Orgullo y prejuicio 

Muchos han sido los dolores de cabeza que ha padecido Sylvester Stallone para poder llevar a la pantalla la cuarta y última entrega de su personaje John Rambo. Guiones desechados, incomprensión por parte de la industria, encontronazos con la censura…, toda una amalgama de circunstancias que dan cuenta de la ceguera a la hora de dejar expresarse a un cineasta inquieto, que a sus 60 años quiere seguir ofreciendo su punto de vista sobre el mundo que nos rodea.  Atrás han quedado ya los años de gloria de uno de los creadores más personales del cine contemporáneo, responsable de dar vida a iconos culturales como Rocky o Rambo, equiparables en popularidad e influencia a mitos como Mickey Mouse o Mario Bros. Hollywood se cobra en Stallone a una nueva víctima y, al igual que le pasó -por ejemplo- a Billy Wilder, se resiste a financiar sus proyectos, mientras alimenta a las nuevas estrellas (Vin Diesel, The Rock, etc.) que explotan el terreno que inició el genio ahora incomprendido.

Con todo, a pesar de no tener ya grandes presupuestos, Stallone se ha empeñado en cerrar con sendas películas las historias de sus héroes. El año pasado ya nos dio una grata sorpresa con el estreno de Rocky Balboa, una cinta intimista en que el boxeador bonachón rendía cuentas con su pasado y ponía en orden su vida, para satisfacción de sus millones de fans. Algo similar ha hecho en esta ocasión con su otro personaje estrella, para lo cual ha realizado John Rambo, que, como en el caso anterior, desvela en su título que no se trata de una parte más de la saga (la podría haber titulado “Rambo IV”), sino el cierre definitivo, el punto y final a uno de los ciclos más populares e influyentes de la historia del cine.

La figura de Rambo supone un apasionante viaje a las entrañas de la cultura norteamericana. Rambo es el protagonista de First Blood, una novela escrita en los años 70 por David Morrell, publicada en España en 1986 por Salvat con el título Primera sangre y con la traducción a cargo de Carmen Vergara. La novela narra la historia que todos conocemos: Rambo es un ex-combatiente de Vietnam que sólo encuentra incomprensión y marginación de vuelta a su país. Se trata de una novela vibrante que tiene un arranque espectacular:

“Se llamaba Rambo y parecía ser un muchacho cualquiera que se había detenido junto al surtidor de una estación de servicio en los suburbios de Madison, Kentucky. Tenía una barba larga y tupida, el pelo le cubría las orejas y caía muy por debajo del cuello; estaba haciendo auto-stop a un automóvil que se había acercado al surtidor. Al verlo allí, descansando el peso del cuerpo sobre una cadera, con una botella de gaseosa en una mano y el saco de dormir enrollado en el suelo junto a sus botas, resultaba difícil imaginar que el martes, el día siguiente, estaría buscándole casi toda la policía del condado de Basalt. Y con más razón, nadie hubiera podido suponer que para el jueves estaría escapándose de la Guardia Nacional de Kentucky, de la policía de seis condados y de un buen número de civiles amantes de las armas de fuego. Pero al verle andrajoso y cubierto de tierra en la estación de servicio, inmóvil junto a un surtidor, tampoco era posible adivinar qué clase de muchacho era Rambo y qué sería lo que iba a desencadenar los próximos acontecimientos”.

En este primer párrafo ya se nos anticipa, en unas pinceladas, lo fundamental en Rambo: su condición de extraño, que comportará sus problemas de adaptación. No obstante, tenemos que considerar un aspecto fundamental a la hora de valorar la adaptación de Stallone. La novela fue publicada en 1972, cuando la guerra de Vietnam aún estaba activa, si bien dando sus últimos coletazos. La película First Blood (titulada en nuestro país Acorralado) es diez años posterior, con lo que el film incide en los traumas a los que se enfrenta el ex-combatiente con el transcurso de los años: en un momento de la película, Rambo reconoce que lleva siete años sin poder dormir por el recuerdo de un amigo al que le volaron las piernas en Saigón. Esta reflexión sobre el paso del tiempo es fundamental en el cine de Stallone, como se aprecia en esta película, John Rambo.

