La vie en rose
El estreno del último invento de la asociación formada por Robert Rodriguez y Quentin Tarantino ha llegado precedido de un desconcierto general. Al principio nadie sabía muy bien de qué iba el asunto: que si era una película hecha por los dos, que si eran dos películas, que si se estrenaban juntas, que no, que se estrenaban por separado… Un galimatías enredado con bastante intención por dos sujetos muy inteligentes que han sabido elevar un cierto tipo de frikismo de serie B a la categoría de producto multitudinario respetable. Porque, según van pasando los años, uno descubre que la adolescencia es esa fase en la que creemos que la masturbación y el frikismo son etapas pasajeras en la vida. Pasan los años, y uno se sigue pajeando igual (al menos eso es lo que me aseguran mis amigos, ya que no estoy hablando de mí mismo) y también sigue siendo un friki, disfrutando como un enano cuando estrenan una película friki.
Tarantino y Rodriguez no sólo no han superado la adolescencia, sino que incluso hacen gala de ello y propugnan que todos sigamos su ejemplo. El primero es un director de culto que siempre ha conjugado un gran conocimiento del cine con sus manías de chiquillo. En sus películas podemos encontrar unos diálogos inmejorables y un ritmo narrativo apabullante, al tiempo que no oculta su gusto por todo lo que huela a cine barato de palomitas, desde las pelis de chinos liándose a leches hasta el gore más visceral. Y esta conjunción le ha funcionado muy bien, reclutando desde el principio a un sinfín de seguidores incondicionales sin que ello haya mermado el reconocimiento temprano de los expertos más sesudos: ahí está la Palma de Oro de Cannes por Pulp Fiction. Por su parte, Robert Rodriguez se caracteriza también por su descaro como realizador, algo que se ve ya en sus primeras películas como El mariachi o Desperado. Pero también queda claro en su soltura para tocar cualquier género, como la dignísima saga de Spy Kids.
No era raro que sus proyectos confluyeran desde el principio, dadas las similitudes de sus planteamientos. Y no hay que negar la química existente entre ellos, que se traduce no en miradas cómplices en la pantalla como una pareja cursi de los años 40, sino en una sensación de libertad que coquetea con el desmadre y, lo que es más curioso, que va acompañada de un absoluto conocimiento de causa de lo que se llevan entre manos. El ejemplo más claro sería el de Abierto hasta el amanecer, una divertidísima película que juega con el planteamiento narrativo del Hitchcock de Psicosis: destrozar la historia a mitad para dejar fuera de juego al espectador. Pero lo que en Hitchcock era un experimento sobre las capacidades narrativas del cine, en Rodriguez y Tarantino es un vehículo para el divertimento puro y duro, para la reivindicación de un tipo de cine que se ha perdido en los últimos años. Esto es, cuando Hitchcock hace que la protagonista de la película muera, truncando el desarrollo normal de la historia, lo hace para explorar el mundo de expectativas y reacciones de quien acude a ver la película. No obstante, Tarantino y Rodriguez dinamitan la historia con la llegada de los fugitivos al bar mexicano con un afán de diversión porque sí, porque ya saben muy bien (en parte gracias a la competencia adquirida por la tradición de cineastas precedentes, como Hitchcock) que el espectador se lo va a pasar pipa.
Porque eso es lo que hacen ambos directores en las películas que han estrenado y que constituyen un homenaje al cine americano de serie B de los años 70. Se trata de un cine de acción, en que lo importante es mantener la tensión del espectador con historias que recuperan el cine fantástico de los años 30, pero pasado todo por el filtro de la desmitificación: vampiros negros, asesinos decapitadores y zombies alelados poblaban las historias de estas películas en las que se han fijado Tarantino y Rodriguez. Se trata de un cine muy poco conocido en España porque, en aquellos años, los espectadores andaban intrigados siguiendo las cuitas de Alfredo Landa tratanto de quitarles el sujetador a las suecas. Pero en Estados Unidos las historias de zombies y bichos raros hacían las delicias de los jóvenes que iban a los autocines a meterse mano. Es decir, es un cine que forma parte de la educación sentimental de toda una generación y que resulta totalmente identificable para el espectador yanqui.
