El fallecimiento de Fernando Fernán-Gómez nos hace enfrentarnos a uno de los artistas más singulares y complejos de la cultura española, y uno de los más incomprendidos, tal vez por poseer una extensísima obra en los más diversos frentes culturales, desde el cine a la literatura, pasando por el teatro o la televisión. Es cierto que Fernán-Gómez recibió muchos premios y homenajes en vida, si bien su figura artística adoleció de un cierto descuido dada su continua presencia en el cine y la televisión, merced a una infatigable trayectoria. En su caso, su continua presencia en los medios le perjudicó a la hora de ser tomado totalmente en serio. Este cierto distanciamiento hacia lo que representa Fernán-Gómez quedó establecido de una manera muy clara cuando los medios de comunicación se burlaron hasta la saciedad de su persona, a cuenta de unas imágenes en que el fallecido artista le espetaba un sonoro “¡A la mierda!” a un pesado caza-autógrafos. Así se la gastan los medios de comunicación, incapaces de hacer un perfil mínimamente serio de uno de los cineastas más importantes de nuestro cine, y muy hábiles a la hora de la categorización simplona, falsa y burlesca.
La muerte de Fernán-Gómez nos deja, en primer lugar, un poso sentimental, puesto que, lo queramos o no, es una personalidad que nos ha ido acompañando en las vicisitudes del proyecto de creación de una identidad cultural desde los siniestros años del tardofranquismo. Fernán-Gómez ha sido, por ejemplo, el mejor Quijote que hemos visto (bueno, que hemos oído), ya que su voz en la serie de dibujos animados sobraba para que le identificásemos con el personaje cervantino, por encima de otras representaciones como la de Fernando Rey. Pero también ha sido el que, en una posición de outsider, ha llevado a cabo el proyecto más decidido de recuperación cultural de la tradición española, desde unos ejes de modernidad.
Como su obra es mucho más extensa de lo que podemos reflejar aquí, únicamente señalaremos unos poquísimos ejemplos de lo que indicamos. En primer lugar, su carrera de actor cinematográfico, tal vez su vertiente más conocida. Actor en más de doscientas películas, su presencia es muy poderosa en una serie de películas de un determinado cine de autor español en el que destaca El espíritu de la colmena (1973), de Víctor Erice. Este film abre un camino todavía inexplorado en el cine español, como es el de la reflexión de los aspectos más controvertidos de la política y la sociedad española desde una perspectiva de análisis que reivindica un lenguaje cinematográfico propio para que este análisis tenga validez. El personaje de Fernando en la película es un científico republicano atrapado en el silencioso y opresivo mundo de los primeros años del franquismo que, al final, y tras contemplar el viaje iniciático de su hija, planteará una ruptura de esta monotonía hacia el conocimiento, hacia la salida de la colmena en la que se encuentra encerrado. La participación de Fernán-Gómez en la cinta de Erice le confiere a la película un significado añadido, puesto que el propio actor apostaría con su obra por esta salida del ensimismamiento de la cultura española. Su participación en un buen puñado de películas que constituyen un apartado singular en el cine español (El anacoreta o Gulliver, por ejemplo) dan fe de ello.
Es también en los últimos años del franquismo cuando Fernán-Gómez ofrece otro de sus productos más singulares, en este caso como realizador televisivo. Se trata de la serie El pícaro, protagonizada por él mismo y que adapta textos clásicos de la novela picaresca para relatarnos las aventuras de Lucas Trapaza, un pícaro ya entrado en años que vaga por los diversos caminos y villas de la España del siglo XVII. La serie, vista hoy en día, queda como una propuesta arriesgada e interesantísima de lo que pudo haber sido la televisión en nuestro país. En un momento en que diversos directores europeos experimentaban con las posibilidades del medio (Fassbinder, por poner un caso), Fernán-Gómez recurría a la tradición clásica de la picaresca no sólo para hacer una oportuna reflexión sobre el momento de decadencia moral que suponía el franquismo, sino también para trazar un modelo de programa televisivo útil en su relación con el espectador.
Por último, si hay una vertiente de la carrera de Fernán-Gómez tan importante como necesitada de un análisis global, ésa es la de cineasta. Con una trayectoria que va desde su singularidad en el Nuevo Cine Español (El extraño viaje, 1964) hasta la reflexión sobre el oficio del cómico y el actor (El viaje a ninguna parte, 1986, Lázaro de Tormes, 2001), su carrera abarca una serie de títulos excepcionales que constituyen en todo momento agudos contrapuntos a las sucesivas modas cinematográficas del momento. Una de las películas que mejor representa su vocación de artista que abre continuamente nuevos caminos expresivos partiendo de la tradición es una de sus obras más olvidadas: Pesadilla para un rico (1996). En ella, Fernán-Gómez rescataba una historia de Luis Alcoriza para construir una historia que jugaba con los mecanismos del humor propios de la cultura española, sin caer en la chabacanería ni en las pretensiones de comedia de altos vuelos.