El caso es que la novela cayó en manos de Stallone, que adivinó de inmediato el potencial creativo que ofrecían el personaje y la historia. El personaje de John Rambo es el último superviviente de un comando de Vietnam. Es un ser solitario, incomprendido y apartado por la sociedad por la que se ha jugado la vida. Así, es un personaje situado en la estela de toda una tradición de la literatura y el cine norteamericanos, el del único representante de una especie en extinción. La tradición, por ejemplo, de El último mohicano, la novela del siglo XIX de James Fenimore Cooper. Como reconoce Rambo en Acorralado, “Yo soy el último”. En la novela original de Morrell, Rambo se enfrenta al sheriff Teasle y, tras un duro enfrentamiento, ambos mueren en un combate final. El único superviviente se extingue, y los valores que defiende Rambo se pierden en el olvido.

Sin embargo, para su adaptación al cine, Stallone cambió el final. Pensemos que la película es ya de 1982, y Stallone había encontrado en aquel entonces un mayor acomodo político para narrar su historia. La narración no se desarrollaba ya en 1972, en los años de Nixon y del desapego de la política por parte de la población, sino en los ilusionantes años de Reagan, y el cineasta prefería dar a su héroe una vía para la reinserción: al final de la película, Rambo no muere, sino que se abraza al coronel Trautman. Rambo busca el cariño y el consuelo que le ofrece el estamento militar. Su oponente, Teasle, tampoco muere y sólo resulta herido.

La película, además, trazaba los rasgos de un personaje que provocaría la admiración de multitud de seguidores:

- Rambo es un tío simpático y un compañero hasta la muerte. Lo único que le sucede es que no entiende los patrones de funcionamiento de esta sociedad tan injusta e inhumana. En un momento, dice: “En el frente teníamos un código de honor: tú me cubres la espalda, y yo te cubro la tuya”. Lo que encuentra Rambo a su vuelta de Vietnam es la carencia total de valores del país al que ha defendido.

- Es también un ejemplo de mestizaje, de interculturalidad. Hablamos de un personaje que no se llama Smith, sino Rambo, un apellido de claras resonancias mestizas. Recordemos que el grupo del que formaba parte Rambo en Vietnam (el comando Baker) estaba compuesto por gente de diferente procedencia, lo que indica ese carácter intercultural al que aludimos: sus compañeros se llamaban Messner, Ortega, Coletta, Jorgensen, Danforth, Berry y Krakauer. Es decir, no es cierto que Rambo represente una manera excluyente de entender el ser norteamericano, sino todo lo contrario.

- Rambo es un hombre al que las circunstancias y la maquinaria militar estadounidense han convertido en un instrumento de matar. Él no tiene la culpa de ser como es y, de hecho, reprime sus instintos inculcados por el ejército. Es por ello que no mata a sus compatriotas civiles en Acorralado más que por accidente (la pedrada al helicóptero). Actúa tan de buena fe que eso crea extrañeza en su antiguo superior, el coronel Trautman, sorprendido porque sigan con vida los policías a los que se enfrenta Rambo. Además, como reconoce orgulloso Trautman, Rambo es fruto de la manipulación del ejército: “Dios no creó a Rambo, fui yo”, afirma tajante.

- Pero, una vez metido en faena, Rambo es eficaz. Es un ejemplo de sacrificio y entrega al trabajo, ya que desempeña su labor mejor que nadie. Es un trabajador voluntarioso y hecho a sí mismo. Su país le hace un encargo y él lo cumple con diligencia. En palabras de Trautman: “Es un experto en la lucha de guerrillas. Ese hombre es excepcional con armas de fuego, con el cuchillo, con sus propias manos. Un hombre que está entrenado para ignorar el dolor, las condiciones climatológicas, vivir de lo que da la tierra, comer cosas que harían vomitar a una cabra”.

- El sacrificio de Rambo no encuentra más que desprecio, lo que dice mucho de su espíritu luchador y muy poco de la sociedad desagradecida en la que le ha tocado vivir. Al final de la película, Rambo se retuerce de dolor al intentar comprender esta situación: “¡No era mi guerra! ¡Me llamaron Vds. a mí, no yo a Vds.! Yo hice lo que tenía que hacer para ganar, ¡pero no nos dejaron ganar! Y cuando regreso a mi país, me encuentro a esos gusanos en el aeropuerto gritándome, llamándome asesino de niños y otros horribles insultos. ¿Quiénes son ellos para insultarme, eh? ¡No estuvieron allí luchando como yo, no saben lo que dicen!” Porque lo único que reclama el bueno de Rambo es un trabajo con una mínima responsabilidad, un grado de compromiso hacia él: “Allí manejaba aviones, conducía tanques, tenía a mi cargo millones de dólares en equipo. ¡Aquí ni siquiera me dan un trabajo de lavacoches!”

