18/10/2007: Abrevie, Lorenzo

Llamó la atención que Lorenzo Milá en “Tengo una pregunta para usted” sacase el genoma fraterno, esa vehemencia satisfecha que raya la pura y llana idiotez, para pedirle al único espectador que estaba tratando de plantear una cuestión mínimamente compleja que abreviase su pregunta a Carod Rovira, todo un animal político, por si no lo conocen, creado por el Doctor José María Aznar.

Por abreviar, la verdad, podría haber abreviado el propio Lorenzo. Para lo que ofreció en su programa, para las preguntas que se seleccionaron y los sujetos que las hicieron, hubiera bastado con un video clip elaborado por el excelente equipo de producción de TVE en el que se encadenasen flashes como: la putrefacción al sol de un burro muerto, un adolescente mirando a los lados para ver si viene alguien mientras toquetea afanoso la vulva de una oveja y se baja la bragueta, un vagabundo desorientado gritándole a las palomas girando sobre si mismo amarrado a un brick de vino y, a modo de conclusión, el plano contrapicado de un anciano abandonado por todos sus familiares en una gasolinera que se adentra en el páramo resignado para morir de inanición. Todo ello con los tradicionales acordes de Ry Cooder de Documentos TV que fueron BSO de una película muy recomendable para ahondar en estas sensaciones estomacales: Paris, Texas.

En un mundo idílico e inalcanzable, soltar a un político en un ruedo para que le pregunten por su rechazo al Estado español en términos balompédicos, como a modo de amenaza para ponerle en un brete por si acaso el hombre tiene un nivel y contesta métase el fútbol por el culo por dios, y tras preguntar ese ciudadano de a pie que sea jaleado y aplaudido por la plebe allí congregada, eso hubiera sido un reallity show y se hubiera llamado Circo Romano.

Es un fracaso del periodismo entendido a la manera idílica e inalcanzable que este hombre no pueda ser entrevistado por profesionales de la información preparados para separar el grano de la paja, pincharle donde hay que pincharle y dejarle que se guste cuando se merece metros. Pero, claro, eso sería un coñazo. Lo suyo es el acuñado en los noventa modelo Pilar Rahola discutiendo con Skin Heads, un cura y Rappel en un “debate”. En cualquier caso, yo poco puedo decir, que llegué a casa soñando con ver un par de capítulos de Sekachu, un culebrón adolescente japonés, y me atrapó traicioneramente el bigote de Rovírez. Por lo que tampoco tengo ni idea de si esto es norma o excepción.

El caso es que este hijo del Cuerpo, por momentos, o por lo que yo vi, no le andaba a la zaga a algunos espectadores. Se equivocó en la cuestión gibraltareña. Sí estrechamos lazos con ellos. Son miles las empresas españolas que sitúan allí su sede social para robarnos a los españoles en general y a los andaluces en particular. Si eso no es fraternidad que venga Dios y lo vea. Luego pronunció País Valenziá, con una zeta castellanoaragonesa que algunos vimos taxis negros con raya roja cruzando el aura a toda velocidad en el metaespacio cosmológico. Y después se resarció con lo del nombre. Gracias al celebérrimo pueblo castellano leonés, que por algún casual, cosas que pasan, sus representantes pensaron que estaban agarrando al sistema por los huevos dirigiéndose a Carod por su nombre traducido al español.

El aroma de los mejores cafés

Pero que los burros rebuznen no es noticia. Lo interesante fueron las afirmaciones de Carod en las que subrayó que él no es nacionalista. Y que el problema del que vive es todo ello culpa del nacionalismo español. Recuerda, por citar un ejemplo cercano en nuestros días, a cuando la Iglesia se opone a la Educación para la Ciudadanía porque es adoctrinadora y enarbola banderas de libertad. Carod, segundos después, con total indulgencia, habló de cultura e historia común con Baleares y Valencia, pero no con los demás. Hay que tragarse que Carod Rovira diga por dos veces que él no es nacionalista. Se le escapó la risa al hacerlo, eso sí, como no podría ser de otra forma. Tampoco está tan loco.

Lo que más se echó de menos en una oportunidad como ésta es que alguno de los titanes congregados Dios sabrá con qué criterio le preguntara al esquerrero por sus declaraciones en La Croqueta de Fran en las que equiparaba el español en Cataluña al turco en Alemania. No hay nada que añadir al respecto desde que el mejor columnista de El Mundo, maestro de periodistas, dictase sentencia.

Del mismo modo, nadie le preguntó a Carod cuándo empieza la Historia. Citó 1713. ¿Por qué? ¿Por qué no antes? ¿Por qué no 1978? ¿Los inmigrantes que fueron a Cataluña no forman ya parte de su historia? ¿Esto no es excluyente? Puigcercós ha dicho hoy que Zapatero dice no al trágala de Ibarretxe por su “nacionalismo español excluyente”. Esto es un desparrame. Pero hay que afrontarlo. La derecha es liberal y todo lo hace por la libertad. Bien. Los nacionalistas periféricos son cosmopolitas agraviados por quienes imponen señas de identidad. Pues nada. Los españoles de izquierda pongámonos la boina roja, el detente bala y levantando una cruz y una Tizona -o botas militares, esvásticas y la cabeza rapada los más jóvenes- expliquémosle al ínclito que salió antes, Duran i Lleida, que las hijas españolas de una mujer marroquí para integrarse en el nacionalismo excluyente español no tienen por qué quitarse el velo si profesan la religión islámica o simplemente les sale de las pelotas llevarlo. Eso sí, haremos lo posible para que en la escuela se las aborregue y someta totalitariamente en los derechos humanos, valores democráticos y ciudadanos en lugar de en plural y moderna doctrina religiosa.

Estaría bien que la gente dejase de discutir estúpidamente las reivindicaciones de los cosmopolitas periféricos y se centrase un poco en tratar de averiguar por qué las hacen. Dónde hunden sus razones las raíces profundas. Será difícil que huyan del término racista o clasista si se pincha en el hueso. Otra cosa es que esas posturas no estén justificadas mínimamente. A mi los vallisoletanos del programa me dieron auténtico y verdadero asco. No es de extrañar que personas que viven en círculos cerrados, ante eso, se abran de patas para albergar secesionismos cosmopolitas y demás comedias anacrónicas ataviadas, esta temporada, en plan drag queen.

