El fallecimiento de Ingmar Bergman nos pilla en pleno verano y nos coge de sorpresa en estas fechas de un calor tan sofocante. La primera duda que le asalta a uno es: Dios mío, ¿tengo que volver a ver sus películas para escribir una necrología decente? ¿Hay que pegarse un nuevo empacho de Bergman para subrayar algo que vaya más allá de lo que apuntan apresuradamente los medios de comunicación? La respuesta es, obviamente, no. Porque, a la hora de la verdad, pocos se han tragado su filmografía y quienes hacen referencia a él lo suelen hacer de oídas tras ver las películas de Woody Allen.
Gracias al neoyorquino, sabemos que Bergman es el director que mejor ha retratado los miedos y contradicciones del ser humano, el que mejor ha reflexionado sobre temas como el amor, la pareja o la muerte (que, para el caso, todo es lo mismo). Al igual que ocurre con Godard o Fassbinder, basta con saber estos datos para dárnoslas de listillos en la cola de un cine de versión original.
Porque Bergman ha sido, a lo largo de las últimas décadas, un director tan venerado como poco visto y, sobre todo, poco entendido. Servidor de Vds. ha vivido pocas experiencias tan edificantes como ver la cara de estupefacción de los sufridos espectadores tras la proyección de Saraband. Ver una película repletita de diálogos hipermegaprofundos y tratar de adivinar qué rasgo autobiográfico del director es el que encarna cada personaje, constituye una especie de “sudoku” gigantesco que hace freír las neuronas de las mentes más privilegiadas. He de confesar que es la única “Ingmar Bergman Experience” que he tenido en mi vida, porque no vale eso de pillarse sus pelis en VHS o DVD y verlas en casa. No. Bergman es para verlo de estreno en una sala, y ni siquiera cuentan las reposiciones, porque a eso la gente ya va con la lección aprendida.
Como estamos escribiendo una crónica sobre Bergman, nos permitirán que sigamos hablando en primera persona (mayestática, eso sí), ya que no concebimos hacerlo de otro modo cuando nos referimos a un director como el que nos ocupa. Si eran interesantes sus reflexiones, ¿por qué no van a serlo las nuestras propias?
En primer lugar, pensamos que alrededor de Bergman se ha tejido todo un submundo cinefílico de falsedad y vanidad. Aún recuerdo (fuera el mayestático, que molesta) cuando fui a ver Saraband a unos famosos cines de versión original que hay en Valencia. En la entrada del cine, se podía leer un aviso digamos que curioso: decía algo así como “Saraband se proyectará en formato digital”. Caramba, pensé, vamos a ver a Bergman en plan El señor de los anillos. La emoción me embargó: me imaginaba esos silencios y esos planos contenidos en Dolby Surround, esos planos de los actores en una imagen impresionante. Pero la decepción no tardó en llegar: nos pusieron la película proyectada en DVD. Como se trataba de un film realizado para la televisión, en vez de ser más claros al respecto, los responsables de los cines habían dejado el aviso en un ambiguo “formato digital” para mantener el precio de la entrada. Vamos, que, teniendo en cuenta las condiciones de proyección de dicha sala, y el retraso del estreno de la película en España, nos habría salido a cuenta verla en casa, en “formato digital”.
La anécdota resulta reveladora al respecto de esa falsedad y vanidad que comentábamos, propia de un cierto estereotipo de cinéfilo acrítico que nunca se cuestiona los grandes productos culturales, y que protestan si en un cine de estreno alguien abre el envoltorio de un caramelo, pero que aplaude si le toman el pelo en una sala para entendidos. Bergman fue una especie de Dios reverenciado en esos santuarios de devoción estúpida, lo que ha acabado por deteriorar el valor innegable de su obra. Hoy en día, todo esto está dividido entre los admiradores de Bergman y los de Stallone. Hemos llegado a un punto en que parece imposible llegar a un punto intermedio en el que reivindicar ambas filmografías como válidas y cumplidoras de sus respectivas funciones sociales.