Hay, evidentemente, muchos más Fernán-Gómez. Un artista que se mueve en todo momento entre la condición maldita de sus propuestas arriesgadas y el reconocimiento oficial de una trayectoria que nunca dejó de pensar en cuál era el sitio del actor, del cómico (así es como se define él mismo en su autobiografía, El tiempo amarillo) en un país que se encuentra en una constante encrucijada. Sin duda, su obra es una de las propuestas más fértiles que ha ofrecido un artista en el siglo XX. Porque muchos de los caminos se encuentran ya planteados en la producción de un artista único, singular y admirable.
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Hemos celebrado la salida de madre del Rey como el duodécimo gol a Malta y ahora tenemos que estar alrededor de cuatro meses comentando la jugada. Es ley de vida. Y yo no quiero interrumpir tan atractivo debate infinito, pero sí me voy a permitir el lujo, voy a tener la osadía, de darle al lector un codazo flojito, cogerle con los dedos suavemente del brazo y susurrarle al oído: tron, mira ¿tú has visto cómo está Italia?
Italia es el país que inventó España. Es nuestra Madre Patria. Es posible que España existiera ya de antes, de antes del Big Bang incluso. Quién tiene datos para asegurar que la pelota esa de materia no era España. Nadie. Luego si puede ser que fuera y puede que no fuera: la materia del Big Bang era España con un 50% de probabilidades. Puede que España ya estuviera ahí, pero como la electricidad, que tuvo que llegar Benjamín Franko a registrarla en la SGAE. Los italianos llegaron a la península, la pusieron nombre, la rompieron en unos cuantos trozos para que albergara la esencia de su ser, la ruptura inconclusa, y la soltaron para que tirase metros hacia su Destino Universal -¿romperse definitivamente? No sin antes comprobar que la fuerza con la que los aborígenes se resistieron a la invasión era igual a la que que posteriormente tuvieron que emplear ellos para quitárselos de encima a los muy fanáticos imperialistas salidos de aquí una vez romanizado el patio.
Pero, oiga, ¿qué es eso de ser italiano? Porque ser español ya sabemos lo que es. Ser bajito, con bigote, que te provoca y tiende la mano a la vez como si fueras gilipollas, que te chulea, que se llama José Luis… ¿pero italiano? ¿Qué clase de gente tuvo arrestos para inventarnos a nosotros? ¿un científico chiflado? ¿un artista de vanguardia que hace esculturas de heces humanas con las manos desnudas?
Son preguntas muy difíciles de contestar. Cada uno debe llegar a sus propias conclusiones. Para ello lo mejor es que LPD narre con escrupulosa objetividad la esencia de un pueblo: su actualidad. Pasemos, pues, a enumerar los acontecimientos más importantes ocurridos en Italia, por ejemplo, los últimos diez días, para no irse muy lejos, con el rigor científico como único guía.
2 de Noviembre: Nicolae Romulus Mailat, de 24 años, gitano rumano, roba, viola y mata a golpes a Giovanna Reggiani, de 47, mujer de un oficial de la Marina. Antes de fallecer, la mujer está en coma unos días. El tiempo suficiente para que se genere un pelotazo mediático. Al final muere. Italia se escandaliza. Al Gobierno, de centro-izquierda, con el periódico en la mano, se le ocurre hacer un decreto ley por el cual los extranjeros “peligrosos para la sociedad” serán expulsados del país. En esta categoría jurídica se encuentran todos los nacidos fuera de Italia, aunque sean de la UE, con antecedentes penales y los que carezcan de medios de subsistencia. Quién juzgará los medios de cada uno: la policía. In situ. Se empiezan a derribar poblados chabolistas. Berlusconi critica el decreto: debería prohibírseles la entrada en el país a los rumanos. Gianfranco Fini se conforma con echar sólo a 250.000. Según el texto, a los que se largue y vuelvan les esperan tres años de cárcel. Cabe la posibilidad de que se enchirone a gente cuyo delito sea no tener recursos. En Rumanía no reciben las noticias con enojo. El violador era un gitano. Es como si Farruquito hubiera ejecutado su danza en Noruega. Qué explicación les daríamos desde aquí: pues algo parecido a lo que dijo el ministro de Exteriores rumano en la televisión de su país, “Dadme un trozo de desierto en alguna parte para deportarlos”. La UE advierte a Italia de que no puede llevar a cabo expulsiones masivas. Prodi se reúne con su homólogo rumano, Tariceanu. Pactan un aquí paz y después gloria, más policías rumanos en Italia y borradores para las repatriaciones. De forma conjunta, escriben una carta a Durao Barroso para trasladarle la responsabilidad de la populachada que Prodi ha protagonizado esos días. Que se espabile, que la UE no da respuesta “a los problemas reales”, que “no está a la altura”. El pobre Barroso, portugués temeroso de Dios que ve una hoja moverse por el viento en el campo y corre aterrorizado pensando que viene Satanás a por él, rompe a llorar, se encierra y no quiere salir del váter. Ayer la cosa se culmina cuando los fascistas rumanos abandonan el grupo parlamentario de extrema derecha en el Parlamento Europeo y dejan tirada a Alexandra Mussolini, nieta del co-democratizador de España y modelo erótica.