Tal vez, alguno debería preguntarse por su responsabilidad al no abrir los telediarios o sus medios de comunicación señalando a los paletos del “José Luís” si algún día quiere llamarle paleto alcarodrovira. Esperemos que no prevalezca aquello que traía El Mundo el día posterior al Desfile de las Fuerzas Armadas, eso de que Rajoy con su video se había identificado con unos símbolos y que, después, al no hacer el Gobierno lo mismo, ya se sabía de qué ralea eran y con qué no se identificaban. En definitiva, peña que un día le da por ducharse cada hora y media y entonces deduce que por esa regla de tres, tú que lo haces sólo por las mañanas una vez al día, te conviertes automáticamente en un cerdo asqueroso antihigiénico. Afíliate a lo que quieras, pero no me describas a mi con tu autoafirmación, si no es molestia.

En otro orden de cosas

También llama la atención que en los reportajes sobre las inundaciones de Calpe, en Alicante, no paren de salir señoras que han perdido su casa y no tienen qué comer, y al ser entrevistadas declaren que van a ver si pueden, de la manera que sea, donde sea posible, conseguir unas bragas.

Recuerden, señoras, mantengan siempre unas bragas limpias al alcance de la mano por si las pilla un coche o cae una maceta en la cabeza. Conserven bolsones con bragas en diferentres puntos de su hogar bien distribuidos por si hay un incendio. En el bolso, en el tacón de la bota, todo lugar es bueno para ocultar unas bragas limpias por si tienes un accidente y, atrapada en el amasijo de hierros del coche con la columna vertebral seccionada, no te queda otra que ponerte las límpias con los dientes antes de que lleguen los bomberos a sacarte y puedan toparse con, oh, aflige sólo escribirlo, una muda un tanto yerta.


37 Comentarios

17/10/2007: Tengo una pregunta para el demonio

Ayer hubo nueva edición del programa de debate ciudadano de TVE Tengo una pregunta para Usted. La gente preguntaba y, como los invitados eran los pringados de Izquierda Unida (o lo que queda de ella, que además a saber si dura un par de meses más como cabeza de lista), los malvados catalanes que vienen a sacar dinero y el demonio colorao oficial del panorama mediático patrio, lo hacía incluso de manera atractiva. A diferencia de lo que ocurrió con Rajoy o Rodríguez Zapatero, nadie tenía demasiado interés en plantearle a estos tipos que querían cobrar más, que los topillos le estaban haciendo añicos la cosecha de remolacha, que a ver cuándo suben los sueldos de su gremio o que es una vergüenza que no limpien los cauces de ríos y barrancos y los maqueen como Dios manda para garantizar que quienes honradamente construyen en zona inundable no tengan periódicamente, cada vez que llueve un poquito de más, que sufrir las molestias de que las Administraciones Públicas y el resto de ciudadanos les tengamos que pagar los destrozos en sus hogares. Total, debía de pensar el personal, ¿pá qué? ¡Si son unos pringaos!

Claro, que son unos pringaos menos cuando se ponen a joder la marrana. Y aquí hay una mención especial para los malvados catalanes, sus políticos y sus sucias tretas. El pobre Llamazares, a día de hoy, es bastante inofensivo, en cambio. Con lo cual fue especialmente a los catalanes, según su grado de maldad, no sólo a los que se les preguntaba sobre cuestiones generales ajenas al interés personal del ciudadano de turno, lo que ya es de agradecer, sino que, en muchos casos, se les increpaba de forma más o menos directa y se les recriminaban sus diversas traiciones de lesa patria, algo que hizo del programa un espectáculo excelente y que, al menos, no versó sobre el ¡qué hay de lo mío! sino sobre cuestiones más políticas, que son las que ofenden e indignan cuando se trata de estos catalanes.
Con tales mimbres, el programa fue calentando motores hasta devenir en un verdadero show. La cosa ya comenzó a calentarse con Duran i Lleida, representante de CiU, que hizo un ejercicio en la línea de su partido de poner al mal tiempo buena cara, dejar claro que ellos son gente educada y razonable, que sólo piensan en el bienestar de todos y, de paso, para aprovechar el programa y su millonaria audiencia para dejar dicho alto y claro que se venden al mejor postor para las próximas elecciones. Preguntado en varias ocasiones Duran i Lleida sobre si su partido tenía alguna línea roja a la hora de pactar, el político democristiano (que dejó claro que no sale de casa sin crucifijo en ristre) hizo uno de esos alardes maravillosos habituales en CiU: declaró formalmente que está dispuesto a transigir con lo que sea, según convenga, y se negó a apuntar nada como elemento esencial de su ideario político (luego, más achuchado, dijo algo sobre unas pensiones a las viudas, pero la cosa parecía más una forma de meter con calzador el mensaje de CIU como partido amigo de las viudas), nada que pueda tener la suficiente importancia como para que un partido pueda no contar con su voto. Si alguien lo necesita, que no dude que lo tendrá. Y, a lo mejor, hasta el PP puede aspirar, si se porta bien, a que el aro estatutario por el que tendrían que pasar no sea demasiado mayor al sapo que ya se han tragado con el resto de reformas autonómicas. Estaba generoso y sandunguero Duran.
Fue por demás apasionante la visualización de las contradicciones de la democracia cristiana moderna, europea y con look cool que representa Duran, en pleno prime-time. Como les mola mucho lo del catolicismo, más por contentar a la masa social creyente, a la que se tiene por paleta y tendente a comulgar con cualquier rueda de molino a cambio de un par de gestos cariñosos con el Papado (a lo mejor hasta con razón, que esta gente tiene demóscopos y sociólogos muy buenos, quede claro), que por verdadera tendencia a seguir el credo cristiano (que no es que se lo reprochemos, porque es como que imposible en la actualidad ser coherente con el mismo y no ser un peligro público), se ven metidos en una perversa pinza: a fuer de aceptar excesos a los católicos, con esto de la igualdad, los derechos fundamentales y otras putaditas semejantes, ¿cómo negar a los de otras religiones que hagan también de su capa un sayo y vayan a su bola? Que el Estado paga pasta a los curas católicos y venga, ¡alegría!, cada año un poquito más, pues antes nos ponemos a financiar mezquitas que plantearnos dejar de llenarles el cazo. Que hay que poner a los niños una horita de religión en la escuela, pues también de judaísmo si los padres así lo prefieren, no vaya a ser que la solución más fácil sea desterrar el adoctrinamiento religioso de la escuela… Claro, cuando una señora plantea que los españoles somos malos porque cuando llevan velo, ella o su hija, la gente les mira torvamente y no les da trabajo, porque no sólo es cuestión de que puedan llevarlo si les va en ello la estabilidad psicológica, sino de que además nos tiene que parecer de puta madre y hemos de estar encantados de la vida, Duran se nos descompone. Y comienza una teorización de lo más apasionante sobre cómo está a favor del velo, como símbolo religioso o como símbolo cultural, pero en contra cuando quien lo lleva lo hace por una imposición machista.