El autoproclamado gran discípulo bergmaniano, Woody Allen, no acabó de resolver la situación, y la complicó aún más. Porque Allen habla también de la religión, la muerte, el matrimonio, etc., pero, claro, las cosas son muy distintas. Porque en Nueva York, si te divorcias, tienes muchas opciones para rehacerte: te vas al psicoanalista, sales de fiesta por sus garitos, conoces a otras mujeres, follas más, etc. Pero, ¿qué pasa si te divorcias en Suecia? ¿Qué haces? La mejor opción es pensar en fórmulas lentas de suicidio. Ése es el meollo del cine de Bergman. Pero es que, además, en un delicioso juego de autorreferencialidad, Bergman ofrecía una salida, como si dijese, “a partir de ahora, también podéis ver mis películas”. Ahí se explica la desazón existencial que rezuma su obra y que le convierten en un director único e inclasificable.
Como Woody Allen no pudo reflejar del todo esa cosmovisión, tuvo que ser Schwarzenegger el que le rindiera el homenaje definitivo al mejor director de cine sueco de todos los tiempos. Así, en su cinta El último gran héroe se le ofrecía el sentido homenaje a una de las obras definitivas de Bergman, El séptimo sello. Tuvo que ser de nuevo la gran industria americana la encargada de rescatar el valor y significado del buen cine europeo.
Suecia pierde, en definitiva, a uno de sus auténticos iconos del siglo XX. El país responsable de alumbrar el mejor centro comercial del mundo (Ikea) o el mejor grupo musical del universo (Abba), nos entregó también al mejor director de cine. Nos queda, únicamente, una duda. Ahora todos los medios de comunicación dicen que Fanny y Alexander fue su testamento fílmico. Y uno se pregunta, ¿y qué pasa con las más de diez películas que hizo en los últimos veinte años? ¿No cuentan porque eran películas para la tele? ¿O simplemente porque no se han estrenado con regularidad? Falsedad y vanidad.
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Como es sabido, las elecciones autonómicas en Navarra estaban llamadas a zanjar una disputa de trascendencia hegeliana: enfrentada a sí misma, parte de la Comunidad Foral estaba dispuesta a abrazar a quienes querían que Navarra dejara de ser Navarra, mientras su Gobierno, encarnación de la Navarra que sí quería ser navarra, se constituía en última defensa frente a los invasores.
Los resultados, como es sabido, fueron típicamente españoles, con lo que consagraron que Navarra había dejado de ser Navarra para parecerse a algo tan reciamente español como, por ejemplo, Bilbao. Había ganado la vergüenza. A saber, una derecha foralista y tradicionalista que no se atreve a presentarse con las siglas del PP y que hace bandera de la perpetuación de los particularismos más escandalosos como leit-motiv electoral no había logrado, ni siquiera así, mayoría absoluta. Derecha, por lo demás, no se vayan a pensar, integrada en la escudería nacional del PP y su cerrada defensa de España, Una, Única y Eterna siempre y cuando estemos a menos de 35 kilómetros de la capital, porque en cuanto nos alejamos un poco sus delegaciones regionales sólo saben cultivar el localismo más exacerbado. De esta guisa, poniendo una vela al Dios de la Unidad y otras dos o tres al Diablo del ombliguismo, UPN logra atraer a todo el conservadurismo sociológico, que en la pugna electoral eran aquellos que se agrupaban en torno a la idea de que Navarra siguiera siendo Navarra. Esta gente no ha obtenido la mayoría absoluta, a la que ni siquiera llegan en compañía de su partido-escoba (al que privan por ello de toda posibilidad de hacer un Munar por la escuadra).
En el otro lado del ring, al margen del partido-escoba de los restos izquierdosos-nacionalistas que no saben muy bien si quieren ser carne o pescado en que se ha convertido IU en cualquier lugar de España menos en Madrid, teníamos los dos polos habituales en España: el polo de progresía virtual aglutinado en realidad a partir del rechazo estético y cultural a la derecha que sigue sin condenar el franquismo más que a otra cosa (y así seguirán, cómodamente instalados, hasta que aparezca un Sarkozy que les fastidie el invento), de nombre Partido Socialista de (añádase aquí la región correspondiente, porque al igual que hacen las franquicias del PP hay que tratar de copar los votos de esta facción de la sociedad incluso en las coaclas del sentimiento antiespañol), por un lado; y los nacionalistas de toda laya, más o menos exitosamente agrupados, sostengan la secesión o el federalismo, porque España no reconoce suficientemente su particularidad y les maltrata, en el otro. Este espacio electoral, aglutinado bajo la pancarta “los que queremos que Navarra deje de estar gobernada por los que quieren que siga siendo Navarra”, sí ha obtenido mayoría absoluta, pero sin embargo parece que ha renunciado definitivamente a gobernar.
