La guerra de los niños 

Si una cosa no se le puede negar al cine norteamericano es su empeño por reflexionar sobre la historia de su país, desde diversos prismas ideológicos. Desde el principio del cine, la historia aparece como uno de los grandes asuntos para los estadounidenses, y eso se refleja ya en una de sus películas fundacionales, El nacimiento de una nación (1915), en que Griffith, aparte de sentar las bases del lenguaje cinematográfico, llevaba a cabo una particular exaltación surista de la guerra de Secesión y de la segregación racial. Desde entonces, el cine de Hollywood ha mirado mucho la historia de Norteamérica, especialmente la historia militar y los conflictos bélicos, bien para ensalzar la grandeza made in USA, bien para llevar a cabo un ejercicio crítico y desengañado sobre las miserias del sistema. El ejemplo más claro es el de Vietnam, que dio pie a toda suerte de películas que abarcaban todos los espectros posibles, desde la denuncia del horror y la crueldad (Apocalipsis Now) hasta la exaltación militarista (Boinas verdes), pasando por el retrato crítico en tono de comedia (Good Morning, Vietnam). Sin embargo, como decimos, la recurrencia del cine estadounidense no se limita a su guerra tabú, sino que se extiende hacia otros conflictos menos polémicos como la Segunda Guerra Mundial, y ahí quedan películas como Los mejores años de nuestras vidas, una cinta de William Wyler sobre las dificultades de readaptación de los veteranos de guerra a la vuelta a sus casas, o La batalla de San Pietro, un documental nada complaciente de John Huston sobre una acción concreta de la contienda.

Así, no resulta extraño que el cine de Hollywood empiece a mirar de manera constante la guerra de Irak, cuando ya ha transcurrido un cierto tiempo para constatar el fracaso de un conflicto inefable auspiciado por la administración republicana de Bush. Hollywood ya se había ocupado incluso de la primera guerra del Golfo en alguna ocasión (se nos ocurre el caso de Tres reyes), e incluso había alertado sobre las consecuencias de esta última (lo hacía Michael Moore con su particular estilo en Fahrenheit 9/11, reconozcámoslo), pero, de una manera oportuna, cuando la guerra se hace insostenible y el discurso neo-con apenas ha variado, la industria del cine ataca, y lo hace con sus primeras figuras: Robert Redford (Leones por corderos), Brian De Palma (Redacted) y ahora Paul Haggis, uno de los guionistas y directores más reconocidos del panorama actual, que presenta su propuesta con En el valle de Elah.

Haggis es de esos guionistas que acaban metiéndose a directores para controlar sus proyectos. Escritor de las últimas piezas de Clint Eastwood (Million Dollar Baby, Banderas de nuestros padres y Cartas de Iwo Jima), Haggis, siguiendo una trayectoria que recuerda mucho a la de Paul Schrader, ha dirigido esta historia intimista para hablar de la guerra sin apenas mostrar escenas bélicas y sin mostrar de manera explícita la violencia. Y, sin embargo, se trata de una película violenta y descarnada, que se refleja en la dureza de las arrugas del rostro de Tommy Lee Jones, el protagonista del film, que da vida a Hank Deerfield, el padre de un combatiente en Irak que resulta muerto en extrañas circunstancias mientras disfrutaba de un permiso en Estados Unidos.

La búsqueda del padre nos recuerda por momentos al Jack Lemmon de Missing, y Haggis no oculta este paralelismo al evocar algunos planos de la película de Costa-Gavras (como el momento en que Deerfield y su mujer se encuentran solos en un pasillo para identificar el cuerpo de su hijo) porque lo que denuncia viene a ser lo mismo: la opacidad de una burocracia kafkiana que oculta las miserias internas de un sistema que utiliza a los jóvenes para defender unos intereses particulares. Pero, al contrario que en Missing, toda la acción transcurre en Estados Unidos. Deerfield busca una explicación al asesinato de su hijo, para lo que recurre a la ayuda de una mujer policía, que se implica de manera irremediable cuando Deerfield activa la metáfora en torno a la cual gira el discurso de la película: le cuenta al hijo pequeño de la mujer la historia de David y Goliath, ambientada en el valle de Elah, a lo que el niño pregunta algo que no obtiene respuesta por parte de los adultos: si David era tan joven, ¿por qué le dejaron ir a la guerra a enfrentarse con el gigante? 

