Patriotismo y patrioterismo

Con un retraso insoportable llega a las pantallas españolas la penúltima película de Clint Eastwood, precedida por su fracaso comercial en Estados Unidos y por el interés que despertó su anterior cinta, Million Dollar Baby. Habiendo empezado este artículo con una frase tan tópica, suponemos que el lector no sabrá si está leyendo La Página Definitiva o una de esas revistas semanales o mensuales en que las críticas de cine vienen unas páginas después de las encuestas sobre las preferencias sexuales de los jóvenes españoles que viven en casa de sus padres. Pero la frase era tan tópica como necesaria, al esconder tres verdades en su seno:

1. Que se trata de la penúltima película de Clint Eastwood. Porque Eastwood ya ha estrenado Cartas desde Iwo Jima, que supone el contrapunto a Banderas de nuestros padres. En realidad, ambas películas forman parte de un proyecto común de reflexionar sobre los efectos de la guerra y sus empleos por parte de la política, en que cada cinta se narra desde un punto de vista distinto (americanos y japoneses). Merced a la incompetencia de los distribuidores (o de quien sea culpable de este retraso en el estreno en nuestro país), un poco más y estrenan las dos películas a la vez. Lo que no estaría nada mal. Pero, ya puestos, que hubieran hecho lo mismo con Kill Bill o El señor de los anillos.

2. El fracaso económico de la película en Estados Unidos. Era previsible (¡qué listos somos haciendo pronósticos de manera retrospectiva!) dada la carga política de un film que señala la mentira de la construcción del ser norteamericano. Toda nuestra historia, viene a decir Eastwood, no es más que una idealización interesada para recaudar dinero y votos y para domesticar al pueblo. Suena duro, descreído y escéptico, pero ése es el discurso de Eastwood desde sus primeras películas, a pesar de que muchos de los que le llamaban fascista en los 70 descubran ahora Jauja.

El fiasco comercial puede deberse a varios motivos. En primer lugar, al elevado coste de la película. Eastwood siempre se ha movido en presupuestos modestos, y es conocida su rentabilidad como director, ya que rueda de una manera efectiva y cumpliendo siempre los planes previstos. Vamos que, a la manera de los clásicos, sabe utilizar los mínimos recursos técnicos para mostrar lo que le interesa. Aun en este caso, ante una superproducción que estéticamente recuerda mucho a Salvar al soldado Ryan (no en vano el productor es Spielberg), Eastwood va al grano, y el espectador no encontrará demasiada acción en una película de guerra. Lo que narra Eastwood es la manipulación de un hecho anecdótico (la toma de una isla japonesa en la Segunda Guerra Mundial por parte del ejército norteamericano) con el fin de obtener réditos políticos, sin importar que la famosa foto de los soldados izando la bandera no sea más que una segunda toma del momento original y que algunos de los héroes homenajeados no aparezcan en la instantánea.

Para contar esta historia de cuestionamiento de la verdad, Eastwood recurre al habitual método cervantino de una manera muy efectiva. En lugar de optar por una narración lineal, Eastwood construye un entramado complejo, con diversos narradores y saltos temporales, creando una confusión intencionada acorde con el tema tratado. Opera así al igual que en Los puentes de Madison, donde la narración estaba articulada en torno a varias voces que se hacían eco de la historia según aparecía en las cartas de una mujer ya fallecida. En aquella película Eastwood quería reflexionar sobre el poder evocador y manipulador de la memoria individual, de tal manera que al final uno ya no sabía si había existido un romance de verdad o si se trataba sólo de la ensoñación de la narradora principal (la anciana protagonista). En ésta, el director habla de una memoria colectiva, de una manipulación global.

3. La expectación de Million Dollar Baby. Sirvió para volver a recordar la vigencia de un director frecuentemente vilipendiado y menospreciado por un sector determinado de la crítica española. Y si muchos descubrieron entonces la amargura en una historia de perdedores, ahora habrá quienes hallen que Eastwood no es ningún patriotero. Pues, atención, desde aquí les aseguramos que eso ha estado siempre en su cine. Que ese análisis sobre la manipulación de la historia norteamericana por parte de los poderes públicos es una constante en sus películas, y que casi siempre que aparece en ellas la bandera yanqui es para criticar esa manipulación. Ahí están, por ejemplo, el ligero contrapicado final de Will Munny con la bandera al fondo en Sin perdón, o la reverencia que le dedica el protagonista de El sargento de hierro, un militar alcohólico y camorrista, vamos, un dechado de virtudes presentado en esta película como el marine modélico. Y es que en las películas de Clint Eastwood nada es lo que parece.

Banderas de nuestros padres supone un recorrido irónico por las miserias de la clase política norteamericana en un momento histórico en que se supone que ésta era más honrada que la actual y en el marco de un conflicto en el que la participación militar estaba más que justificada. Si en una guerra legítima vale cualquier estrategia propagandística, imagínense qué cosas ocurrirán en las de dudosa legalidad. Ésa parece ser la lección moral de la película. Porque la tristeza vuelve a ser el tono el cine de Eastwood, en una cinta protagonizada por seres grises elevados a una fama momentánea por la llamada del patrioterismo. Pasada la necesidad, cada uno vuelve al rincón que le ha reservado la sociedad, y si no eres blanco, mejor irse al estercolero del sistema, como sucede con el personaje del soldado indio, olvidado incluso por sus compañeros en la batalla.

La película ha fracasado comercialmente, pero al menos se ha estrenado. Hollywood tiene estas cosas tan raras, que uno no puede predecir sus decisiones por completo. Ahí está un director pesimista, irónico e incisivo como Clint Eastwood, con unas películas que triunfarán más que otras, al que se le podría considerar una vieja gloria, pero al que se le financian proyectos multimillonarios a los setenta y pico años de edad. Aquí no tendremos nuestra particular Banderas de nuestros padres. Aquí nos tenemos que conformar con películas como GAL.