Storm es un medio Matrix rodado en Suecia. Es decir, Storm es una puta mierda. Y además es una puta mierda que no merece la pena verla ni para echarse unas risas, pese a que, en un principio, la cosa no empieza mal. Se trata de un periodista de juegos de ordenador que deambula por la bohemia de Estocolmo sin más objetivo en la vida que pelársela a diario impenitentemente. Se diría, con estos datos, que el espectador está ante un filme de crudo realismo soviético, pero ciertos aires de nihilismo melancólico, eso que tanto atrae y embriaga a la actual población adolescente –todos los ciudadanos entre los doce y los cuarenta y cinco años de edad- desprenden un tufillo a inminente paja mental que, efectivamente, se constata a continuación.

Los hechos que se muestran son ya un clásico de la ficción de nuestro tiempo: un tipo va por la calle con sus pensamientos livianos y se encuentra de repente a alguien que es perseguido por unos oscuros individuos sin rostro. Esa persona, que lo sabe todo sobre él, le hace entrega de un objeto misterioso. En este caso, es un cubo metálico en cuyo interior se encuentran los recuerdos perdidos del ingenuo transeúnte. Toma tomate.

A partir de ese instante da comienzo un periplo por la memoria del protagonista en un miserable pueblo perdido del que es natural. Son lo menos cuarenta minutos de aburrimiento kamikaze que el espectador puede tomar o como un reto, aquí están mis pelotas a ver quien tiene más cojones si la película o yo, o en plan era Breznev, ella hace como que es una película y yo como que me interesa. En cualquier caso, a pesar de todo, las escenas más destacables tienen lugar durante este rato. El personaje principal, con mucha tranquilidad y control de sus nervios, conversa con una amiga siniestra que le regala una poesía que ha escrito, presa del amor, a él dedicada. Un obsequio al que el protagonista corresponde metiéndole por el culo una pipa de fumar marihuana en contra de los deseos de la damisela que, en no pocas ocasiones, le ruega que, por favor, desista. Hermosísima puesta en escena que, en definitiva, viene a demostrar que del Círculo Polar Ártico a la insondable Extremadura, todo sucedido en el ámbito rural entre presuntos seres humanos merece la pena filmarlo, musicarlo o pintarlo en un gran lienzo para colgar en el pórtico de la Catedral de Burgos.

Pero lo que sigue, el resto, es heces pútridas. Abreviando: resulta que lo que se le había aparecido al joven es el personaje de un tebeo que leía en su infancia. Es una tipa, XXXXX, cuyo objetivo es que el protagonista recupere sus recuerdos, fin al que se opone el supervillano de dicho comic, que se sirve de un ejército de hombres sin rostro para impedirlo. Personalmente, ignoro el porqué de esa actitud, pero como es costumbre, los malos pierden y la heroína cumple su misión, con lo que se abre la caja y el recuerdo sale de su interior. Un recuerdo inenarrable: el protagonista, de niño, bajo coacciones españolas –“si no lo haces eres maricón”- le rompe las gafas a una amiga gorda y fea que no ve tres en un burro y por esta causa, volviendo ella a casa como buenamente puede a cuatro patas, es embestida por un camión cisterna, expirando en el lance la infeliz preadolescente.

Frente a este insólito detalle biográfico, nuestro hombre rompe a llorar, pero la tipa del tebeo le consuela toqueteándole la coronilla y susurrando como quien está a punto de alojar bajo la lengua simiente masculina: no es culpa tuya. De esta forma, se entiende, el periodista logra perdonarse a si mismo o algo así y endereza su vida, pues el malo viene a sugerir en sus monólogos que mejor es no acordarse de la desgracia y seguir siendo un borracho sin rumbo de fiesta en fiesta. Es entonces cuando la heroína le regala a su protegido un caballito de cristal que porta en un bolsillo –viva la Pepa-, desaparece para siempre y, a Dios gracias, se acaba la película.

Es una pena que una producción sueca naufrague de esta manera tan patética. Si la hubieran rodado en blanco y negro, cámara al hombro y con una banda sonora ejecutada íntegramente al melotrón, sólo con haber prescindido de cualquier tipo de decorado y con este mismo guión al final hubiera resultado un fascinante recorrido a través del subconsciente y las emociones humanas en su faceta más cruda y estremecedora mediante el único medio capaz de maridar una amalgama tan compleja, el surrealismo. Es importante en el séptimo arte que si uno quiere transmitir profundas sensaciones lo haga de tal manera que no se entienda una puta mierda, el tedio sea insoportable y el populacho huya despavorido para gritar revolcándose por el suelo haciendo la señal de la cruz si alguien le vuelve a nombrar a la bicha en los próximos seis decenios. Si no, desgraciadamente, lo que se ofrece es una modernez lenta y sin sentido que no hará disfrutar ni a un periodista de juegos de ordenador onanista compulsivo deseoso de identificarse en la pantalla con alguien de su misma condición al que un día, de repente, sin avisar, coge, va y le ocurre algo. Porque el cine está para soñar.

Y si no, si quieres dártelas de Lynch, haz como él y da a luz algo indescifrable, pero entretenido. Porque, excepto la última, el maestro nunca ha filmado nada tedioso, aunque algunas de sus pelis hayan envejecido un poco mal, como Carretera Perdida, con esos multimillonarios viciosos que se ponen Marilyn Manson para ver snuff movies en el salón ¡de pie detrás del sillón! En fin, que Storm es una puta mierda. Y además, entre las características del protagonista -ojos azules, moreno, chupa de cuero- figura el carecer de sentido del tacto, el cual perdió súbitamente de niño. Y por eso, si le cae un café encima no le duele, o si palpa heces frescas con las manos desnudas no se entera como no mire. Mas eso no es todo, esa circunstancia no entra en litigio en la trama para nada.