Lo importante, no obstante, es lo que persiguen ambos directores haciendo estas películas precisamente ahora. Vivimos en un contexto en que resulta evidente que el cine de Hollywood no atraviesa por una etapa demasiado fértil en cuanto a ideas. Como bien sabe cualquier critiquillo gafapasta casual-wear, el cine americano está ahora inmerso en una falta de ideas. Lo que no sabe el gafapasta es que lo que sucede es que ha habido una fuga de cerebros al medio televisivo (las series de HBO y demás), pero eso es otra historia. De cualquier modo, el tema está en que Hollywood está dominado por las modas:
1) remakes y sus secuelas (como King Kong y Ocean’s Eleven);
2) adaptaciones de formatos poco habituales hasta el momento, como los videojuegos o los cómics (Silent Hill, Resident Evil o Spiderman);
y 3) sagas de novelas fantásticas (Harry Potter o El señor de los anillos).
Ante este panorama, llegan Tarantino y Rodriguez y dicen que la solución está en volver a las formas de las películas de los años 70, desde un punto de vista amplio.
En primer lugar, desde un punto de vista empresarial. Planet Terror y Death Proof tienen un deliberado aspecto de serie B. Lo importante no es tanto la calidad visual de las películas (ellos hacen que se vean mal, con algún rollo cortado o sin color) sino las narraciones, los guiones. Es decir, ya está bien de películas en que los efectos especiales están por encima de la historia. Tarantino y Rodriguez propugnan una vuelta a la artesanía a la hora de hacer cine, entendida ésta no como una renuncia a las nuevas tecnologías, sino como una reivindicación de que estas tecnologías tienen que estar al servicio del oficio del cineasta.
El segundo punto de vista sobre el que reflexionan tiene relación con la creatividad. Para hacer una buena historia, vienen a decir, no hace falta complicarse mucho la vida. Coges un asesino y un coche, y ya tienes todo un mundo para entretener al público. O coges a un grupo de personajes variopintos y ponlos frente a un enemigo extremo (como los zombies), y también surgen un montón de posibilidades para la historia. En definitiva, la crisis de creatividad de Hollywood se reduce a unas dinámicas empresariales determinadas: si no hay creatividad en Hollywood, es porque a Hollywood no le interesa, porque prefiere invertir en otras cosas antes que en formar guionistas. Y ambos directores tienen muy claro que las ideas son fáciles de obtener, si se da la dedicación suficiente. De hecho, no se han contentado con hacer dos películas, sino que también han ideado una serie de falsos tráilers cuyo éxito, como en el caso de Machete, parece que va a derivar en un largometraje.
Pero, como nos hallamos ante dos tipos muy listos, no se conforman con lanzar estas reflexiones, sino que también hacen lo que más les gusta: manipular a su antojo el juguete cinematográfico. En Planet Terror, Rodriguez juega continuamente con el espectador, rompiendo sus expectativas (el niño que se vuela la cabeza de un disparo en el coche) y creando iconos imposibles (la chica amputada que lleva por prótesis una metralleta). Para ello, se sirve de un humor de sal gruesa, que busca la carcajada como distanciamiento de las películas a las que cita. Por su parte, Tarantino vuelve a la idea de romper el desarrollo normal de la historia, y acaba convirtiendo el cuento de un asesino en serie en un pseudo-alegato feminista muy gracioso que supone algo así como una parodia descacharrante de productos como Sexo en Nueva York o Thelma y Louise: las mujeres que se vuelven locas por conseguir el último número de la edición italiana de la revista Vogue son las mismas que se lían a hostiazo limpio con el personaje del asesino. Al final, lo que parecía una película de terror acaba convirtiéndose en una hilarante historia ante la que es difícil aguantarse la risa.
Si bien es cierto que son películas violentas, tampoco nadie debe extrañarse por ello. Pero, en este caso, Robert Rodriguez y Quentin Tarantino están más desmadrados que nunca, y su violencia resulta tan evidentemente paródica, que la diversión está asegurada. Tanto da que se vean juntas que por separado. La cuestión está en acudir sin ningún tipo de prejuicio a lo que es la última diablura de estos adolescentes creciditos. Y todo el mundo piensa, lo bien que se lo deben de pasar estos tíos…

