29/02/2008: 2º round

El lunes pasado se produjo una cosa llamada por casi todos, con la generosidad con la que los españoles tratamos a quienes mandan, “el primer debate entre candidatos a la presidencia del Gobierno en 15 años”. Los partidos andan ya preparando el segundo de los encuentros entre Rodríguez Zapatero y Rajoy, que se producirá en unas horas. No es que es para lanzar cohetes, visto lo visto hasta ahora, pero hay que reconocer que los debates, al menos, han tenido la ventaja de centrar la campaña electoral y ahorrarnos estériles reflexiones sobre los mítines y demás actos de campaña a los que nuestros partidos siguen siendo adictos, empeñados en no abandonar las entrañables pautas decimonónicas (y la estética, y las ideas, a veces -otras, lamentablemente, ni eso-).

Eso sí, por muy generosos que seamos los ciudadanos es difícil que lleguemos a igualar algún día a los periodistas en complacencia. Porque todos ellos nos han comunicado, con ese señor mayor que desde hace una década ha dejado de trabajar como periodista para ocuparse de cuestiones de comunicación institucional y trabajarse un retiro dorado en esa cosa rara llamada Academia de Televisión que se denominó “moderador” a la cabeza (empleando para ello unos cuarenta minutos del debate, que él ocupaba en decirnos lo cojonudos que eran él, los candidatos, el debate y los españoles que lo disfrutábamos) que el debate estuvo fenomenal, que fue espectacular, que la fórmula pactada por los partidos políticos (con ser rígida) no quitó nada de interes o de viveza al debate y, además, que los candidatos demostraron fiereza, convicciones y una gran capacidad dialéctica para defender sus posiciones. Resultado de todo ello, claro, las encuestas demostraron que los ciudadanos, más o menos, dieron la victoria en el duelo a quien previamente ya tenían en mejor consideración. ¡Una prueba más de lo muy competido e interesante que estuvo!

Ante semejante entusiasmo, adobado además con la muy exigente tarea realizada por los periodistas-hooligans de cada partido político para ensalzar la actuación de su líder y gurú respectivo, me siento solo. Incomprendido. Pero con la sospecha de que hay mucha gente ahí fuera que me comprende. Y bastante que, acostumbrada a ver debates electorales en la tele francesa, en la alemana (aunque esto de los debates allí es menos frecuente) o, sobre todo, en la estadounidense, andará deprimida. Como yo. Porque por muchas milongas que nos cuenten, no hay color.
Dado que se yergue sobre nosotros la amenaza de un 2º round igual de deprimente, me aventuro a deslizar unos humildes ruegos, que es obvio que nadie atenderá pero que, al menos, me permiten desfogarme:
- Que quiten a Olga Viza. Dado que el “moderador” no sirve para nada, no guía el debate, no hace preguntas, no interactúa y encima, como demostró Campo Vidal, se enrolla con tonterías de autobombo hasta el punto de que estaría bien que hubiera un tercer reloj que controlara también sus tiempos… estaría bien prescindir de la figura. Que pongan un cronómetro y suene una sirena cuando se acabe uno de los discursos y ya está.

- Que traten, si lo desean, el tipo de asuntos que les obsesionan y que marcan el debate político en España: ETA, inmigración, los malvados catalanes, la nación española y demás cositas. Personalmente me encantaría que se pudiera debatir también sobre el modelo de seguridad social, de sanidad o educación públicas, el sistema fiscal, la estructura económica y productiva del país… Que, no crean, el debate del otro día entre Hillary Clinton y Obama empezó con 20 minutos dedicado a algo tan abstruso com explicar sus diversos modelos de reforma de la Seguridad Social (por llamarla de alguna manera) yanqui. Vamos, que estas cosas hay sitios donde pasan. Yo no pido tanto. Que hablen de lo que quieran. A fin de cuentas son asuntos los que a ellos entusiasman, lo reconozco, que también son importantes. Pero, por favor, que uno y otro se dediquen a explicar y razonar sus posiciones, evitando enlazar eslóganes y frases vacías, pasando olímpicamente de retomar lo manifestado por otro. Que, por piedad, hilen un discurso argumentado y racional. Y que discutan. O, al menos, que se dirijan con un discurso coherentemente hilvanado a los espectadores, que no sea una mera iteración de mensajes muchos de ellos, por cierto, contradictorios entre ellos.
- Que las frases de uno y otro tengan sujeto, verbo y predicado en, al menos, un 50% de las veces. A ver si así, pasito a pasito, la a con la a, la be con la be, llega un día que empieza la cosa a dejar de ser una sucesión de “golpes maestros” demagógicos y, empezando porque haya frases bien estructuradas, una cosa lleva a la otra y acabamos teniendo luego párrafos con cierta continuidad después.
- Que no lean frases y discursos previamente cocinados constantemente. O, al menos, que no se note tanto.