Dejemos a Duran en su laberinto y pasemos al otro defensor encendido de la fe católica que, como buen nacionalista (perdón, independentista, según él mismo se empeñó en precisar) catalán, vasco o en general periférico español (véase el recto galleguismo de Paco Vázquez), demostró ser el Demonio Carod-Rovira. Porque, como nos explicó, pobre hombre, fue una víctima de la artera jugada de Maragall, cuando le puso una corona de espinas en visita oficial a Jerusalen, que le ha dejado secuelas de todo tipo. Entre otras, la de tener que competir con Duran por el voto demócrata-cristiano a toda costa, entrando en la competición por demostrar ser el hombre más comprensivo con las religiones del mundo, por lo que se permitió incluso responder, sin haber sido preguntado por ella, a la musulmana con velo que tanto había incomodado a Duran.

Por lo demás, nada demasiado nuevo en el discurso político de Carod-Rovira. Aprovechó a la perfección, eso sí, a partir de cuatro ideas básicas y difícilmente atacables porque el muy cabrón, endemoniado como es, las presenta obsesivamente ligadas a los rudimentos más básicos de la cultura democrática (hay que tener en cuenta lo que quiere la gente, para eso no está de más preguntarles e, incluso, una vez hecho esto, tener en cuenta qué pensaba la mayoría), el espectáculo verbenero de la “verdadera España” seleccionada por Sofres y maquiavélicamente puesta de relieve por Lorenzo Milá en la selección de las preguntas para que la cosa diera de sí media horita de mucha calidad televisiva. Ya saben, los réditos de la demagogia habitual al confundir lo de la democracia con dar voz a la gente y creer que se la ha de consultar cómo organizar sus vidas.
Con el público (o bueno, un sector del mismo) empeñado en llamarle “José Luis” e incapaz de explicar el motivo de que, en aplicación de esa misma regla de tres, no se refieran a su vez a Miguel Jackson, a Jorge Bush o a Guillermo Shakespeare cuando hablan de ellos, la cosa alcanzó niveles muy altos con una señora de Valladolid declarando que no pensaba llamarle por su nombre porque pasaba del catalán y ella vivía en España. Hasta ahí podríamos llegar. Poco le faltó para añadir que la culpa era de los catalanes por hablar raro y antiespañol. O bueno, en realidad, no le faltó nada. Mientras tanto, un chaval joven, seleccionado por TVE para demostrar que la esencia de la españolidad no entiende de sexo ni de edad, bramaba porque a los médicos en Cataluña se les pida que sepan catalán o algo así. Por lo visto, el hecho de que haya tres millones de personas en el sitio donde vas a ejercer la Medicina que te explicarán sus síntomas en una concreta lengua no es una razón suficiente para que un médico sea mejor que se la sepa o, si no, que la aprenda.

Mientras tanto, otro sector de nuestros compatriotas deleitaba a la audiencia, muy especialmente a la nacionalista catalana, vasca o de Calahorra, “acusando” a Carod de apellidarse no sé cómo (algo que, encima, por lo visto se demostró falso), de haber nacido en tal o cual sitio o de ser hijo de Guardia Civil. Por si la orgía democrática no fuera suficiente así, otros bramaban por el supuesto deseo de Carod-Rovira y de los catalanes en general de anexionarse Baleares y Valencia, a pesar de las reiteradas apelaciones del catalán a que lo que él preconizaba era que había que seguir los deseos de la mayoría. Por lo que, para rematar la faena, se ondeaba la bandera de “Navarra ha de ser lo que quieran los navarros” aplicado a Valencia (a la que por lo visto ha de ser obligatario llamar de una determinada manera porque si nos referimos a ella de otra es “ilegal” y “antiestatutario”) y a Baleares, en una nueva reiteración de ese ejercicio de democracia inversa consistente en que para resolver ciertos problemas relativos a la cuestión territorial en este nuestro país a veces lo importante es qué piensa la mayoría de un territorio, mientras que en otros casos, por lo visto, este molesto asunto de la opinión mayoritaria es una cuestión menor.

Carod-Rovira, por supuesto, no convenció a la audiuencia del resto de España. No logró que dejaran de pensar que es malo, tonto, un patán y que encima va contra todos nosotros. Todo lo más consiguió que su imagen de demonio quedara algo atenuada para el sector menos rendidamente antidemocrático de quienes le han convertido en diana de todo tipo de ataques. Porque alguien habrá que, a lo mejor, se planteó que acaso no sea tan absurdo eso de que la gente pueda expresar qué prefiere hacer para organizarse políticamente, cómo le apetece montárselo. Pero la verdad es que eso da un poco igual, aunque no sea mal resultado, porque no era éste su objetivo. Eso, a Carod-Rovira, le daba igual. Su objetivo era otro.
Él, endemoniadamente crecido como estaba, logró transmitir a su electorado y, de paso, a todos los catalanes, la imagen que deseaba: la de un tipo que va, más o menos de buen rollo, a dialogar con España, a decirles a sus gentes que él sólo quiere que le dejen expresar que siente que su país es otro y que le gustaría que fuera independiente, a explicarles que para él es importante su lengua y su cultura, por cuestiones emocionales pero también porque puedes morirte si tu médico no entiende qué le estás explicando, y sobre todo a decirles que en democracia esto es normal, que se ha de poder decir, que no pasa nada y que la clave es tratar de convencer con argumentos y que luego se haga lo que la mayoría prefiera, mientras las hordas de “españoles” se le echaban encima, desencajados en algunos casos, y se permitían afearle la conducta una y otra vez, todo ello aderezados de lindezas sobre el carácter fenicio de los catalanes, su insolidaridad, su maldad por no amar a España y, muy especialmente, su constancia en eso de tocar las pelotas empeñados en hablar otra lengua.

Tan crecido acabó Carod que se permitió incluso darles una pista: ¿acaso creen que con todo esto Ustedes ayudan a que los catalanes nos sintamos integrados y queridos en España?, ¿de veras creen que nos hemos de integrar renunciando a nuestra lengua y nuestra cultura y punto? Porque, les explicó amablemente, con tal panorama, ante tal propuesta de convivencia, es fácil que el “desapego” de Cataluña y de los catalanes no haga sino crecer. Pues bueno, ni así. Bastaba ver las caras de quienes participaron en el akelarre, que lo decían bien clarito: a nosotros qué nos cuenta, que nos da igual, deja de hablar polaco y de dar el coñazo con tus cosas, que esto es España, joder.

