Como soy de los pocos españoles que no tienen una idea exacta de lo que cuesta un café debo de ser también uno de los que ven bastante normal que Rajoy no pueda decir lo que cobra, no por pudor, no por vergüenza, sino porque probablemente no lo sabe con exactitud. Es algo lógico, porque aunque es presumible que él sí tenga una idea aproximada de lo que ingresa anualmente eso no significa que pueda atinar respecto de lo que le preguntaban, que se refería sólo a una parte de sus ingresos (por ejemplo, no cuentan ahí las rentas del capital acumulado): cuánto gana como diputado y líder del PP. Alguien como Rajoy ha renunciado a una profesión más que lucrativa, algo que le honra, para dedicarse a la política. Aunque a buen seguro tiene rentas que algo le generarán de sus años pasados, por lo que no es el dinero cuestión que le deba preocupar en demasía, lo que no es en modo alguno criticable.
El caso es que no es fácil atraer la atención de Rajoy con estos asuntos. Pero, sin embargo, tanto le habían explicado que tenía que estar cercano a los ciudadanos y próximo a sus preocupaciones, que el líder del PP dejó aflorar su veneración por la tetas grandes. En lo que sin duda fue el mejor momento del programa, cuando le preguntan por las listas de espera en la sanidad pública, Rajoy decide recurrir a una “historia personal” (como le habían recomendado los asesores una y mil veces que hiciera para demostrar empatía), y hete aquí que lo primero que le viene a la cabeza, a buen seguro que porque es algo que le quedó marcado, fue una señora de Zaragoza a la que tuvieron que operar del pecho porque… ehem, uhh, ahh… “se le resentía la espalda”. El momento fue maravilloso, casi podía percibirse qué le pasó a Mariano por la cabeza (”tenía las peras tan gordas que la pobre mujer iba doblada”), su esfuerzo para no soltarlo en voz alta, su búsqueda de una fórmula “correcta” para expresar la idea y el indudable éxito con que, efectivamente, solventó el trámite.
El programa de ayer fue mucho mejor que el de Rodríguez Zapatero. Estuvo mucho mejor Rajoy. Estuvieron mucho mejor los ciudadanos. Todos nos lo pasamos mucho mejor, incluido Milà, que prolongó por ello el programa más de lo previsto. Y, aunque el personaje, su capacidad, su fina retranca, su pasotismo hacia los esfuerzos de incierta recompensa, hacían fácilmente previsible que se manejaría bastante bien (y mucho mejor que ZP, entre otras cosas porque haber aprendido de su desastrosa prestación era inevitable), la reacción de los ciudadanos fue una sorpresa. Lo cual demuestra que, todos, cuando se nos da la oportunidad, aprendemos. Porque el tono y la orientación de las preguntas al líder de la oposición fueron mucho más interesantes y equilibrados de lo que tuvimos que soportar con el Presidente del Gobierno.
Es probable, con todo, que las características de cada uno de los personajes inciten a preguntar unas cosas y no otras, como por ejemplo sospechamos que demuestra el programa francés en que se ha inspirado TVE. En tal caso, hay que deducir que a Rodríguez Zapatero lo perciben los ciudadanos, unos con más entusiasmo por su persona y obras, otros con mucho menos, como un mero gestor al que pedir cuentas, más o menos de buen rollo y al que, en el peor de los casos, se le considera un inepto. Se le preguntaba por problemillas menores, de poca trascendencia colectiva, se esperaba su respuesta, se trataba de arrimar el ascua a la sardina propia, pero sin dramatismos. Por el contrario, con Mariano Rajoy, ha de reconocerse que la ciudadanía estuvo mucho más crítica, hostil o, como insinúa “El Mundo” esta mañana, seleccionada aviesamente por TVE para que fueran todos los que le preguntaron militantes del PSOE o del PCE.
Y Mariano Rajoy salió bien parado, en lo personal, del envite. Otra cosa es que, amén de mostrarse dialogante o comprensivo, las ideas defendidas fueran capaces de convencer a quienes le preguntaban. Que, lo que demostraron, siempre y cuando no aceptemos las tesis conspiranoicas de “El Mundo”, es que hay un larvado cabreo con el PP y sus posiciones más que generalizado. Por no mencionar los “apoyos” expresos que tuvo Mariano Rajoy en su esfuerzo por centrar al PP, que podemos resumir en preguntas de ciudadanos que:
- Jaleaban las tesis conspiranoicas del PP y los peones negros sobre el 11-M y le exigían a Rajoy “destapar la verdad” (mientras la chavala le espetaba esto a Rajoy la frente se le perlaba de sudor frío; no en vano cuatro o cinco personas ya le habían reprochado antes sus veleidades con este asunto, pero en la dirección contraria, la que marca la nefanda “versión oficial” que tiene la osadía de acusar de la matanza a los moros).
- Pedían mano dura en materia de delincuencia y, a ser posible, la cadena perpetua.
- Criticaban los modelos de inmersión lingüística, con Rajoy encantado de la vida, para a continuación recordarle, por si no se había dado cuenta, de que lo que criticaban era la inmersión lingüística que preconiza el propio PP en Baleares.