- Que no tartamudeen, que no se líen con el significado de palabras no demasiado técnicamente incomprensibles como “recesión”, que no titubeen, que no repitan la misma frase que acaban de decir para disimular que se han quedado en blanco.

- Que, si les han preparado gráficos y dibujitos para enseñar a la audiencia, alguien les explique cómo han de hacerlo para que la gente los pueda ver. Alternativamente, que alguien le explique al realizador que estaría bien que tratara de currárselo un poco para intentar que la cosa pueda ser vista por los espectadores, si ellos no lo hacen o, aun intentándolo, no saben.

- Que, por piedad, dejen los chascarrillos malos para el guión de sus mítines (sí, ese rollo que repiten milimetradamente, palabra por palabra, día tras día, como cualquiera que haya seguido por la tele alguno de ellos o haya escuchado alguna entrevista a los candidatos, a estas alturas, ya sabe).

- Que, si no les importa, se molesten en explicar por qué quieren que les votemos y, más en concreto, poniéndonos ya pesados y democráticamente pejigueros, qué pretenden hacer si ganan. Cositas tontas como qué proyectos tienen para el país: leyes que quieren aprobar, prioridades presupuestarias, grandes reformas que crean preciso acometer, posibles sacrificios que estiman imprescindibles para mejorar la situación…

- Que se ahorren cursilerías, desde niñas que no vienen a cuento a citas de cultureta dudosamente pertinentes.

Pero, sobre todo, por favor, que lleguen a un pacto entre partidos políticos para eximirnos de tener que aguantar, pase lo que pase, a la relamida y autosatisfecha clase tertuliana, encantada de haber asistido a un debate “espectacular” e “interesantísimo”. Que acuerden que centrarán sus esfuerzos, con sus respectivos efectivos, cada uno de los bandos, en tratar de asegurar lo que verdaderamente les importa: transmitir la imagen de que “el tuyo” ha ganado. Y que no nos darán la tabarra, al menos, tratándonos de convencernos de que todo ha estado fenomenal. Porque eso deprime mucho. Pone muy triste. Que si tienen movilizados a más periodistas el próximo lunes que interventores el 9-M no sea para decir que han ganado un debate de altura sino, simplemente, para intentar crear el famoso “momentum” repitiendo machaconamente que han ganado, sí, vale, pero no necesariamente en un duelo vibrante y espectacular sino en una “cosa” bastante tenebrosa.


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27/02/2008: El original y la copia

“No es lo mismo”, dice uno de los eslóganes del Partido Socialista. Y retrata a la perfección de qué van las elecciones.

En estos momentos, y tras el espectacular viraje del Gobierno de Rodríguez Zapatero en asuntos como lucha antiterrorista, ilegalización de partidos políticos, reparto del poder territorial en España, concesión masiva de beneficios fiscales a las grandes fortunas y empresas, establecimiento de ayudas y subvenciones lineales para cualquier actividad que pueda preocupar u ocupar a las clases medias… resulta, en efecto, para muchos, complicado determinar cuáles son las exactas diferencias que, en cuestiones importantes, separan al PP del PSOE, a Rajoy de Rodríguez Zapatero.

No se trata de mesarnos aquí los cabellos a cuenta de que, como es tópico decir, PP y PSOE sean lo mismo. Entra dentro de cierta lógica democrática que los partidos con aspiraciones de lograr mayorías que les permitan gobernar sean más o menos moderados o, si se prefiere expresar de otro modo, más bien poco revolucionarios. No hay nada demasiado anómalo ni sorprendente en ello. Porque, además, dentro de la moderación, es habitual que los partidos políticos que se disputan las elecciones tengan importantes diferencias respecto de cómo orientar la marcha del país, discutan sobre ellas y traten de convencer a los ciudadanos respecto de la mayor bondad de sus respectivas tesis.

En España, sin embargo, se ha producido un sorprendente fenómeno de armonización del discurso político de ambos partidos. Tanto más delirante cuanto ha sido el partido en el poder, el del gobierno, el que ha acabado asumiendo en su totalidad el discurso de la oposición respecto de los grandes temas (es un decir, claro) que han dominado la agenda política de la legislatura.