La explicación, por lo visto, radica en que toda España es igual, motivo por el cual afirmamos que Navarra, si algo de especial tenía o era, ya no lo tiene o es, ergo ha dejado de ser Navarra. Esta igualdad radical de todos los españoles se demuestra en una serie de hechos incontrovertibles que hilvanan la política española de los últimos años con sorprendente homogeneidad regional:
1. Las fuerzas conservadoras tienen tendencia a agruparse de forma bastante eficiente, ya sea como PP de España (en Madrid), ya sea como PP de pandereta regional (en el resto del país, con sus rolletes de independentismo de salón pero dentro de un orden), ya sea como CSU bávara (en País Vasco o Cataluña, en ambos casos constituyendo a su vez un polo crecientemente hegemónico en la derecha, a costa precisamente de la marginación del PP). Pueden Ustedes mismos elegir dónde conviene situar a los navarros de UPN, si en el modelo CSU bávara o en el modelo PP de pandereta regional. Ellos mismos, probablemente, se verán como los socialcristianos. Los demás, en el fondo, sabemos la verdad.
2. El Partido Socialista, gracias a carecer de organización, estructura, mando o simplemente conciencia de su existencia en la capital de España, es más homogéneo globalmente. Es decir, que el panderetismo regionalista con el que aliña su búsqueda del voto responde algo más fielmente a la realidad de la ideología latente del grupo de personas e intereses que dominan ese cotarro. Sin embargo, la estructura del PSOE no por carecer de centro es menos centralista y, en el fondo, responde igualmente a la conciliación de la política diaria con unos concretos intereses que se ventilan donde y como se ventilan, pero al faltar el aliño de un PSOE madrileño que pueda ser tomado mínimamente en serio eso hace que parezca más integrador de la rica diversidad de nuestras autonomías. Gracias a este espejismo, por ejemplo, los nacionalistas y regionalistas de toda laya que pululan por las diversas regiones de España ven al PSOE con mejores ojos que al PP. Luego, en cuanto tienen que pactar con ellos, los necesitan para algo o, sencillamente, cuando el PSOE gobierna, se dan cuenta de la dura realidad. Pero nadie les dijo que la política fuera un juego de niños. Y, como compensación, saben que en paralelo a esta realidad tenebrosa (no se puede confiar en el PSOE, no, para que les haga el juego, al menos no si no se tiene nada que ofrecer a cambio) también la posición del PP es mucho más pragmático-maniobrera que esencialista en estas y otras cuestiones nucleares por lo que, a la mínima que puedan, abjurarán de todos sus principios para ofrecerse al pacto con los nacionalistas. PP y PSOE, en esto, se parecen mucho, siempre están dispuestos, si no tienen más remedio, a cohesionar España por la vía de “integrar a los nacionalismos periféricos”.
3. Los nacionalismos periféricos, de los que ahora además tenemos representación en Canarias, La Rioja, Cantabria, León, Asturias, Andalucía… además de en las comunidades históricamente proclives a la juerga (Baleares, Valencia, Galicia, País Vasco, Cataluña…), por lo que apenas ya nadie se salva, conforman el tercer vector del panorama político tan homogéneo que tenemos en España. En principio, salvo las plataformas a la bávara de Euskadi y Cataluña, donde han logrado paulatinamente integrar al PP hasta hacerlo marginal (o en ello están, en el caso del País Vasco en cuanto desaparezca ETA), esta gente se nutre más bien de un electorado próximo a la izquierda. Es razonable, dado que el Caudillo, su España y todo lo que representan tienen una continuidad simbólica en el PP, que además se ocupa de vez en cuando de proporcionar la dosis de refresco necesaria, por si alguien se empezaba a olvidar, como hizo Aznar con su Proyecto Españaza 2000. Así pues, conforman una mayoría natural (o minoría, según los casos) con el PSOE, no por nada, sino por motivos políticos estructurales: dado que el PP (o, en la regiones donde se tercia, los movimientos bávaros) llega a veces sí a veces no a la mayoría absoluta con su electorado conservador-tradicionalista, este bloque está funcionalmente abocado a servir de refuerzo a la dinámica de quienes les acompañan inevitablemente en la oposición, que son los chavales de centro izquierda del PSOE. Esos que, además, aparentan una sensibilidad pro-periferia, pro-federalismo, pro-España plural con eso de haberse quedado sin partido en Madrid. No quiere decir esto que los nacionalismos periféricos, superada la fase anal, no pudieran pactar con el PP, como han demostrado en numerosas ocasiones sus ejemplares más evolucionados (y demostrarán más a poco que el PP lo necesite), pero en principio parece que “cuesta más”. Es la fuerza de lo simbólico pero, sobre todo, la fuerza de estar juntitos en la oposición. Por eso esta cercanía deja de ser inevitable en cuanto la relación de fuerzas, como en Canarias, no aproxima necesariamente al PP con facilidad a la mayoría absoluta.
