La muerte de Paul Newman nos enfrenta a la retrospectiva de uno de los actores más exitosos de su generación. Newman pertenecía a esos actores de camiseta blanca, es decir, esos actores que irrumpieron en los años 50 marcando pectorales y bíceps con ajustadas camisetas blancas en dramas sociales de la época. Newman y Brando eran muy guapos, guapísimos, y se las llevaban a todas de calle porque, además, interpretaban personajes temperamentales. Atrás quedaban actores de aventuras imposibles con personajes de una pieza (Errol Flynn o Douglas Fairbanks) o actores interesantes pero feos de remate (como Humphrey Bogart -gangoso y cabezabuque- o Edward G. Robinson). Los actores del método, que empezaron sus carreras tras la Segunda Guerra Mundial, contaban unas historias diferentes y lo hacían de una manera diferente. Gesticulaban mucho, vivían los personajes que interpretaban con mucha pasión (eso que se llama “meterse mucho en el personaje”) y eran, incluso a la hora de hacer dramas, golfos, descarados y divertidos. Newman y Brando establecieron el nuevo canon del actor de Hollywood, del actor del método, dando paso a varias generaciones futuras de actores: no sólo el retorno de los feos en los años 70 (De Niro, Pacino y Dustin Hoffman), sino el establecimiento de todo un modo de encarar un oficio. Ahí tenemos el caso actual de Daniel Day-Lewis, un enfermo en eso de meterse en el personaje, al que no le importa pillar neumonías, romperse los huesos o que le piquen los escorpiones en el culo si esos sufrimientos los requiere el papel.
El problema de Newman fue su carácter de pionero, lo que le encasilló muy pronto en una parcela de talento. A ello contribuyó sin duda el desprecio que mostraron algunos directores a su forma de actuar. Tal es el caso de Hitchcock, un director acostumbrado a que sus actores no fueran más que peleles a sus órdenes (de ahí que soltara aquella comparación tan famosa de que los actores son como ganado), que dejó dicho por todas partes que odiaba la forma de actuar y gesticular de Newman. Es normal el recelo, y suponemos que mucha envidia personal habría, dado el carácter de obseso sexual reprimido y acomplejado de Hitchcock (circunstancia bien sabida por todos), que habría de pasarlo muy mal viendo las atenciones que recibiría el atractivo actor de los ojos azules.
Sin embargo, estas valoraciones tan injustas del director británico no menoscaban en absoluto una carrera que, como actor, resulta muy estimulante, y en que las interpretaciones de Newman no sólo eran magníficas, sino muy ajustadas también a los requisitos de las historias. Ahí está su papel de Eddie Felson en El buscavidas (The Hustler, Robert Rossen, 1961) o la inevitable referencia que supone la adaptación de Richard Brooks de La gata sobre el tejado de zinc (Cat on a Hot Tin Roof, 1958). No podemos dejar de reseñar su personalidad poderosísima en películas tan divertidas como La leyenda del indomable (Cool Hand Luke, Stuart Rosenberg, 1968), en que Newman era un prisionero que no paraba de fugarse; las comedias a las órdenes de George Roy Hill, Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969), El golpe (The Sting, 1973) y El castañazo (Slap Shot, 1977); o papeles sinvergonzones, arriesgados y totalmente excesivos, como el caso del western El juez de la horca (The Life and Times of Judge Roy Bean, John Huston, 1972).
Pero si hay un aspecto que merece ser rescatado de su olvido es la breve carrera de Newman como director. Preciosos dramas intimistas protagonizados por su mujer Joanne Woodward que constituían sus inquietudes en una carrera como cineasta iniciada en los años 70, y que se vio truncada por diversas causas (como el fallecimiento de su hijo). Mientras Marlon Brando caía en una decadencia definitiva en que lo único que le importaba era el dinero y las hamburguesas, Newman se embarcaba en títulos como Rachel, Rachel (1968) o Los efectos de los rayos gamma sobre las margaritas (The Effect of Gamma Rays on Man-in-the-Moon Marigolds, 1972). Newman no sólo era un actorcillo del método, un chico guapo, sino que, al igual que De Niro, era un creador con inquietudes que transmitir en unas películas muy personales.