Desde este punto de vista, hay que reconocer al Partido Popular y a las personas que han determinado su estrategia de oposición estos cuatro años un rotundo éxito. No sólo han minado, según las encuestas y el CIS, como recordaba antesdeayer un eufórico Eduardo Zaplana, una desventaja de unos diez puntos a favor del PSOE tras las elecciones del 11-M (algo que entraba hasta cierto punto dentro de lo normal, dada la extrañamente brutal magnitud de la brecha), sino que ha conseguido dos logros notables: en primer lugar, convertir a su opción electoral en competitiva a pesar de presentar a los mismos que gobernaron y perdieron unas elecciones (y es bien sabido, como comprobó en sus carnes el PSOE, por ejemplo, en 2000, y de forma bien amarga, que esto es algo muy meritorio); en segundo lugar, haber logrado que todas y cada una de sus posiciones como oposición en asuntos de peso hayan sido, al final de la legislatura, asumidas por el PSOE.

En estos momentos, el PSOE se presenta a las elecciones dejando claro que ZP, en compañía de Bono y de lo que haga falta, son la mejor garantía para que el proyecto Españaza 2000 tenga continuidad, eso sí, con una sonrisa. Alardean de haber cortado en seco las derivas y ambiciones de vascos, catalanes, gallegos y quien se ponga por delante. En materia antiterrorista, ZP se ha convertido en el más acérrimo defensor de la ilegalización de partidos políticos, agrupaciones de electores y de cualquier cosa, ente, mesa o reunión de petanca que se mueva en la órbita abertzale y, para demostrarlo, ha logrado incluso que el Tribunal Supremo de España haya tenido que poner freno a sus exorbitantes peticiones de ilegalización. Por supuesto, todo ello acompañado de referencias a la complacencia del PP y de Acebes, quien, como es sabido, permitió que el Partido Comunista de las Tierras Vascas campara a sus anchas en su día. Ya no más. Por último, sin ánimo de ser exhaustivos, el actual Gobierno de España alardea de haber deportado a más inmigrantes ilegales que Aznar y Sarkozy juntos y pone cara de ser muy riguroso con el asunto fronterizo. Como le dejó claro ZP a Rajoy cuando éste mostraba su preocupación por las bandas de delincuentes extranjeros que nos entran, tan organizaditos ellos (y ellas) en el país, aquí los sufrimos por culpa de Aznar, que los dejó entrar a cientos por la frontera, el muy irresponsable, como nuestro Presidente se encargó de demostrar en el debate del lunes pasado, primero de la campaña.

Un debate que, por otra parte, confirmó punto por punto que la estrategia del PSOE pasa, precisamente, por hacerse con el argumentario popular en lo económico (superávits fiscales y bajadas de impuestos incluidos), social (inmigración), antiterrorista o en materia de partidos. Es más, los más agrios reproches de ZP a Rajoy lo fueron por osar escenificar desgarradores “desuniones” entre los dos grandes partidos en diversos asuntos de Estado. O eso, o por no haber sido el PP lo suficientemente duro con la chusma extranjera (que los regularizaban hasta con un bonobús, ¡oiga!) o simplemente antiespañola.

Quienes andaban contentos con el PSOE que parecía atisbarse de la mano de ZP, en lo que suponía de novedad y de cambio respecto del antiguo PSOE, están ahora francamente cabreados, con Maragall, por ejemplo, a la cabeza. Por el contrario, todo lo que representa sociológica y políticamente PP Bono está en plena y gloriosa resurrección. Así son las cosas. Puede gustar más o menos, pero es difícil negar que son así.
Parece ser que todo obedece al vértigo electoral que supuso sospechar que las posiciones del PP, especialmente en su dupla gloriosa ETA-Cataluña, eran muy bien recibidas por el cuerpo electoral. Y, especialmente, por la mayoría silenciosa de españoles, excepción hecha de las tres o cuatro excepciones periféricas de siempre. La cosa tampoco es que tuviera demasiadas evidencias palpables, mediante elecciones por ejemplo. Pero la sospecha y el miedo hiceron fortuna y pronto encontraron terreno abonado. De la mano de una brutal presión de los medios de comunicación (incluyendo los considerados próximos) y de los resortes del poder económico e institucional de este país, en su versión más clásica, el Gobierno socialista renunció con insólita rapidez a un proyecto propio y moderadamente regenerador, rupturista en algunos casos, para volver al redil. Al PP no se le puede negar el indudable éxito de haber marcado no sólo la agenda sino las soluciones de la legislatura.