La verdad, visto lo visto, no se trata ya de que las dudas sobre quiénes son los mejores aliados de los independentismos vasco y catalán sean nulas. Se trata de que empieza a resultar sospechoso hasta qué punto, de verdad, quienes dan cobertura política y mediática a estos sentimientos y actitudes, quienes les dotan de la munición necesaria y del bagaje argumental exhibido ayer, desplegado en toda su pobreza, quieren que España siga unida o, en realidad, si lo que desean es cargársela cuanto antes, rapidito. Pero vamos, si de defender la unidad de la Patria se trata, lo mejor es que TVE no vuelva dejar que pasen estas cosas, que se vea tan claramente, en directo y para todo el país, de qué va el asunto. Mejor echar tierra encima y a ver si, así, la cosa aguanta unos añitos más.


50 Comentarios

11/10/2007: Orgulloso de ser español

Mientras en España preparamos la Fiesta Nacional y los taxistas que conservan el tradicional Seat 124 con estampitas de San Cristóbal y el emblemático “Ser español, un título” comienzan a modernizarse y a poner, junto al fondo de nuestra querida enseña rojigualda, una efigie de Mariano Rajoy saludando a los patriotas, sonriendo íntimamente satisfecho por pertenecer a tan acrisolada raza, los del Gobierno siguen a su bola. En concreto, gastando dinero de todos a manos llenas con diversas iniciativas, entre las que se incluyen, en sustitución de las avalanchas de publicidad a toda página de “El Gobierno cumple”, una campaña sobre quienes invaden la patria con el sugerente enunciado de “Con la integración de los inmigrantes todos ganamos” y unos dibujitos que pretenden significar cuánto buen rollito hay con este tema entre todos, porque cuidan a nuestros ancianos a buen precio, gastan algo de dinerillo, son una buena opción como pareja e, incluso, pueden trabajar en la hostelería y la construcción, contribuyendo a dar más lustre a nuestra economía y sus innovaciones productos, envidia de todo el orbe.

Probablemente analizar la víspera del antaño denominado como “Día de la Raza” (para que luego digan que nuestra democracia no ha ido eliminando las tradiciones de exaltación franquista, ¿acaso mejor prueba de la falsedad de esta acusación que el hecho de que incluso se le haya cambiado el nombre a la ahora denominada Fiesta Nacional-Orgulloso de ser español?) cuestiones relacionadas con los inmigrantes sea visto como algo de mal gusto. Y con razón. Es poner de manifiesto que esa pobre gente, a sus muchas desgracias, une la de no pertenecer a la Raza. Pero, dado que el nombre oficial de la cosa es, en estos momentos, Fiesta Nacional, quizá no huelgue señalar que esa gente, pobrecitos, tampoco son Nación. Porque Nación, como le señaló el Presidente Rodríguez Zapatero a un inmigrante que con un español mucho mejor que el de nuestros compatriotas y una pertinencia democrática en la pregunta mucho más acusada que la orgía de reivindicaciones de pandereta que enmarcaron las cuestiones del resto de participantes en el programa, somos los puros. Esa gente que lleva aquí años trabajando, pagando impuestos y todo lo demás, son útiles, sí, ya se sabe, “con la integración de los inmigrantes ganamos todos”, pero que tampoco se suban a la parra y empiecen a pedir cosas como demasiados derechos de ciudadanía. De manera que, orgullosos de ser nación, orgullosos de ser españoles y, sobre todo, afortunados porque nos dejen serlo, en comparación a quienes comparten nuestros deberes pero no nuestros derechos, no puedo evitar referirme al asunto de la campaña del Gobierno.

El tema de que con la integración ganamos todos, de que la inmigración es rentable económicamente, de que gracias a ella el país crece, de que los inmigrantes son responsables de más creación de riqueza y que eso a todos nos conviene, esto es, el leit-motiv de las políticas de “sensibilización” que nuestros poderes públicos y partidos políticos realizan en torno a la cuestión, comparte dos características que pueden declararse con la soltura y sencillez que permite analizar las cuestiones simples:

- En primer lugar, se trata de un argumento asqueroso, de una razón éticamente más que cuestionable. ¿Qué pasa, que si no fuera bueno para la economía en su conjunto no habría que aceptar a los inmigrantes sino tirarlos al mar, dado que esto es más barato, sencillo y eficiente que repatriarlos en avión? Como se ha dicho toda la vida, incluso entre economistas, one should not do well when doing good. Los beneficios de la inmigración pueden ser tenidos por muchos, de integración cultural, de aportes de personas con iniciativa y esperanza, etc. pero nada tienen que ver, o no deberían tener demasiado que ver con el mero respeto al derecho básico de todo ser humano a buscarse una vida lo mejor posible y a su gusto siempre y cuando respete las normas de convivencia. Si España puede acoger inmigrantes, es bueno que se haga, porque es lo justo. Incluso, si no pudiera, a lo mejor también. De hecho, suele echarse de menos a los apóstoles de la “mano invisible” en materia de flujos migratorios ya que, en ausencia de fronteras, ¿acaso no se lograría un equilibrio “de mercado” por sí mismo? Las gentes que cumplen la ley, vienen a España y trabajan y viven aquí honradamente no tienen que demostrar que “nos rentan”, tienen todo el derecho del mundo a estar aquí, aunque nos cuesten dinero, oiga. Y deberíamos, además, dicho sea de paso, de estar mucho más legitimados para exigirles integración y respeto a nuestros valores sociales básicos. Ocurre que hacer eso es precisamente integrar con todas las consecuencias y sólo es posible si, por nuestra parte, se cumple y se reconoce el derecho de ciudadanía a quienes viven, trabajan y están arraigados aquí. A ver cómo le dices a alguien a quien no le dejas votar a su alcalde que luego tiene que respetar las decisiones que entre todos (pero no ellos) tomamos sobre cómo se han de usar los parques públicos, por ejemplo. A ver con qué cara, a ver con qué legitimidad. Parece que, de momento, la única manera que a muchos se les ocurre para seguir con este estribillo, sin sentirse avergonzados, sigue siendo la de apelar a la Raza. Pero, para cerrar la digresión, a mí ya no me alcanza a entender cómo es posible que esta etérea explicación no sea también de lo más ridícula y risible.
- En segundo lugar, hay muchos motivos para pensar que el argumento, bien es mentira podrida, bien refleja una verdad que, lejos de ser algo bueno, es de lo más inquietante. Por supuesto me refiero al argumento de que “con la integración de los inmigrantes todos ganamos”. Para llevar la cosa a sus extremos, incluso, podría el Ministerio haber añadido que, con la ilegal, también. Esta es una juerga para los sentidos donde todo vale. Desde un punto de vista, al menos sí es verdad: el de poder disponer de quienes se encarguen de hacer ciertos trabajos, duros, pesados, mal pagados, sin cobertura social en muchos casos, que ya casi nadie se ve en la obligación de tener que aceptar si forma parte de la Raza. Si lo que quiere decir el Ministerio es esto, en efecto, no le falta razón. Todos ganamos. Nos salen algo menos caras las casas gracias a que palman muchos inmigrantes sin papeles, sin preparación, sin medidas de seguridad. Nos sale mucho más barato cuidar a los abuelos con gentes muchas veces en condiciones de semi-esclavitud. Eso sí, ganan sobre todo los promotores del sector de la construcción, ahorrándose salarios y cuotas a la seguridad social, o los grandes terratenientes del agro español, o las familias que desean a toda costa tener “internas” y que no hace mucho lloraban por los rincones, porque, hay que ver, cómo está el servicio. Pero tampoco vamos a negar que de todo esto, sí, indirectamente, nos beneficiamos todos.