6 de Noviembre. Oliviero Diliberto, líder del Partido de los Comunistas Italianos, dice (de coña) que si los rusos no quieren la momia de Lenin, que se la trae él para Roma sin problemas. Estaba en Rusia, en el 90 Aniversario de la Revolución de Octubre. Cuando se enteran en casa, el jefe del grupo de los democristianos de la UDC en la Cámara de Diputados, Luca Volonté, sugiere que, en todo caso, se lleve la momia a “su casa o a la sede de su partido” y apunta que la idea del líder comunista podía ser “sólo una broma, quizás debido al frío polar y corroborada con algún vasito de vodka local”. Diliberto contesta desde Moscú: “sólo un juerguista como Volonté podía imaginar que hubiera sido una propuesta seria”. Aparece entonces Maurizio Gasparri, de la derechista Alianza Nacional. Comenta que la posibilidad del traslado podría hacerse “sólo con la condición de que Rusia se quede a cambio con Diliberto. No estamos abiertos a otras hipótesis” -apostilla. Culmina el intercambio de declaraciones el senador de la federalista Liga Norte, Ettore Pirovano, que considera que en el Senado -donde hay un grupo de senadores vitalicios que superan los 80 años- la momia de Lenin “estaría en óptima compañía”.
7 de Noviembre. La policía detiene a Salvatore Lo Piccolo. Veinticinco años prófugo de la justicia llevaba el hombre. Es el heredero de Bernardo Provenzano, jefe de jefes de la Cosa Nostra. La prensa habla de “el último padrino”. En su maletín, el “decálogo del perfecto mafioso” (!), los derechos y deberes para formar parte de la Cosa Nostra. Unos diez mandamientos que “siempre llevaba consigo” (!!) Ni Moisés. Escrito a máquina y en mayúsculas, con el escueto y preciso título de “Derechos y deberes”, el código de honor famoso: El primer mandamiento prohíbe “prestar dinero directamente a un amigo” y aconseja, si es necesario, hacerlo a través de un tercero; el segundo coincide con los mandamientos para los católicos, “no se miran a las mujeres de nuestros amigos”;el tercero prohíbe cualquier tipo de relación con la Policía; cuarto, el verdadero “hombre de honor” tampoco se deja ver por tabernas; quinto, tiene que estar disponible en cualquier momento, incluso, “si su mujer está a punto de parir” (!!!); sexto, “puntualidad”; séptimo, “el respeto a la esposa”; octavo, “decir la verdad” a cualquier pregunta y en cualquier situación (?); noveno, se puede matar, extorsionar, traficar, pero nunca “robar el dinero de otras personas o de otros clanes mafiosos”; décimo, no pueden entrar en la Cosa Nostra “familiares de policías” o quien ha “traicionado sentimentalmente” a la mujer (!!!!).
8 de Noviembre. El obispo de Locri, Giancarlo María Bregantini, es el único obispo que ha plantado cara a la Ndrangueta, la mafia calabresa. Los anteriores confraternizaban cordialmente como sólo la Iglesia sabe. Siendo “imparcial”, como en el País Vasco. El Vaticano le nombra arzobispo de Campobasso. Se tiene que ir. Los últimos trece años, todos los días, el prelado, de 59 años, pidió a los capos y clanes mafiosos que abandonaran la criminalidad organizada y “regresaran a Dios de manera valerosa y pidiendo perdón”. Los intelectuales calabreses Domenico Cersosimo, Piero Fantozzi y Vito Teti, califican la decisión de “sobrecogedora”. Recogida de firmas. Protestas de los feligreses. La decisión es irrevocable. La mafia calabresa controla la importación de cocaína hacia Europa y factura al año un mínimo de 400 millones de euros. El papa Benedicto XVI declara días después que en Italia, aunque el bienestar económico ha crecido, aún no han desaparecido “las bolsas de pobreza” y que en la actualidad como en el pasado “hay aún mucho que hacer en el campo de la solidaridad”. El Papa dice a los fieles: “En la estación de grandes cambios que estamos atravesando, la Iglesia en Italia os necesita también a vosotros, queridos amigos, para hacer llegar el anuncio del Evangelio de la caridad a todos, recorriendo caminos antiguos y nuevos”.