Engordar para morir, dicen que es. Porque parece ser que el oportunista giro de ZP, al decir de los expertos, es precisamente lo que va a privar al PP de la victoria electoral. Esa mayoría que tan cómoda se siente en las pautas políticas y económicas de toda la vida es la que, entusiasmada, va a plebiscitar a ZP por segunda vez. Convalidando el éxito de su jugada. O eso dicen.
Las elecciones cuya campaña acaba de empezar, con el debate como pistoletazo de salida, son precisamente importantes porque se juega la reelección un Gobierno que, lejos de confiar en el buen juicio del pueblo y proseguir en la política que entendió justa y oportuna, aspirando a lograr convencer de sus bondades a la ciudadanía, ha optado por copiar la estrategia de una oposición que, según temía, parecía estar anotándose puntos uno tras otro gracias al viejo populismo de toda la vida, a la tradicional demagogia Españaza 2000.

Será interesante constatar si el análisis profundamente despreciativo respecto de la inteligencia del electorado llevado a cabo por los estrategas del PSOE tiene, a la vista de los resultados electorales, visos de pasar por un juicio acertado de la situación. Dicen las encuestas, de momento, que no parece que haya sido una jugada demasiado buena, porque el PP pisa los talones en todas ellas al PSOE. Y es que, ya puestos, habría que explicar a la gente cuáles son los motivos, sonrisas aparte, de preferir a ciertas copias sobre los originales. A eso está dedicada la campaña del PSOE. Ya veremos. Porque todo esto depende también de que nos fiemos mucho de las encuestas que se hacen en este país y, a la vista de los resultados que acreditan en las dos últimas décadas, mejor seguir instalados en un cómodo agnosticismo demoscópico.
Además, y lamentablemente, pase lo que pase, será siempre muy difícil saber si tenían razón o no quienes pensaron en los electores como ganado. Si ganan, porque tampoco sabremos si habrían ganado, de haber seguido otra política, por más, por menos o si simplemente no habrían ganado. Si pierden, por lo mismo.

De modo que nos quedamos (nosotros y los partidos, estrategas o aprendices de brujo) con muy pocos instrumentos para decidir si conviene pensar en que la gente que (nos) vota es sensata, madura e inteligente, prefiere la discusión razonada entre posiciones a la excitación de las vísceras o si, por el contrario, son (somos) unos mastuerzos a los que se puede conducir con cuatro consignas a cambio de que explotes temas de éxito como el hit ETA-Cataluña que ha marcado estos últimos años.

A falta de poder afirmar con un mínimo de seguridad una u otra cosa, prefiero pensar que la gente sabe lo que se hace y que prefiere que la traten con respeto, valorando a quienes les proponen cosas con un mínimo de honradez intelectual. No teniendo pruebas en sentido contrario, ¿por qué no actuar como si las cosas fueran así?

Por este mismo motivo, claro, también tengo en cierta consideración que los partidos políticos actúen a partir de esa premisa. O, más bien, a los partidos y a los políticos que así lo hacen. O que lo hacen un poquito.
Sí, en efecto, lo han adivinado: la pre-campaña, la campaña y el debate del lunes no es que me entusiasmen, precisamente.


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04/02/2008: Goyas 2008

La soledad

No podía elegir mejor película la Academia del Cine como merecedora de las principales categorías de los premios Goya en este 2008. Por dos motivos. El primero es que La soledad es una excelente película de Jaume Rosales que narra la vida en paralelo de dos personajes y sus respectivas familias sometidas a tensiones propias de la vida cotidiana (la decisión sobre la venta de un piso entre varios hermanos, por ejemplo) y a alteraciones graves de acontecimientos extraordinarios (el atentado terrorista en el autobús). Es una película tan personal y peculiar que no parece española ni en el reparto. El segundo motivo es más metafórico y alude a la sensación de soledad que alberga el cine español, repetida hasta la saciedad como discurso victimista por sus representantes. Las cifras de pérdidas de espectadores en 2007 son perfectas para que la Academia entone ese discurso entre lastimoso por la situación y de regañina hacia los espectadores que son tontos porque no defienden la cultura propia.