Además, como es sabido y demuestra la regionalización del PP, la pandereta localista es aderezo obligatorio ya en cualquier partido político, con lo cual estamos hablando sólo de una cuestión de intensidades en las sensibilidades. Poca cosa como para que nadie se pueda poner intensamente esencialista. Al PP y al PSOE les diferencian las tradiciones morales y estéticas de cada uno de los integrantes de los respectivos bandos, y eso les lleva a jugar en un plano más español-madrileño o español-qué bonita es la diversidad, según los casos. Luego, en el batiburrillo de IU se unen gentes que se ven de izquierdas con movimientos que no se atreven del todo a ser nacionalistas porque en Burgos a lo mejor queda un poco ridículo y cosas así. Son la pasarela natural a los nacionalismos, donde prima ese sentimiento de reacción frente a una Historia y un pasado que se rechaza más por estética que otra cosa, afianzando el recurso fácil de la loa a los aborígenes y sus costumbres. Pero vamos, nada que no pueda ser asumido por el discurso de los dos grandes partidos si es necesario.
Toda España se parece bastante en esto y Navarra, como hemos visto, no es una excepción. Las últimas elecciones, de hecho, lo confirman con crudeza. Es más, afirman también algo que ya se vio en las pasadas elecciones catalanas: que incluso las regiones con más señas de identidad propia son, sin nigún pudor, empleadas en un mercadeo persa entre partidos (algo que sus votantes, al reiterarles la confianza a pesar de saber que es lo que pasará, aceptamos sin mayores problemas) según conveniencias derivadas no de consideraciones de política autonómica sino nacional.
Por eso, como lo del rollo de Navarra y que deje de ser Navarra, que se la den a la ETA para que haga con ella lo que quiera, que sea lo que quieren los navarros y todo eso, es una cuestión de política nacional al haber sido leit-motiv de la oposición a la acción de gobierno de Navarra, los pactos en Navarra están siedo tan difíciles. Y es que no responden a las lógicas de bloques y de gobierno/oposición, verbena regionalista/pandereta localista propia del terruño que se disputan, sino a la del tablero de juego nacional. Claro, jugar esa partida con las piezas elegidas por los navarros para su tierra es un engorro. Pero un prohombre político ha de hacer lo que tiene que hacer:
- La pandereta regional del PP, aun no obteniendo mayoría absoluta, no puede hacerle guiños a la sección local del PNV, porque según dicta la política nacional del partido son gentes monstruosas y malas, aunque vayan a misa con más frecuencia incluso que Acebes o Michavila. En principio, tampoco tendrían que tener demasiadas ganas con pactar con los socialistas navarros, no ya porque son sus rivales naturales sino porque, recordemos, desde hace un par de años nos han explicado que eran responsables de los crímenes de ETA. Y con esa gente, la verdad, mejor no ir de la mano. Pero las exigencias de la política nacional son las que son y ahí tienen al PP haciendo guiños a los que quieren que Navarra sea de la ETA, sección polis-milis, para evitar que se la queden en pacto con los que son, directamente, de la ETA.