Esta historia bíblica actúa de resorte no sólo para el personaje femenino, sino también para el masculino. Porque lo curioso del personaje de Deerfield es que no parte de un planteamiento pacifista, sino todo lo contrario. Se trata de un antiguo combatiente, estricto en la educación con sus hijos y amante de los símbolos de su país, que se muestra al principio de la película contrariado porque un inmigrante no sabe izar la bandera norteamericana en el mástil. Pero decimos que es un personaje curioso porque, en el fondo, lo que va descubriendo no es una atemperación de sus ideales, sino un desengaño en la aplicación de los mismos. Lo que constata Deerfield no es que su país se haya equivocado con el conflicto iraquí, sino acaso con la estructura militar y la formación de sus soldados, carentes de principios, adictos al alcohol y las drogas (no rechazan nunca una invitación a beber cuando son interpelados por Deerfield para preguntarles sobre su hijo) y aficionados a las prostitutas (de hecho, la noche en que se produce la muerte es una orgía de sexo y estupefacientes). Lo preocupante del asunto, sería la conclusión a la que llega Deerfield, no es que Estados Unidos necesite ayuda por meterse en una guerra estúpida y manipulada, sino que esto ha ido acompañado por una devaluación de los valores morales del ser norteamericano, de tal manera que, al final de la película, lo único que le queda es reconocer su derrota ante el trabajador inmigrante e izar la bandera al revés, lo que supone la asunción del fracaso personal y de su país.

Éste es, evidentemente, el aspecto más polémico de la película, pero creemos que es también el más apasionante por el debate que suscita. Lo que viene a decir Haggis es que la guerra de Irak es un fracaso de todos y desde todos los puntos de vista, incluso para los ciudadanos conservadores. Para ellos no vale el típico discurso de la izquierda, sino que se tiene que poner en marcha otro debate: la traición de los republicanos a los valores estadounidenses que propugnan, y la usurpación de sus símbolos y estamentos (la bandera, el ejército) en beneficio propio. El personaje de Tommy Lee Jones no puede cambiar su esquema ideológico, y de ahí que la explicación la encuentre en la podredumbre moral que rodea la institución militar a la que ha consagrado su vida.

Pero todo esto se quedaría en un guión audaz si no fuera por la claridad de ideas que muestra Haggis como director. El planteamiento fílmico es básico, pero muy efectivo. Haggis ofrece dos tipos de imágenes que se van cruzando. Por un lado, la historia central de la búsqueda del padre. Se trata de planos fijos, sin apenas movimientos de cámara y con encuadres ajustados a la narración y al personaje: Deerfield es un tipo metódico, pausado, de hábitos fijos, incluso en los detalles más nimios, como su manera de vestirse o de hacerse la cama. Sólo tiene pequeños accidentes en su rutina, como el momento en que se corta al afeitarse. De este modo, la cámara le sigue de una manera lenta en sus movimientos que apenas admiten emociones, incluso cuando se le notifica la muerte de su hijo, a lo que responde con frías preguntas sobre detalles forenses. Por otro lado, tenemos las breves imágenes que su hijo ha grabado con el teléfono móvil en Irak, y a las que consigue acceder Deerfield. En este caso, son imágenes nerviosas, inconexas, nada nítidas, acorde con una realidad mucho más difícil de entender. Deerfield se siente seguro con la realidad de su país, con su rutina, su bandera y su biblia, pero no puede reconstruir los fragmentos que legó su hijo en el móvil e, incapaz de entender la barbarie que muestran las imágenes, sufre su desengaño vital. Las imágenes de Irak no concuerdan con el recuerdo falso e inmaculado que le relatan los compañeros de su hijo sobre la vida en el ejército y, a medida que va accediendo a más imágenes, empieza a aflorar la verdad, y lo que era una misión de mantenimiento de la paz y la democracia acaba convirtiéndose en un crimen gratuito perpetrado contra la población civil. Del mismo modo, lo que era al principio un permiso oficial para descansar en casa, termina siendo un peregrinaje por los diferentes bares de strippers de la zona.

En el valle de Elah es, en definitiva, una película que incide en la reflexión sobre los efectos de las guerras y la manipulación política a que éstas están sometidas. Huyendo del discurso fácil, Haggis construye una historia con muchos recovecos y puntos negros, de ésos que conviene no remover, como le recuerda un soldado a Deerfield ante la insistencia de éste por saber la verdad. El cine americano sigue en esta línea de denuncia de los aspectos más vergonzosos de su historia, si bien los prismas y las interpretaciones son múltiples. Y ése es el valor de la película: establecer un nuevo punto para el debate como conclusión a la política exterior de los neoconservadores norteamericanos.