- Se mostraban aterrados por cómo funciona la democracia en España y pedían a Rajoy que propugnara una modificación de la ley electoral para eliminar cualquier vestigio de proporcionalidad. Es digno de tener en cuenta que gran parte del miedo, que hacían explícito, provenía de la poca confianza en que Rajoy se mantenga tan firme en sus convicciones caso de necesitar a CiU o al PNV otra vez como ahora hace gala de ser. Básicamente, porque saben perfectamente qué hizo el PP con ellas en 1996 y qué haría otra vez, si fuere el caso. Rajoy se limitó a certificar que pactaría con quien fuera y que estaría dispuesto a considerar asumir el Estatut en tal caso (sus convicciones al respecto tienen ese límite, la gobernabilidad, ya se sabe), siendo las únicas líneas rojas vaporosas cuestiones de principio que no tuvo a bien detallar. Cuestión de no pisarse los dedos, intuyo.
Mientras estas “ayuditas” perforaban la retaguardia de Rajoy, el programa transcurría en líneas generales por otros derroteros. Lo que “El Mundo” llama “preguntas seleccionadas por Pepiño Blanco”. Esto es, la gente recriminaba al PP su forma de hacer oposición y le iba sacando alguno de los diversos cadáveres varios que guarda Rajoy en el armario. En varias ocasiones tuvo que explicar expresamente que él sólo es responsable de lo que dice él (esto es, no de las salvajadas sobre el 11-M y demás que dicen otros en su partido), que “es de los que creen” que Acebes no miente (aceptanddo que este es un asunto de creencias), que en tiempos recientes nadie de su partido ha dicho que sea ETA quien organizó el 11-M y demás piruetas para separarse de lo que representa su partido para la opinión pública española. Lo cierto es que casi todo el mundo salió del programa con la imagen de que Rajoy es un tío válido, majete, hábil, pero que defiende lo indefendible. Y, lo que es peor, que sabe que así es.
Haciendo una breve enumeración de las “perlas” de Rajoy ayer (y seguro que me dejo alguna):
- Él no sabe nada sobre el 11-M y no es quién para decir quién fue y cómo se hizo. Hay que investigar. Y lo que digan los jueces, bien dicho está (la cosa tiene algo de mérito, no crean, ya que ya reconoce no ser quién para creer o no creer, habiendo evolucionado desde su “convicción moral” expresada en una entrevista en un día donde esta prohibido hacer campaña).
- Aceptó que no acudir a las manifestaciones del PP no significa necesariamente ser “anormal” ni “indecente”.
- Equiparó expresamente el significado político de símbolos de la II República española con los del franquismo.
- Negó expresamente que el PP tenga previsto derogar el matrimonio homosexual, remitiéndose a la solución que dé el TC (hay que entender, entonces, que si el TC lo entiende constitucional el PP no revisará esta institución).
- Criticó al credo musulmán y sus formas matrimoniales “por no ser acordes con las normas españolas, que reconocen la posibilidad del divorcio”. Señor Rajoy, ¿a que no adivina qué otra religión tampoco acepta el divorcio?
- Reconoció a medias el error de la guerra de Irak (no había armas de destrucción masiva), se empeñó sin embargo en justificar la invasión porque “Sadam era el Hitler del siglo XX” (por lo visto Adolf Hitler debió de cometer sus fechorías en otra centuria) y “gaseaba a kurdos y atacó a Irán” (sin embargo, no consideró que hubiera que tomar medidas contra quienes le ordenaron ambas acciones) y mintió al decir que todo el mundo creía que había armas de destrucción masiva en Irak (habría que haberle preguntado a santo de qué, entonces, tuvo que salir Ánsar en la tele prometiendo a todos, palabrita de niño Jesús, confiad en mí, que sí, que las había).
- Explicó que tampoco considera oportuno necesariamente venir sobre la decisión de Rodríguez Zapatero de retirar a las tropas de Irak. Vamos, que él no las volvería a mandar ahora. Aunque no se lo preguntó nadie, dado este brutal desmarque con Aznar, hemos de suponer que Rajoy tampoco apoya bombardear el Líbano y esas cosas. Y rectificó expresa y contundentemente la manera en que Aznar decidió acudir a Irak, sin consultar al Congreso, explicando que él siempre someterá a las Cortes asuntos de esa índole si manda. Es curioso cómo ciertas medidas del Gobierno, criticadísimas por Rajoy, como ésta (o el matrimonio gay o la retirada de Irak), son convalidadas a posteriori por Rajoy.
- Reiteró una y mil veces que el Estatuto catalán es algo que no preocupa nada a los catalanes. Todos y cada uno de los catalanes que le preguntaron lo hicieron por el Estatut o se refirieron a él.
- Aseguró que el PP no ha recurrido ningún artículo del Estatut de Catalunya que sea idéntico a otros preceptos que haya aprobado para otras autonomías (como Andalucía). Esto es sencillamente mentira. Habría que pedirle que, si no está informado de que el PP, en efecto, ha recurrido preceptos que luego ha votado para otros, se dé por aludido de una vez y ordene la retirada del recurso sobre ellos. Porque, sencillamente, no es presentable políticamente tal postura.