- Peor todavía es el esperpento protagonizado por Puras, líder de los socialistas navarros por la gracia de Ferraz y principal sospechoso de querer entregar Navarra a la ETA, de pactar con ellos asesinatos y crímenes varios, así como de querer que Navarra deje de ser Navarra. Movido por el interés de aquietar el escándalo mediático pero especialmente de obedecer a sus jefes, Puras parece encantado con la idea de que siga gobernando el PP en Navarra, ya que a fin de cuentas es lo que le ha ordenado la dirección nacional y lo que ésta entiende que viene bien para la política estatal. Así, oiga, sin problemas, el pérfido representante del socialismo federal, que va a su bola, que pasa de todo, que no es ni español ni persona, se aquieta en cuanto se lo dicen, obvia los insultos y tan tranquilo. Con el mérito añadido de que lo hace, además, cuando podría haber sido sin problemas Presidente.
- Porque, y esa es otra, lo más alucinante de la situación navarra es la actuación de los nacionalistas navarros. Allí donde normalmente estos partidos son exigentes y saben aprovechar su situación de bisagra, los de Navarra han logrado la cuadratura del círculo: a pesar de obtener mejores resultados que los socialistas desde un primer momento les han cedido la presidencia del gobierno regional y prácticamente todo lo que han pedido. Total, para darse cuenta al final de que todo era una tomadura de pelo. Los que se han creído de verdad el discurso del PP sobre las aviesas intenciones del socialismo navarro han sido los pobres nacionalistas, que estaban incluso dispuestos a ceder la presidencia de tan halagados que estaban de que hubiera quien les quisiera tanto como decían los del PP que les querían los socialistas. Uno llega a pensar que a lo mejor hasta estaban convencidos de que de esta forma Navarra dejaría de ser Navarra antes, porque donde ellos eran meros regionalistas Puras era un líder secesionista. Pero no, esto era todo una comedia bufa, como suele ocurrir con cualquier rollo asociado a un discurso de autonomía política de las secciones locales de los grandes partidos. Los nacionalistas han acabado por darse cuenta, no sin antes volver a prometerle a los del PSN total apoyo para cualquier acción de gobierno, incluyendo una nueva jura de lealtad institucional a España. Lo que haga falta.
Por lo demás, convendría señalar que los electores del PSN probablemente también tenían la ilusión de votar a unos malvados que pactarían con los nacionalistas para expulsar al PP del Gobierno a poco que pudieran. No digo ya los votantes del PSOE en el resto de España, que se supone que son la causa de que los representantes de los navarros vayan a hacer lo contrario de lo que quieren quienes les votaron, que a lo mejor andan encantados (o al menos eso piensan en Ferraz). Pero es que no se debería, en teoría, tratar de contentarles a ellos. Vamos, digo yo.
Lo cual permite intuir que no es probable que haya nuevas elecciones. Más que nada porque depende del grado de ridículo que esté dispuesto a asumir Puras. Y siempre será mejor asumir el mayor posible pero lejos de unas elecciones que dejar que se consolide todo lo ya perpetrado pero sin dar la oportunidad a la gente de pronunciarse sobre ello en un breve lapso de tiempo. Que una cosa es hacer el ridículo y otra que lo certifiquen unas elecciones. Como sabemos todos también que una cosa es permitir a UPN gobernar y otra que lo haga con mayoría absoluta, previsible resultado de unas elecciones en estos momentos, además de conseguir que los nacionalistas no sólo sean segunda fuerza política (como ya son) sino que dejen al PSN casi con la mitad de los votos. Así que, dado que esto depende de que los provoque el previsble máximo perjudicado por ellos, es difícil que haya nuevos comicios. Antes que gobierne el PP que permitir que la gente se pronuncie por el espectáculo montado por Puras.
Un hombre que, al renunciar (porque se lo han mandado) a la Presidencia de su Comunidad cuando tenía a los nacionalistas dispuestos a hacer lo que él quisiera con tal de tirar al PP, ha demostrado que, en efecto, Navarra no es Navarra. Es, políticamente, la España más pura y tradicional. Así que menos lobos para los navarristas foralistas de la pandereta, porque lo cierto es que es bastante probable, además, que esto no sea tanto el resultado de la brillante actuación de Puras destruyendo la esencia de su patria como de que, sencillamente, siempre ha sido así.