Ahora bien, si de lo que se trata es de hacer creer a la peña que, gracias a los inmigrantes, hay más dinero público para hacer inversiones y mejorar servicios, gracias a la actividad económica que generan se recaudan más impuestos, gracias a todo lo que “se mueve” como consecuencia de su trabajo, todos salimos ganando, el Estado recauda más y puede mejorar las prestaciones, un mínimo de sentido común tendría que poner sobre aviso de que algo está fallando. Ya digo, o es mentira podrida o es una verdad ciertamente siniestra.

Excluyamos la cuestión de la Seguridad Social, donde cualquier inmigrante afiliado, en estos momentos, ingresa de media más de lo que recibe. Es normal, están en edad de trabajar y producir, vienen aquí a eso. Pero, ¿acaso es que la alegría con la que vemos cómo cotizan y lo poco que luego gastan no se ve contrapesada por los negros nubarrones que supone la constatación de que, en el futuro, todas estas cotizaciones están llamadas a ser prestaciones? Salvo que el Estado español tenga un plan secreto para no pagarlas en el futuro, la verdad es que esta inyección de pasta a cargo de inmigrantes a las arcas del sistema habría de generar más preocupación que alegría, pensando en el medio y largo plazo. De hecho, cuando se trata de españoles, es lo que ocurre, que todos miramos con preocupación que haya cotizantes actuales cuyo reemplazo futuro no esté demasiado claro, dado que todo lo que cotizan generará en el futuro más prestaciones de lo que en su momento aportaron. Así está el sistema, así funciona para los inmigrantes (también), luego no hay que alegrarse demasiado en lo que respecta a la Seguridad Social.

Respecto del resto de “beneficios” de los inmigrantes se repite desde hace mucho que en términos globales permiten al Estado ingresar más de lo que gasta en ellos. Ya digo que, una de tres; o es mentira y es mera argucia para tratar de convencer a la ciudadanía de que no hay que sacar los bates de beisbol a la calle, de momento, porque es como ganado en plena fase productiva; o se trata sólo de esos beneficios para la sociedad que consiste en tener esclavillos mal pagados y con pocos derechos; o es verdad.

De las dos primeras opciones mejor no hablar demasiado, porque son bastante repugnantes. Vamos a darnos un voto de confianza como españoles, orgullosos que estamos de serlo, y pensar que lo que nos dicen economistas y políticos de todo signo es verdad. Porque lo más siniestro de todo ello es que a lo mejor lo es. ¿Qué significaría que así sea?

Básicamente que el hecho de que haya unos tíos trabajando, en un número relavante sin contrato (sin pagar SS ni impuestos directos), y en general con unos sueldos y condiciones que los sitúan en lo más bajo de la escala social y económica, dado cómo está organizado impositivamente el país y la forma de prestar los servicios públicos, va y resulta que es beneficioso en términos generales para “todos” (obviamente, este “todos” hay que entender que se refiere a los que no somos inmigrantes, que ya suficientemente se benefician de que les dejemos codearse con la Raza y vivir aquí).

O sea, si no lo entiendo mal, que el trabajo y la aparición masiva de personas en las escalas bajas de renta, con situaciones conflictivas sociales y económicas que las harían potencialmente más acreedoras del uso y disfrute de servicios públicos asistenciales, así como de un uso más intensivo de servicios públicos como la sanidad o la educación (donde las clases más pudientes recurren a alternativas privadas), lejos de suponer un problema para los servicios públicos o la inversión en infraestructuras (aunando menores ingresos per cápita a una mayor utilización) va y resulta que son una bendición.

Como es evidente, la cuenta sólo puede salir bien si, de media, los inmigrantes tienen un balance entre lo que ingresan y lo que gastan más beneficioso para las arcas públicas del balance que tenemos el resto de españoles de media. Sólo en ese caso podemos hablar de que, de verdad, los servicios públicos y las posibilidades de inversión son mejores con la inmigración que sin ella.

Dado que parece ser, según dice todo el mundo, que justamente esto es lo que ocurre, hemos de concluir que tenemos montada la paraeta para que las clases bajas financien los servicios de las clases altas y bajas. Ésa es la siniestra conclusión que inevitablemente se deduce de todo lo que nos cuentan, como sea verdad. Y si a Ustedes les da igual, porque son orgullosos españoles, piensen que a los inmigrantes no se les pone en esa situación, usualmente, de manera directa y abiertamente discriminatoria, sino gracias a mil y una estructuras y formas de montar el asunto (piénsese en la Universidad pública prácticamente gratuita para las clases medias financiada por las trabajadoras, a modo de ejemplo) que, sutilmente, provocan este alucinante trasvase de rentas. Que perjudica también, por ello, a todos los españoles de rentas bajas.

Que en España tenemos un modelo de solidaridad territorial consistente en que entre todos se financia preferentemente a las regiones más ricas del país (Navarra, País Vasco y Madrid, regiones ricas que no sólo no contribuyen a la solidaridad interregional sino que reciben las tres más de lo que les toca) es algo sabido y una particularidad alucinante de nuestro modelo de solidaridad inversa. Es una desgracia, que explica muchos de los problemas de convivencia que tenemos, pero a estas alturas casi lo habíamos asumido. Que, además, teníamos un sistema de transferencia de rentas de las clases trabajadoras a la clase media y de expolio más o menos organizado a cargo de las elites sociales y económicas del país era una triste sospecha que muchos albergábamos. Que, con tanta tranquilidad, sea el propio Estado, sea el propio stablishment, el que reconozca cómo beneficia a las clases medias que haya más gentes que paguen impuestos (aunque sea a cambio de recibir todos los servicios que en teoría les corresponden por derecho) en la parte baja de la escala de ingresos, es algo sencillamente inaudito y que pone los pelos de punta.