- Consideró que los usos parlamentarios de los diputados y en concreto los de su partido no son un mal ejemplo.
- Declaró que la solución de la vivienda era “liberalizar el suelo con los límites del planeamiento urbanístico”. Señor Rajoy, como Registrador de la Propiedad que es Usted, tengo una pregunta que hacerle: ¿mande?
63 Comentarios
El Día de la Patria Vasca, el Aberri Eguna, o el Domingo de Resurrección (para los que profesen otros cultos más modernos y sofisticados), si se vislumbra desde la distancia con cierto desinterés y hasta ánimo de chufla, se comprobará fácilmente que nos ha dejado una síntesis del problema, el asunto, el rollito, o la movida vasca de lo más elocuente: El Gobierno dice que Batasuna no se podrá presentar a las elecciones mientras no renuncie a la violencia de ETA; ETA dice que no renunciará a la violencia mientras Batasuna no se pueda presentar a las elecciones. Fastuoso. Se diría que se trata éste de un país hilarante y, efectivamente, así es. Y no sólo en esa región de verdes valles por los que la Ilustración se abrió paso con tres cuartos de siglo de retraso a base trabucazos isabelinos sobre pechos carlistas previa perforación del detente bala zurcido entre sollozos y oración por la amachu correspondiente, también en el resto cuecen habas.
El día antes de tan singular efeméride es el Sábado Santo, en el cual los católicos expresan su duelo por el pesar de la Virgen. Y también es Sábado Santo Rojo, aniversario de la legalización del Partido Comunista de España en 1977, para los que profesen otros cultos del ramo de la Cristiandad, pero más avanzados y viriles. Este lustroso acontecimiento de nuestra Historia reciente que cada año es explicado por Manuel Fraga Iribarne de una manera distinta -empezó con “ha sido un golpe de estado” para pasar al “me opuse porque no era el momento” y concluir hace unos días con “lo teníamos todo planificado”- posee algunos aspectos tangenciales que, a mi juicio, son tan risibles como el cruce de declaraciones del konflikto antes mentado.
Para ser legalizado, como todo el mundo sabe, el PCE se comprometió a retirar la bandera republicana y aceptar la rojigualda. Y también, en un sentido más profundo, tuvieron que retirar de sus cerebros la idea de promover un referéndum sobre la monarquía y aceptarla en su forma parlamentaria. Ramón Tamames, célebre converso y miembro de la cúpula del PCE por aquel entonces, ha manifestado en una reciente entrevista a EFE sobre este particular que el referéndum de la Constitución “sirvió de paliativo”. Y que lo de la bandera les dio a todos más o menos igual porque, entre otras cosas, no era la bandera de Franco, sino, de pertenecer a alguien en persona, la de Carlos III.
A partir de ahora, comienza el humo. Es decir, el análisis de un problema desde un punto de vista pop, que es al terreno al que pertenecen los símbolos y la iconografía en la era contemporánea. Y es que, efectivamente, la rojigualda no es la bandera de Franco por mucho que éste la utilizara a partir de la Guerra Civil, pues antes reverenciaba la tricolor, suponemos que actuando, para después faltar a su juramento o promesa -eso que aducen los defensores a ultranza de la unidad de España: “es que los militares la han jurao“, ya no hay marcha atrás jamás ni de coña pase lo que pase. Las fuerzas represoras de la dictadura puede que se plegasen en demasía ante este trapo, el rojigualdo, de un coloreado con tres siglos de antigüedad, pero eso no quiere decir que éste las represente. También Franco llevaba calcetines y no por ello cuando estás en el aeropuerto en la cola con un alemán delante que tarda veinte minutos en facturar Dios sabe qué y encima lleva calcetines en tono ocre como el Caudillo, ataviado para la pesca deportiva en agua dulce, lo consideras una agresión fascista de primer orden y además neonazi.
Existe un grupo de españoles, los que se enmarcarían dentro de republicanismo, federalismo, progresismo, etcétera, al que los colorines nacionales que le excitan son los de la bandera tricolor, que presenta como diferencias respecto a la actual franjas del mismo tamaño y que la inferior es de color morado. En su momento, el morado fue el color de muchas de las sociedades secretas, germen de los partidos políticos, más avanzadas del siglo XIX. Lo tomaron, se lee por ahí, en honor a los Comuneros, por los que tifaban dado que, con más o menos razón, se opusieron a la peor maldición bíblica que jamás haya caído sobre este país: Carlos I de España y V de Alemania. Ese mismo morado, a su vez, también se decía que era el color del pendón de Castilla, tal y como extraigo miserablemente de la Wilkipedia: “Hoy se pliega la bandera adoptada como nacional a mediados del siglo XIX. De ella se conservan los dos colores y se le añade un tercero, que la tradición admite por insignia de una región ilustre, nervio de la nacionalidad”.
