Estados Unidos, 2007
“300” es el título de un cómic de Frank Miller (guionista y dibujante encargado de la renovación de Batman en los años 80, merced a la cual el Hombre Murciélago superó por fin la iconografía gay de la serie de TV de los sesenta -la de “Pow!” y “Kathoom!”- a la que llevaba años anclado y la sustituyó por la de un Caballero Oscuro, tortuoso, amargado y siniestro, nuclear en su homosexualidad) que recientemente ha sido adaptado al cine. Es conveniente precisar esto desde un principio porque dicho cómic pretende basarse en la batalla de las Termópilas (480 ac), librada en el paso del mismo nombre entre los aliados griegos, comandados por los espartanos, y el Imperio Persa. Pero, claro, dado que partimos de un cómic, por no hablar de que, además, hablamos de una película comercial, pueden Ustedes imaginarse que la veracidad histórica es casi como si dicha batalla hubiera tenido lugar en 1934, es decir: ninguna.
Ya contaremos en su momento, en nuestra Historia del Resto del Mundo, cómo pudo ser (qué coño: cómo fue) el desarrollo de las Guerras Médicas en las que esta batalla se inscribe (de todos modos, este gráfico del Imperio del Monopolio lo explica bastante bien; ¡y sin tener que leer apenas nada! Venga, valiente, pinche Usted en el link, si tiene huevos, que bastantes he demostrado yo enlazándolo. Pinche y sepa que se enfrentará a todo el poderío del Partido Popular, empeñado en aplastar al pobre Imperio; lo estoy pasando casi tan mal como Rosa Montero). Baste decir aquí que la historia fue la consumación de la heroicidad griega (los historiadores que lo contaron eran griegos, claro) y muy especialmente espartana. Los espartanos, acaudillados por su rey Leónidas (bueno, por uno de los dos reyes espartanos, pues era una especie de régimen bimonárquico), en un número de 300 (acompañados por 600 ilotas -esclavos-, a dos por cabeza), lideraron la coalición griega que intentó -con éxito- detener o al menos ralentizar la marcha del ejército persa hasta Atenas, en una especie de división de funciones en la que los espartanos mandaban en tierra y los atenienses en el mar.
Tal y como lo cuentan las crónicas griegas, se enfrentaron 7.000 griegos frente a un ejército persa que contaba con un millón de efectivos. Pero los griegos tenían, cuando se trataba de hablar de ellos mismos, la misma credibilidad que un partido político español contabilizando su número de manifestantes, así que la cosa estaría más bien en torno a los 200.000, como mucho. En todo caso, es obvio que la diferencia numérica era descomunal. Por eso los griegos escogieron el estrecho paso de las Termópilas para plantear batalla, dado que ahí dicha diferencia numérica no tendría efecto alguno. Y, en efecto, durante varios días los persas chocaron contra un muro, representado por la eficaz falange griega, y cayeron talmente como soldados de EE.UU. defendiendo la democracia en Irak. Pero al final, según cuentan, de nuevo, las crónicas griegas, los persas lograron rodear la posición griega merced a los servicios de un traidor, Efialtes, que les mostraría un paso de montaña para atacar por la espalda a los griegos. Parte de los soldados de la coalición huyeron, pero los 300 espartanos, acompañados de algunos aliados, permanecieron hasta el final y murieron, se supone que heroicamente.
Esto es, en esencia, lo que cuenta el cómic y también la película, pero claro, en bonito: son sólo los 300 espartanos los que se enfrentan a los persas, pero, madre mía, ¡qué espartanos! ¡Si parece que el casting se ha hecho íntegramente entre porteros de discoteca! ¡Vaya yoyah que arrean, si es que se quedan a gusto repartiendo estopa! La película se centra en Esparta y, en concreto, en su rey Leónidas, en un ejercicio sistemático de glorificación de los valores espartanos: valentía, resistencia a ultranza, ausencia de componendas y negociaciones, hombría bien entendida (es decir, robustos pectorales luciendo al sol, en un claro homenaje a clásicos del género como “Maciste el Coloso”). La película, en este aspecto, no decepciona: es griega al 100%, al menos en lo que concierne a los gimnasios y los diferentes usos que los griegos daban a dichos gimnasios.