9 de Noviembre. El Senado italiano (donde iban a alojar la momia de Lenin) aprueba la reducción del número de ministros, de los 24 actuales a 12. La medida, aprobada por 160 votos a favor y 155 en contra, prevé también que el Gobierno no pueda estar compuesto por más de 60 personas, incluidos viceministros y secretarios de Estado. Los elevados costes de la política en Italia han sido tema de debate y polémica en el país, sobre todo tras la publicación de un libro “La Casta”, en el que se ilustran muchos despilfarros. El Consejo de Ministros se ha mostrado además a favor de una reducción del número de parlamentarios y en septiembre aprobó una declaración en ese sentido. El número de diputados pasaría de 630 a 450 y el de senadores de 315 a 200, a partir igualmente de la próxima legislatura.
9 de Noviembre. Un urólogo defiende a su hijo ante los periodistas. Es el padre de Rafaele Sollecito, novio de la estudiante estadounidense, Amanda Knox, que según la versión policial podrían haberse cargado a su compañera de piso, una Erasmus británica, Meredith Kercher, degollándola con un cortaplumas, por no querer participar en una orgía con ellos. Las pistas las dan las entradas de los blogs que ambos tenían en myspace. Sollecito había escrito recientemente que quería probar “emociones fuertes”. Su novia fantaseaba con relatos sobre ser stalker de violaciones múltiples.
11 de Noviembre. Tras el derby entre Napoles y Palermo, clásico del Sur, Camorra frente a Cosa Nostra, que transcurre como la seda, un remanso de paz, un policía mata “accidentalmente” a un hincha del Lazio en la Italia civilizada cuando iba camino de Milan. En Italia, según cuenta Enric González en El País, los tifosi odian más a la policía que a los grupos rivales. Los “ultras” del Atalanta, con lanzamientos de bengalas y roturas de una zona de las vallas de protección que separa las gradas del terreno de juego, obligan a parar, en el intento de una definitiva suspensión, el partido liguero que su equipo está disputando en casa ante el Milán. Un millar de seguidores del Inter de Milán y del Lazio se manifiestan por las calles de Milán y apedrean una comisaría. Doscientos seguidores de la Roma asaltan uno de los cuarteles que alberga al sector móvil de la policía en la capital italiana. También asaltan la sede del Comité Nacional Olímpico Italiano (CONI).
12 de Noviembre. En Caronia, un pueblo siciliano, hace dos años hubo una serie de incendios espontáneos que nadie sabía por qué se producían. Se barajaron todo tipo de hipótesis y no pocos curas señalaron que se trataba de Satán. Mientras, el pueblo exigía que les enviasen un exorcista y algunos se quejaban de lo injusto de haber pagado entre todos los vecinos las obras de la ermita y que ahora Dios les enviase fuego. Los doscientos habitantes del pueblo fueron evacuados. Un grupo de expertos trató de averiguar qué había pasado. Hasta había un técnico de la NASA. Las conclusiones del estudio se han filtrado a la prensa. La causa fueron… los ovnis. Francesco Mantegna, director de Protección Civil de Sicilia y coordinador del informe, ha tenido que explicar que eso no quiere decir que “hombrecillos verdes llegaran de Marte a prenderle fuego al pueblo”, sino que podría tratarse de “un arma secreta en pruebas”. Da igual. Ya es el hazmerreír de la Bota.
Y esto es todo. Diez días en la actualidad de nuestra Madre Patria. Cómo competir con ellos. Es imposible. Sólo tenemos un factor a nuestro favor, un arma secreta: Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, “Juancar”, nació en Roma.
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Las cumbres entre España, Portugal (porque los portugueses van, ¿no?, vamos, que está más o menos claro que a nadie le importa demasiado si es así o no, pero es por disimular un poco) y nuestras antiguas colonias americanas son una bella ocasión para el reencuentro, para rebozarnos de españolidad, para comer y beber como Dios manda (los del G-8, en cambio, tienen menús poco contundentes), para montar francachelas con amiguetes y compañeros de correrías varios y para hacer negocios o patrocinar a compañías de tu propio país en su legítimo derecho por abrirse paso en sectores regulados por otros gobiernos. Como es evidente, todos ellos son motivos de peso para que las cumbres en cuestión tengan muy buena prensa.