Personalmente, cuál es el verdadero color de Castilla me da exactamente igual. La confusión, explicada en numerosas páginas web a disposición del consumidor, viene dada por un montón de factores históricos. Eso sí, de 1991 hacia delante, no saber que el color castellano por antonomasia es el rojo carmesí dice mucho de los niveles paupérrimos a los que ha llegado la cultura y el sistema educativo español, que se permite el lujo de no inculcar a los jóvenes cuál era el color de la camiseta del Real Burgos Club de Fútbol, que se mantuvo tercero en la clasificación de la Primera División Española durante toda la primera vuelta por detrás de Atlético y Real Madrid con Ayucar, Loren, Juric y Gavril Balint asombrando a la ibericidad y acongojando a los mediocentros defensivos en unos tiempos además en los que llevaban bigote en lugar de mechitas. El caso es que, en resumen, la bandera tricolor lo es porque a un sujeto le dio por ahí y luego Azaña mostró entusiasmo por la idea, a lo que hay que sumarle un encanto previo por ese halo de clandestinidad y esperanza popular que significaba una futura República, espíritu que no envolvió, me imagino, la gestación de la rojigualda, que fue una cosa más científica para un fin puramente empírico: no hundir la propia flota por confundir los pañitos.
Dicho esto, yo me niego a creer que tanto la animadversión como la pasión por la rojigualda o la tricolor no respondan a las consignas más bien baratas que a causa de la Guerra Civil del 36 y la dictadura posterior aún perviven entre nosotros. Y es una pena, porque si nos remontamos a la guerra civil anterior, la alternativa a la rojigualda era la Cruz de Borgoña sobre fondo blanco, que esa sí que es verdaderamente bonita, que parece de los AC/DC, conjunto musical que también puede valer como símbolo de España, pues no hay país en el mundo entero donde gusten más que aquí. Ni en su Australia natal.
Dado que la rojigualda es aceptada por los buenos españoles -la ultraderecha-, los Zarzalejos de la españolidad y una parte importante de progres de mierda asesinos del once eme -derecha e izquierda más o menos tibia-, pero no por los españoles de una izquierda más exquisita, distinguida y refinada, hemos tratado de buscar un símbolo que cumpla uno por uno los requisitos de su delicado paladar.
En una primera fase de este experimento se reunió a un grupo de abertzales lo más ágrafos posible y se les preguntó qué tenemos en común los oprimidos y los no oprimidos por el Estado represor Español dentro de sus fronteras ilegítimas, pero actuales. La respuesta fue unánime: somos todos alcohólicos. Efectivamente, en Iberia todo gira en torno al alcohol, luego sería representativo de los españoles algo relacionado con una bebida espirituosa. También sería lo suyo que ese símbolo no lo hubiera diseñado cualquiera. Por lo que pasamos a buscar un símbolo relacionado con el alcohol diseñado por un comunista de los de la Guerra Civil, de los que deshuesaban niños en Paracuellos para comerse el tuétano. Apuntado esto, también tendría que ser un símbolo reivindicado por el pueblo, es decir, no impuesto por una monarquía o dictador de voz aflautada.
Se introdujeron todos los datos en las computadoras de la NASA y por la impresora apareció una referencia. Se trataba de un dibujo del comunista español Manolo Prieto (1912-1991) relativo a una bebida alcohólica elaborada en España: el torito bravo del Brandy de Jerez “Veterano” de Bodegas Osborne. Y olé. La historia de este toro es conocida por todos: un anuncio que por el Reglamento General de Carreteras hubo que quitarlo y a la gente le dio pena, de modo que surgió la campaña “Salvemos al toro” y éste pasó a ser considerado un bien cultural. Es en ese momento cuando se otorga un premio de relieve a un tipo que se había recorrido el país de motu propio para fotografíarlos todos. Y son tiempos en los que más de un español que triunfaba aquí y allá posó con el toro tatuado en el País Semanal, revista y periódico donde una década más tarde se publicó más de una, de dos y de tres cartas al director que arremetían contra el símbolo al considerarlo faccioso, así, porque sí. Hasta 2007, cuando el toro de Manolo Prieto cumple cincuenta años y es innegable y está asumido por todos que se trata de un símbolo que representa estas tierras, para bien o para mal.
Ahí está. Quizá el primer símbolo de esta nación que nace de un amplio consenso espontáneo de los ciudadanos. A no ser, claro está, que los gitanos que lo venden en los tenderetes por la calle tengan un departamento de marketing de agárrate los machos y la cosa haya llegado impuesta por el vil metal del capital. Como si el Grupo Mercadillo de los Martes de la Carretera de Canillas Madrid-Este S.A. fuera a lanzar una OPA contra General Motors con la aquiescencia de George Bush gracias a oscuras intrigas palaciegas de este poder fáctico maligno, el de la venta itinerante.
Pues nada señores. El proceso de creación de un nuevo símbolo popular que represente a nuestro país ha resultado infructuoso: diez de cada diez pulcros intelectuales de izquierda consideran el torito chabacano y fascista, por lo que lo desaprueban y afean incluso con altanería. Habrá que esperar otros cincuenta años a ver qué nos depara el destino y la frágil sensibilidad pop del pensamiento de vanguardia que impregna de hedor axilar las butacas de las filmotecas.
