Hugo Chávez no le cae bien a casi nadie. Muchas de las medidas que ha sacado adelante, por no hablar de las que no ha logrado, de momento, aprobar, son impresentables y demagógicas. Los perfiles populistas de su acción en Venezuela (por no hablar de su acción exterior) son evidentes. Y eso sin mencionar algunos tics autoritarios. En fin, todas esas cosas que, a poco que uno se deje llevar por las apariencias, le podrían hacer pensar que no estamos en una democracia consolidadísima e intachable sino en Lationoamérica. Qué cosas.

La animadversión que se ha granjeado Chávez en, por referirnos a España, todos los medios de comunicación y entre toda la clase política es evidente. Habitualmente suele justificarse, precisamente, acudiendo a todos estos factores arriba reseñados. Y aquí es donde, al menos en lo que a mí refiere, me planto. Porque cuando en vez de debatir en serio nos ponemos en plan hipócrata para no llegar a ninguna parte que no sea la autojustificación de las posiciones de partida mejor dejar las bicicletas políticas que a nada conducen a los Denilson de la vida política y ponernos, por nuestra parte, a mirar desde fuera las cosas en plan Ronaldo antes que a enfangarnos en una discusión sin sentido. Aunque si nos llega un buen balón no perdamos ocasión, nosotros sí, de al menos chutar a puerta. Aunque a veces no marquemos.

Una de las cosas más alucinantes de la supuesta dictadura que ha instaurado Chávez es que la gente vota y aparentemente se empeña en reeligirlo. No sólo la gente vota sino que, en un país supuestamente convertido totalmente en un califato, con clientelismo y caciquismo institucionalizado, sin medios de comunicación libres, sin oposición a la que se deje actuar, con las elecciones amañadas, con comisarios políticos controlando qué vota la gente para tomar represalias, con el ejército dispuesto a tomar las calles para llevar la coacción a sus últimos extremos, si es preciso, la gente vota, a veces, contra lo que propone Chávez. Pues vaya dictadura rara, oiga.

Mientras tanto, Rusia Unida, con nuestro amigo Putin al frente, sigue consolidando posiciones democráticamente intachables. Para mayor escarnio de la entregada diplomacia europea, el escándalo ruso, frente al que todos hemos callado, se produce el mismo día que la dictadura de Chávez pierde el referéndum. Es que no estaba bien montado el pucherazo, dicen. O que la cosa era tan evidentmente torcida que, claro, incluso en ese contexto la gente ha votado contra Chávez. Yo, aquí, hay cosas que no entiendo. Y lamento mucho ofender a alguien por plantearlo. Porque yo pensaba justamente que un sitio donde no saben montar pucherazos y donde, por muchos resortes que tenga el poder, la gente puede pararle los pies cuando piensa que se ha pasado de madre era, más o menos, lo que habitualmente entendemos por democracia (y por favor, que nadie haga la bromita sobre Gore, Florida, Bush y las armas de destrucción masiva para ponerse pejiguero con los controles democráticos mínimos, que el caso es demostrar que en Venezuela escasean, por no decir que no existen, y no joder la marrana).

Así que alguien nos tendría que explicar un día de estos, digo yo, no los motivos exactos por los que Chávez es un impresentable, dado que no es ésa la cuestión, sino las razones por las que, en este concreto caso, no aceptamos la legitimidad democrática, que ni siquiera Estados Unidos se ha atrevido a negar, de sus reiteradas victorias electorales para, al menos, concederle el mínimo de respeto que habitualmente en estos casos se da. Es decir, la regla de oro a partir de la que tenemos montado el tinglado: que cada pueblo tiene el derecho soberano a elegir a sus mamarrachos particulares sin que los demás interfieran abiertamente. Y una cosa es que se les critique y otra que se haga apelando constantemente a la mentira institucionalizada de que “en realidad han montado una dictadura”. Porque, en tal caso, no sé, lo de ayer debe de ser que estamos ante una maquiavélica operación de imagen de Chávez para demostrar que no es así.

Por cierto, que también es triste que en esta drôle de dictature sólo un resultado nos valga a efectos de entenderlo como electoralmente legítimo. Pero así somos los de la metrópoli. Que nadie nos toque a nuestros mamarrachos, que eso es una ofensa imperdonable (ya se sabe, “a un compatriotra hay que defenderlo siempre”), aunque luego nosotros podamos permitirnos todo (a partir de unas valoraciones la verdad es que muy poco “equilibradas” y en absoluto generalizables a situaciones equivalentes, porque entonces a saber qué “populistas totalitarios” amiguetes podrían acabar pringados) cuando se trata de ir contra los de los demás, siempre que por hache o por be sean, por decirlo así, “incómodos”.