El tópico dice que España es vista con mucha simpatía en Latinoamérica, que los nativos nos tienen en alta estima porque, a fin de cuentas, somos la Madre Patria, compartimos lengua, religión y cultura y, ¡qué caray!, nos sentimos reconocidos los unos en los otros. Los medios de comunicación, además, aseguran periódicamente que las empresas españolas que han cruzado el charco para ofrecer sus servicios de telefonía, agua, energía o autopistas, por mencionar sólo algunos ejemplos, a los sudamericanos lo hacen incluso, en ocasiones, con un nivel de servicio y respeto al cliente semejante al que les acompaña en su actividad en la península (juzguen por sí mismos cuán contentos andarán). Por último, como es sabido, una de las muchas ventajas que supone tener un Rey (también conocido como “señor Rey”) como Jefe del Estado, además de ahorrarnos molestos trámites democráticos que, como es consustancial a España, nada bueno podrían traer, es que su buen hacer y su permanencia en el cargo le permite tejer unas relaciones privilegiadas con las diversas satrapías con droit de cité reconocido en el orbe, como pueda ser la dinastía saudita o nuestro querido “sobrino” marroquí pero también, como la historia demuestra, con los gobernantes latinoamericanos, incluso en el caso de que sean elegidos democráticamente. Así de bueno es el Rey, así de majo y simpático, sí, pero también eficaz. Y no crean, que sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, aplicadamente, se han esforzado en preservar este legado y, como es bien sabido, gracias a ello nuestros lazos con Latinoamérica y sus elites dirigentes son fenomenales y cada día mejores.
Sobre lo que ya no hay tanto acuerdo, pero bueno, para algo somos españoles, en algo se tiene que notar, es respecto de si la recia política de José María Ánsar, en su gallarda maniobra de postrarse a los pies del Emperador a la velocidad del rayo y a continuación emplear el látigo con los “países amigos” de América a poco que se salieran de madre fue buena o mala para defender esa entelequia llamada “intereses españoles”. Hugo Chávez, con golpe de Estado y todo, fue el que más disfrutó de las caricias de la nueva diplomacia española, algo por lo que el tipo parece bastante resentido. Así es la ingratitud humana, siempre presente para con España y su grandeza, como Santiago y cualquier español de bien, a estas alturas, esperemos que hayan aprendido y comprendido definitivamente. Digámoslo claro, Hugo Chávez no sabe aguantar ni siquiera una broma de nada. Es culpa suya. Y un dictadorzuelo, porque el apoyo popular expresado masivamente en las urnas, como bien podemos explicar a los marroquíes o a los argelinos, por no hablar de los turcos o como nos pongamos tontos de los mexicanos o de los estadounidenses, no ha de confundirse con la democracia. Ahora bien, existiendo un amplio consenso sobre la execrabilidad del Presidente de Venezuela, extensible en los medios de comunicación españoles a los que le votan, la cuestión es si la mejor política para afrontar estas realidades es la de Su Ansaridad o, por el contrario, alguna alternativa más, por emplear la terminología del gurú, “simpática”. Pero miren, sobre esto no nos vamos a pronunciar. Ustedes mismos.
Por otra parte, sobre nuestro Jefe del Estado y su exhibición del sábado, a la vista de cómo se las gasta la Fiscalía, también nos da algo de miedo hacer una valoración sincera. En cualquier caso, podemos constatar la unanimidad con la que los medios de comunicación españoles han jaleado su tabernaria (¡y tan hermosamente española!) intervención en la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno (que, por cierto, por mucho que se empeñen, ni los mismos sudamericanos pueden evitar que supure españolidad por todos sus poros, con esas tertulias con gente interrumpiéndose, pegando gritos, faltándose socarronamente y, si se ponen las cosas bien, llevándose el Scatergoris). Las loas que ha recibido desde todas partes (siempre y cuando no crucemos los Pirineos) ensalzan la virilidad del Monarca, la oportunidad de su gesto, los beneficios que para la imagen y los intereses de nuestro país conllevará y, muy especialmente, realzan la competencia y tino que nuestro Jefe del Estado ha demostrado una vez más en el ejercicio de sus funciones.
