El Último Rey de Escocia es una película en cuyo cartel aparece Forest Whitaker caracterizado como el ex dictador ugandés Idi Amin. Está dirigida por un caballero que responde al nombre de Kevin Macdonald, dato que nos la sopla de no ser porque el tipo es británico, gente que sabe hacer muy buen cine. Así que uno dice: coño, coño, coño ¿es esto lo que parece, es esto una película sobre Idi Amin?

Idi Amin fue máximo mandatario de Uganda durante ocho años. En ese tiempo se cargó entre trescientas y quinientas mil personas. Como el dictador al que derrocó era socialista, Milton Obote, y lo hizo amparado por Estados Unidos, Inglaterra e Israel, según la lógica de los ciudadanos de bien españoles, Idi Amin libró a Uganda del comunismo y puso en marcha un proceso por el cual se fue implantado una democracia próspera y sin igual.

Apodado “El Carnicero”, Amin se tomaba una media de cuarenta naranjas al día. Pesaba 110 kilos y medía 1,95, gracias a lo cual fue campeón de los pesos pesados en Uganda de 1951 a 1959. Cuando era afín a Obote, era conocido por tirarse con el uniforme a la piscina en todas las recepciones oficiales. Y por hacer trompos y derrapes con su deportivo por las calles de Kampala. Por lo visto, sucedieron dos cosas que forzaron a Amin a traicionar a Obote. La primera, que asesinó a Pierino Okoya, mano derecha del presidente, por llamarle “cobarde” y la segunda que se le estaba investigando por agenciarse fondos del ejército. Dio entonces el perfil de buen aliado de Occidente y entre británicos e israelitas lo colocan en el poder. Una vez en el trono, tuvo la feliz idea de formar un cuerpo militar, tipo SS, de unos 15.000 hombres que iba de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, robando, matando, violando y ese tipo de actividades africanas, dirgidas en este caso contra las étnias lango y acholis, ésta última, la que forma actualmente el Ejército de Resistencia del Señor y comete tales crímenes que le daría una lipotimia a Heinrich Himmler de conocerlos. Como siempre en estos casos, los aliados occidentales recomiendan que si haces algo de esto, pues que no se note. Pero en Uganda se encontraban cuerpos mutilados (sin genitales, nariz u ojos) tirados por las cunetas. Entonces, que si la prensa que si tal, el caso es que los que le pusieron en el machito le tuvieron que cerrar el grifo. Amin se enrabietó de tal manera que convirtió el país, con un 6% de población musulmana, en República Islámica. Expulsó a los asiáticos y tomó medidas que gustarían a los cristianos liberales y democráticos de España, como cortar las manos a los ladrones, lichamientos públicos y decapitaciones retransmitidas por televisión. Dio apoyo a los países árabes en contra de Israel y elogió públicamente a Hitler aunque le reprochó “no haber matado a todos los judíos”. Se mofó de Nixon, vía epistolar, por el caso Watergate y, en lo que a nosotros respecta, tras recibir un pergamino y una espada toledana de un equipo de Televisión Española que, en su afán de personarse en cualquier ágape allá donde se halle, cobraba dietas en Uganda, agradeció el obsequio escribiendo una serie de recomendaciones para nuestro Caudillo, Francisco Franco, artífice de la democracia de la que gozamos dichosos rockin in the free world, sobre el tema del Sahara.

Y todo esto, por si fuera poco, lo hizo papeándose en banquetes las vísceras de los presos políticos. Cosa que el hombre negaba, pero, tras su caída, no sólo fueron encontrados frigoríficos repletos de carne humana en todos sus palacetes, sino que sus más íntimos colaboradores lo reconocieron abiértamente: “claro, es que si tu enemigo es De Juana, normal que te eche para atrás, pero es muy de aquí hacer eso” -se dice en esta casa que manifestaron. Al final, el hombre murió hace pocos años en uno de los mejores aliados de Estados Unidos y el mundo libre, Arabia, rodeado de lujos, banquetes y chochitos para sus cuarenta y cinco hijos.

Con toda esta información, uno coge, persuade a sus amigos, y se persona en el cine. Les promete el oro y el moro y al penetrar en el local se le pone la piel de gallina. Se piensa: a ver si El Último Rey de Escocia pone en su sitio a la metrosexual Los Gritos del Silencio. La expectación es indescriptible.

Pues bien ¿la realidad? Una puta mierda. Se trata de la historia de un adolescente británico con picores. Aparecen muertos, sí, en unas fotos al final de la cinta. La historia viene de una novela inspirada, parece ser, en una disparatada anécdota que vivió un médico en Uganda. Amin se rebotó por algo con una de sus mujeres y, oye, pues la cortó en trocitos. Las porciones de santa varona fueron metidas en un maletero y el coche en el garaje del pobre médico para que se comiera el marrón. Éste, ante el equívoco, pues mató a sus propios hijos y se suicidó para librar a su familia de la tortura. Obsérvese el ambientillo II República Española Democracia No Verdadera que se vivía en el país.

Pero de esto, ni flores. Aquí se habla de un escocés que en su patria debía follar menos que un vasco y de almuerzo de trabajo en cena de negocios cual miembro de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, pues desahoga su anhelo sexual hasta quedar ahíto.

Lo dicho: una puta mierda