Yo lo siento mucho, pero Leones por Corderos es una puta mierda. Bien es cierto que no es mierdosa. Si acaso, mierdecilla. Pero es que es muy puta. Reputa. Más puta que las gallinas. Veamos el porqué.

Hay un tema que en Estados Unidos es muy recurrente a la hora de hacer cine. El contar lo muy hueca y desgraciada que es la existencia de los norteamericanos. Hay desde auténticos tratados como pueden ser Vidas Cruzadas o Magnolia, a puro y duro género de explotación, como Hapiness, American Beauty, Ken Park, Juegos Secretos o Pequeña Miss Sunshine. Y en plan súper desparrame, o “los pobres también lloran”, mi favorita: Gummo. Por haber, ya hay hasta serie, Weeds. Dos temporadas, la primera adorable.

Se trata de mostrar una sociedad que cuando no se echa en brazos de la estupidez y lo banal por abulia intelectual, es egoísta e hipócrita ya que por dentro está llena de mierda tipo complejos, complejazos y expectativas frustradas. Nosotros, los europeos, que somos seres superiores, vemos estas películas y nos reafirmamos: Los yanquis están locos, grotescamente locos, nos dan puta pena a nosotros, que somos una civilización que va sobrada en todos los ámbitos civiles y culturales, no hay más que ver una gala de Eurovisión. Hombre, a mi, personalmente, me ocurre lo contrario. Veo ese modus vivendi californiano, con temperaturas agradables todo el año, sin nada que hacer y follándose a la madre de un amigo cuando no le llega a uno para esnifar Pegamin, y coño, me gustaría estar allí. Pero yo estoy equivocado. Lo asumo. Porque Estados Unidos no me parece una total casa de putas en manos de reverendos y Damians de la Profecía 3, ni Rusia un vertedero en manos de la mafia, ni China una dictadura comunista y capitalista abominable que aúna lo peor de ambos sistemas.

Sin embargo, estos tópicos son necesarios para que la gente vaya al cine. Antes se iba a ver un dramón, una de vaqueros o una de guerra, y ahora una de pero qué patanes son los gringos, o mira qué profundos e insondables dilemas morales se le ocurren a Clint Eastwood, o vaya con las multinacionales farmacéuticas que mataron al Ché reventándole los tímpanos con un picahielos para que no pudiera oir cómo se enganchaba con sus huesos y cartílagos la sierra eléctrica con la que se le estaba triturando para servirle con huevo y tomillo en steak tartar a la mesa de un obeso cerdo capitalista cabrón e hijo de puta. Y en esta línea se encuadra Leones por Corderos. Es una película de que la sociedad americana es muy hipócrita y se va por el sumidero moviendo las caderas junto a Britney Spears, pero llevándose por delante pueblos inocentes que hacen mierdas de cerámica, cestitas y esas cosas.

Su director, Robert Reford, la presentó así en Roma: “es un gesto de perdón por lo que nuestro país ha hecho los últimos seis años”. El gesto consiste en tres situaciones simultáneas que pretenden retratar los distintos elementos de la infamia: la “Guerra contra el terror”.

En una historia están los periodistas. Son pasotas que hacen de portavoces de la propaganda del gobierno sin reparar en ello porque lo que les importa es ponerle un logotipo guapo y una música impactante a la información sobre Irak para ganar audiencia.

En otra, los estudiantes. Patanes que, valgan o no, se inclinan por la espiral individualista de ganar pasta, meter la polla y pasarlo bien. Y a mi déjame en paz que todos los políticos son unos hijos de puta no quieras que me preocupen una mierda sus asuntos.

Del otro lado, en el eje narrativo, están los desfavorecidos americanos. Lumpen del que brotan flores de estercolero que son crucificadas por el sistema. El clavo de la mano derecha es el Gobierno (Tom Cruise), el de la izquierda, los medios (Meryl Streep) y el de ambos pies, los que “podrían hacer algo” pero están más ocupados mirándose el ombligo (un fulano).

La historia transcurre mediante conversaciones puras y duras. No hay más. Por eso a quien les preste atención le parecerá una película muy breve, y quien esté más acostumbrado a la acción saldrá del cine con las manos vacías. No son malos diálogos, en cualquier caso. Tienen sus hallazgos. Y en ciertos puntos incomodan. Sobre todo en el referente a los buenos de la película. Se trata de un negro y un mexicano que presentan un trabajo en el Master en el cual defienden, toma tomate ¡la mili obligatoria! Y qué mejor forma de dotarse de autoridad moral para enarbolar semejante idea que irse voluntarios a Afganistán.

El problema es que un principio de la izquierda de toda la vida -excepto de la catalana, la vasca y la acomodaticia en general- aquí se diluye en un mejunje de voluntarismo y legitimidad moral. Resulta que los mozos pobres que quieren ser veteranos del ejército ingresan en él para no tener deudas con la sociedad -la beca para estudiar es un crédito que tienen que devolver después- y así poder predicar sus ideas maravillosas que todo lo cambiarán “sin deberle nada a nadie” -el Ejército americano te paga la carrera universitaria, no como aquí, por cierto. Pero no aparece por ningún lado el hecho que muy bien mostró el sensacionalista Michael Moore, el de los parados de Louisiana enrolados en el ejército para poder ir a una gran superficie a consumir como el resto de sus compatriotas cuando no están volando en trocitos en algún lugar del mundo que ni conocen. Este aspecto se obvia, creo yo, porque Robértez lo que quiere es lanzar un mensaje a su país, a la manera que se hace en su país: mesianismo, heroísmo, mártires… para pedir el compromiso. No se invita a razonar, sino a compungirse.

Y ya está. No hay más. De repente, se acaba. La cosa se queda en parábola bíblica, un sermón. El final es abrupto. Se diría que abierto. Más abierto que Jenna Jameson. Demasiado abierto para lo que se ha puesto en el asador. Es muy triste que por el desinterés de la peña y por que la profesión periodística carezca de mecanismos efectivos de autocontrol unos pocos puedan respaldarse en una gran nación para defender sus intereses privados. Lo es, sí, pero de esta idea, a estas alturas, deberíamos partir, no llegar a ella. Que ya ha llovido. La infamia es, por tanto, pagar casi siete euros por ver esto.