Como esta unánime valoración interna se combina con un absoluto rechazo, mezclado con perplejidad, por parte de toda la prensa iberoamericana, así como con una visión de nuestro Jefe del Estado en los medios europeos cada día más parecida a la que se tenía de Borís Yeltsin y sus pellizcos a toda secretaria que se pusiera a tiro, podemos extraer ya dos explicaciones alternativas:
- En España andamos todos acojonados ante la perspectiva de que la Fiscalía nos pille en un renuncio osando expresar alguna crítica a Su Campechanidad.
- La valoración que nuestra opinión publicada tiene de lo que es una actuación diplomática sensata difiere sustancialmente de lo que opinan los sudamericanos (lo que tiene cierta importancia, dado que son ellos los afortunados receptores de nuestros desvelos), pero también de lo que es común en las naciones desarrolladas de nuestro entorno, supuestamente neutrales en todo este asunto.
Ahora bien, eso de que son “neutrales” es generoso. Lo que son, sobre todo, es extranjeros y, por definición, envidiosos de España y de su grandeza. Desde este fin de semana, también, de nuestro Jefe del Estado. Así que, cómo no, en homenaje a nuestro Fiscal General del Estado, LPD quiere unirse entusiásticamente a las alabanzas a la actuación de nuestro Señor Rey. Dios lo guarde muchos años y nosotros que lo veamos.
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Se ha acabado la legislatura. Definitivamente. Parece ser que el 9 de marzo de 2008 habrá elecciones. El Congreso dedicará los 50 días de trabajo que le quedan por delante para aprobar bastantes leyes, pero todas ellas están ya políticamente amortizadas, resta sólo confirmar que serán votadas por una mayoría suficiente (lo que parece, incluyendo a los Presupuestos para 2008, más o menos ya conseguido). Los partidos políticos, y especialmente el PP y el PSOE, llevan ya varios meses engrasando sus maquinarias electorales, pero es a partir de ahora cuando de verdad comienza a todos los efectos la precampaña. Y la actividad política española pasa, desde ya, a girar única y exclusivamente en torno a las elecciones de 2008. Vamos, que la legislatura se ha acabado. Sin embargo, no se notan demasiadas diferencias, dado que la presente legislatura adolecía de un pecado original que la ha condenado a ser una constante representación de campaña. No es que ahora, por la proximidad de las elecciones, ciertos acuerdos o pactos, la defensa de ciertas posiciones, sea inconcebible. Es que, desgraciadamente, lo ha sido durante los últimos años, desde el mismo día 15 de marzo.
Por este motivo puede decirse ya que, desde muchos puntos de vista, han sido cuatro años perdidos. La más acabada prueba de ello es que, de alguna manera, las elecciones de 2008 son una especie de segunda vuelta de las de 2004. Los atentados del 11-M y la muy particular gestión de los mismos que realizó el PP en esos días todavía en el poder, empleándolos como la más acabada prueba de que el gran asunto español era ETA, su vocación sanguinaria, la necesidad de combatirla con fiereza y, muy especialmente, la importancia de denunciar como cómplices de sus actos a todo el nacionalismo periférico (y de paso a sus aliados coyunturales, desde el PSC al PSOE) iniciaron la legislatura. La discusión a cuenta de la sentencia, que ha hallado responsables de la misma a personas vinculadas a movimientos islamistas radicales descartando radicalmente la participación o colaboración de ETA, cierra definitivamente cuatro años dedicados a perder el tiempo en esta miserable discusión con un hermoso colofón de lo más simbólico. Estamos, al final, exactamente como al principio.
Las elecciones de 2004 fueron un asunto desgraciado. Obviamente, no hay ningún motivo para dejar de votar por el hecho de que haya un atentado o de que ocurra cualquier otra desgracia, por grande que sea (siempre, claro, dentro de una magnitud que permita a la gente, al menos, votar con libertad y seguridad). Pero no es sano que unas elecciones ocurran en una situación como la que siguió al 11-M. No por el atentado. Por otras cosas. Por tener a un Presidente del Gobierno llamando a los medios de comunicación españoles (que le hicieron caso todos a una) e internacionales (que, lógicamente, no) para leerles la cartilla.