71 Comentarios
Documentándome para poder poner a parir con propiedad a Mariano Rajoy la semana que viene, cuando repita la prestación escolar y lamentable que nos regaló Rodríguez Zapatero en su charla televisada con ciudadanos que, ¡cuán refrescante fue su osadía!, le pedían solución a sus problemas cotidianos (que si necesito que me pavimenten la calle, que si quiero que cierren el bar de la esquina porque el olor a fritanga es infumable, que si me podría hacer el favor de pasarse por casa a cuidar a la abuela los viernes por la noche para poder irme de juerga…), me he tragado las apariciones de Ségolène Royal, Nicolas Sarkozy y Jean-Marie Le Pen en la televisión francesa. Mismo formato, dos horitas de duración con cada candidato (Le Pen la mitad porque el resto del programa lo componían la líder comunista y un tradicionalista de la Vendée, ¡cuán refrescante y osada es la política francesa!) y, de paso, un aperitivo que permite a LPD hablar de las inminentes elecciones presidenciales francesas. Y así, hacer gala de nuestra condición: criticar a Rajoy, preocuparnos de las elecciones francesas, defender a los progretarras del orbe y, con un poco de suerte, poder reírnos del MEMYUC (aunque con el añito de Capello la verdad es que la competencia ha sido tan fuerte que nos ha obligado a dar un paso atrás).
¿Qué sensación le queda a un español cuando asiste a las prestaciones de Ségolène Royal, de Nicolas Sarkozy o de Jean-Marie Le Pen (la de François Bayrou, la otra que tendría interés en tragarme, todavía no la tengo en mi poder y, si me lo permiten, me ahorraré el visionado de la cátera de trostskystas y antisistema de toda laya que oferta toda elección francesa para un día que quiera diversión embrutecedora)? O, por ser más precisos, ¿qué sensaciones le quedan a un español con el alma vendida a ZP como corresponde a cualquiera que escriba en LPD? Para resumir, más o menos, y sin pretender ordenarlas demasiado, no vayan a acusarnos de ser de derechas, éstas:
- Francia es un país político y acostumbrado a (o, más bien, apasionado por) la discusión política. Motivo por el cual, entre otras cosas, se explica la existencia, ascensión y éxito del Frente Nacional (aunque, la verdad, otra explicación es la indudable inteligencia táctica y política de su líder), así como la de los radicalismos progresistas varios. Cuando a una sociedad le gusta mucho algo, la política en este caso, es normal que aparezcan todo tipo de tendencias à la mode. Este sincero gusto por la política se manifiesta en que se habló más de ella en los programas de lo que ocurrió con ZP en España, donde la clave de bóveda de las dos horitas se concentró en descubrir que el precio del café solo en esta castigada piel de todo varía mucho, entre los treinta céntimos de euro y los 5 euros.
- Las elecciones presidenciales francesas de 2007 están mucho más abiertas de lo que parecen. Puede llegar a la segunda vuelta cualquiera de los cuatro principales candidatos (a saber, Jean-Marie Le Pen, Sarkozy, Bayrou o Royal) y puede ganar cualquiera de los tres últimos. Desde 1981 predecir un resultado electoral en Francia ha sido muy sencillo: consistía en no hacer ni puto caso a las encuentas (como en España) y atender a una tendencia de base constante que provoca que siempre acabe ganando la oposición en cuanto han pasado más de tres o cuatro años desde que un gobierno tiene mando en plaza, lo que es una fiel traducción de la malaise francesa que ya dura 25 años, en una sociedad que no sabe muy bien ni adónde va ni hacia dónde quiere ir pero que no está nada a gusto con cómo van las cosas (en este caso, justo lo contrario que en España, donde excepto si ee lo curra mucho un gobierno, pero mucho, mucho, ya sea estatal o autonómico, lo normal es que elección tras elección tienda a perpetuarse, traducción de la lealtad cortesana inherente al español postfranquista). Sin embargo, estas elecciones están abiertas de la hostia. La izquierda, a quien le toca volver, puede quedarse sin candidato en segunda vuelta debido a lo que ya les ocurrió hace cinco años (la pujanza de Le Pen o en este caso incluso de Bayrou y sus múltiples problemas derivados de la pluralidad de opciones exóticas para entretener la pasión política de todo francés “comprometido” y progresista, que puede “mandar un mensaje” trotskysta revolucionario, trotskysta militarista, trotskysta en vía de domesticación, verde, ecolo-anarquista, comunista, eurocomunista, comunitarista, antillano-leonés y todo lo que Usted pueda imaginar). Pero, sobre todo, no hay ningún candidato en la derecha que represente la continuidad con el proyecto de Chirac. Le Pen ha sido un histórico enemigo de Chirac (es una de las pocas cosas que siempre han honrado al personaje), Bayrou le tiene la lógica inquina de cualquiera que ha estado a punto de ser aniquilado políticamente y, por encima de todo, el más íntimo y personal rival de Chirac ha sido desde hace años, desde la famosa traición del hijo preferido (apoyo a Balladur en 1995) el propio Sarkozy.