Discurso que ha quedado resumido en el manifiesto con ínfulas poéticas leído en la ceremonia por la presidenta de la Academia, Ángeles González-Sinde. Con su tirón de orejas adornado de incomprensibles metáforas en que quería decir que las nuevas tecnologías se van a cargar nuestro legado cultural, uno no sabe ya si González-Sinde hablaba en nombre de la Academia o de la SGAE. Pero una pregunta más surgía según brotaban las palabras de su boca: ¿cómo puede escribir un discurso tan malo alguien cuyo oficio es el de guionista? Mal construido, peor argumentado y cargado de retoricismos, tras leerlo casi ha tenido que susurrarle al público, “que ya he acabado, aplaudan, aplaudan”. La que fuera guionista de la serie Cuéntame, es decir, de uno de los productos más falsos y manipuladores de nuestra (?) industria (?) audiovisual (?), no sabe hacer la o con un canuto. Y cuando en entrevistas publicadas en los medios de comunicación este pasado fin de semana, le preguntaban si tenía la Academia alguna idea para cambiar las pautas del modelo de negocio en un contexto cambiante, respondía algo así como que si no tenían ideas ni los americanos, cómo las íbamos a tener nosotros. En definitiva, en vez de  un gestor, la Academia tiene un busto parlante (que no pensante) que sigue la trayectoria de Aitana Sánchez-Gijón, aquella actriz que, como presidenta de la Academia, decía que lo que había que conseguir era que se hablase en los telediarios más de cine que de fútbol. Y con ese ideario se quedaba tan ancha. Pues ahora igual, o peor.

En toda esta sinrazón, lo mejor que pueden hacer los actores es lo que ha hecho Alfredo Landa al recibir el Goya honorífico por toda su carrera: callar. Bien es cierto que Landa no ha articulado palabra por la emoción de verse aplaudido por los compañeros de una profesión tan cainita. Vamos, tanto que aquí, en España, ni se disimula. En Hollywood hay de todo, pero a la hora de salir todos en la foto, dejan sus rencillas aparte y dicen lo maravillosos que son todos. En España, no. Para qué. Aquí Landa se pelea con Garci y lo airea a los cuatro vientos. Almodóvar se pelea con todo el mundo (o todo el mundo se pelea con Almodóvar) y las cosas no se arreglan. En definitiva: los americanos tienen muy claro que tienen que guardar las formas porque son una industria. Aquí, en cambio, si pudieran se escupirían. Pero, a lo que íbamos. Que Landa se ha quedado mudo de la emoción. El actor que ha hecho del cabreo y la antipatía (tanto personal como profesional) una marca actoral (creando escuela en actores como Antonio Resines) no ha podido articular palabra. ¿Por las palabras de González-Sinde? Pues no parece, porque no había quien entendiera el discursito de marras.

Con todo, y dejando de lado estas chiquilladas, hay que reconocer que la 22 edición de los premios Goya ha estado bien. En primer lugar, por el presentador, José Corbacho, que ha hecho lo que hay que hacer: tomárselo todo con sentido del humor, desde el desencuentro con Almodóvar hasta la cara de pocos amigos que ha puesto Carlos Larrañaga cuando se ha quedado sin estatuilla. En segundo lugar, porque los Goya a la mejor película y director han sido para La soledad, lo que hará que se reponga en algunos cines, porque, la verdad, la película estuvo en cartel menos de lo que dura un suspiro. El orfanato también ha ganado estatuillas, pero al menos no ha sido un escandalazo: los premios justos, porque la película ha dado muchísimo dinero, pero sin pasarse, que tampoco es un film del otro jueves. Algún premio también para Las trece rosas, y algún detalle curioso, como ver a la pesada de Médicos sin Fronteras soltando el típico rollazo ONG-solidaridad-paz en el mundo, y sin enterarse de que ella no era el centro del mundo y que los discursos tenían que ser breves. Y todo porque habían premiado un documental sobre conflictos olvidados. Anda que si le dan un Óscar, la que arma. Y en tercer lugar, porque la ceremonia se ha emitido con un retraso de media hora. Y ya va bien, que se aprenda a abreviar, que por fin hemos llegado a unos Goyas que han durado menos de 3 horas. Es de agradecer, la verdad.

Es curioso que, cuando peor está el cine español, es cuando se ha organizado la mejor ceremonia de los Goya. Atrás quedan esos tostones de horas y horas de entregas de premios hechas en plan somos-rolleros-y-aburridos-porque-no-somos-como-los-yanquis. Hasta el breve recuerdo a Fernán Gómez ha resultado comedido, sincero y agradable. Al final, las ceremonias de los Goya serán agradables de ver y todo. Aunque no haya películas que premiar. Eso sí, que pongan a alguien inteligente al frente de la Academia, que seguro que hay gente válida.


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