31 Comentarios

04/10/2007: Sé lo que hicisteis el último verano

(Este artículo debería haberse publicado hace un mes. Pido disculpas a los lectores. Entre todos podremos superarlo)

La semana pasada, de regreso a los quehaceres laborales o eteeee… laburo, todos los españoles de bien nos sorbíamos la espumilla del café de nuestros bigotes franquistas leyendo el ABC guarecidos tras las solapas de una gabardina beige reciamente almidonada. En esa particular fotosíntesis mañanera algo llamó nuestra atención: el diario étnico festivo titulaba una cosa de la que no me acuerdo literalmente que venía a decir que el Gobierno iba a dar un “giro españolista” hasta las elecciones.

Vaya por delante todo el dolor de mi corazón al comprobar cómo hasta un medio que aparentemente siempre se ponía al servicio de la patria sin esperar nada a cambio escupe en la rojigualda al tildar de “españolista” una visión determinada de la organización interna del país y su administración. Estaría por ver que las tensiones entre regiones chinas oscilaran entre el chinismo y el guandongismo. Aquí no se puede ser federalista o centralista sin dejar de ser español por lo visto. Y ya lo asume hasta la derecha de saludar con subordinada yuxtapuesta al portero de finca urbana y ayudar a las viejecitas a cruzar la calle. Es una pena porque yo estoy seguro de que los “catalanistas” hubieran alcanzado ya la ecuación del beneficio máximo y constante tan anhelada sólo con exigir sus reivindicaciones desde la más chusca, ridícula, exagerada e inquebrantable adhesión al Cetro Imperial de Su Majestad el Rey Juan Carlos I y España. Es más, de esa guisa, seguramente habría aprecio y confianza como para que la Generalitat tuviera también su maletín para apretar el botón y lanzar los misiles a nuestro odioso y rastrero peor enemigo (en este momento: Dinamarca). Pero no, no hay encuentro: somos los unos y los otros y viceversa.

Después de comprobar que en el tema de los Estatutos el PSOE no ha tenido ningún criterio uniforme ni una línea clara de todo el partido, y de haberla, al margen de la conveniencia puntual del “no nos quedan más cojones”, no se ha sabido transmitir a la sociedad. Y en sentido contrario, después de haberse comido estoicamente toda la mierda pura de unos y otros en el tema del Proceso de Paz, bautizado por ETA despectivamente como “Proceso de Rendición”, después de estar a punto de pasarte el Abu Simbel Profanation con los tendones extenuados y los ojos inyectados en sangre, después de la proeza ¿lo mandas todo a tomar por el saco con un “giro españolista”? Muy mal tiene que pintar lo hecho hasta ahora en las encuestas.

Pero, se preguntará Usted señora ¿Qué es un giro españolista? Un giro españolista es lo que ha ocurrido este verano en La Comunidad Foral de Navarra. Promulgar “el cambio” para terminar garantizando “lo inmutable”. Hay varias explicaciones: Pepiño dice que sería un gobierno frágil, El País que vale pero que debería haberse dejado claro desde el principio y Felipe González, en el mismo medio, que el PSOE defiende un modelo de sociedad de encuentro, amor, respeto por la diferencia y pluralidad que entran ganas de untarse aceites por el torso desnudo, y que con esta actuación era la única forma de garantizar la prevalencia de esa idea y su defensa -buen chut, Felipe, bella parábola que sortea la barrera pero se estrella en el larguero.

La verdad, no hace falta que gasten saliva en explicarse. Madrid es un Vietnam para Navarra desde hace muchos años. El conflicto empezó hace casi dos siglos. El Estado del Vaticano le declaró la guerra a España. Su objetivo era arrebatar a cada español, uno por uno, la soberanía nacional y todo lo que ésta lleva asociado. Hay quien llama a esta agresión “Guerra Carlista”; unos creen en los Reyes, otros en la pantomima sucesoria. Madrid resistió y el Papado sólo se apoderó de una parte del país. Años más tarde, en la Guerra Civil, toman el norte de España con sus requetés y aíslan Madrid. Al dictador que apoyaron, Francisco Franco, le empiezan a aportar ministros. Es entonces cuando se descubre el meollo y resulta que la Organización Hydra tiene una base en la región, en Torreciudad. A partir de ahí, la huida hacia delante en porretas; destino: la última espiral del ombliguismo ¿Es Navarra, Navarra? Y todo esto con Madrid resistiendo heroicamente, hasta las pelotas de que el futuro de Madrid se decida en Pamplona. Ya está bien de este centralismo represor. Atrás quedó la época de los Reyes Católicos y la foralidad ¡Indepencia! ¡Libertad! En resumen: Los españoles comprendemos muy bien que el PSOE sólo quiera gobernar Navarra en coalición con el Partido Andalucista. O se comprendería de ser ese el mensaje inicial de los socialistas: Somos la quinta columna, la flor de estercolero si se quiere, pero no “el cambio”.

En los cíber cafés más concurridos de España -una franquicia que se llama Facultades de Periodismo- se enseña lo que es la Espiral del Silencio. Se trata de una teoría de comunicación social según la cual las ideas minoritarias no se difunden por miedo a la reacción que suscita expresarlas: desprecio, rechazo, doncellas que escupen en la cara del Padre Carrager… El Partido Popular ha agitado ese monigote: si me quitas el gobierno de Navarra no eres España. Esa ha sido la consigna. Y ha cuajado porque al final, efectivamente, el PSOE no se ha atrevido a quitarle el gobierno a UPN y de muy mala manera ha desautorizado a su federación aborigen para que se estuviera quieta: quieto parao, hay que parecer España.

Luego Pepinho puede decir misa y recurrir a sacar a Felipe del armario para que escriba una tribuna en El País explicando que como los unos son fachas y los otros fascistas, no queda otra que hacer de avestruz para no corromper la única representación inmaculada de ciudadanos civilizados. Y si cuela, cuela. Como dijo Andrés Boix en alguno de los corrales de esta página, lo sorprendente no es el cambio de discurso, sino que se haga sin disimulo alguno.

Pero no acaba aquí el verano. No sólo ha acontecido el “giro españolista”, también el “social”. Como todo el mundo sabe, ahora el Gobierno promete tratamiento bucodental a críos, lo amplía a los ancianos cuando el PP sugiere su contramedida, ayuda al alquiler, cheque bebé con guarderías y el copón bendito. Sin tener ni idea de Economía, recursos financieros de España y bla, bla, bla como es mi caso, ante esto no se puede más que poner cara de sota y observar escrupulosamente los acontecimientos para ver cómo resultan. Sin embargo, no siempre se puede mantener una actitud tan aséptica, este verano, el Gobierno se ha metamorfoseado pero bien con otro tema: las vacunas del papiloma.