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Esta mañana, sábado 21 de julio, a los 78 años de edad, bastante joven a los efectos de la gerontocracia que estamos construyendo entre todos. No tengo ni idea de si era una muerte más o menos anunciada o la cosa ha ocurrido súbitamente. Con su muerte desaparece uno de los personajes clave de la actual sociedad española, el “pequeño Murdoch” español, dueño del principal grupo de medios de comunicación de España.
La trayectoria de Polanco, que comenzó en los años 60 como editor / vendedor de libros, experimentó un giro decisivo en 1976, con la fundación del diario El País, durante muchos años el mejor periódico de España y máximo exponente de la prensa de calidad. Desde ese momento, y merced, sobre todo, a la victoria en 1982 y largo mandato posterior del PSOE de Felipe González, Polanco construyó un imperio mediático alrededor del diario El País, al que se fueron incorporando primero la principal emisora de radio, la Cadena Ser (aumentada y mejorada tras la absorción de Antena 3, el “antenicidio”), posteriormente Canal + y, por último, la fuerte inversión en medios audiovisuales realizada en la televisión local (Localia), la televisión por satélite (Canal Satélite Digital, actualmente Digital +) y, más recientemente, la adquisición de una licencia de televisión en abierto de ámbito nacional (Cuatro). A todo esto cabría unir varias cabeceras de prensa especializada y de ámbito regional y un importante emporio editorial. Las principales características de los medios de PRISA auspiciados por Polanco a lo largo de estos años han sido:
- La fuerte dependencia del favor político, sobre todo en aquellos ámbitos en los que dependían de concesiones administrativas. Recuérdese el espectáculo del antenicidio, la nunca suficientemente ponderada arbitrariedad de que se permitiese desarrollar Canal + como televisión de pago (que supuso convertir a esta cadena de televisión en el motor económico del grupo durante la década de los noventa), la creación de Localia como alegal televisión pseudonacional mediante la emisión de contenidos idénticos en las diversas concesiones o el reciente regalito de Cuatro. Polanco, desde que se convirtió en el estilete del PSOE del felipismo desde la fundación del diario El País, ha vivido extraordinariamente bien a la sombra de este poder, como por otro lado han hecho y hacen casi todos los empresarios de éxito en España.
- El acendrado sectarismo de sus productos. Polanco ha creado en estos años, y en particular desde que llegó al poder el PP y, con ello, terminaron los años de vino y rosas, una especie de “España de PRISA” alternativa y complementaria a la España real (si es que ésta existe), caracterizada por la defensa a ultranza de los mismos principios que en 1978 y, sobre todo, las mismas personas. Los medios de PRISA, a la hora de hablar de alguien o algo, tienen fundamentalmente en cuenta si dicho alguien o algo es “de los suyos”, y nada más. Si no eres de PRISA, en el ámbito cultural o intelectual, sencillamente no existes. Todo esto ha creado un constructo ideológico profundamente enquistado con el que se lee desde PRISA casi cualquier acontecimiento, fenómeno al cual no es en absoluto ajeno el dominio que la generación de la Transición política ha tenido sobre España a lo largo de casi treinta años, e incluso ahora. Lo cual, además, también explica los muchos problemas que ha tenido y sigue teniendo PRISA con Zapatero, y la creación soterrada, por parte de este último, de un grupo de comunicación (englobado en torno a La Sexta) alternativo a PRISA (curiosamente, Zapatero está haciendo lo que en su día sugerimos desde esta página que hiciera el PP si quería cargarse a PRISA).
- Porque otra de las características de PRISA, probablemente la más relevante, ha sido su enorme capacidad para ocupar con sus productos, medios y propuestas ideológicas un espacio total y absolutamente hegemónico en el centro izquierda español. Si aparecía alguna propuesta alternativa a PRISA le faltaba tiempo para comprarla o para ahogarla económicamente antes de que creciera demasiado (como ocurrió con el diario El Independiente). Sólo en los últimos años, de nuevo a raíz de la mencionada fractura generacional, este dominio férreo está comenzando a resquebrajarse (si bien aún de forma liviana).