Los últimos años de Newman supusieron una constante renovación con el público, desde que Scorsese lo recuperase como Eddie Felson para El color del dinero (The Color of Money, 1986). A partir de ahí, la aparición de Newman siempre suponía un acontecimiento, no sólo como ejercicio nostálgico, sino principalmente como reivindicación de una madurez interpretativa perteneciente a una generación de actores que supieron dar nuevos aires al cine de Hollywood. Su muerte supone un llamamiento a esta reflexión, una reivindicación a su maestría en un momento en que tantos actores siguen sus pasos.
12 Comentarios
Hace más o menos un siglo, los científicos ya no sabían qué inventar. El mundo de la física, que se había movido durante milenios en el confortable contexto de “a ver quién la suelta más gorda” o, peor aún, de la combinación entre física y teología, había logrado llegar, merced a Einstein y su teoría de la relatividad, a una conclusión aparentemente satisfactoria. Pero un ingente número de científicos alemanes necesitaban conseguir, aunque fuera para décadas después, un visado para huir de los nazis hacia Inglaterra o EE.UU., así que decidieron sacarse de la manga el horripilante mundo de la mecánica cuántica, que sustituiría para siempre el confortable mundo anterior de “Si A, entonces B” por un sistema probabilístico plagado de gatos muertos en cajas y de “las cifras demuestran que el pueblo está con nosotros”.
La indeterminación aplicada a lo muy pequeño configuró el caldo de cultivo ideal para desarrollar el que supongo será, a juzgar por lo mucho que dan el coñazo en todo libro de divulgación que se precie, el campo más fructífero de la física moderna: el de las partículas subatómicas que interactúan continuamente entre sí con enorme promiscuidad. Campo pródigo en avances casi nunca demostrados del todo (recuerden: probabilística) y, sobre todo, en inventarse nombrecitos a cual más cómico para denominar cada uno de los descubrimientos susceptibles de subvención “para descubrir el origen del Universo”: priones, gluones, bosones, levedesaceleracionones, … la lista es larga, y cada vez lo es más.
Bien, como imagino que nadie que sepa algo de física habrá sido capaz de aguantar los dos anteriores párrafos, me siento más libre si cabe para tratar de explicarles al resto de Ustedes para qué cosa, que no sea utilizar tuneladoras en obras públicas, sirve un gigantesco circuito subterráneo de 27 km de longitud. Este circuito acoge el acelerador de partículas más grande del mundo, el denominado, como si la vida fuera un cómic y los científicos llevaran mallas de colorines, “Gran Colisionador de Hadrones”, cuya función será acelerar y acelerar partículas de toda clase y condición para que, como si fueran un honrado ciudadano de Oriente Medio tras disparar quinientas veces en un minuto su Kalashnikov, se pongan “a tope” y comiencen a hacer cosas raras, invocar al profeta, colisionar entre ellas, explotar, … Lo típico con las partículas, vaya. El objetivo es demostrar la existencia del ya mítico (son muchas notas de prensa reproducidas una y otra vez en los medios) “Bosón de Higgs”, la partícula subatómica primordial, la “superpartícula”, el nuevo Grial.
¿Por qué es tan importante el Bosón de Higgs? Teóricamente, porque se trataría de la partícula que permitiría cohesionar al resto de partículas fundamentales en un conjunto coherente, asociándolas entre sí y proporcionándoles masa. Sin el jodío Bosón, se supone que nada de todo esto funcionaría y la vida –y aún peor: España- jamás habría existido.
Imagínense una discoteca llena de maromos deseando, tal vez, quizás, mojar por una vez en su vida. De repente aparece la Jennifer, recién llegada del quirófano, donde se ha hecho una nueva tanda de implantes. Se ha teñido el pelo de rubio otra vez y va particularmente descocada. Encima, la Jennifer va por ahí revoloteando de grupo en grupo, calentando a todos los maromos de la disco, ya de por sí calientes, con las herramientas que todos Ustedes pueden imaginarse que posee la Jennifer. Esto genera un estado de gran excitación, y gran estupidez, en dichos maromos, que comienzan a comportarse de manera errática y, efectivamente, muy acelerada. Que si me pongo a hacer flexiones en mitad de la disco, que si compongo un reaggetón para la Jeni, que si intento quitarme de encima a un rival por un procedimiento propiamente físico (a hostia limpia) y un largo etc.