Los espartanos, o parte de ellos, son Buenos. Al parecer, son Buenos porque matan como nadie, indiscriminadamente y sin piedad, sin hacer prisioneros. Allí acaba su bondad. Bueno, allí y en que son todos guapos, fornidos y, sobre todo, blancos, mientras que los persas son una panda de mariconas en un sentido mucho más “loca” que las mariconas espartanas (véase la representación de Jerjes como travesti de tres metros demidesnudo que protagoniza el mejor momento de la película: se pone detrás de Leónidas, le acaricia los hombros y, con un tono de voz particularmente sugerente, le dice: “no es con el látigo como los tengo subyugados” -a los persas-. No hay sala de cine que no prorrumpa en carcajadas), sin gimnasio que valga, repletos de adornitos y sumergidos en un festival de mestizaje que llega al paroxismo de que prácticamente todos los emisarios de Jerjes son negros (¿Negros en Persia? ¿En el siglo V a.c.? ¿Me he perdido algo?) y, por si esto fuera poco, se parecen, todos ellos, al promotor boxeístico Don King.
¿Les suena de algo? Sí, amigos, en efecto: 300 bebe en buena medida de la estética de otra gran obra del cine desde la perspectiva de los valores democráticos, “El Señor de los Anillos”. Sabemos que los malos son malos porque son deformes, feos, en resumen, “diferentes”, y además caen como moscas ante las acometidas de los Buenos. Los Buenos de 300, además, se comportan con los malos como lo hicieran también en El Señor de los Anillos. Como son malos, merecen la muerte, y no hay más que hablar. Por eso, al principio de la película, cuando el primer emisario persa habla con Leónidas (ofreciéndole reinar sobre Grecia y, en todo caso, dejar Esparta en paz a cambio de algo tan razonable como que Leónidas ofrezca una sumisión nominal al Gran Rey Jerjes. Que, bueno, está bien, someterse a Jerjes, habida cuenta de los gustos que parece tener el maromo, puede ser muy doloroso, pero… ¿Acaso Leónidas no está acostumbrado a afrontar los mayores desafíos, y muy probablemente este tipo de desafío más que ningún otro?), la respuesta de Leónidas es, directamente, tirarlo a un pozo de una patada. Virilidad en estado puro, y no se hable más del tradicional respeto a los emisarios. Atila el huno no lo habría hecho mejor.
Este tipo de maniqueísmo extremo es de agradecer por su extraordinaria utilidad: el espectador no tiene que hacer el más mínimo esfuerzo ni matiz: ¡No más malos que no lo son tanto! ¡No más buenos con personalidad y acciones contradictorias! ¡Basta de largas conversaciones, silencios incómodos, paisajes que se prolongan durante media hora, subtítulos y cine francés! Y, además, teniendo en cuenta que la espartana era una sociedad basada en la selección natural y que vivía únicamente para la guerra, sustentándose en los esclavos previamente sometidos como el estamento más bajo de un sistema de castas, … ¿Se dan Ustedes cuenta? ¡Por fin, décadas después, incluso en España, una película en la que los nazis son “Los Buenos”! ¡Si incluso en Irán se han quejado de la representación de los persas! Aunque tampoco hay que hacer mucho caso, más allá de lo ridículo, a la par que sistemático, que resulta que la intolerancia religiosa haga victimismo cuando no manda.
Dicho todo lo anterior, ¿qué tal está la película? Pues oiga Usted, la verdad es que resulta entretenido. Como las bases están claras desde un principio, casi todo -excepción hecha de una absurda trama paralela en Esparta que no aporta absolutamente nada a la película- consiste en un incesante rosario de yoyah de todos los tipos y colores, con un tono macarra, en la representación de los personajes -tratados digitalmente, por eso están tan cachas todos los espartanos, entre otros efectos bien representados-, en la música seleccionada, con momentos -que harán la delicia de todos los macarrillas españoles de pelo tintado, móvil politono y coche tuneado- de banda sonora tecno, en los diálogos y en los incesantes ralentizados-acelerados que permiten visualizar cada yoyah como si fuera el mismísimo Cal.loh quien estuviese repartiendo. Hay muchos momentos realmente ridículos, pero teniendo en cuenta lo anterior incluso se agradecen. Recuerden que hablamos, en última instancia, de un cómic, y el cómic, por definición, es ridículo.