- Por último, y para que esto no se convierta en el obituario de Libertad Digital, justo es reconocer que, con la creación del diario El País, Polanco proporcionó a la sociedad española de entonces un medio moderno y de calidad, a años luz de lo que hasta entonces era común en el sistema mediático español, y que en las décadas posteriores, a pesar de la evidente pérdida de calidad del periódico, así como de los productos audiovisuales facturados por PRISA, éstos han seguido ofreciendo, a pesar de todo, un nivel superior a lo que hacía la mayoría de los medios de la competencia. PRISA es un grupo de comunicación español, con toda la carga que esto conlleva, pero también es un grupo de comunicación moderno, bastante más que lo que podemos encontrarnos habitualmente por ahí.
La muerte de Polanco puede causar algunas dificultades a PRISA, por mucho que la herencia del emporio esté ya claramente depositada en las manos de su sobrino, Javier Díez Polanco (a partir de ahora, “Javier del Gran Poder”). Cuando muere un poderoso siempre hay ciertos movimientos de fondo de gente que abandona el barco, antiguos apoyos que ya no lo son tanto, luchas intestinas, … Además, el mencionado sectarismo de PRISA, su afán por abarcar todo el espacio ideológico del socialismo en lo mediático, su actitud de hacer como que lo que no es PRISA sencillamente no existe, no se conjugan nada bien con las características del actual ecosistema mediático, bastante más disperso y plural (al menos en lo cuantitativo, e incluso aunque estemos en España) del que había cuando Polanco comenzó a edificar su imperio.
Habrá que ver también si PRISA modifica su actitud respecto del PP, y viceversa. A la hora de la verdad, PRISA siempre ha tenido claro que, por ellos, si había que cohabitar con el PP, se cohabitaba sin problemas, y por eso se han dedicado también a propugnar candidatos alternativos a la línea oficial (Gallardón y Rato, fundamentalmente). Tampoco es que se lleven muy bien, como hemos indicado, con Zapatero y algunas de sus medidas más rupturistas respecto de lo que era la España del felipismo. Pero, obviamente, no puede decirse que el actual PP sea un partido moderado y dialogante en las formas, el tipo de PP que le gusta a PRISA para mandar gane quien gane, lo cual acabó llevando a las famosas declaraciones de Polanco, en plan testamento político, en que ponía al PP a caer de un burro y que provocaron el delirante, y hoy casi desaparecido en la práctica, boicot del PP a PRISA. Por cierto, el PP dijo que no abandonaría el boicot hasta que Polanco rectificara. Ahora que Polanco ha muerto, ¿cómo rectifica? ¿Con un tablero de ouija?
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Hemos visto la escena multitud de veces. Hay un niño pequeño que está con sus padres. El niño pone una carantoña, hace un gesto, o bien la iniciativa parte de los padres. En cualquier caso se produce una respuesta que da lugar a otra. Un puchero produce una cara en el padre, el niño cambia y ríe y a continuación llega, por ejemplo, la pedorreta en la barriguilla. Este juego que también se produce en otros muchos ámbitos, incluyendo perros y enamorados, valga la redundancia, también tiene su versión mediática, con matices bastante curiosos, como comprobamos en los últimos años.
Lo vemos estos días con la campaña del equipo de fútbol de Getafe. Los jugadores protagonizan una serie de escenas bíblicas para atraer socios. De inmediato salta la Iglesia, que habla de ofensa por no llamarlo blasfemia, y de ridículo a falta de excomuniones. A la vez la noticia copa los informativos encabezada por una de las palabras preferidas de los periodistas: polémica.
Ya tenemos una serie de abretesésamos. Se abren las compuertas y surge el escándalo negociado. Recuerda al de la damisela decimonónica de una novela, que en un pasaje campestre con sombrilla y mucama incluidas sorprende desnudo al muchacho protagonista. La joven se lleva la mano a la boca abierta: oh, por Dios, vístase desvergonzado. Diez capítulos después dejará el Kama Sutra en cuento infantil, pero nos quedamos con ese oh de tan bucólico e inocente momento.