- Para añadir confusión a la historia, como por lo demás avalaron a la perfección los respectivos programas televisados con los candidatos, Le Pen es un excelente comunicador y una persona con gran olfato político, que ha logrado convertirse ya en parte del stablishment político francés y que ha modulado las aristas más irritantes de su discurso, cada vez más apto para las masas (a lo que contribuye la propia derechización de la política francesa, que ya es decir; y a lo que ayudó también el lamentable espectáculo de la elección de Chirac en segunda vuelta hace cinco años alentada por todo el poder político, económico y mediático con la intención de “demostrar al mundo que Francia es ultraderechista, pero sólo un poquito”, con un lógico efecto boomerang); Royal es una filfa dialécticamente y, según se atisba, también en la construcción y mismas bases de su discurso, profundamente conservador y basado sólo en la imagen; y Sarkozy es el único elemento (excluido Le Pen, sin posibilidades reales de ganar en la segunda vuelta) con un discurso realmente renovador.
Como no he visionado el programa con Bayrou no puedo calibrar cómo se desenvolvió él a la hora de afrontar la prestación, pero me temo que no demasiado bien. Nunca ha sido hombre brillante ni en exceso ocurrente. Buen tipo, sí. Más o menos cabal, también. Revolucionario, ¡ni pensarlo! Bayrou representa la esencia de la Francia cómodamente social, instalada en una democracia burguesa, socialmente católica pero abierta de mente, a la que aspira a retocar un poquito hacia la sensatez, Europa y algo de pimienta social. Como se ve, algo que no está, en el fondo, tan mal. Pero constituye poca chicha para un programa con ciudadanos preguntando, a no ser que se adentren en la ardua cuestión del catholicisme à la paysanne que Bayrou representa con cierta vergüenza, donde el tipo puede aportar, ahí sí, sus cosillas, sus contradicciones, sus íntimas excrecencias y dar algo de carnaza. Cuestión distinta es que Bayrou sea majillo, que lo es, con sus orejotas y su acento sureño. A los españoles no nos puede caer demasiado mal. Les oyes hablar y piensas que tampoco tienes un acento tan pésimo en francés. Con él al frente no da la sensación de que Francia nos fuera a putear demasiado ni a volver a ganar una guerra. Y llevaríamos así ya más de 150 años sin padecer una derrota militar a sus manos, lo que es nuestro récord de todos los tiempos. Pero, como ya digo, no habiendo visto todavía el programa, poco puedo decir sobre cómo lo hizo.
Me gustó mucho cómo se manejó Le Pen en el programa de marras. Y fue, además, muy significativo cómo reaccionaban los franceses a la hora de preguntarle. Hay, es cierto, una gran pasión política en cada francés de verdad (eso sí es una verdadera declaración de pureza racial y no los rollos pure souche o BYB que otros preconizan). Hay, es cierto, también, hasta un cuarto del electorado que puede llegar a sentirse cautivado por las “verdades del barquero” de Le Pen, su medida puesta en escena, su inteligencia argumentativa. Pero todo francés es también un patriota. Y, como tal, ama no tanto a Francia como a una cierta imagen de Francia que dar a los demás. En esa imagen no cabe que Le Pen exista. Y eso les hace excluirlo como pueden de las instituciones, de los medios de comunicación, de la autoconciencia nacional. Eso provoca que toda la izquierda en masa vote a Chirac en unas elecciones, no para impedir que salga Le Pen (que nunca habría podido salir elegido), sino para demostrar que “la Francia verdadera no es así”. En fin, eso provoca también que, frente al espectáculo lamentable del “¿Qué hay de lo mío?” del programa español la aparición de Le Pen sea poco representativa de cómo se comportan los franceses. Cada intervención era un canto a la preocupación de los “ciudadanos” por los derechos de los demás. Los blancos preguntaban por los negros, los franceses por los inmigrantes, los hombres por las mujeres y los negros por el genocidio armenio. Fue emocionante e interesante, pero algo cansado por forzado. Así como se hubiera agradecido un esfuerzo mínimo de los ciudadanos españoles por manifestar interés por algo que afectara a otros colectivos ajenos al suyo o por cuestiones referidas a la colectividad, la hipertrofia en esta pose que provocó Le Pen en quienes le preguntaron se hizo cansina. Uno se pregunta si los ciudadanos seleccionados por la tele francesa contenían al 15-20% de simpatizantes del FN que debieran haber contenido. ¿Dónde estaban? O los vetaron o no son tan radicales hablando (más suelta tenían la melena los españoles que le pedían a ZP que los inmigrantes no tuvieran servicios públicos, joder, y aquí ni Dios es no ya de ultraderecha sino sencillamente de derechas) o es que, como es frecuente, esta gente se sigue avergonzado de su verdadero ser y disimula en sus exhibiciones públicas. O en las encuestas. Así que ojito a Le Pen en la primera vuelta.