Por haber asistido al espectáculo de que el Gobierno en pleno saliera a cargar con la responsabilidad del atentado, más allá de toda prudencia pero, sobre todo, haciendo caso omiso de las crecientes evidencias en sentido contrario, a quienes mejor convenía desde su trinchera política y desde el discurso a partir del cual habían pretendido plantear la campaña electoral. Por haber sido convocados, como ciudadanos, por el Gobierno, a manifestarnos no tanto para expresar nuestra repulsa como para condenar a quienes, desde legítimas opciones democráticas, planteaban la conveniencia de ciertas reformas constitucionales respecto de la organización territorial del Estado. Por haber sido tachada una parte crecientemente amplia de la población (a medida que la información de los medios internacionales se filtraba en España, así como a cuenta de la evolución del trabajo policial, radicalmente imposible de cohonestar con la obsesión política de cargarle a ETA los muertos) de “miserables” por simplemente dudar de la versión oficial que, a la postre, resultó una impresentable engañifa. Por leer a pocas horas de la apertura de las urnas a un candidato a Presidente del Gobierno asegurar a los ciudadanos que sí, que había sido ETA, en manifestaciones tan desacertadas en su contenido como inoportunas a la luz de la que ha sido siempre nuestra tradición en materia de prudencia electoral durante las jornadas de elecciones o de reflexión.
Por todo ello, la verdad, era de prever que las elecciones del 14 de marzo de 2004 iban a ser algo más bien desafortunado. Así, con acontecimientos de tal gravedad democrática y que se suceden con tamaña rapidez, es muy complicado votar. Y aunque los resultados supusieron la más fuerte depuración política de responsabilidades de quienes se embarcaron en semejante dislate, las cosas no mejoraron. Estos resultados permitieron, sí, cumplir con esa función, lo que facilitó cerrar la que habría sido una dolorosísima exigencia de responsabilidades a quienes, voluntariamente o por incompetencia, se liaron la manta etarra a la cabeza. Pero a costa de cumplir tal función era evidente que iban a quedar deslegitimados desde el primer día. Votar en estado de shock como consecuencia de estar viviendo los sucesos más delirantes que la democracia española ha tenido que vivir, con todo un Gobierno empecinado en hacer tragar a la ciudadanía, siquiera fuera hasta el día 14 de marzo, una sucesión de mentiras de antología no es la mejor de las situaciones. Porque, de alguna manera, acaba provocando que toda la discusión política posterior se centre en determinar si, en efecto, tal castigo fue acertado o injusto. Y desplaza cualquier debate político de otro signo. Con el agaravante de que la inmediatez del juicio del 14-M permite a todos albergar la esperanza de que, con el follón más reposado, las cosas habrían sido diferentes.
Así hemos pasado cuatro años que, en realidad, no han servido sino para dejarnos en el mismo punto de partida. La gente del PP, incluso sus miembros más responsables, tiene la sensación de que perdieron el poder de manera injusta, pues los ciudadanos no votaron sino el rechazo a lo que ocurrió esos días. Así que, desde el mismo día en que se conocieron los resultados, ha crecido una larvada oposición al reconocimiento mismo de la legitimidad de la actual mayoría. Y, de esta forma, el clima político durante toda la legislatura ha sido sencillamente irrespirable, con un Gobierno tratando de ir capeando el temporal y una oposición obsesionada con vindicar el papel de los suyos esos aciagos días de marzo.
Obviamente, la legislatura ha servido para mucho, al menos desde la óptica de la actual mayoría: han aprobado muchas leyes (todas ellas, además, sin apenas problemas para articular amplias mayorías) algunas de las cuales tienen una importancia indudable y han avanzado enormemente en la puesta en marcha de medidas de todo orden de las comprometidas en su programa electoral. Pero ha sido a costa de un desgaste institucional y ciudadano, de una fractura social y política, verdaderamente nefasta e incomprensible en tiempos de bonanza y tranquilidad. Los numerosos puentes rotos, los consensos destrozados, las instituciones estatales utilizadas como campos de batalla e incluso la destrucción hasta cierto punto de la convivencia ciudadana pacífica entre quienes pensamos de forma diferente son el legado de estos cuatro años, como consecuencia de que, entre todos, no supimos cerrar bien lo ocurrido en marzo de 2004.
Cuatro años después, al fin, los ciudadanos vamos a poder votar. En lo que todos, PP y PSOE, van a plantear como la segunda vuelta de las elecciones del 14-M. Unos comicios donde, inevitablemente, de algún modo, va a ser difícil sustraerse a esa lógica, con una clase política que pide a la ciudadanía que confirme o desmienta el juicio político que sobre la gestión del Gobierno de Aznar en esa crisis (avalada por cuatro años de liderazgo de Rajoy en el PP, dedicados esencialmente a defender que nada hay que objetar respecto a lo que si hizo en esos días) ya hicimos el 14 de marzo de 2004. Es una pena, una desgracia. Una más. Un ejemplo adicional del lamentable contexto político en que se ha desenvuelto esta legislatura desde el primer día. Cada cual, más o menos, tenemos claro quién es responsable (o más responsable) de que así haya sido. Al fin, en unos meses, podremos dejarlo claro. Y al fin, si gana de nuevo las elecciones el partido socialista de Rodríguez Zapatero, podremos aspirar a la normalización del debate político mientras gobierne ZP. Del mismo modo como, sin duda, un Gobierno encabezado por Rajoy salido del las urnas en marzo de 2008 podría, también, disfrutar de un clima político normalizado.