Con estos mimbres, Stallone creó todo un icono cuya función era lanzar una voz de alarma ante la pérdida de valores de su país. Rambo ha aparecido siempre en las pantallas para alertar de una situación de crisis. Cuando Estados Unidos se avergonzaba de su participación en Vietnam, ahí estuvo Acorralado para recuperar, con argumentos sólidos y convincentes, el orgullo norteamericano. Cuando el país necesitaba un fortalecimiento de sus valores más arraigados, Stallone estrenó Rambo, y cuando nadie daba importancia a las víctimas del comunismo, Rambo III nos enfrentaba con el infierno comunista, y dedicaba la película al “valiente pueblo de Afganistán”. Ahora no iba a ser menos, y Estados Unidos necesitaba de nuevo a Stallone, aunque el país no fuera consciente de ello. En un contexto en que los arribistas de Hollywood se suben al carro de hacer campaña anti-Bush criticando la guerra de Irak, en un momento en que empiezan a reproducirse las películas que cuestionan no sólo la guerra, sino también el ejército, llega Stallone y pone las cosas en su sitio.

Porque John Rambo es, ante todo, una nueva llamada de atención sobre la necesidad de mantenerse uno fiel a sus valores y principios frente a los oportunistas vientos de la corrección política. En esta ocasión, John malvive en Tailandia pilotando una barca por el río. Unos misioneros norteamericanos le piden que les conduzca hasta Birmania, un país en conflicto, para llevar asistencia sanitaria a la población. Los misioneros son capturados por un grupo del ejército y Rambo se agrega a un pequeño comando que tiene que rescatarlos. Ni que decir tiene que Rambo se deshace del pequeño ejército (compuesto por unos cien hombres) en menos de lo que dura un estornudo, y la escena de acción se reduce a una escaramuza nocturna de la que Rambo sale sin apenas un rasguño. El círculo se cierra cuando, al final de la película, John asume su condición y vuelve a Estados Unidos a casa de su padre, R. Rambo. El plano final nos devuelve al primer plano de Acorralado, con John deambulando por las carreteras norteamericanas buscando un hogar y un plato caliente de sopa. Al final, Rambo comprende el sentido de su vida, y en lugar de avergonzarse de su país, como buen americano regresa para quedarse.

Llaman la atención en la película dos cosas. En primer lugar, su violencia. Sin ninguna duda, John Rambo es la cinta más violenta de la saga. Torturas, desmembramientos, violaciones, asesinatos de niños, vamos, todo un recital que da cuenta de que Stallone, lejos de plegarse a lo políticamente correcto, se vuelve más visceral que nunca. ¿Tarantinos? ¿Scorseses? ¿Kitanos? Nada, nada. Unos advenedizos. Stallone vuelve a dejar las cosas claras y a demostrar quién es el maestro, sin censuras ni cortes ni genuflexiones a la moda biempensante que cree que una guerra se resuelve con ordenadores. El segundo aspecto llamativo de la cinta es su carácter de serie B, su aspecto de cine minoritario. Parece una película destinada más a las filmotecas que a las grandes salas de palomitas. Stallone se las ha visto y deseado para poder financiar el film (de hecho, el mismo novelista David Morrell figura como productor), y eso va en beneficio del resultado artístico, en una mayor contención de las interpretaciones, y en un guión con un trágico aliento shakespeariano expresado por la frase que dice Rambo: “Vivir por nada o morir por algo”.

John Rambo se disfruta como una película realizada a contracorriente, en que Stallone vuelve a cambiarle el paso a la industria. Se echa de menos la presencia de Trautman (el actor Richard Crenna murió en 2003), pero el espectador vibra con la incursión del comando en tierras birmanas, y disfruta con las escenas de acción resueltas con una gran pericia técnica. Ha declarado Stallone que su obra dará a conocer a Occidente la olvidada guerra de Birmania. Y tiene razón. En pocas ocasiones se ha ocupado el cine yanqui de ese país. Así, John Rambo queda como la continuación lógica de Objetivo Birmania, de Raoul Walsh. Con la diferencia de que en este caso nos encontramos ante una película más intimista, poética y personal. Con toda la firma de un auténtico clásico de nuestros días.