Más útil, por natural, es comparar las entrevistas a Sarkozy o Royal con la de Rodríguez Zapatero. Y aquí sí que se demuestra que la diferencia entre Francia y España es enorme. El “¿qué hay de lo mío?” era tan frecuente en España como exótico en Francia. Aunque, sí, en algunos casos, también, apareció. Es digno de constatar, por cierto, que mucho más con Royal que con Sarkozy. Y esto permite aventurar varias explicaciones. O bien se trata de miedo a que Sarkozy te envíe a los CRS a poco que te pongan personalmente exigente con él y su política. O bien que Royal es tenida por poco seria y poco interesante respecto al fondo de su pensamiento y de sus ideas sobre la sociedad, por lo que la gente le pregunta por sus cositas en mayor medida. Probablemente se trata de esta segunda opción si tenemos en cuenta, además, que así como con Sarkozy los temas tratados fueron variados, con Royal el programa se centró en más de la mitad del tiempo en tratar de asistencia social y hospitalaria.
Quizás haya un problema de machismo latente en todo esto. Y, en consecuencia, a Royal le preguntaban por cosas “de mujeres” (la casa, los niños, cómo cuidar a los enfermos, los problemas al hacerse mayor, el punto de cruz…). Pero lamentablemente, da la sensación de que Royal se empeña en cultivar esa imagen de “la mamá de los franceses”: les habla con cariño, les regala los oídos, les suelta rollos moralizantes e ideológicamente les proporciona una papilla bon marché para que no se indigesten, los pobrecitos. El momento más espectacular del programa es cuando un minusválido habla de la vida y de lo que supone una tara, recuerda a un amigo suyo, ya fallecido, y no puede evitar que le embargue la emoción. Ante la vergüenza ajena de la audiencia (al menos, de la mía) y el pavor y rechazo del hombre en silla de ruedas (supongo que harto de verse mirado por los demás como alguien necesitado de un plus de atención por los demás), la reacción de Royal es emitir un gritito a medio camino entre el suspiro de pena y ternura (”aaaaaaayy”) como diciéndole “pero no llores, chiquitín”. Y, a continuación, se acerca al pobre hombre, lo acaricia cuidadosamente y le toma de la mano. Yo no quiero decir nada, pero esto son cosas que a uno le previenen contra votar a alguien. A no ser que haya motivos muy fuertes que te obliguen a hacerlo. Piénsenlo bien: ¡es un gesto que podría tener el mismo Rodríguez Zapatero, así, sin tener la más mínima vergüenza en mostrarse así en público!
Para no cargar demasiado las tintas, he de confesar que Royal presenta un proyecto atractivo en dos aspectos: su atención a las vías de participación ciudadana (atractiva aunque muy distante de estar bien pulida) y su reflexión sobre la necesidad de fortalecer los mecanismos de solidaridad porque un país no sólo no pierde sino que gana con ellos (aunque, la verdad, esto no lo explica demasiado y uno lo tiene que inferir de sus discursitos poniéndole buena voluntad, dado que la reflexión a este respecto es de una puerilidad que asusta). No sé si eso es capaz de compensar su tendencia a dar la razón a todos, a ponerles buena cara, a asegurarles que resolverá todos los problemas y a soltar un discursito precocinado (ahora entendemos que le llamen “la Zapatera”) en cuanto podía. Y, especialmente, no sé si compensa lo más grave de todo: sus constantes afirmaciones de ser la única capaz de resolver los problemas, algo de lo que los ciudadanos habían de tomar nota, se supone, para decidir votarla pero que a mí, en cambio, me espanta.
Frente a la visión salvífica de sí misma que da Royal, la puesta en escena de Sarkozy me pareció más efectiva, brillante, pegada a la realidad y respetuosa con la inteligencia de los ciudadanos. Tiene tendencia el tiparraco (porque, joder, hemos de reconocerlo, es un hijo de puta y en lo personal tiene toda la pinta de ser un cabrón de tomo y lomo) a decir la verdad, a decir lo que piensa. O algo que se parece sospechosamente a la verdad de lo que piensa. A argumentarlo, razonarlo, exponer pros y contras y aclarar los motivos por los que él se inclina por una cosa y no por otra. Y, a continuación, a plantear a los franceses que a lo mejor no está él en lo cierto, pero que espera poder convencerles de que así es. Más allá de que en muchas de sus posiciones yo no estoy de acuerdo con él (pero en otras muchas sí), el planteamiento me cautiva por lo anómalo. Que sí, ya sé que no debería ser así, pero lamentablemente así es.