Lamentablemente, la Jennifer no sería un buen Bosón de Higgs, porque tarde o temprano la situación de todos estos individuos calientes estallaría, y no para bien. Desgraciadamente para el mundo, la Jennifer no puede estar en todas partes ni satisfacer a todos, aunque a veces así lo parezca, y esto genera una gran frustración en la gente, que, psicológicamente compleja como es, tiende a expurgarla a hostias. Y así ni se monta un Universo en condiciones, ni ná. Por lo tanto, para que lo entendamos, y para sacar a colación un ejemplo original, en absoluto manido y de importancia equivalente al Universo, trataré de ilustrar el meollo del asunto comparando el Universo con España.
España, como el Universo, es muy, muy grande. Está toda ella llena de partículas, que son, además, partículas españolas. Pero estas partículas, en tanto españolas, no están muy bien avenidas, acaban siempre chocando y hostiándose por cualquier fruslería, como por ejemplo la Jennifer. Cada cual va a la suya e intenta aprovechar los descuidos ajenos en su propio beneficio. Además, a poco que te descuides algunas partículas te salen con que son, en realidad, antipartículas (es decir, partículas antiespañolas) y que ellas van a otro rollo, que no tienen nada que ver con España y bla, bla, bla.
En resumen, las constantes tensiones territoriales de nuestro país, unidas al natural egoísta y chulesco del individuo español, habrían dado al traste con España hace mucho tiempo, de tal forma que ésta nunca habría llegado a existir, o se habría desvanecido de inmediato, como de hecho ha estado a punto de ocurrir en un sinfín de ocasiones, para horror de todo lo que es bueno y decente. Sin embargo, apareció un hombre fundamental, un individuo tocado por la grandeza que, con su saber hacer, su campechanía y su don de gentes, ha sabido administrar todos estos años tantas dificultades como arrostra un país, uniforme en su complejidad diversa y multicultural, con las características del nuestro.
Me refiero, claro está, a SM Juan Carlos I, el Bobón de Higgs (aunque algunos prefieren denominarlo “Caudillo de Higgs”), que durante más de treinta años, ahora y siempre, ha atraído para sí a las fuerzas vivas de España, las ha integrado y les ha enseñado a sumar en lugar de matarse a hostias, como siempre hacían. Miren cómo a todo el mundo le cae bien SM -pues nadie le critica ni cuenta aspectos incómodos de su trayectoria- cómo todos tratan de acercarse a él, siempre revoloteando en plan pelotillero. Tan atractivo resulta el Bobón que la única manera de que lo alejen de uno es entrar en la cárcel, como Mario Conde, Javier de la Rosa, Manuel Prado, … Está claro, Juan Carlos I es el individuo primordial, la Argamasa de España. Sin el Bobón España nunca podría existir y, lo que es peor, no habría ganado ninguna Eurocopa. A ver si nos enteramos, coño.
Si quieren que les diga la verdad, y desde el más absoluto desconocimiento (sobradamente acreditado a estas alturas), a mí todo el rollo este de los bosones y las partículas fundamentales me huele a chamusquina, por contrario al sentido común. ¿Qué es eso de las leyes de la probabilidad y de que la respuesta sea “tal vez”? ¿No estaremos creando entre todos un nuevo bluff, como el “éter” del siglo XIX –que, supuestamente, lo explicaba todo, y luego se acabó demostrando que no existía-? ¿No deberían gastarse todas las subvenciones públicas que ahora se otorgan pródigamente a los depositarios de la ciencia dura para cuadrar los porcentajes de “mira cómo gasta España en I+D” en algo más útil, por ejemplo en mí?
Y luego está, claro, el terrible peligro de que accidentalmente, como en las mejores películas de serie B, el atrevimiento científico llegue al habitual extremo de destruir la Tierra. El procedimiento, indudablemente imaginativo, se basa en generar un agujero negro que engullera todo el planeta y quién sabe qué más, como ya han avisado no uno, ni dos, sino hasta ¡tres! científicos desconocidos y con ansia de notoriedad. Ándense con cuidado, no vaya a ser que por la gracia del jodido Bobón un agujero negro engulla su piso y se enfrente Usted al pago de una hipoteca de 50 años más una segunda hipoteca del nuevo piso que indefectiblemente tendría que adquirir. ¡Científicos, dejad de jugar a ser dioses, dejad de crear agujeros negros, de practicar abortos y de impartir Educación para la Ciudadanía!