Todo comenzó en el primer semestre del año. Aprobado el Gardasil por la Agencia del Medicamento en 2006, las comunidades del PP pidieron la comercialización de este tratamiento en España y su inclusión en el calendario vacunal. Después se sumó el Grupo Parlamentario Catalán, semanas antes de aprobar por unanimidad, con comunistas y todo, la Ley del Instituto Catalán de la Salud, considerada por la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública como un primer paso para una thatcheriana privatización de la Atención Primaria. Y justo en verano, la Comunidad de Madrid empezó a dar la lata más de la cuenta haciéndose los agraviados.

La entonces ministra de Sanidad, Elena Salgado, manifestó que no era esta vacuna “un medicamento precisamente barato” y explicó que “es una decisión que debemos examinar porque estamos hablando de recursos públicos”. Además, añadió que en España por los programas de cribado es un cáncer que se detecta pronto y la mortalidad es de las más bajas de toda la Unión Europea (23º), ya que, además, el papiloma se localiza en poblaciones muy marginales donde hay conductas de promiscuidad elevada y nula anticoncepción. Con lo que, tal vez, por medio de campañas de prevención la cobertura salga más barata y prácticamente igual de eficaz.

En resumen: que la vacuna aún no contaba aún con estudios concluyentes sobre su eficacia y que suponía una pasta gansa para lo que se supone que debía reparar. Que no entendía la histeria generada y la ofensiva pidiendo su inclusión, que ni en nómina del laboratorio se daba tanto la brasa.

Una postura firme, coherente, contracorriente e impopular.

Pasa el verano. Pasa de manos la cartera. Y pasa lo siguiente: Bernat Soria aprueba la financiación pública de la vacuna (el calendario vacunal lo decide el Gobierno y se ha de aplicar en todas las Comunidades, sólo una, Madrid, va por libre, quita y pone a su gusto echándole pulsos al Ministerio por eso de la Unidad de España y bla, bla, bla).

Ahora resulta que no es tan cara. Va a conseguir un precio más barato y, además, con unos cálculos muy sencillos -reducir la población a vacunar estrechando el margen de edad- salía muy rentable. A este nuevo “giro”, sólo le han encontrado peros las comunidades, graciosamente, gobernadas por el PSOE. Incluso, desde Aragón y Asturias (que son, curiosamente, dos de los Sistemas de Salud de mayor calidad del país (3º y 4º) han propuesto que, ya que la cacicada parece imparable, al menos se establezca con una financiación mixta. Si me vas a follar sí o sí, paga al menos la cama.

Cómo se lleve a cabo es lo de menos. Lo que queda patente es la ausencia de un criterio y lo que es peor, falta de fe en el propio. Estos son, el navarro y el de la vacuna del papiloma, tan sólo dos casos concretos en los que uno se queda con cara de gilipollas. Un electoralismo a niveles nunca conocidos.


13 Comentarios

02/10/2007: Unión, Progreso y Democracia

La presentación del nuevo partido político “cuyos promotores principales son Rosa Díez, Carlos Martínez Gorriarán, Albert Boadella y Fernando Savater”, por reiterar la letanía que acompaña inevitablemente cualquier información relacionada con el mismo, deja una primer constatación: bautizar criaturas es una de las cosas más complicadas que hay en este mundo. ¡Qué les vamos a contar sobre el particular los que escribimos en La Página Definitiva! Pero está claro que esta gente no ha optado por el distanciamiento irónico respecto de sí mismos. Antes al contrario, parece que se han tomado muy en serio lo de su nombre. Unión, Progreso y Democracia es como una especie de llamada a que desfilemos tras la pancarta, muy serios, muy franceses, muy reunidos, muy conscientes de esta responsabilidad histórica que gentilmente nos suministra Rosa Díez.

Porque esa es otra, que el partido, por mucho que la salmodia le atribuya la responsabilidad y la paternidad a gentes de bien, como Savater o Boadella (el otro tipo habitualmente citado no sé quién es ni, la verdad, me siento en deuda con el mundo con ello, presumo que será uno de esos productos de la clase universitaria vasca que, desde fuera, son difíciles de enjuiciar pero incluso de detectar: vamos, que ni sabía yo que existía un tal Gorriarán dedicado a la Estética ni lo había echado nunca en falta -mal por mí, por otro lado-), es en realidad más claro cada día que pasa que es el partido de Rosa Díez. Y a lo mejor es inevitabe, dado que es la única política profesional con una trayectoria acreditada de camaleonismo y capacidad para buscar protagonismo y cargos que hay en primera línea. De forma que, como ella tiene claro qué ha de ser esta UPD (insisto en que a mí la cosa me suena a una mezcla entre la política francesa de hace 20 años y la modernidad de quienes pusieron en marcha en su día la UCD) y es casi la única que de verdad visualiza un objetivo definido, las cosas van por ese camino.

Triste papel el de Savater o Boadella (que, por cierto, podría haber escarmentado con lo que le pasó en Cataluña pero no, sigue confiando en montar juguetitos e implicarse para que luego llegue el trepilla de turno y se quede con las pocas migajas logradas), convertidos en comparsas de una operación a mayor gloria de la futura reconversión política de Rosa Díez. Porque yo a estas alturas no me atrevo a decir si Rosa Díez, de aquí a cinco diez años, estará en el PSOE o en el PP: no tengo ni idea de quién mandará entonces o de quien deseará deglutir por el poco rédito de imagen centrista que pueda proporcionarle hacerlo al partido a cambio de darle un carguito a Rosa Díez.  Rosa Díez no ha tenido problemas en ser la socialista vasca de sensibilidad nacionalista, amiga del PNV, cara amable del Gobierno PNV-PSE, feroz opositora a romper la coalición tras Lizarra, para luego evolucionar a socialista vasca llamada a unir al partido, que comprendía todas las sensibilidad y, batacazo mediante, a “socialista vasca crítica con la deriva nacionalista del partido”. Luego, sencillamente, tras el batacazo a escala nacional cuando, con su visión mesiánica de sí misma y su injustificado optimismo sobre sus capacidades, decidió presentarse a secretaria general del PSOE, pasó a ser “disidente socialista” y a derechizar su discurso para, ale-hoop, convertirse en una recia españolista. No se sabe bien cuál será el próximo cambio, pero lo que está claro es que lo habrá. Y que será estruendosamente publicitado y una cosa de principios. Porque Rosa Díez no traga con que le hagan comulgar con ruedad de molino, ya saben.
Lo que más duele de Rosa Díez, con todo, no son sus cambios de chaqueta incesantes. Ni siquiera esa tendencia suya a hacerlos sólo cuando cree que personal y políticamente le irá mejor con sus nuevos amigos. No se trata de algo demasiado infrecuente y además, venga, sí, digámoslo, todos tenemos derecho a cambiar de opinión y a defender ideas distintas a las que antes nos entusiasmaban. Lo que hace sangrar el alma de cualquier observador sensible es la falta de inteligencia demostrada a lo largo de su carrera de chaquetera ávida de titulares. Porque las primeras normas que se han de seguir en estos casos son las de sentido común para tratar de evitar que se note demasiado el espectáculo: ni se ha de cambiar tanto (por ejemplo, Cristina Alberdi todavía guarda algún prestigio entre los círculos del feminismo católico contrario al preservativo gracias a que sus reiterados cambios de chaqueta para tocar poder lo fueron sólo de la derecha a la izquierda y de la izquierda a la derecha, y además siempre con cierto retraso frente a la llegada al poder de unos y otros) ni se ha de dejar tan claro que uno lo que busca es el cargo, la pasta del cargo, los titulares del cargo y manejar el cotarro todo lo que uno pueda, sin importar nada todo lo demás.