La verdad, ya era hora. Por fin nos libraremos del nefasto contexto en que vivimos desde las elecciones de 2004, no por ellas en sí mismas ni por sus resultados, sino por haberse celebardo en un entorno de ejercicio de irresponsabilidad política gravísima que ha sido imposible borrar, a la vista está, a lo largo de toda la legislatura. Bienvenida sea, pues, la segunda vuelta de las elecciones de marzo de 2004. Aunque uno hubiera preferido, ya puestos, que ésta hubiera tenido lugar en mayo o junio de ese mismo año, por poner un ejemplo, nunca es tarde si la dicha es buena.
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Querido Alonsito,
Tal vez en estos momentos te encuentres un tanto confuso. No en vano, hace unos días salió por fin a la luz la sentencia del juicio del 11-M, y se ha propalado por ahí la especie de que las hipótesis alternativas y los agujeros negros de la investigación han quedado totalmente deslegitimados. La “Teoría de la conspiración”, vienen a decir, ha muerto.
Nada más lejos de la realidad. Lo que ha ocurrido en realidad es mucho más sencillo. Verás, hay una conspiración internacional que intenta destruir España para regalársela a los moros y lo que sobre dárselo a la ETA. En la conspiración han participado los moros, la ETA, el Gobierno, la Policía, el Real Madrid, PRISA y los servicios secretos de Francia y Marruecos. No estamos hablando de cualquier conspiración. Durante tres años hemos logrado sembrar dudas en el buen pueblo español, mostrar bien a las claras que nos estaban intentando vender una milonga que, además, suponía renunciar para siempre a la esencia de lo que es España. Ahora dicen que todo está claro, pero, querido peón, tú y yo sabemos que las cosas están, en realidad, más turbias que nunca:
- En primer lugar, los atentados siguen sin tener autoría intelectual. Qué raro. El atentado más importante de la historia de nuestro País y los perpetradores intelectuales brillan por su ausencia. Porque, Alonsito, perdona que me ría, pero… ¿Alguien se cree que esos piojosos moros son los autores intelectuales de nada? ¡Ja ja ja! ¡Que son moros, joder, Alonsito! ¡Moros!
- En segundo lugar, ahora a todo el mundo le ha entrado mucha prisa por cerrarlo todo, en su afán porque no se sepa la verdad. Como si no supiésemos cómo se hacen los informes y los juicios en España. Pero tú bien lo sabes, ¿no, Alonsito? El otro día oí a la portera de mi casa que decía que le gustaba mucho Gómez Bermúdez, que era como House. Y ya sabes dónde echan House en España, ¿verdad, Alonsito? Sí, exacto. ¡Qué casualidad! En Cuatro, la televisión de PRISA. ¿Y quién propaló la especie de que el Gobierno mentía en plena jornada de reflexión? Sí, Alonsito. PRISA. Por cosas como esta es por lo que nosotros queremos que se continúe investigando, y hasta el final. Por lo que peones como tú sois necesarios. ¿No te hierve la sangre de ver estas cosas, Alonsito? Claro que sí. No en vano, es sangre española.
- Por otra parte, como dice Jaime Ignacio del Burgo, ¿dónde está en la sentencia el rechazo de la participación de ETA en los atentados? Porque lo único que dice la sentencia es que los que defendían dicha hipótesis no aportaban pruebas. ¿Pero no son suficientes pruebas que, “casualmente”, al poco de cambiar el Gobierno gracias al 11M, la ETA declarase una tregua para que los socialistas les regalasen Navarra? Hace una semana estaba volviendo de una de mis conferencias por la M-30 cuando, de repente, vi una Renault Kangoo que trataba de adelantarnos. ¿Y de dónde era la matrícula? Sí, Alonsito. De San Sebastián.
No se es peón negro a tiempo parcial. La conspiración, además de un deber, es una pasión y un sentimiento hondo. No se es peón negro por horas o a tiempo parcial, aunque no siempre estemos pensando en la conspiración (bien es verdad, Alonsito, que lo solemos hacer menos de lo necesario). Las dudas lo impregnan todo, así de poderosas son las pruebas de la conspiración. Si la teoría de la conspiración llegase a estar en peligro, sería tu propia entidad como peón individual la que estaría en riesgo.

