisaje se echa uno distraido los ciento seis minutos, que tampoco son tantos, al estilo senderista Labordeta pero en cinematográfico.

La historia va de un ganadero al que las autoridades convierten en profesor y le endosan una clase por el artículo catorce. Él llega y como es lógico no tiene ni puta idea de enseñar. A partir de ahí, entre anécdotas escolares y el copetín, el hombre se enfrenta a la tarea con más buena voluntad que otra cosa y lo que consigue es ser el típico profesor enrollado y, claro, heterodoxo, pues pasa olímpicamente del manual y enseña a los niños a pensar por si mismos. En este plan, no tarda en aparecer un caballero hierático vestido de negro que viene a darle el toque y mandarle, a continuación, a su puta casa. Entre tanto, hay montones de metáforas sobre un diccionario de garabatos esos que hacen los chinos, ideogramas, y un alumno más pobre que las ratas pero con muchos huevos que se decide a copiarlo para aprendérselo bien, además de una cosa mu bonita y enternecedora, pues el chico también enseña a su maestro a enseñarle bien.

El final es apocalíptico y estremecedor y por él sabemos, o debemos saber, que la Revolución Cultural fue una cosa horrorosa. Pero ¿qué es eso de la Revolución Cultural? ¿Empezó en el 36 o en el 34?

La Revolución Cultural no fue otra cosa que una lucha de poder en la que un anciano decrépito da un puñetazo encima de la mesa y pone a todo el mundo firme porque una cosa es libertad y otra libertinaje. Se trata de una campaña para imponer el pensamiento único en la que se arrasó con las obras de arte y se exterminó a tres cuartas partes de la sociedad urbana, profesionales, artistas, etcétera. Y por qué estaba este pobre hombre, afable y bondadoso, tan cabreado, se preguntará Usted. Pues porque le habían corrido a gorrazos del poder ejecutivo por el fracaso de otros festejos muy divertidos también: “El Gran Salto Adelante”.

Veinte o treinta millones de chinos se dejaron la vida en El Gran Salto adelante. Ocurrió lo típico del comunismo, que los informes de resultados estaban inflados para quedar bien delante del funcionario superior y lo que supuso dicha picia fue una demanda alimentos al campo en base a unos datos ficticios, lo que arruinó el agro a lo bestia con unas hambrunas nunca vistas. Encima se asesinó a los pájaros para que no se comieran su 5% del grano y los insectos, que quedaron sin depredador en la cadena alimenticia, se cepillaron lo menos el 20. En fin, el pueblo chino pasó más hambre que el perro de un ciego. Y con todo este engendro delante de las fosas, no fueron pocos los dirigentes chinos que le rogaron a Mao que se quitase del timón un poco que iban a probar ellos a ver qué tal. Pero, y por qué este Salto Adelante, estará usted dándole vueltas ¿Acaso había masones por ahí? ¿Solchaga tal vez?

Resulta que los chinos montaron su economía al estilo soviético. Los rusos mandaron asesores, simpáticos técnicos y una cosa más, en la que reside el meollo de todo este asunto: préstamos para ponerlo todo en marcha. Los chinos arrancan entonces con sus planes quinquenales todo ilusionados y rápidamente ven que se están comiendo la mierda. Pero es que, encima, le tienen que devolver la pasta a la URSS ¡y con intereses! Los rusos les estaban sangrando vivos y no les quedó otra que pegar un arreón como fuera, el llamado Salto. Es decir, en suma, el origen de toda esta cadena de desgracias masivas y pequeños holocaustos nace en el instrumento más representativo de la esencia del capitalismo: el crédito.

Por todos estos motivos, esta autocrítica a Chen Kaige concluye que debería recapacitar y reorientar su obra al ataque despiadado al capitalismo, ensalzando los valores revolucionarios del proletariado.

* El Mundo dixit Sábado, 5 de marzo de 1994