Adicionalmente Sarkozy, junto a planteamientos que no creo inteligentes ni buenos para una sociedad (como su poca empatía con los que están en malas condiciones y su poca visión de las ventajas que supone para todos establecer redes de solidaridad que permitan a quienes estén o caigan en esas situaciones salir de ellas o ayudarles a ello, ya sean inmigrantes o pobres de banlieue; como sus planteamientos retroconservadores en materia de derechos civiles….) sí que aporta una reflexión de fondo importante y rupturista en un país como Francia: el valor del esfuerzo individual, del trabajo, la necesidad de que la colectividad lo respete y lo proteja, lo prime y lo cuide. Esta exigencia cívica (republicana, que dirían en Francia) es especialmente importante para ayudar y primar, precisamente (y aunque muchos sigan obcecados en no verlo), a los más desfavorecidos. Una sociedad sana no ha de primar la asistencia (que, como es obvio, no ha de negarse a quien la necesite) sino el intentar dar a todos posibilidades de mejora y progresión acordes a su esfuerzo y capacidad. Y hacerlo permitiendo igualar las desventajas de origen con que muchos parten. En esto último, por supuesto, Sarkozy no incide demasiado. Pero eso no quita para que en gran parte de sus razones no esté más que acertado. Para quien más importante es un escuela pública exigente y de calidad, un mundo del empleo competitivo y en el que se pueda progresar, una protección de la seguridad y de los bienes a cargo del Estado que sea eficaz, etcétera, no es para el rico, no es para el privilegiado. Porque todas esas cosas, si no las asegura la colectividad, la sociedad, el Estado, el rico, el privilegiado, el que ha tenido la suerte de nacer en cierto ámbito, se las va a poder apañar por otras vías.
Sarkozy, por último, hace un esfuerzo por entender y explicar que alguien como Le Pen y sus ideas puedan atraer al 20% de los votantes. En contra de lo que habitualmente se dice sobre él, no creo que sea algo criticable. Como tuvo ocasión de explicar en el programa, habrá qué analizar qué pasa con tanta gente, humilde y desfavorecida en su mayor parte, que se siente abandonada por las instituciones en vez de estigmatizarlas. Eso no implica que haya que compartir sus ideas o dejar de combatirlas, pero sí que es absurdo y contraproducente tratar de establecer artificiales cordones de seguridad en torno a ese electorado, tratar de contenerlo, que no crezca, aislarlo y poco más. Probablemente el esfuerzo de Sarkozy no sea exclusivamente sincero y tenga un componente táctico. Pero también lo tiene el cultivo por parte de la izquierda francesa de la idea de aislamiento del FN (que le permite, desde hace décadas, ganar de vez en cuando elecciones en un país con un 60% del electorado, en el mejor de los casos para la izquierda, profundamente conservador).
Los franceses, en estas elecciones, se la juegan entre un outsider medio simpaticote y esencialmente inocuo como Bayrou (lo cual puede no ser una mala opción), una incógnita respecto de todo lo bueno que puede traer pero con todo lo malo a la vista y de tan poco fuste como Ségolène Royal y un tipo más listo, más formado, más sensato, más sincero, menos mesiánico pero socialmente muy conservador que, además, es un reconocido hijodeputa como Sarkozy. Porque de Royal se pueden tener dudas al respecto (a lo mejor es buena gente, a lo mejor no), mientras que de Sarkozy cabe albergar pocas. Le avala una trayectoria plagada de ventajismo personal, de traiciones, de ejercicio despiadado de egoísmo político que podrían servirle, si pierde las elecciones, para escribir un manual del perfecto trepa. Nadie tiene demasiadas ganas de que le gobierne una persona así y, lo que es peor, que todo el mundo sabe que es así. Imaginen pues cómo están las cosas en Francia para que, aún así, la idea de que llegue a ser el próximo Presidente de la República no sea del todo desagradable para muchos (aunque, a lo mejor, influye aquí el ver las cosas desde fuera y desde dentro todos tienen claro que de un trepa hijoputa hay que huir). Porque, como demostraron claramente los interrogatorios con los ciudadanos (y, al menos para eso, sí sirvieron), está claro que la izquierda francesa es empalagosamente conservadora. Por lo que, por sorprendente que parezca, Sarkozy es quien encarna los riesgos y atractivos del cambio. Él. Mejor que nadie. El hijoputa. El trepa. ¡La vida puede ser así de chunga si eres francés!
Por cierto, una última diferencia entre los programas francés y español: el plató francés tenía moscas (o bichitos que volaban y se veían) mientras que el español no. ¡Para que luego dude alguien del cambio climático!
21 Comentarios
La Página Definitiva tiene una sección dedicada a teología que, por lo visto, no es recomendable ni para la salud de sus creadores ni para la de sus lectores. Hemos recibido por haberla escrito (en realidad, por estar escribiéndola) amenazas peores que las de muerte, dado que se prolongan más allá de ésta. Transcribo literalmente un correo electrónico llegado en estas fechas de penitencia pero, por eso, de alegría:
Es bueno saber que Dios los ama como parte de su creación, pero aborrece al pecado que hay dentro del hombre pecador.
La Biblia dice que la blasfemia contra el espiritu santo es el delito y pecado mas grave y horrendo que existe
Jesús, dijo: El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.
Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero. O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.
Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado. Mateo 12:30-33, 35-37La Biblia declara que el tiempo está cerca en que todos estaremos ante el tribunal de cristo rindiendo lo bueno y malo que hicimos mientras estabamos en el cuerpo…preparemonos pues haciendo las cosas buenas para ese gran día.
saludos y Dios los bendiga.
El mensajero de la palabra de Dios.
Así que, aprovechando esta coyuntura, proclamo el compromiso LPD para los próximos años: seguiremos desparramando.