Por lo demás, Rosa Díez es una política carente de fondo, escasamente formada, de una evidente mediocridad intelectual y de planteamientos asquerosamnte sencillotes y planos, de esos que dan vergüenza ajena cuando se emplean como estandarte, haciendo de la necesidad virtud. Ya saben, “Rosa Díez habla claro para el pueblo”. Su popularidad años ha le vino de poner al mal tiempo de los atentados buena cara, cantando las virtudes de otra Euskadi. Y, luego, se envolvió en la bandera fácil para todo político vasco de articular su imagen pública exclusivamente a partir de un eje: Rosa Díez es una valiente luchadora contra el terrorismo en todas sus formas (algo que incluye a ETA, al PNV, a ERC, y más recientemente a PSE, PSOE, Zapatero y a todos los que alguna vez los hemos votado). Y es que, claro, ¿quién es capaz de estar contra alguien que está contra el terrorismo?, ¿quién es capaz de reprochar a Rosa Díez su cruzada?

Lo más triste de toda esta historia es ver a gente como Savater haciendo la claque a Rosa Díez, a ver si logra la tía salir de diputada por Madrid y tener cuatro añitos más de prensa, titulares y un medio de vida honrado. Porque está claro que, en condiciones normales, las posibilidades de tener representación pasan por esas circunscripciones enormes donde, en otros momentos de la democracia española, a punto han estado de tener diputados los antecedentes directos del proyecto de UPD, a saber, Ruiz Mateos a finales de los 80 y Jesús Gil en el año 2000. Recordemos además que Bas Piñar lo logró en las primeras elecciones.

Con estos antecedentes y un saco de la demagogia habitual en estos casos (el partido está nucleado ideológicamente en torno a dos ideas de lo más simple y de lo más obscenamente contradichas con la realidad, sobre las que apenas si tiene sentido discutir: que nunca hay que negociar nada con una banda armada y que el peso de los nacioanalismos en la política española está sobrerrepresentado en relación al apoyo popular que reciben), tenemos a Rosa Díez en acción, con la intención de aprovechar el hueco mediático que se ha generado gracias al empeño con el que el PP ha hecho campaña en torno a esas dos ideas evidentemente falsas y el furor mediático que a lo largo de estos cuatro años ha acompañado todo el asunto.

Las exigencias derivadas de que, a fin de cuentas, el PP es un partido con aspiraciones de gobernar han provocado que, tarde o temprano, haya tenido que bajarse del burro y renunciar a un argumentario que cualquier ciudadano medio sabe obviamente falsa. Un partido que es alternativa de gobierno no puede mentir descaradamente y decir que los nacionalismos están primados en España, porque cualquier niño de diez años que sepa los rudimentos de la regla de tres y tenga una calculadora le saca los colores. Un partido con sentido de la responsabilidad no puede prometer, y menos todavía hacer girar su campaña, en torno a la idea de que nunca, en ningún caso negociará con una banda terrorista el fin de la violencia porrque sabe que la gente normal intuirá que ahí hay una mentira gorda, además de una irresponsabilidad mayúscula, pero sobre todo porque cualquier adolescente de 18 años (que ya votan, los cabrones) podrá recordar sin problemas cuán diferente fue, en el pasado, el hecho de lo que ahora constituiría el dicho.

Mientras el PP se retiraba, cercanía electoral obliga, del show de irresponsabilidad ofrecido a los españoles, mientras la prensa española se cansaba del juguete, había quienes quedaban en las redes de este espectacular ejercicio de demagogia. Y ahí han aparecido, prestos a tratar de aprovechar en su propio beneficio eses espacio, Rosa Díez y sus secuaces (porque es fácil imaginar qué tipo de personas ha de ser los “militantes de base” dispuestos a luchar por el partido en las distintas circunscripciones: gentes lacayunamente chaqueteras, pero tan tristes que ni siquiera se dan cuenta de que todos sus esfuerzos si a algo confluyen es al escaño de Rosa Díez, no al suyo). En fin.

¡Qué triste que aparezca un nuevo partido político y no sólo no contribuya a regenerar nada sino que se sitúe en la estela de Blas Piñar (vale, sí, esto es una exageración, pero no me negarán que mola poder mencionarlo, dadas las análogas estrategias electorales, por muchas diferencias ideológicas que haya)  y de Jesús Gil! ¡Qué lamentable que los espacios ajenos a la lógica bipartidista, por una ley electoral que beneficia a PP y PSOE, que no a los nacionalistas periféricos, sean tan pequeños! ¡Qué desgracia que sólo surfeando la ola de la más rancia demagogia aparezca alguien que aspire a ocupar ese espacio, llamado a desaparecer en cuanto caiga definitivamente IU o culmine su proceso de regionalización!

Pero, sobre todo, ¡qué papelón el de Savater o Boadella, que están tan cegados por su (en su base probablemente muy comprensible) repulsión a los nacionalismos que padecen en sus terruños que no lo ven, que no se dan cuenta! O que, dándose cuenta, por cojonudismo hispano, ahí siguen, dando la cara, demostrando a todos que no dan la espantada. Que no sé yo que habría de malo, dada la situación, en salir corriendo, la verdad.


51 Comentarios