Comparemos los dos ejemplos. El del niño y los padres responde a un código conocido por todos y claro para las partes. El de la damisela responde a un código que oculta por el motivo que sea otra información que no ha de ofrecerse, que ha de permanecer en un segundo plano, subterránea (le gusta el chico y lo que ha visto). El escándalo negociado, que equivale al escándalo como producto, opera como los padres y el niño, por “gestos” de sobra conocidos, y a la vez se comporta como la damisela, ya que se lleva las manos a la boca, con la salvedad de que la información que debe de ocultar ya es de sobra conocida, es decir, las cartas están sobre la mesa y el público receptor sabe que los jugadores no tienen más propósito que salir en la tele, que la Iglesia tiene conectado el piloto automático para estas cuestiones con el objetivo de rentabilizar su negocio, y que los medios se prestan al juego porque les viene de maravilla para rellenar un buen puñado de programas o páginas.
Es el escándalo transformado ya en artículo. Póngame media docena, por favor. Los detergentes insisten en que lavan más blanco que ninguno, aunque el público sepa que es un eslogan, un eslogan falso, que es lo mismo. Estos escándalos escandalizan sin escandalizar, pero afirmando como eslogan que escandalizan como nunca se consigue obtener ese escándalo negociado que todos rentabilizan. El Getafe conseguirá publicidad y socios; la Iglesia publicidad, alguna ayudita no se me vaya usted a enfadar y la movilización de sus bien organizados y más obsesos partidarios; los medios una serie de reportajes fáciles y efectivos, o sea, polémicos polémicos polémicos. Y el público da igual mientras compre.
Algunos avezados creativos publicitarios ya se han percatado de esto y utilizan esos gestos de niño que comentábamos al principio para hacer saltar al resto de la cadena, llevando la rentabilidad del escándalo negociado al máximo. Hace meses lo pudimos comprobar con un anuncio de una marca de perfumes que hizo saltar al “lobby” feminista, que le hizo la campaña gratis a la empresa. Iglesia, feministas y varios sectores se han convertido de hecho en la gallina de los huevos de oro para multiplicar la capacidad de los anuncios de forma económica. Ponga un efebo semidesnudo con una corona de espinas poniéndole el pie encima del rostro a una virginal muchacha de piel blanquísima y Calzados Rupérez, negocio familiar de gran tradición en Cascajales del Páramo, cotiza en bolsa un mes después.
Desde que los medios de comunicación y la publicidad se convierten en pilares de las sociedades modernas el escándalo se ha utilizado para vender. Sólo ahora está alcanzando una extraña perfección. Esta sociedad políticamente correcta no se puede permitir escándalos que escandalicen, así que al igual que la cerveza sin alcohol crea a su medida un escándalo desescandalizado donde el contenido, los significados, se han perdido, manteniéndose los significantes, que utilizan resortes mecánicos para seguir funcionando (niño y padres) aunque siguiendo los necesarios patrones –esos significantes- del escándalo tradicional (la damisela).
Este escándalo negociado, escándalo-artefacto, es bueno, bonito y barato. Además la farsa cuenta con un mecanismo de defensa extraordinario. Como hemos visto, esa farsa es ampliamente conocida, pero su denuncia sólo genera otro escándalo-artefacto, ya que la corrección política se basa en gran medida en el poder de minorías, o no tan minorías, muy bien organizadas y con su columna vertebral en los buenos sentimientos. De esta manera, atacar a la Iglesia, a un equipo de fútbol que no es de los grandes, o a las feministas, o a (ponga aquí quien quiera, desde salvadores de ballenas a protectores de bailes regionales) produce otro escándalo que fortalece al anterior. Algunos -recuerden la teta de la hermana de Michael Jackson- ni tan siquiera tienen que estar asociados a marcas o grupos que necesitan un altavoz para la promoción de sus actividades, son productos genuinamente mediáticos, se alimentan de sí mismos y se reproducen a sí mismos: la perfección absoluta.
Parece un fenómeno coyuntural, puesto que su esencia es mediática y por tanto requiere de la connivencia de esos medios que actualmente pasan por un momento donde la crítica y autocrítica brillan por su ausencia y funcionan creando una realidad propia y sustentada en el sentimentalismo. No es que seamos optimistas, pero el empuje y competencia de la red alguna vez influirá para mejor, al menos antes de un par de siglos. Mientras tanto las previsiones indican lluvia de escándalos y edición remasterizada del éxito de Raphael de premonitorio estribillo. Pongámonos, como la damisela, la mano en la boca, pero para tapar el bostezo.

